Facundo Cabral: la influencia menos pensada de la música urbana

La voz gruesa, poderosa, calma, suena como un mantra minutos antes del primer show de Milo J en el Movistar Arena (marzo de 2024): “No eres pobre. Tienes que aceptarlo. Recuerda lo que te puebla y lo que te rodea. No ilusiones a tu masoquismo. Eres un príncipe, no un mendigo”. El público, mayoritariamente adolescente, queda hipnotizado por esa voz desconocida que continúa aconsejándolo desde los parlantes: “Y deja la culpa de lado porque no eres responsable ni de uno de los dedos de una de tus manos. Y no te escapes con la idea del mañana porque la vida es aquí y ahora mismo. Con tu sufrimiento de hoy estás alimentando tu miedo de mañana. Pero no tiene escapatoria. El amor, que es valentía, te rodea. Deja los caprichosos y grises códigos de lado porque la única escritura está en la existencia, que es arte”.

“¿Y este quién es?”, se pregunta la audiencia entre el murmullo y los aplausos. “Un tal Facundo Cabral”, le susurra cómplice un padre que llegó hasta el estadio de Villa Crespo para acompañar a sus hijos. Fue la primera de las muchas sorpresivas y fantasmagóricas apariciones que haría de allí en más el cantautor argentino en el centro de la escena de la música urbana actual. De allí en más, la obra y la ética de este juglar místico y folclórico se colarían una y otra vez en canciones y actuaciones de Milo J, de Trueno, de Cazzu y de Broke Carrey, entre otros. Cada uno a su manera menciona, cita o reflexiona sobre los versos y palabras existencialistas de Facundo Cabral en discos, videos y conciertos. 

“Aprovecho el espacio que me dan para acercar música que tal vez a los pibes de mi edad no les llegue de otra forma”, le dijo Milo J al periodista Gabriel Plaza en lo que sería su primera portada para Rolling Stone (marzo de 2024). “Un amigo me mostró un tema de Cabral y me voló la cabeza. Me interioricé más en su arte. Soy de escuchar sus audiolibros y me siento muy identificado con su manera de pensar”. El músico, además, a veces elige frases de Cabral para decirlas antes de cantar sus canciones: “Si los malos supieran lo buen negocio que es ser bueno, serían buenos, aunque solo fuera por negocio”.  

Facundo Cabral (Archivo La Nación).

Para una de las emisiones del proyecto que creó junto a Mex Urtizberea, Falklore!, Milo J grabó el clásico definitivo de Cabral, “No soy de aquí, ni soy de acá”, acompañado por Juan Quintero, y, poco después, lo incorporó como cita, o sample extendido, en “Pumas”, el feat. que grabó para el último disco de Trueno, Turr4zo. El rapero de La Boca, dicen, fue explícito en ese pedido a la hora de la grabación. “Me veo reflejado en términos líricos con Facundo Cabral. A pesar de los diferentes contextos, creo que estas dos culturas se terminan acercando. Eso es lo lindo del hip-hop, estamos mucho más cerca de otros géneros respecto a lo que la gente cree. También me veo reflejado ideológicamente, me encanta lo que transmite, los valores que tiene, cómo redacta las historias de su vida, la vida campestre, la vida argentina en su momento. A mí todo eso me suena muy orgánico y yo siempre trato de ser orgánico y transparente”, confiesa Trueno acerca de la influencia de Cabral en su vida y obra.

En Hijo del país (2026), el nuevo disco de Broke Carrey, inspirado en la tradición argentina, Cabral también sirvió de referencia e inspiración. “No sé si se escucha todo lo que incorporé de él al disco, pero siento que ahí está”, dice el compositor urbano.

Y Cazzu fue aún más allá y directamente incorporó “Pobrecito mi patrón”, otra canción emblemática de esta leyenda de la música popular argentina, a su último álbum Latinaje. “Me parecía un mensaje bonito para compartirlo, con el valor agregado de que está escrito por alguien muy ávido en las palabras y en la poesía, particularmente en la poesía política”, le dijo la cantante a Rolling Stone en medio de su gira por Estados Unidos. “Hay mensajes que solo pueden ser así, como ese mensaje: es exactamente lo que yo quisiera compartir con la gente. Siento que más que canciones son gestos con el público, intenciones de compartir una idea que me parece linda y correcta y constructiva colectivamente, socialmente. Pienso que aunque yo muchas veces diga que no hago las cosas para el otro, muchas de las decisiones más importantes que tomo sí son por el otro. Por la otra. La música necesita en muchos momentos ser vehículo de herramientas de construcción. Más en momentos como los que estamos pasando”. 

