Cuando se escucha o lee la palabra “catarsis”, la mente suele imaginar liberación. Incluso se podría pensar en esa paz después de momentos de caos. Pero, si se indaga un poco más en el término, se puede encontrar que, en la Antigua Grecia, la palabra hacía referencia a una “purificación ritual de personas o cosas afectadas por alguna impureza”, en otras palabras, una transformación interior provocada por una experiencia profunda.
Por eso, cuando se escucha por primera vez Catarsis, el nuevo EP de Ruslana, se entiende que no es solo un título: es un estado. Un momento de transición entre la adolescente que soñaba con tener un proyecto propio y la joven adulta que ahora comprende el peso de sostenerlo. Más que un giro sonoro, es una evolución interna.
“Lo puedes hacer, pero es muy duro”, dice Ruslana sobre el proceso de levantar su carrera. “A veces nos olvidamos de vivir la vida fuera del escaparate”.
Si Génesis fue la carta de presentación —la energía rebelde del “he llegado para quedarme”—, Catarsis es la conversación después del ruido. Aquí no hay prisa por demostrar, sino necesidad de entender. Entender qué significa crecer cuando todo ocurre frente a los demás. “Puedo parecer más dura de lo que soy”, confiesa. “Pero no es verdad. Soy mucho más sensible de lo que la gente cree”.
Esa sensibilidad atraviesa el EP como una corriente eléctrica. Si Catarsis fuera una persona, dice entre risas, sería “una amiga bastante loca, que lo siente todo y no tiene punto medio”. Explosiva, intensa, capaz de llamarte para cualquier plan y también de romperse sin aviso. Una presencia que no deja indiferente.
En “Eterna”, una de las canciones del EP, canta: “Yo no quiero ser eterna”. En una industria obsesionada con el legado, la frase suena casi provocadora. Cuando se le pregunta por qué, responde sin titubeos: “Claro que quiero ser recordada. Pero, ¿cuál es el precio de eso? ¿Qué dejas de vivir por querer que te recuerden?”
Habla del misterio que rodeaba a las leyendas del pasado, de una época en la que no todo estaba disponible al instante. Hoy, dice, la intimidad parece negociarse en tiempo real. Todo se documenta. Todo se archiva. Todo se expone. Su conclusión no es renunciar al éxito, sino redefinirlo.
“Me va a encantar tener muchos años y sentarme en mi sofá y decir: ‘Buah, todo lo que he vivido’”. Para ella, ese sería el verdadero triunfo.
Esa búsqueda de equilibrio también atraviesa su postura frente a la perfección en los escenarios. Lejos del discurso cómodo de “nadie es perfecto”, Ruslana es directa: “Claro que tiene que ser perfecto”. El show, la estética, la ejecución. Reconoce el engranaje que sostiene cada presentación y la precisión que exige la industria. Pero distingue entre forma y fondo. “¿Quién se siente perfecto? Nadie. Lo que existe es intentar alcanzar la perfección dentro de tu propio caos”.
Ese caos también se escucha en canciones donde la entrega es total. En ‘Maneras’, la devoción parece dirigida a otra persona, pero ella la entiende como algo más amplio: una declaración hacia la vida. “No puedo tener miedo a entregarme si quiero. Confío en que lo trates bien y si no, hecho está”.
La madurez, en su caso, no significa volverse menos apasionada, sino aprender a habitar esa pasión sin etiquetarla constantemente. “Intentamos definir todo”, dice sobre su generación. “Pero no siempre hay que hacerlo. A veces simplemente se siente”.
En medio del vértigo, la soledad aparece como un descubrimiento inesperado. “Me enamoré de mi soledad cuando entendí que no estaba preparada para compartirla con cualquiera”. No lo dice como metáfora. Habla de abrir el balcón en verano, de poner música, de bailar con su perro mientras le explica la historia de Lady Gaga o Lana del Rey. De comprarse flores. De convertir el cuidado propio en ritual.
A sus 20 años, Ruslana entiende que crecer no es lineal. Que habrá momentos de euforia y otros de repliegue. Que la catarsis no es un evento único, sino un proceso constante. Quizá la mayor rebeldía hoy no sea gritar más fuerte, sino aprender a estar presente. No obsesionarse con ser eterna, sino con estar viva.
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