El 24 de julio de 2001 salió Mar, el debut mainstream de Leo García. Antes, en 1999, había editado Vital por el sello indie Índice Virgen. “No lo hice con ningún tipo de expectativa”, dice Leo. “El país se estaba por incendiar. Faltaban meses para el estallido de diciembre, para las cacerolas, para que un presidente se fuera en helicóptero. En medio de esa tensión salió un disco luminoso, de guitarra criolla y pop, con una canción que dice que nadie te va a salvar más que vos mismo”. Veinticinco años después, hablamos con los protagonistas de esta grabación.
Antes de todo esto hubo una banda, Avant Press, con varios discos en el camino y un primer intento fallido de trabajar con Gustavo Cerati. El primero de esos discos, Amor entre rosas (1994), lo produjo Daniel Melero; Boutique, grabado hacia fines de los noventa, lo produjo Cerati, pero nunca llegó a editarse. “Es un disco que no salió, es inédito”, cuenta Leo. “Ahora está subido a plataformas digitales, pero no sé si eso es del máster original. Hubo una interna con la discográfica, que quería imponer a Gustavo Santaolalla como productor en su lugar”. Ahí mismo Melero le hizo a Leo algo parecido a una profecía: “Me parece que tu carrera es de solista”, recuerda Leo las palabras de Melero. “Estás poniendo toda la energía en un grupo y eso me parece absurdo. Todas las canciones las hacés vos”, le dijo y agregó: “¿Sabés qué? Te va a producir Gustavo, cuando vea que yo te produje a vos, va a querer producirte el segundo disco”.
Todavía al frente de Avant Press y mucho antes de cruzarse con Cerati, Leo conoció a Pablo Schanton, en ese entonces periodista de Clarín y curador de un ciclo llamado Estetoscopio, en el Instituto Goethe, un espacio de música under donde pasaban Babasónicos, Melero y hasta el propio Cerati. Leo se acercó al instituto con un demo bajo el brazo, a Schanton le encantó y le hizo una nota en el diario. “Fue buenísima”, dice Leo. “Cuando mi mamá abrió el diario y la vio me dijo: ‘Hijo, dedicate a la música’. Fue el primer espaldarazo real que tuve”.
Mientras tanto, en Buenos Aires, dos mundos corrían en paralelo. Uno era Morocco, la disco de Diana Ruibal que marcó las noches de los noventa. De sus jueves de música electrónica nació, casi sin planearlo, un sello: Frágil Discos. “Viajábamos mucho buscando lo mejor, invirtiendo un montón de dinero”, cuenta Ruibal. “Parecía una locura, pero después tenía su resultado. Empezamos por la electrónica” [entre los primeros discos editados por el sello, hubo experimentos sonoros de Leo e inclusive uno de Cerati, con su proyecto electrónico Ocio]. Alejandro Ros diseñaba las tapas: “Teníamos esa fantasía de sello de música electrónica argentina, y ahí me despaché, hice unas tapas que a mí me parecen muy buenas. Diana nos marcaba y permitía que pasaran todas estas cosas, porque no era un negocio para ella. Como debe ser una mecenas de arte: las cosas tienen que suceder sin pensar en el resultado”.
El otro mundo, a pocos kilómetros, era igual de arty pero de otro signo. En 1999, Roberto Jacoby –letrista de Virus, artista conceptual– alquilaba una quinta en Parque Leloir. “Todo el mundo fue a esa casa quinta”, asegura Leo. “Ahí andaban, entre otros, Alejandro [Ros], Rosario [Bléfari], Lean [Fresco], Flavio [Etcheto] e inclusive Gustavo”. Leo armó un estudio en un cuarto, se quedó a vivir y grabó Vital él solo, con un sampler ASR-10 de Ensoniq. Fue viéndolo trabajar así, cortando y pegando canciones, que Cerati empezó a prestarle atención.

En 1999, a dos años de haber separado a su banda de toda la vida, Soda Stereo, Cerati estaba grabando Bocanada, en un estudio que había armado en el fondo de su propia casa, en la calle Eduardo Madero, en Vicente López. Al estudio lo había bautizado Casa Submarina y lo había construido el ingeniero de sonido Eduardo Bergallo.
“Yo fui el tercero del grupo que Gustavo armó para grabar ese disco”, dice Leo. “Él ya sabía de samples y de mis ideas porque me había visto y escuchado mientras hacía Vital”. A partir de ahí Leo dejó de viajar en tren y en colectivo desde Moreno con el sampler a cuestas y se quedó a vivir en la casa de Cerati. Flavio Etcheto ya estaba trabajando con el exSoda y luego se sumaron Leandro Fresco y Fernando Nalé. Leo aparece en Bocanada como invitado, en coros, sampler y voces. Pablo Schanton compuso un tema bajo el seudónimo Chaijale y le puso el título al disco. Bergallo grabó y mezcló. Ros hizo el diseño. Dos años después, en Mar, volverían a figurar varios de estos nombres.
