Según la Real Academia Española (RAE), el término anomia se refiere, en su dimensión social, al “conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación”. Desde una perspectiva médica, en cambio, hace referencia a un “trastorno del lenguaje que impide llamar a las cosas por su nombre”.
Para Ruslana, ANOMIA es el espacio que se abre cuando las reglas con las que has vivido dejan de servirte y empiezas a preguntarte cuáles quieres construir por tu cuenta. “No es una ausencia de normas, es la creación de unas nuevas”, explica en conversación con ROLLING STONE en Español. Esa interpretación da nombre a un disco sobre la identidad, los vínculos y las contradicciones de crecer: qué conservar de lo aprendido, qué cuestionar y qué dejar atrás para vivir según un guion propio.
Entre la electrónica, el pop rock y las baladas, Ruslana da forma a un álbum que transita entre los recuerdos que se resisten a desaparecer, las relaciones que cuesta dejar atrás y el ruido al que a veces recurrimos para evitar enfrentarnos a nosotros mismos.
El nombre llegó cuando las canciones ya estaban hechas. Había que avanzar con el vinilo y la portada, y el equipo necesitaba una respuesta. Ruslana había considerado llamar al disco Favorita de la vida, pero algo no terminaba de encajar. Después de leer e investigar otras posibilidades, encontró la palabra anomia.
La reacción inicial fue de desconcierto. Le pidieron pensar algunas alternativas, aunque ella ya tenía tomada la decisión. Le había sucedido antes con Génesis y Catarsis: después de darle vueltas, terminaba regresando al nombre que primero la había convencido. Cuando llegó el momento de cerrar la elección, insistió: “Anomia y ya está”.
Antes de encontrar ese nombre, hubo una canción que le ayudó a reconocer hacia dónde quería llevar el proyecto. Ya tenía demos que le gustaban, pero le faltaba una idea desde la que desarrollar el resto. La encontró durante su primera visita a México, un viaje que incluía un pequeño concierto gratuito y tiempo para trabajar y escribir. Con el cambio de horario, a las cinco o seis de la mañana ya estaba despierta. En su habitación empezó a tomar forma ‘Favorita de la vida’.
Pensó en la muerte, en lo incierto de lo que viene después y en la posibilidad de dejar algo escrito. Pero también recordó las cosas que le habían dado miedo, los momentos en que se había sentido insegura y las situaciones que, de alguna manera, habían terminado saliendo bien. “La suerte que tuve y cómo el mundo y el universo estaba de mi lado”, recuerda.
De ahí surgió la actitud de una canción que se permite celebrar lo que desea y lo que ha conseguido. Esa confianza, sin embargo, convive con una pregunta sobre su costo. Ruslana explica que detrás de sentirse favorecida por la vida también aparece una rueda en la que siempre se quiere más. La ciudad ofrece posibilidades y estímulos, pero puede convertirse en otro lugar donde perderse.
La nostalgia ocupa un lugar importante en esa búsqueda. Ruslana dice sentirse feliz con su presente, especialmente con lo que la rodea en su vida personal, y al mismo tiempo reconoce cuánto vuelve a lo que ya pasó. En ‘Gravedad’, esa convivencia aparece en la imagen de vivir entre el recuerdo y el presente. Las cosas avanzan tan rápido que algunas experiencias quedan atrás antes de haber podido entenderlas del todo.
“Cómo seguimos con la vida, porque todo va sumamente rápido”, explica, mientras todavía quedan secuelas del pasado. Estar en el presente no impide que algo pendiente vuelva a inquietarla de vez en cuando.
También está la gente: nombres, caras, encuentros y una ciudad que ofrece estímulos constantes. Para Ruslana, reconocer que se está alejando de lo que quiere puede requerir llegar a un límite. Salir de casa, ir a un evento o encontrarse con alguien no siempre tiene el mismo significado. A veces, cuenta, la comprensión llega después: “Simplemente estabas escapando de ti mismo”.
En ANOMIA le interesa ese momento en que una persona sabe que algo está pasando, pero sigue ignorándolo. La vida continúa, hay planes y gente alrededor, y aun así puede faltar la conversación que obligue a detenerse.
Los recuerdos de ‘Veranos condenados’ tienen otra textura. Allí aparecen la gira, una furgoneta, una canción de fondo y sus pies estirados en el asiento de copiloto. La canción nació de un verano que recuerda como uno de los mejores de su vida. Al hablar de él, menciona sitios y olores, detalles que conservan la intensidad de lo vivido.
Esa intensidad también puede acompañar recuerdos menos agradables. Ruslana reconoce que siente mucho tanto las cosas buenas como las malas, y que incluso de un momento difícil puede recordar cuánto estaba sintiendo. Algunas personas se alejan y, aunque agradezca esa distancia, siguen ocupando un lugar en su memoria.