“Nos mataron a Facundo”, fue lo primero que le dijo David Percy Llanos, representante y amigo de Cabral, por teléfono a su hija Gabriela, desde Quetzaltenango, Guatemala, la mañana del 9 de julio de 2011. Cabral y Llanos viajaban en un auto junto al productor local Henry Fariña (que había contratado al cantautor argentino para realizar tres conciertos en la ciudad guatemalteca y se había ofrecido a llevarlos hasta el aeropuerto para que pudieran regresar a Buenos Aires aquella madrugada), cuando a las pocas cuadras de salir del hotel, dos camionetas les cerraron el paso, dos hombres bajaron con armas automáticas y dispararon contra el auto. Llanos salió ileso y el empresario sufrió algunas heridas, pero Cabral murió en el instante, tras recibir una bala en la cabeza y otras dos en el torso. Días después se conocería que los sicarios fueron enviados por una banda de narcotraficantes que recientemente había tenido un entredicho con Fariña. 

La vendetta narco terminó con la vida de una leyenda del folclore argentino, pero al mismo tiempo impulsó un mito más a la altura de un 2Pac muerto por un par de balas en un estudio, que de un Cafrune atropellado en una ruta provincial. 

Detalle del vehículo donde se transportaba el trovador argentino Facundo Cabral el sabado 9 de julio de 2011, en una estación de bomberos de Ciudad de Guatemala. Cabral fue asesinado por un grupo de sicarios cuando se dirigía con su representante al aeropuerto internacional La Aurora desde el hotel donde se hospedaba. (Archivo La Nación).

Rodolfo Enrique Cabral Camiña nació el 22 de mayo de 1937, en La Plata (Facundo fue el nombre que adoptó para no llevar a cuestas el mismo nombre de su padre, quien abandonó a su familia un día antes de su nacimiento). Cuenta la leyenda que fue en la ciudad de las diagonales donde de niño se acercó al auto del entonces presidente Juan Domingo Perón para pedirle trabajo para él y para su madre. Al poco tiempo, la familia recibió un mensaje de parte de Eva Perón que terminó reubicando a su madre y a sus hermanos en Tandil, donde comenzó a agudizar su observación participante de la patria y sus historias. Escuchaba a mendigos como si fueran dioses y compartía la jornada de trabajo anotando cada detalle. No lo sabía, pero estaba en el ciclo lectivo criollo de Atahualpa Yupanqui. 

En Tandil comenzó a componer canciones y trabajó como cosechero. Siempre leyó mucho (sobre todo cuando lo encerraron un tiempo en un instituto de menores). Un día llegó a Buenos Aires y de puro envión se mandó a los estudios Odeón. Sin conocer a nadie dijo que tenía que grabar un disco esa misma tarde. Todos se le rieron en la cara. Insistió tanto que le abrieron el micrófono. Cabral empezó a cantar “Vuele bajo”, y mientras los presentes se quedaban con la boca abierta, él siguió cantando. Hizo lo que dijo que tenía que hacer ese día.

Facundo Cabral (Archivo La Nación).

Sus primeras grabaciones en la década del 60 se editaron bajo su primer seudónimo, Indio Gasparino, pero no fue hasta la próxima década, ya como Facundo Cabral, que comenzó a ser popular, gracias a probablemente su mayor hito: “No soy de aquí, ni soy de allá”. 

Su obra cuenta historias con una estética que entremezcla la crítica social, la sátira, el misticismo, el cristianismo, el anarquismo, el optimismo, el hedonismo y la libertad. Esa identidad tan saltarina es la que parece llamar la atención de buena parte de los referentes locales de la música urbana de hoy. 

Compartiendo sus canciones viajó por todo el mundo y su impacto fue determinante en Latinoamérica. Llenó estadios en países como Uruguay, Chile, Perú, Bolivia, Ecuador y México. “En 1969 llegó a Estados Unidos, en 1970 a Europa, y su vida devino lo que es: una iconografía extravagante en la que convergen Eva Perón y George Brassens, Rainiero y la viuda de Pancho Villa; Krishnamurti, a quien conoció en un parque de San Francisco; la madre Teresa, que lo llamó durante un programa de televisión en México invitándolo a orar con ella al día siguiente, y, claro, Borges”, escribió Leila Guerriero en un artículo titulado “La leyenda de Facundo Cabral” [publicado originalmente en febrero de 2008 en la revista Sábado, del diario El Mercurio de Chile y luego recopilado en el libro de crónicas Frutos extraños, de 2009]. 

Allí, el centro de la crónica no está en los datos biográficos de Cabral, sino en lo que Guerriero elige para describir a este hombre leyenda: el fuego atorrante del espíritu de Cabral, las preguntas existenciales de toda su vida, la fe en el mundo, la coquetería popular, la aventura permanente del cotidiano.

