Baz Luhrmann no es un director que pase desapercibido. Desde Strictly Ballroom, pasando por Romeo + Juliet, Moulin Rouge!, Australia, The Great Gatsby y Elvis, su cine ha sido una explosión de melodrama, música y estilo operático. Cuatro de sus películas están entre las más taquilleras del cine australiano, y su obsesión por el diseño, la música y el montaje lo han convertido en uno de los autores más reconocibles del cine contemporáneo.
Tras el éxito global de Elvis (2022), Luhrmann vuelve al Rey con EPiC: Elvis Presley in Concert, un documental construido a partir de material inédito descubierto durante la producción del biopic. El filme tuvo su estreno mundial en el Festival Internacional de Cine de Toronto en septiembre de 2025 y muestra a Presley desde una perspectiva directa, sin intermediarios.
Baz Luhrmann continúa moviéndose entre la ficción grandilocuente y el archivo rescatado, siempre con la convicción de que la emoción debe sentirse a gran escala. Con EPiC, no intenta explicar a Elvis, sino que deja que la voz del propio Presley atraviese el tiempo y vuelva a cantar su versión de la historia.
El cineasta nos habló sobre sus obsesiones creativas, la construcción de momentos emocionales precisos y el lugar que ocupa Elvis en la cultura popular actual.
Hay un hilo emocional y estilístico persistente en tu obra. ¿Sientes que hay obsesiones centrales que conectan toda tu filmografía?
Cuando era joven cometí el error de analizarme demasiado. Me volví muy consciente de mí mismo. Con el tiempo dejé de hacerlo. Ahora tengo la edad suficiente para aceptar que hay una sola manera en la que puedo contar historias: la mía.
No es algo que planee conscientemente. Pero cuanto más me acerco a la manera en que contaría una historia en una cena, más honesto resulta el resultado. Supongo que si yo relatara algo en una mesa con amigos, sonaría como una de mis películas.

Después del largometraje Elvis, vuelves al personaje con un documental. ¿Qué te llevó de regreso a él?
En realidad fue un accidente. Mientras trabajaba en la ficción, escuché sobre unos rollos míticos que estaban guardados. Teníamos los recursos para ir literalmente a las minas de sal en Kansas City donde MGM conserva sus negativos.
Cuando abrieron la puerta de la sala de Elvis había polvo por todas partes. Encontramos 65 cajas de material: 35mm, 16mm, 8mm. Era una mina de oro. Con la ayuda de Peter Jackson restauramos el material.
Luego apareció una grabación de audio en la que Elvis hablaba sin filtros. Pensamos: siempre hay alguien contando quién fue Elvis. ¿Y si dejamos que él mismo cuente su historia? Usar la música como un paisaje onírico para acompañar su propia voz. De ahí nació EPiC.
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En el documental hay momentos muy precisos: una mirada casi siniestra del coronel Parker, el deseo en el rostro de una fan. ¿Cómo construiste esos instantes?
El momento con el coronel surgió casi por accidente. Estábamos revisando material y un flash explotó en el cuadro exacto. Al retrocederlo y avanzar cuadro por cuadro, quedamos atrapados en esa imagen: sus ojos iluminados por un instante.
No sabemos qué estaba pensando. Tal vez solo en qué iba a almorzar. O tal vez había algo más complejo, incluso oscuro, en su relación con Elvis. Decidimos ralentizarlo y permitir que el público tuviera la misma experiencia que nosotros, sin decir explícitamente qué significa. Ese fue el método: sugerir, no imponer.

Elvis sigue siendo una figura poderosa en la cultura popular. ¿Cómo entiendes su legado hoy?
Para algunos es totalmente vigente. Para otros, especialmente las generaciones más jóvenes, es solo “el tipo gordo del traje blanco” que conocen por un disfraz de Halloween o por Lilo & Stitch.
Lo que espero es que descubran que hay mucho más que esa caricatura. Estoy viendo a abuelos llevar a sus nietos al cine y que esos chicos salgan diciendo: “Hay algo más profundo aquí”. Eso es importante.
La música en tu cine suele colapsar el tiempo: mezclas pop contemporáneo con contextos históricos. ¿Qué impulsa esa decisión?
La música tiene un poder que las palabras solas no tienen. Puede conmover, comprimir el tiempo, amplificar emociones.
Yo crecí con la ópera. La ópera usa música, palabras, drama y lenguaje visual para exaltar la condición humana. Creo que naturalmente me siento atraído por esa amplificación emocional. La música permite que el pasado y el presente dialoguen en un mismo instante.
¿En qué estás trabajando ahora?
Estoy profundamente inmerso en Juana de Arco. Es un proyecto que me entusiasma mucho. Es, en cierto modo, la historia definitiva del crecimiento de una adolescente en medio de la guerra. Estoy muy concentrado en eso ahora mismo.
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