Feli Colina: “Empecé a pensarme a mí misma como una obra en construcción sin planos”

“Cuando se recibe una cachetada, hay muchas maneras de responder”. Así lo afirma una voz en off mientras un manotazo impacta sobre el rostro de una mujer. En cuestión de segundos, con el refuerzo de un pequeño zoom, las alternativas que circulan por su cabeza comienzan a traslucir. Por un lado, están las medidas propias del decoro y la pleitesía: aquellas que flotan suspendidas en el contorno borroso que separa la madurez de la sumisión. Pero no son las únicas. “Además de llorar, se la puede devolver. Se puede ofrecer la otra mejilla, y también se puede decir: ‘Golpeá’”.

Mínimo pero impactante, el plano recién descrito es el encargado de dar inicio a los cuarenta minutos de apoyo audiovisual que acompañan el lanzamiento de La otra mejilla, el esperado disco nuevo de Feli Colina. Y aunque se trate de otra transmutación de maleza en yuyo más verde para la artista salteña, este álbum se desmarca de sus predecesores por no renegar de sus impulsos más bajos; por entretener, en el plano de lo simbólico, una serie de fantasías elaboradas de venganza.

Todo este prefacio para decir que, con La otra mejilla, Feli Colina golpea. Y en ese gesto, el de poner el cachete para luego arrojar la piedra, revela una cara estilística hasta ahora inédita en su discografía. Las quince canciones que se suman a su repertorio desarman completamente la lectura porteñocéntrica y reduccionista que durante años la confinó al lugar de cultora del folclore. Dicho de un modo anagramático: si Feli hoy “golpea”, es porque tomó las letras de la palabra “galope” (tan importante en la imaginería de El valle encantado, de 2022) y las trastocó hasta convertirlas en algo distinto, igual de pulsante pero más cercano a la violencia.

“Me interesa mucho la honestidad emocional”, dice Colina durante su brunch con Rolling Stone en Ninina, un bar de Palermo cuya quietud resulta idónea para el intercambio de ideas. Con el pelo recogido y una camisa apenas desabotonada, sentada frente a un plato de sopa, continúa: “Estoy trabajando para comunicar, de la manera más certera posible, todo lo que me genera algo. No reírme de lo que no me da gracia. Permitirme estar en desacuerdo. Todo esto bajo un manto de amabilidad, porque amo la amabilidad y confío en su poder. Pero tenía la sensación de que mostraba muy poco de mi naturaleza interior; de que decía un porcentaje muy bajo de lo que realmente pensaba. Me sentía muy autoreprimida”.

Feli Colina (Foto: Teo Penovi).

“Una noche, después de una conversación larga con una prima que es psicoanalista junguiana, llegamos a esta idea de la otra cara de algo. Bueno, te pongo la otra mejilla, ¿pero en qué consiste esa otra mejilla? En esto que te decía. Necesitaba empezar a expresar un poco más de lo que pensaba, pero al mismo tiempo sentía miedo. Y me preguntaba en qué consistía ese miedo: si era miedo al rechazo o a qué”.   

Sin embargo, aunque la franqueza sea una de las cualidades más notorias del disco nuevo, quizás la novedad más inmediatamente llamativa sea el corrimiento de Feli hacia un sonido más abrasivo. Un desplazamiento que bien podría leerse como el paso de la provincia a la ciudad, y que ya se encontraba prefigurado en los segundos iniciales de “La gracia”, el cierre de El valle encantado. No sería errado, en efecto, describir a La otra mejilla como un álbum consustancialmente urbano. No en el sentido vago y exoticista con el que los Grammys reparten sus premios, sino en la acepción más literal, y cosmopolita, del término. 