 “Pensé que a los setenta años iba a tener una casa en el sur de la provincia de Buenos Aires, y a esta hora iba a estar tomando mi primera copa de vino frente a un hogar, leños ardiendo, y un montón de niños jugando por ahí. Y yo contando historias”, le dijo Cabral a la cronista argentina. “Nunca lo tuve ni lo tendré. Tampoco hice nada para eso. Pero creí que, naturalmente, se terminaba así. Que la soledad y el vagabundeo eran un juego hasta llegar a ese final. Una vez fui a Medellín. Todos los verdes del mundo y curvas, curvas. En la ladera de una montaña había una casita y dos viejitos de la mano, tomando sol. Destrozaron toda mi idea del mundo. Pensé: ‘Qué imbécil, yo creí que sabía qué era la felicidad. Y tengo razón, pero si sacan a estos dos de acá’”.

Lo quisieron nominar al Premio Nobel de la Paz y a la vez se tuvo que exiliar de Argentina porque la dictadura cívico-militar de 1976-1982 le advirtió que lo quería muerto. Cabral no mentía cuando cantaba los versos de su canción más popular. Él no era ni de aquí ni de allá. En el documental radiofónico que hizo la RNE española sobre su vida se lo escucha confesar: “Esa canción, en definitiva, es como mi documento”.   

“Cabral es mi rapero favorito”, le dice Trueno a Rolling Stone desde Miami. Y desarrolla: “Hay muchos contactos entre él y el hip-hop: la poesía callejera, la manera de cantar, la cadencia casi hablada en sus canciones, la rima en cada oración, sus sentimientos, sus valores, sus pensamientos. Eso tiene muchísimo que ver con el hip-hop. Con todo el respeto que se merece, y con un poco de humor, digo que para mí es un rapero y que es mi rapero favorito”.  

La periodista marplatense Camila Caamaño es coautora de El ritmo no perdona – Una historia crítica del trap, el hip-hop y el RKT en el nuevo siglo argentino (Caja Negra, 2025) y sostiene que Cabral está más cerca en el tiempo para las nuevas generaciones que otras figuras del folclore como Cafrune o Atahualpa Yupanqui. Caamaño, además, intuye que el acercamiento a la obra de Cabral por parte de Trueno también tiene algo de la búsqueda de consagración internacional de estos jóvenes músicos. “En este caso se evoca por su figura de trovador, que tanto Mateo (Trueno) como Camilo (Milo J) admiran en su condición de freestylers. El rap hereda, con sus propias condiciones, la práctica del juglar atravesada por el lujo contemporáneo; si el poeta platense se autodenominaba ‘vagabundo first class’, los nuevos artistas están más próximos a ser flâneurs all inclusive”, dice.

Por su parte, Flor Viva, integrante de Jerga Sudaka (también lingüista y especialista en cultura popular), explica que estos artistas se acercan a Facundo Cabral principalmente por sus filosofías y sus maneras de hacer arte, en las cuales se ven reflejados muchos artistas que han mamado de la contracultura ya sea en el hip-hop originario como en el rock argentino y el folclore, que es la música con la que la amplia mayoría de los raperos y raperas han crecido. “Tanto su constante crítica a la vanidad y al ego como su disruptivo cuestionamiento a las fronteras sin renegar de la propia identidad son especialmente atractivas y conviven de forma cómoda con algunas de las perspectivas cultivadas por el hip-hop en sus cinco décadas”, asegura. 

El nuevo boom del folclore en la música de gran escala puede ser la primera explicación de este acercamiento. En el plano internacional, de Bad Bunny a Rosalía, de Karol G a Natalia Lafourcade, los artistas masivos han ido a buscar respuestas en la música de raíz de su región y allí encontraron el sustento de la identidad. 

En sintonía con lo que marcan Milo J y Cazzu, Cabral fue un gran escritor. Quizás mejor escritor que compositor de canciones. En 1985 publicó sus memorias y, de puño y letra, Cabral entregó un texto alucinante; psicodélico, dramático y aventurero. “Entre el polvo y el humo del asado, el lucero del gaucho y la luna a la que tanto amó el persa al que tanto yo amaría después, con mis pies por delante, para declarar la rebeldía que me acompañaría por todos los mares, salí de mi madre y entré al mundo, el útero pletórico de cucarachas y palomas que me deslumbró casi tanto como aquella ballena que, cuarenta años después, viera parir en la baja California”. 

“Nos revivieron a Facundo”. Ese podría ser hoy el mensaje que llega desde el más allá. Facundo Cabral y una vida en la música urbana después de la muerte. De rapero favorito de Trueno a Milo J con su DNI hecho canción en el bolsillo, mientras Cazzu canta eso de “Aprende del agua/ que es humilde y generosa con cualquiera”. La historia de nuestra música va por debajo de la tierra y en algún momento nos hace raíces. Algo así dijo Cabral en sus memorias que dejó para que esta juventud las lea: “La copla era la contraseña para llegar al pueblo, orgullo de los cantores, principio y fin de su canto, que comenzaba cuando yo suponía acabados los caminos. El día que oí al mayor de ellos, Pedro Mendizábal, supe que ese sería mi oficio”. 

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