Su paso por Operación Triunfo también se ha convertido en una especie de película. Lo vivido quedó registrado, de modo que puede encontrarse con una versión anterior de sí misma en imágenes. Verla todavía le produce un choque. Piensa que aquella Ruslana se sorprendería de algunas cosas y se alegraría por otras, aunque tampoco descarta que cuestionara el camino recorrido. “Seguro que me criticaría”, dice, recordando lo “cabezota que podía ser” y las ideas que tenía entonces.
Hay otro lugar donde la distancia entre quien fue y quien es se hace evidente: Tenerife. Al volver a casa, siente que encuentra algo que permanece. Desde su mirada, la gente y los espacios siguen en su sitio, mientras ella ha cambiado. Esa sensación explica tanto sus ganas de haberse marchado como su deseo de regresar.
Se fue porque sentía que necesitaba crecer y no quería quedarse estancada. Ahora, la continuidad que antes le pesaba también le da ternura. “Todo sigue siendo igual, pero yo ya no soy la misma”, dice. Volver por el mismo motivo por el que se fue es una contradicción que reconoce sin intentar resolverla.
En las canciones, tampoco todo conserva el sentido con el que empezó. ‘Si yo voy por ti’ nació de una experiencia en una relación de amistad y terminó llevándola hacia preguntas sobre la vida y la muerte. Al escribir sobre quién podría estar esperándola al otro lado, se encontró pensando en algo que desconoce y sobre lo que prefiere mantener la incertidumbre.
Ese espacio le resulta fértil para crear. La canción fue convirtiéndose también en una conversación consigo misma: qué quiere hacer mientras está aquí, a quién mantiene cerca y qué costumbres sostiene aunque ya no le hagan bien. La reflexión desemboca en la posibilidad de arrepentirse del tiempo que se ha dejado pasar.
‘Un rato’ se detiene en la dificultad de actuar sobre algo que ya se comprende. Escrita hace un año y medio o más, pasó por varios cambios de letra porque Ruslana no sentía que estuviera contando bien la historia. Quería llegar al final de una ruptura, con todo lo que ocurre antes de poder salir de ella.
La petición de que alguien se quede convive con la conciencia de que seguir juntos hace daño. Cuesta desprenderse tanto de la persona como de la vida construida a su lado. Incluso cuando finalmente se consigue, permanece la pregunta por el precio de llegar hasta ahí.
En ‘Desencanto’, el dolor se presenta de otra manera. Ruslana quería escribir una letra cruda sin mostrarlo todo directamente. Las melodías pueden parecer infantiles y la actitud suena a quitarle importancia a lo que ocurre, aunque debajo haya situaciones y círculos viciosos que no tienen nada de ligeros.
“Todo el rato estamos invalidando el dolor”, explica. El gesto de decir que no pasa nada puede esconder algo que todavía necesita atención. Hacia el estribillo, sin embargo, encuentra otra posibilidad: dejar de exigirse poder con todo. Para ella, algunas victorias también pueden consistir en rendirse ante ese ritmo y aceptar el lugar donde se está.
La misma aceptación alcanza a los errores. Al hablar de ‘Apostarlo todo’, Ruslana piensa en lo que sucede después de equivocarse y de que alguien lo señale. Su respuesta es preguntarse qué habría sido de ella sin esa experiencia. “A lo mejor gracias a equivocarme esa vez soy la persona que soy el día de hoy”, dice. Algunas cosas que hace dos años le daban miedo ya han ocurrido; haberlas atravesado cambia la manera de imaginar lo que venga después.
Es una mirada que también aplica a su identidad artística. “La mayor obra de un artista es descubrir quién es”, sostiene, aunque cree que nadie llega a hacerlo por completo. Si otras personas tienen una idea clara de ella, bromea con que se la cuenten: quizá puedan darle alguna pista.
Terminar ANOMIA le ha permitido dejar más preguntas abiertas y aceptar cierta impulsividad, una que imagina que podría aparecer en su música. Al recordar el proceso, hay algo que tiene claro: estuvo presente. Con su primer disco, cuenta, a veces le costaba reconstruir cómo habían nacido las canciones. Esta vez lo vivió de cerca, se divirtió y puede reconocer algo que casi nunca dice en público: está orgullosa de su trabajo.
Esa seguridad coexiste con las dudas del álbum. Puede valorar lo que acaba de hacer sin tener que resolver de inmediato qué significa cada experiencia o hacia dónde la llevará el próximo impulso. “Está bien cuestionárselo absolutamente todo”, dice. “No pasa nada sino no sabes”.
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