“Todos hemos sido el Quijote alguna vez”, Dianka!

Llegan momentos en los que lo único que queremos es escapar. Cambiar de aires, de paisaje, encontrar silencio o, por qué no, descubrir nuevos sonidos. A veces basta con salir a caminar mientras suena nuestra música favorita o ese podcast que dejamos a la mitad; otras, el refugio aparece en el deporte o en un rincón de la naturaleza donde, por fin, podemos escuchar nuestros propios pensamientos. También está la posibilidad de viajar, ya sea físicamente o a través de un libro, donde el único límite es la imaginación.

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Dianka! decidió no conformarse con una sola opción. Durante la creación de Cabriola (relato breve), la artista catalana convirtió la literatura en su refugio. Entre el ruido incesante de Madrid y una escapada a los Alpes —el escenario que inmortalizó a Heidi, uno de los personajes que inspira este proyecto— fue construyendo un universo en el que la imaginación deja de ser un simple escape para convertirse en una manera de comprender la realidad.

Escuchar Cabriola (relato breve) se parece un poco a abrir un libro. Conforme avanzan las canciones aparecen personajes conocidos —Don Quijote, Dulcinea, Heidi o Pippi Calzaslargas—, pero ninguno permanece igual. Todos terminan convertidos en una extensión de la propia Dianka!

En su nuevo álbum la literatura no es solo una referencia, la artista catalana construye un universo donde la imaginación sirve para cuestionar la realidad, la rebeldía consiste en escucharse a uno mismo y los personajes de ficción terminan revelando verdades profundamente personales.

En conversación con ROLLING STONE En Español, Dianka! habla sobre el ruido que dio origen al disco, el día en que Don Quijote le cambió la vida y por qué, al terminar su EP, descubrió que la rebeldía que admiraba de sus personajes favoritos también habita en  ella.

Mientras escuchaba esta primera parte de Cabriola sentía que me transportaba a otro lugar. Pensaba en Heidi, en Don Quijote, en esos espacios enormes, tranquilos, alejados del ruido. Me preguntaba si, para crear este proyecto, también necesitaste alejarte del mundo exterior.

Es curioso porque, en realidad, el álbum nació justo en el momento de más ruido. Lo compuse en Madrid, probablemente el lugar más ruidoso en el que he vivido. Yo soy de Barcelona, y Madrid, al ser una capital tan grande, tiene un ritmo completamente distinto: muchísima gente, coches, movimiento constante… Precisamente esa necesidad de huir de todo ese ruido fue la que terminó impulsando el disco. Así que Cabriola nace del deseo de escapar, aunque paradójicamente fue escrito en medio de todo el trajín de la ciudad.

¿Sientes que Cabriola también funciona como un ejercicio de revisión personal? Mientras lo escuchaba pensaba mucho en la idea de cuestionar nuestras propias versiones de las cosas, de entender que nunca conocemos toda la historia.

Sí. De hecho, el propio título, “Cabriola”, resume muy bien esa idea. Una cabriola es un salto que hace un caballo y me gusta porque dentro del disco conviven dos conceptos muy importantes. El primero es precisamente el salto: para mí representa esa huida de la ciudad, del ruido, la libertad de desprenderse de aquello que ya no te hace bien. Pero también existe esa especie de patada hacia atrás, ese gesto de rebeldía, de intentar sacudirse todo aquello que te ha pesado o que no ha sido bueno para ti. Lo más curioso es que este álbum ha sido diferente a los anteriores. Normalmente uno empieza un disco sabiendo exactamente qué quiere decir. Yo tenía muchas ideas claras, pero Cabriola terminó enseñándome cosas que no sabía de mí. Muchas respuestas llegaron después de terminarlo. Fue como descubrir: “Ah, por eso escribí estas canciones. Por eso necesitaba hacer este disco”. Y ese proceso me parece muy bonito.

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La lectura ocupa un lugar muy importante dentro del proyecto. ¿Crees que leer puede ser una forma de encontrarnos, pero también de perdernos?

Yo creo que la lectura siempre ha sido una forma de evasión. Gran parte de la literatura que más me ha marcado —especialmente escrita por mujeres— tiene muchísima imaginación. Me gusta esa capacidad que tiene de alejarnos, aunque sea por un momento, de la realidad. Como artista siento que aprendí precisamente eso leyendo: incluso cuando hablo de experiencias reales, siempre necesito llevarlas hacia otro lugar, crear un universo propio, imaginar. Aunque una canción nazca de algo cotidiano que me ocurrió a mí, me gusta contarlo desde una perspectiva más creativa, construir un mundo alrededor de esa experiencia. Creo que esa manera de narrar se la debo, en gran parte, a la literatura.

A veces siento que aprendemos más leyendo una novela o viendo una película que cuando alguien intenta explicarnos algo de forma completamente técnica.

Totalmente. Estoy muy de acuerdo.

Escuchando el disco siento un viaje constante entre distintas épocas. ¿Qué te atrae de esos mundos y cómo decides qué elementos llevar a tu música?