“Los timbres son como la paleta de colores de un cuadro. Nunca entro al estudio sin haber identificado la paleta tímbrica de un disco. Para La otra mejilla, mi primera idea fue hacer toda una producción con ruidos de ciudad. Por eso está tan presente el elemento metal en la percusión: el pandeiro, con esa mezcla de cuero y metal; el agogó, que son esas campanitas brasileñas; el redoblante; el clap stack. Después aparecieron los toms: el tom de piso, el surdo. Las cuerdas: el chelo con esa fricción más agresiva. Voces, muchísimas voces. Tomarme el tiempo de hacer coro sobre coro sobre vocecita. Todo eso. Y unos bajos bien gordotes”.

“Las referencias estaban claras desde antes de empezar”, confirma Nan Q, coproductor del LP, sobre el proceso creativo que nació de una charla casual y derivó en un centenar de sesiones a lo largo de cinco meses. “Ni hablar de la inevitabilidad de Feli Colina como artista, que estaba ahí desde el día uno. Lo que sí fuimos encontrando fue la personalidad de La otra mejilla. Es un disco lleno de experimentos locos. En ‘Megalómana’, que es una reafirmación urgente de alguien que reconstruye su autoestima, empezamos con una milonga oscura y terminamos con un arreglo de cuerdas basado en Vivaldi”.

Otros disparadores presentes durante la composición, dice Nan Q, fueron Rubén Juárez (puntualmente, el video de “Tinta roja”), el Cuchi Leguizamón, y algunas ragas cantadas por niños indios. Pero quien admire la obra de Björk podrá intuir rápidamente la influencia de Post (1995) en el universo referencial de La otra mejilla. Ambos discos comparten la predilección por los graves bien al frente, además de signar el desembarco de sus autoras en la metrópolis. En “Ingrata”, el guiño se hace explícito cuando Feli canta: “Si seguís buscando, vas a conocer mi ejército”. Ella lo confirma entre risas: “Intenté samplear ‘Army of Me’ en esa parte. Quería que apareciera de fondo, pero no entraba y no lo pude poner. Pero es un homenaje. Hablo de eso”.

Con esto en mente, no ha de sorprender que Björk figure en la reconstrucción que hace Colina de la raigambre de La otra mejilla. Según ella, el origen del álbum se puede identificar en tres eventos simultáneos. Uno de ellos, previsiblemente, fue la experiencia de haber compartido escenario con la leyenda islandesa en el Primavera Sound porteño de 2022.

“Siempre que termino un disco empiezo a pensar en el siguiente. ¿Qué es lo próximo que va a surgir? Y es más una pregunta que una decisión. Entro en un estado de lectura para ver qué me llama la atención. El Primavera Sound en el que tocó Björk fue un primer approach a un tipo de sonoridad. Obviamente, me la habían recomendado tres millones de veces, pero no había conectado nunca. Y en ese show, que fue la primera vez que la vi en vivo, me pasó algo: no conocía los temas, no entendía lo que decía (porque canta en un inglés rarísimo y tampoco es que el mío es muy fluido), y, sin embargo, me largué a llorar. Me emocionaron sus melodías, su manera de cantar, el timbre de su voz. Entré en un viaje björkiano de escucharla un montón”.

“Por otro lado, me puse de novia con Florián. Él toca en los Cadillacs, entonces empecé a ver mucho show de ellos y a escuchar, no sé, Fabulosos calavera (1997). Hubo algo ahí, en todo ese punk ochentoso y noventoso argentino, que me agarró. Y después estaba la obra en construcción que tenía enfrente del departamento en el que vivía. Todos los días me levantaba a las ocho de la mañana con el ruido de la amoladora. Me estaba volviendo loca del mal humor, hasta que un día dije: ‘Bueno, este timbre me está entrando en la oreja todas las mañanas. Algo me quiere decir’. Ahí apareció esta imagen del cemento, esta idea de construir. Empecé a pensarme a mí misma como una constante obra en construcción sin planos, cuya forma voy descubriendo”.

Naturalmente, para desembocar en lo que sería La otra mejilla, esta mezcla tan ecléctica de sonidos tuvo que converger, a su vez, con todos los procesos personales que Feli transitaba por aquel entonces. Entre ellos, un desencanto creciente con las adversidades propias de la industria musical argentina.

