La nueva producción de Macbeth de Giuseppe Verdi para la Metropolitan Opera reúne a la directora Louisa Proske y al barítono Quinn Kelsey, quien interpreta al rey escocés. La tragedia de Shakespeare adquiere una resonancia contemporánea en esta historia de profecías, poder y violencia, mientras la música permite seguir el derrumbe íntimo de un hombre que confunde la seguridad con el dominio absoluto. En esta conversación, Proske habla de autoritarismo, desplazamiento y esperanza colectiva; Kelsey, de las decisiones de Macbeth y de cómo darles forma con la voz.
Quinn, Macbeth comienza como un héroe militar y termina convertido en tirano. ¿En qué momento deja de ser víctima de las profecías y se vuelve plenamente responsable de su propia destrucción?
QUINN KELSEY: Creo que no llega a ese punto sino hasta el final del tercer acto. Al final del segundo, decide que debe volver a ver a las brujas y escuchar sus profecías. Cada una de ellas empieza a devolverle el valor y a señalarle una dirección.
Hacia el final del tercer acto, cuando Lady Macbeth vuelve a encontrarlo, él decide que van a matar otra vez y que intentarán asesinar a Macduff y a su familia. En el último acto, cuando Macbeth reaparece, parece que ya no le importa nada. Como Louisa ha dicho hace poco, la diferencia está en llegar a cometer un asesinato. Al llegar al cuarto acto, creo que una parte de él ya se ha rendido: siente que no hay nada que pueda hacer para reparar lo ocurrido y, por eso, sigue avanzando por ese camino perverso.
Así que no asume plenamente su responsabilidad sino hasta el final del tercer acto o el comienzo del cuarto. Desde la segunda escena del primer acto hasta el final del segundo, está deshecho. Nunca imaginó que le resultaría tan difícil lidiar con todo eso.

Louisa, Shakespeare escribió Macbeth como una tragedia sobre la ambición, la corrupción y el poder. ¿Qué aspectos de la obra te parecen más reveladores sobre los mecanismos del autoritarismo actual?
LOUISA PROSKE: Es una pregunta excelente. Creo que la obra nos deja una gran lección: nunca basta con cometer una sola maldad. Macbeth y Lady Macbeth se cuentan el mito de que con un asesinato llegarán a ser rey y reina, y después podrán gobernar bien juntos. Pero eso no funciona. Shakespeare tiene una frase maravillosa, cuando Macbeth dice: “La sangre tendrá sangre”. Es decir, un acto sangriento exige otros actos sangrientos.
En algún momento, Macbeth dice que han avanzado tanto en el río de sangre que regresar sería tan difícil como seguir adelante. Es como si ya no pudieran ver la orilla. Se han adentrado demasiado y tienen que continuar matando para alcanzar ese poder absoluto, que también es un mito, porque nunca existe un poder absoluto. Siempre hay otras fuerzas que afrontar, incluso en los regímenes totalitarios; siempre quedan grietas. Mantener el poder absoluto mediante el terror y la violencia masiva exige asesinar a muchísimas personas, y aun así nunca se puede estar seguro.
No creo que Macbeth y Lady Macbeth comiencen con la intención de convertirse en autócratas o tiranos. Llegan a serlo por la paranoia y por su incapacidad para detenerse. También porque todo empezó mal: algo que nace de un crimen nunca puede convertirse en algo bueno. Para realizar esa fantasía febril y delirante de ocupar una posición absoluta, cometen una enorme cantidad de atrocidades.
La ópera habla con claridad del costo humano de esa violencia. En cualquier parte del mundo hay personas desplazadas, que pierden sus hogares o a sus madres, hijas, hijos y hermanos por la guerra civil y el terror desatado por los Macbeth de este mundo. En la ópera, esas personas cantan su dolor en el coro de refugiados. Después de esa desesperanza llega la posibilidad de un nuevo líder que los convoca a derrocar al tirano. El pueblo toma las armas y marcha contra el palacio.
Creo que Verdi estaba muy interesado en esos momentos porque Italia luchaba entonces por convertirse en un Estado nacional. ¿Qué hace que las personas se unan y digan: “Tal vez pierda la vida, pero esta es una idea por la que estoy dispuesto a morir y luchar”? Hay algo conmovedor en que incluso las mujeres con sus hijos tomen las armas y se sumen a la lucha, porque saben que, de lo contrario, no les quedará un hogar.
Todos esos momentos resuenan en el mundo actual. Me emociona que personas de distintas partes del mundo vean la producción y encuentren en ella un espacio para contar sus propias historias.

Quinn, Macbeth comete asesinatos para sentirse seguro, pero cada crimen alimenta su paranoia. ¿Cómo expresas esa contradicción psicológica con la voz y la interpretación musical?
QUINN KELSEY: Intento cantar la emoción. En vez de salir al escenario y cantar todo con el mismo volumen, procuro usar las dinámicas y los cambios de intensidad para expresar lo que Macbeth siente.
Cuando la daga aparece frente a él y luego desaparece, y empieza a preguntarse qué está pasando, canto de una manera más íntima. Al final del segundo acto, cuando habla de apartar el velo del futuro que las brujas le han mostrado, la voz adquiere mucha más presencia. Intento moldear mi manera de cantar de acuerdo con los grandes cambios emocionales que experimenta desde el comienzo de la ópera hasta el final.
Procuro dejar que la emoción del momento y la importancia de las palabras guíen mi voz. Es algo que he tenido que trabajar y desarrollar, porque cantar requiere energía, combustible y aire. Siempre hay que mantener el control, pero cuando uno logra disfrutar de ese dominio, puede darle forma y color a la voz. Mi esperanza es que el público no vea tanto al cantante de ópera, sino al personaje.
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