Creo que todos vamos construyéndonos a partir de las cosas que nos influyen. En mi caso, quizá también tenga algo que ver con ser sagitario, porque la libertad siempre ha sido un tema muy importante para mí. Heidi, por ejemplo, representa perfectamente esa rebeldía, esa necesidad de elegir dónde quieres estar. De hecho, muchas veces me sentí como Heidi viviendo en Madrid. Era como si Madrid fuera Frankfurt y Barcelona representara mis Alpes, ese lugar donde realmente quería volver. Después está Don Quijote, que para mí es una obra absolutamente fundamental. Todos hemos sido el Quijote alguna vez, querido ser algo que todavía no somos. Hemos visto gigantes donde había molinos y nos hemos dejado llevar por nuestras propias fantasías. Todo aquello que me inspira necesitaba estar presente en Cabriola. Quería que las referencias fueran visibles porque forman parte de quién soy y de cómo entiendo la creación.

Ahora que mencionas Don Quijote, me gustaría preguntarte por tu relación con la obra. Es un libro fundamental para la literatura en español y latinoamericana. ¿Qué fue lo que encontraste en Alonso Quijano?

Siempre me había gustado leer, pero fue en bachillerato cuando cursé una asignatura optativa de Literatura y leímos algunos fragmentos de Don Quijote. Recuerdo perfectamente estar en clase mientras muchos de mis compañeros no conectaban con la lectura, algo completamente normal a esa edad. En cambio, para mí fue un descubrimiento absoluto. Me reía, lo disfrutaba muchísimo y sentía que estaba leyendo a un autor contemporáneo. Había algo en la historia que me resultaba increíblemente actual. Me fascinó esa locura de vivir desde la imaginación, de convertir la vida en una aventura. Fue una lectura que me abrió un mundo enorme. Además, gracias a ella descubrí que quería dedicar más tiempo a la literatura. De hecho, durante mucho tiempo quise estudiar esa carrera, pero no lo hice por las típicas presiones de que “no tiene salidas” o “no vas a vivir de eso”. Lo bonito es que, después de terminar este disco, decidí que sí voy a estudiar Literatura. Siento que también forma parte del camino que empezó con Cabriola.

Qué bonito. Además, siento que este disco ya funciona casi como un libro.

Totalmente. Creo que estudiar Literatura es una decisión que solo puede tomarse por pasión, y en este momento tengo muchísimas ganas de hacerlo.

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Vivimos rodeados de ruido, de opiniones y de estímulos constantes. ¿Crees que hoy es más fácil perder nuestra propia voz?

Qué bonita pregunta. Curiosamente, siento que mi voz nunca me ha fallado. Lo que me han fallado son los oídos. Tengo acúfenos, que son esos pitidos constantes que aparecen en los oídos, y eso terminó influyendo muchísimo en Cabriola. De alguna forma también representaban esa necesidad de escapar de una realidad que, por momentos, se volvía muy incómoda. Con el tiempo he pensado que esos pitidos eran casi una manera que tenía mi cuerpo de decirme: “No quiero seguir escuchando esto”. No quiero escuchar esas ideas negativas sobre mí misma. Creo que, como muchos artistas, he sido muy dura conmigo. Muchas veces la primera persona que me ha dicho cosas que no necesitaba escuchar he sido yo. Por eso me parece muy bonito pensar que, aunque mis oídos me hayan fallado alguna vez, mi voz siempre ha estado ahí para expresar todo lo que necesitaba decir.

En ‘Dulcinea’ sentí esa idea de que la imagen que los demás tienen de nosotros no siempre coincide con quienes realmente somos. ¿Cómo nació esta canción y por qué elegiste precisamente a Dulcinea?

Antes incluso de empezar el disco ya sabía que quería escribir una canción llamada ‘Dulcinea’. Siempre trabajo con una libreta donde voy apuntando títulos, ideas y temas que quiero desarrollar, incluso antes de tener la música. Cuando Pau Aymí, que produjo el álbum conmigo, me enseñó la base de esta canción, sentí que era el momento perfecto para contar esa historia. Para mí, tiene dos grandes significados. El primero era darle voz a un personaje que prácticamente nunca la tuvo. En Don Quijote, Dulcinea existe casi exclusivamente como el ideal que persigue el protagonista. Me parecía muy interesante imaginar qué habría pensado ella de toda esa historia. El segundo tiene un componente mucho más personal. Sabemos que Dulcinea en realidad era Aldonza Lorenzo, una mujer completamente distinta de la imagen idealizada que Don Quijote había construido. Esa diferencia entre la persona real y la versión imaginada me hizo reflexionar sobre mí misma. Muchas veces yo también he sido mi propio Quijote. He perseguido una versión idealizada de Dianka, una artista perfecta que sentía que debía alcanzar. Creo que la canción nace precisamente de esa tensión entre quién eres y quién crees que deberías ser.

Además de Don Quijote, aparecen Heidi y Pippi Calzaslargas. ¿Qué representan ellas dentro de Cabriola?