“Tuve un año y medio de mucha frustración con el éxito comercial de mi música, que se vio acompañado por una serie de enojos interpersonales con amigos y con gente que en ese momento trabajaba conmigo. Se me enredó la cabeza groso. Todo ese proceso desencadenó en un final de 2023 muy caótico, en el que terminé peleada con todo. Para mí, el éxito más importante es poder hacer la música que yo quiero escuchar, pero también están las presiones de pagar el alquiler y de no llegar a ver plata cuando hay una dependencia económica de parte de mi equipo. Cosas que nunca me importaron de repente empezaron a pesarme: compararme con otros artistas, un deseo de reconocimiento de premios. Lo desesperante era que mi conciencia me decía: ‘¿Pero sos tarada? ¿Qué es lo que te está importando?’. Pero no podía sacármelo de las emociones”.

“Poco a poco fui entendiendo que, para trabajar de esto, se tienen que combinar dos cosas en tu personalidad: el amor por la música y las ganas de ser empresario. Al final sos un emprendedor, y tenés que tener la paciencia, el riesgo y la capacidad de convencimiento de quien sale a buscar inversores, así tenga un emprendimiento de medias sublimadas. Porque lo que pasa después en esta industria es que se terminan metiendo dos tipos de trabajo distintos en una misma bolsa. Un entertainer y un artista hacen cosas diferentes, pero están nombrados bajo el mismo título y se espera que generen los mismos números a la misma velocidad. Mi trabajo se parece más al de Pink Floyd que al de Piñón Fijo, pero la eficacia económica de mi proyecto se termina midiendo según los parámetros de ese otro rubro”.

La primera mitad de La otra mejilla pareciera organizarse, en parte, alrededor de este malestar enmarañado; del desgaste que supone negociar con un sistema que procura el lucro de otros y nada más. “Amituofo”, por ejemplo, versa sobre las trampas banales recién mencionadas por Feli (“Es tan patético mi hambre de gloria / Poniendo otra pieza a este altar de fracasos”). “Algún día”, mientras tanto, se ocupa de disparar dardos contra un festival de música “todo mal organizado”. Cuando Rolling Stone pregunta por el origen de esa línea, Colina se ríe.

“¿Lo quemo o no lo quemo?”, dice sopesando los riesgos. “Hace un tiempo trabajé con alguien que fue muy desprolijo conmigo y que, encima, me dijo que la desprolija había sido yo. Tiene un festival, así que fue como un shade que le tiré. ‘Me parece que sos un poco ingrata’ también es algo que me dice él. Al que le quepa el poncho, que se lo ponga”.

“Ingrata” es un ejemplo más entre los tantos adjetivos peyorativos que conforman el campo semántico de La otra mejilla. Hace algunos meses, en el antro conocido como Twitter, volvió a circular un video viejo de Fiona Apple en el que la cantante aseguraba ser capaz de reconstruir con quién salía durante la composición de cada una de sus canciones. Según ella, esto se podía lograr a partir del lenguaje que usaba para describirse a sí misma. En el caso de Feli, es posible que ese dedo juzgón en el espejo (que, a lo largo de cuarenta minutos, la acusa de ser megalómana, ridícula, mezquina, sumisa, arrogante, indisciplinada, ilegible, degenerada) haya sido instalado durante la niñez, elaborado por lo que escuchó y lo que interpretó de lo que oyó.

“Había una serie de adjetivos que temía y que me sujetaban, impidiéndome actuar con naturalidad. Si todo el tiempo estoy sujetándome para no ser una ingrata o una megalómana, estoy castigando actitudes mías que ni siquiera llegan a la superficie; estoy pidiendo perdón sin haber hecho nada. Tenía una necesidad constante de ser buena para contradecir todos esos adjetivos que yo me decía a mí misma”.

¿Hubo, entonces, alguna transgresión que te haya corrido de esa tesitura de poner la otra mejilla? ¿Qué hace falta para que salga la feroza en la vida real?

