Robert Duvall fue muchas cosas a la vez. Actor de primera línea, actor de reparto de lujo, director con pulso propio, y sobre todo un trabajador del detalle. Murió a los 95 años en su casa de Middleburg, Virginia, acompañado por su esposa, la argentina Luciana Pedraza, según confirmaron medios y su entorno.
En el cine, Duvall pertenecía a esa estirpe que no “interpreta” tanto como habita. No dependía de discursos largos ni de gestos teatrales; su poder estaba en la precisión. Por eso podía entrar a una película como un personaje secundario y, aun así, cambiarle el clima entero.
Su primera huella grande en el cine llegó temprano como Boo Radley en To Kill a Mockingbird (1962), una presencia casi fantasmal que ya mostraba su talento para hablar sin hablar. Después vino el New Hollywood y ahí Duvall se volvió esencial. En la ganadora del Óscar M*A*S*H fue el Major Frank Burns, el rostro del orden en medio del absurdo y el ridículo; y en The Godfather (1972) y The Godfather Part II (1974) construyó a Tom Hagen como un hombre que administra el poder con voz baja y mirada fija. El abogado que entiende que la lealtad también es una estrategia.

Si Hagen fue el cerebro frío, el teniente coronel Kilgore en Apocalypse Now (1979) fue el puro choque eléctrico de carisma, brutalidad, comedia negra (“¡adoro el olor a napalm en la mañana!”) y guerra convertida en espectáculo. Ese rol confirmó algo: Duvall podía ser encantador y aterrador en la misma respiración.

El Óscar lo ganó con Tender Mercies (1983) de Bruce Beresford, interpretando a Mac Sledge, un cantante de country gastado que intenta recomponer su vida sin manual de instrucciones. Esa actuación es Duvall en estado puro. Humanidad sin maquillaje, tristeza sin exhibicionismo, y una calma que duele porque se siente cierta.

Lo impresionante es la amplitud de su ruta. Podía ser el padre duro y lleno de aristas en The Great Santini, el policía curtido de Colors, el predicador que escribe su propia salvación a golpes de fe en The Apostle, o el vaquero legendario en televisión con Lonesome Dove. En cada caso, lo que cambiaba no era solo el acento o el vestuario, sino el mundo interno del personaje que interpretaba.

Duvall también quiso contar historias desde la silla de director. Ahí están el documental We’re Not the Jet Set y películas como Angelo, My Love, Assassination Tango, Wild Horses (con Angie Cepeda, Adriana Barraza y Luciana Pedraza) y la ya mencionada The Apostle, donde su mirada se vuelve más íntima y menos “industrial” con un cine sobre comunidades, fe, culpa, deseo, familia, y esas contradicciones que uno aprende a esconder cuando crece.
Su muerte activa la típica lista de “mejores papeles”, pero su legado no cabe en un listado. Duvall deja una idea más útil. Para él actuar no era lucirse, es escuchar. Escuchar al personaje, el ritmo de la escena, el silencio entre líneas. Y luego hacer que todo eso parezca inevitable.
Eso fue Robert Duvall: el actor que hacía que lo difícil se viera simple. Y por eso, cuando falta, se nota.
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