La profecía de Melero se cumplió en la gira presentación de Bocanada. Arriba de un avión, tocando con Café Tacvba, Leo les compartió sus demos a Joselo Rangel y a Rubén Albarrán. “Les pasé las canciones y ellos me dijeron: ‘Escuchamos una que nos encanta, la de Morrissey. Te la queremos producir’”. Leo se lo contó a Cerati con la inocencia de quien todavía no se anima a pedir lo que quiere. “En ese momento se dio vuelta, me miró a los ojos y me dijo: ‘El que te va a producir, soy yo’”.
La pieza que había llamado la atención de los Café Tacvba fue escrita por accidente y, con una estrategia de marketing inusual, puso a Leo García en boca de todos en 2.000. Leo había teloneado a Morrissey en su primera visita a Buenos Aires, y en ese recital Pablo Schanton vio a una pareja besándose sin prestarle ninguna atención a lo que estaba sonando. “Pensé: ¿sabrá esta chica de qué hablan las letras de Morrissey?”, dice Schanton. Esa pregunta terminó siendo la clave de toda la canción. Diana Ruibal pagó de su bolsillo la edición de un miniCD: “Morrissey” de un lado, “Muerto”, del otro –en la tapa terminó apareciendo como “Estoy muerto por vos”, porque el título original la asustaba–. Con diseño de Ros, en la portada se podían ver el ojo de Leo y su microcorte en la ceja.

La movida incluyó un precio perfecto (un disco por un peso) y pequeñas peceras de vidrio, símil carameleras, ubicadas en las cajas de las sucursales de Tower Records, repletas del single. Así, la gente se lo llevaba en vez de pedir el vuelto. “Hicimos 1.000, y tuvimos que hacer otros 2.000 más”, cuenta Ruibal. “Fueron 3.000 más o menos en total, capaz que incluso más. Se vendían como pan”.
“Hacele una entrada por el garaje, que no haya que pasar por la casa”, le había dicho Bergallo a Cerati cuando construyó el estudio. No le hizo caso. Para llegar había que atravesar la casa entera. Uriel Dorfman, que arrancó con Mar como ingeniero de grabación a los 22 años, conoció a Cerati en la cocina. “Salíamos por la cocina y bajábamos por el jardín, que era como una barranca”, cuenta Dorfman. “La pileta estaba en el fondo. No estaba literalmente arriba del estudio, pero colindaba, había una parte de la pared que compartían. Pedíamos y comíamos en el estudio o íbamos a la cocina, todo hiperfamiliar, con Lisa y Benito dando vueltas por ahí. Una casa en pleno funcionamiento”. Bergallo también estaba en la grabación, no solo en la mezcla, con Dorfman a su lado. Todo pagado por Ruibal, sin ninguna idea acerca de qué sello lo iba a editar.
Grabaron entre mediados de octubre y fines de noviembre de 2000, con algunas interrupciones porque Cerati todavía cerraba fechas sueltas de la gira de Bocanada. “Generalmente estábamos Leo, Gustavo y yo”, dice Dorfman. Arrancaban a las tres de la tarde; terminaban a veces a las nueve de la noche, a veces a las dos de la mañana. Leo trabajaba en un Akai MPC 2000 XL. “Fue un poco más relax que Bocanada”, dice Nalé. Bergallo lo describe así: “La pasamos bien. Teníamos buenas canciones, buenos intérpretes, el lugar era cómodo, sonaba bien”. “Gustavo le daba mucho espacio a Leo, mucha confianza”, asegura Dorfman. “Leo le pedía que tocara, pero Gustavo no quería sacarle el lugar. Tenía claro que el disco era de Leo”. “Me hizo tocar con tantas guitarras”, cuenta Leo. “Trece guitarras diferentes probamos”. La que funcionó fue la que Cerati le pidió prestada a Pedro Aznar. “Puso una alfombra en el piso y usó diferentes micrófonos, un Sony, un Neumann, toda una colección”.
“Esto quiero que sea todo como concepto”, le dijo Cerati a Schanton. Leo lo recuerda con una palabra más directa todavía: pensar el disco “como Artaud”. Para eso convocó a un percusionista, Gustavo Spinetta –traído por Nalé–, hermano de Luis Alberto y el mismo que había tocado batería en el propio Artaud, para que participara en tres canciones del álbum: “Eco”, “Mar” y “Cerca”. Cerati se metió en cosas que nadie le había pedido –un coro acá, una guitarra allá, un efecto que nadie esperaba– y buena parte de eso nunca quedó acreditado en ningún lado.