Una vez Florián me dijo: “Vos te enojás cuando la gente pasa límites que nunca pusiste”. Y ahí entendí que esperar que el otro adivine el límite que yo no estoy poniendo es, de algún modo, una trampa. Obviamente, también hay cosas desubicadas que me habrán hecho de forma intencional. Pero invertir energía en pensar en lo que hizo el otro no me resulta tan provechoso como preguntarme cuál es la posición subjetiva que me genera a mí ese enojo.

En relación a eso último, ¿cómo hiciste para resolver la frustración con esta industria tan tendiente al rédito y el reconocimiento?

En mi momento de mayor locura, empecé a ver si alguna religión me podía sacar de ese estado. Entré en una etapa de poner mantras, mantras, mantras a ver si me sacaban de ese momento que fue psicótico. “Mantras para despejar el camino”, “mantras para no sé qué”… Todo muy dzhey, dzhey, Ganesha (risas). Igual no fue a través de eso. Fue a través de sentarme un ratito con el estado, dejar de juzgarme por lo que estaba pensando, y atravesarlo. Como todo en la vida.

Aunque la conclusión del proceso no llegó por vía religiosa, fue durante ese mismo período que Colina dio con un curso dictado por el psicoanalista José Luis Parise. Este trataba sobre la historia de Cristo, figura que fascinó profundamente a Feli. ¿Cuáles fueron las prenociones de Jesús que terminó desmitificando o modificando? 

“Cada vez me alucina más el chabón”, dice ella. “Es importante entender que nació en la época en la que se esperaba la llegada del Mesías. El pueblo judío estaba manejado por el Imperio Romano, entonces aguardaba un libertador político que los sacara de esa opresión. Ese libertador tenía que tener sangre davídica y aarónica. Y como María tenía ambas, el nacimiento de su primer hijo era toda una cosa. Cuando finalmente nace, su entorno familiar le dice: ‘Sí, vos tirate en los laureles porque sos el Mesías’”.

Feli Colina (Foto: Flo Pasqualini).

“A él no le cerraba esa idea, entonces se educa en Egipto, se va a la India, tiene una educación hermética. Aprende de todo eso, y concluye: ‘Yo no vengo a decir nada diferente de lo que está en la Torá; vengo a que la entendamos’. Termina aceptando que era el libertador, sí, pero del opresor que tenemos adentro nuestro y nos impide conectar con nuestra propia divinidad. Ahí entiende que, para que escuchen su mensaje, tiene que performear los milagros. ¿El Mesías llega en burro a Jerusalén? Arma la perfo con sus apóstoles para ganar credibilidad. Un artista total. Hay algo en la agudeza de su inteligencia que me fascina. Por ejemplo, el episodio de la mujer adúltera a la que apedreaban por ser infiel. Aparece Jesús, y le dicen: ‘Che, vos que sos tan capo, hijo de Dios, ¿es culpable o no es culpable?’. Su respuesta no es directa: ‘El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra’. Esa manera que tenía de preguntar por la tangente para poner en juego a quien enjuicia es de una inteligencia absoluta”.

Se advierte con claridad que la convicción espiritual de Feli es auténtica. No hay un solo gramo de impostación en el entusiasmo de su respuesta. Esto contrasta fuertemente con un fenómeno que la guionista Malena Pichot describió hace un año, no sin controversia pero tampoco sin razón, al sostener que la pose del catolicismo “se puso insólitamente de moda de la mano de morenistas”. No solo entre ellos: se percibe, además, en cierta camada de streamers locales y, más notoriamente, en el universo simbólico de Lux (2025), el último trabajo de Rosalía.

“Soy mega fan de Rosalía, y estoy segura de que ella tiene bocados de Dios todo el tiempo. No creo que sea forzado. Lo veo cuando canta. Se ve que teníamos una curiosidad en común, y que la comunicamos de maneras distintas. Yo escucho el primer tema de LUX y, tal vez por una cuestión estilística, no me encanta la letra. Pero escucho lo que pasa musicalmente, y se me pone no la piel sino el centro del alma de gallina. Tal vez a una persona que lea algún pedazo de letra mía le pase lo mismo desde la palabra. Yo me tropiezo con el humano cantando, y ella tal vez escribiendo letras. Es, simplemente, que cada una tiene una herramienta más fuerte, pero creo que estaríamos de acuerdo si conversáramos de qué se trata”.

¿De qué se trata? Para Feli, que se describe a sí misma como “gnóstica”, la divinidad estriba en la posibilidad del ser humano de dejarse llevar por una suerte de coreografía invisible que nos conducirá a un puerto saludable. “Siempre me emocionó la conexión de corazones y de mentes; pensarnos como planeta entero, como especie entera”, dice. Lejos de responder a una ortodoxia religiosa, esta convicción se arraiga en ese sincretismo tan latinoamericano que se respira en su Salta natal, capaz de reconciliar al catolicismo con lo pachamámico. Su religión pagana, tal como canta en El valle encantado.

“Lo amo al Valle. Fue un momento muy alto para el grupo creativo que tenía con Baltazar Oliver, mi coproductor y pianista de ese entonces, e Inti Patron, que fue quien se ocupó del arte. Estaba muy conectada con el lugar de donde vengo y con la idea de la raíz, de la sangre como raíz. Todo el disco estaba atravesado por esa búsqueda del origen”.

Felicitas Colina Cornejo nació el 27 de octubre de 1994 en la capital salteña. De su madre legó la veta espiritual; la musical, en cambio, vino de la mano de su padre y de su hermano mayor, Agustín. Pero tuvieron que pasar cerca de trece años para que despertara en Feli la pulsión de tener bandas y tocar. O, más precisamente, de buscar “cómo tocar los Jonas Brothers” en La Cuerda. A los dieciséis, ya se mandaba sola a los bares de su ciudad para versionar temas de 4 Non Blondes y Oasis

Feli Colina (Foto: Flo Pasqualini).

“Una noche, cantando Led Zeppelin, noto que entra un grupo de chicas diez años mayores que yo a decirme: ‘Vení para acá, vos vas a ser nuestra amiga’. Probé mi primera pepa en la casa de una de ellas. Estábamos todas en pijama, y me dijeron: ‘Tenés que ver esto’. Y pusieron el documental de Pina Bausch que hizo Wim Wenders. Me cambió la vida. Nunca había visto nada de danza-teatro, ni tampoco de semejante nivel de expresividad”.

Mientras perfeccionaba su repertorio, Colina desarrolló paralelamente un estilo propio que, según su propia categorización, se bifurca en dos tipos distintos de composición: “En todos mis discos, está siempre la canción más monotonal y de simpleza armónica, en la que se genera una suerte de loop entre dos acordes que van y vienen. Eso me inspira mucho a nivel melódico y de producción. La otra canción que suelo hacer, que tiene más movimiento armónico, ya es más Beatle y lennonística. Más monótona en cuanto a melodía también. Musicalmente, Lennon es mi Beatle favorito; pero filosóficamente me gusta mucho más Paul. Me parece referencia de cómo llevar la vida”.

No faltaría mucho para que el nexo de Feli con los Beatles adquiriera una dimensión insólita. En 2018, cuando ya llevaba cuatro años asentada en Buenos Aires, Colina ganó la quinta edición del concurso Camino a Abbey Road, imponiéndose entre casi tres mil músicos. De la noche a la mañana, pasó de tocar en los vagones de la línea B (por entonces su fuente de sustento) a grabar en el estudio mítico en el que los Fab Four editaron casi toda su obra. Allí fue que tomó forma Feroza, el álbum de 2019 que Feli considera su verdadero debut. 

Su sucesor, en cambio, fue concebido en circunstancias opuestas, no solo climatológicas. La imposibilidad de regresar a Salta durante casi dos años de pandemia instó a Feli a reencontrarse remotamente con sus raíces. El resultado, El valle encantado, fue un disco fuertemente atravesado por el folclore, cuya recepción la ubicó, quizás demasiado rápido, bajo esa etiqueta. 