“Un disco de trece canciones pasó a ser de catorce por esta que entró por la ventana”, cuenta Leo, sobre “Isla”, la última que registró. “Habíamos grabado una que se llamaba ‘Ángela’, en homenaje a la madre de Leo. Pero no está en el disco. Y hay otra, ‘Brad Davis’, en homenaje al actor, que tampoco quedó”, dice Bergallo.
Para la portada de Mar, Claudio Divella se alejó de aquel primer plano cerrado en el ojo del single y mostró mucho más: Leo entero, en su versión más elaborada, con esa búsqueda de estrella pop que tenía en ese momento. “Leo admiraba a Britney Spears”, cuenta Ros. La cara pálida, con una sola ceja –la otra, afeitada–, el pelo repeinado hacia atrás, la campera con las tres tiras de Adidas. Divella hizo la foto; Ros le puso el mar de fondo (el mar que Leo todavía no conocía). “Le di una encerada a la piel”, cuenta Divella. “Era un tratamiento que yo hacía porque en ese momento era fotógrafo de moda, me inspiraba en el estilo de la Vogue francesa, ese plastificado medio encerado que se usaba con Kate Moss. Quedó como algo medio alienígena”.

“A Gustavo le encantaba mucho esa marca, Manley, de compresores”, dice Leo. “Y entonces él quería que lo masterizara alguien que la manejara como nadie”. Se refería a Eddy Schreyer, quien, haciendo una excepción, los dejó entrar a ver cómo masterizaba. Leo lo compara con haber visto un show de Nirvana: “Ponía el tema y no escuchaba la música, escuchaba una frecuencia. Le agarraban como ataques de epilepsia. Un epiléptico musical era el tipo”. “Ni me acuerdo el orden de los temas. Eso lo hizo Gustavo con Diana. Se la pasaban discutiendo”, dice. Cuando Cerati le contó a Schreyer que el disco estaba mezclado en consola digital, el ingeniero lo escuchó y dijo que parecía analógico. “Yo estaba contento, porque era como un superhalago”, sostiene Bergallo.
A Los Ángeles viajaron cinco: Cerati, Ros, Schanton, Leo y Diana. “No se necesitaba ni que fuera uno para masterizarlo, pero fuimos todos”, dice Diana, que aún no sabía por qué sello saldría el disco. “Tenía conversaciones”, cuenta. “Después se terminaron matando entre Sony y Virgin, subiendo las apuestas. Me volvieron loca, al punto de que en un momento dije: ‘Voy a perder todo el dinero, no lo va a publicar nadie, lo vamos a hacer independiente’”. Finalmente lo compró Virgin, el sello dentro de EMI que hoy es Universal.
A la vuelta del viaje, presentaron el disco en un barquito que surcó la ciudad. “La gente compraba una entrada. Pusimos un sonidito y yo cantaba, tocando el disco completo. Surcaba la ciudad tocando Mar”, dice Leo. Él iba vestido de marinero y Ros, de capitán.
La presentación formal, con banda en vivo, fue en noviembre de 2001, en el teatro Astros. “Fuimos todos. Todos me refiero a todos los que tocamos en el disco: Fer, Diego Fosser, Pedrito Moscuzza, yo, Gustavo, obviamente”, cuenta Fresco. “No sé si no tocó hasta Gonzalo Córdoba”.
Veinticinco años después, Mar se va a tocar completo en vivo por primera vez, el 16 y 17 de octubre, en Artlab, con Fernando Samalea en batería, Claudia Sinesi en bajo e invitados. Ros otra vez al mando, ahora de la parte visual: “Va a ser un show muy austero. Me gusta trabajar con lo que hay en el lugar. Voy a usar la luz de ellos, programada por mí”. También llegará la esperada edición de Mar en vinilo, con la aprobación de Leo y la adaptación de Ros para ese formato.
Pero antes de todo esto, hubo un auto descapotable.
Terminado el mastering en Los Ángeles, Cerati alquiló uno. “Gus apareció con un auto descapotable, impresionante, con un sonido increíble”, cuenta Leo. “Puso el disco y ahí me largué a llorar, porque me escuché desde afuera. Ya no era mío el disco”. Salieron a dar vueltas por la ciudad, el álbum entero sonando dentro del auto. “Cuando llegó ‘Alguien’, el tema que cierra el disco, escuché a un artista que estaba solo y era yo”.
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