“La fórmula de mezclar música actual con música de raíz está al alcance de la mano desde hace décadas. No sé, Piazzolla. Yo me acuerdo de escuchar cosas como Tonolec, Hasta la raíz (2015) de Natalia Lafourcade, o Mundo Anfibio (2012) de Lisandro Aristimuño, y decir: ‘Che, qué loca esta mezcla que están haciendo’. También es cierto que llegué a El valle encantado muy inspirada por El mal querer de Rosalía. Pero cuando me quieren comparar con otros artistas por esa fórmula, me da gracia, porque no siento que sea mía la fórmula. A mí me encanta la manera en la que la hice yo. Tomárselo en serio, y buscar bien qué aspectos de esa raíz son realmente tuyos, es algo que ya depende de cada uno”.

Como todo en la vida, la definición que tiene Colina para la palabra “raíz” es sensible al cambio. Hoy, con su deseo de un “canto de flor celeste” cumplido, su noción de casa ya no designa a Salta sino a Florián Fernández Capello, su marido, con quien se casó en febrero del 2025. “Fue una ceremonia muy chiquita. Yo nunca soñé con casarme; siempre pensé que era como ir a hacer un trámite a la AFIP. No sentía que fuera capaz de brindarme algo emocional. Y estoy muy sorprendida con todo lo que me dio. Fue entender que firmé un contrato con otra persona para construir algo juntos. Me dio un piso y una tranquilidad. Amo con el alma a mis hermanos y a mis viejos, pero empiezo a tener la sensación de que mi familia es Flor. Mi casa es la casa que tengo con él. Hay días en los que estoy en el bondi y me emociono al punto de largarme a llorar. No me reconozco tan polleruda, pero siento que el destino me lo cruzó para que pudiera estar más tranquila y ser más amorosa. Me trajo un pedacito de futuro con él”.

No es casualidad que Florián describa su relación en los mismos términos: “Es difícil hablar de una primera impresión, porque lo que me pasó con Feli fue sentir una certeza de confianza y amorosidad que trascendía, y todavía trasciende, cualquier tipo de definición o explicación. Pero creo que algo que la caracteriza enormemente es su poder de hacer brillar a todo lo que está a su alrededor con su propio brillo. Tiene un espíritu capaz de iluminar personas, hogares, espacios y todo lo que se proponga. Inspira con su existencia y hace un trabajo sutil, delicado y profundo con esas cosas que no son palpables pero transforman vidas. Lo hace solo por su amor a mejorar el mundo, y lo logra”.

En el último trecho de La otra mejilla, hay un tríptico que narra la recomposición de Feli a través de su encuentro con el amor. Llega después de un interludio llorado (“Llanto – Felicitas Colina”, leen los créditos), y está conformado por tres canciones: “Flor”, “Vas a encontrar” y una balada preciosa titulada “Don”, acaso el momento más deslumbrante del disco. Sin dudas, el más conmovedor; de una sensibilidad comparable a la que invocó para encarar la actuación del visual album. Este, que se inspiró en la fotografía de Alessandra Sanguinetti, fue dirigido por Valeria Bertuccelli.

“Más que un ensamble familiar, conocer a Feli fue un encuentro de espíritus”, dice Valeria. “Nos conocimos y, a la semana, ya estábamos en Salta cantando con su papá y su mamá. Es alguien a quien le cuento mis guiones y con quien hacemos vida de circo, de juntarnos a cantar y pensar. La admiro mucho, y me parece increíble ese modo recontra indie que tiene de hacer las cosas. Esa esencia suya de quien persevera en un camino es de artista. Y la rompió mal actuando. Es re actriz”.

“Una vez más, La otra mejilla empieza con el desconcierto, la ira, y la agresividad de no entender pero estar muy incómoda”, cierra Feli. “Es el ciclo que siempre se repite. Después llega el quiebre, recupero energía, y esa energía se integra al festejo que, igual, se convertirá en la próxima crisis. Así suele ser”. El que tenga oídos para oír, que oiga.

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