Siempre pienso que sería maravilloso ver a Heidi y a Pippi compartiendo una historia. Las dos tienen algo muy importante en común: una rebeldía completamente natural. Yo nunca me he considerado una persona especialmente rebelde. Al contrario, siempre fui la niña que quería hacer todo bien, seguir las normas y no equivocarse. Con los años entendí que esas protagonistas representan una forma muy distinta de rebeldía. No nace de llevar la contraria, sino de escuchar esa verdad interior que todos tenemos y que muchas veces dejamos de lado para adaptarnos a lo que esperan los demás. Hace poco volví a ver Heidi y me emocionó muchísimo. Sentí que conectaba con una parte de mí que muchas veces olvidamos cuando crecemos. De niños esa esencia está muy presente. Después, poco a poco, parece apagarse. Para mí, Heidi y Pippi simbolizan justamente eso: la libertad, la autenticidad y esa rebeldía que consiste simplemente en ser quien eres.

Es como preguntarte: “¿Qué haría Heidi en mi lugar?”

Exactamente. De hecho, eso fue lo que hice. Pensé: “¿Qué haría Heidi?”. Y la respuesta fue irse a los Alpes… así que terminé yéndome a los Alpes [risas].

En Cabriola también se perciben muchas influencias de las décadas de los 60 y los 70. Mientras escuchaba el álbum pensaba en cómo la música de esa época tenía la capacidad de transportarte a otros lugares. ¿Cómo nació esa conexión con esos años?

Desde muy pequeña veía un programa en España llamado Cine de barrio, donde emitían películas de los años sesenta y setenta. Ahí descubrí a Marisol, Rocío Dúrcal y muchas artistas que me fascinaron. Recuerdo verlas y preguntarme: “¿Qué es esto?”. Había algo en ellas que me atrapaba profundamente. Siento que Marisol comparte una esencia muy parecida a la que encuentro en personajes como Heidi o Pippi. Es difícil explicarlo, pero todas transmiten una inocencia muy especial. Creo que gran parte del arte de aquella época conservaba una mirada mucho más ingenua sobre el mundo. Todo parecía nuevo, más frágil, más tierno. Quizá por eso sigo volviendo constantemente a esa música. Me recuerda una pureza que siento que, con el paso del tiempo, hemos ido perdiendo.

¿Qué te permite contar un personaje que quizá no podrías contar desde el “yo”?

Creo que hay partes de nosotros que no siempre queremos reconocer. Por ejemplo, una de las canciones del disco habla de algo que me cuesta mucho admitir: aunque soy una persona muy sensible, también hay momentos en los que desconecto completamente de mis emociones. En situaciones muy extremas puedo llegar a ser muy fría. Durante mucho tiempo no encontraba la manera de expresar esa contradicción hasta que apareció esa canción. También me pasa con mi relación con la música. He sentido toda mi vida que la música ha sido una batalla constante. Imagino esa relación como un duelo eterno con espadas. Es algo a lo que amo profundamente, pero que al mismo tiempo me exige, me enfrenta y me pone constantemente a prueba. Durante mucho tiempo me dio miedo reconocerlo porque parecía casi una traición decir que la música podía sentirse también como una enemiga. Pero esa contradicción también forma parte de mí.

Decidiste dividir Cabriola en dos partes. ¿Por qué contar esta historia de esa manera?

Porque siempre pensé este proyecto como un libro. Y un libro necesita tiempo. Siento que Cabriola es un proyecto muy denso, lleno de referencias, detalles y capas de significado. No quería que todo apareciera de golpe. Existe una expresión en catalán que me gusta mucho y que habla de dejar que las cosas reposen. Creo que este disco necesitaba exactamente eso. También influye la manera en la que consumimos música hoy. Todo sucede muy rápido. Un álbum sale y, una semana después, parece que ya desapareció. Yo quería darle más vida al proyecto. Que cada parte pudiera respirarse, descubrirse y masticarse con calma. Incluso yo necesitaba ese tiempo para terminar de comprender todo lo que había creado.

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Te parece si hacemos unas preguntas rápidas, la idea es responder lo que te venga en mente.

¡Claro!

¿Cuál ha sido tu mayor acto de rebeldía?

Con este proyecto. Decidí asumir las riendas creativas en todos los aspectos posibles: la dirección artística, la edición, el vestuario, el universo visual… Ya participaba en esas decisiones, pero ahora sentí que debía confiar completamente en mi criterio. Ese ha sido mi mayor acto de rebeldía.

¿Qué palabra te gusta más?

“Triquitra”.

Es una palabra que descubrí en una zarzuela y que terminó convirtiéndose en el título de una canción del disco. Me encanta cómo suena. Además, representa ese traqueteo, ese ruido constante de la ciudad que también atraviesa Cabriola.

¿Qué canción te habría gustado escribir?

‘Tic Tac’ de María Arnal. También ‘Glue’ y ‘Family and Friends’. Son canciones que conectan conmigo de una manera muy concreta y siempre pienso: “Ojalá las hubiera escrito yo”. Y, por supuesto, cualquiera de Marisol.

¿Qué libro te acompaña actualmente?

Olvidado rey Gudú de Ana María Matute. Es una escritora que me ha acompañado durante muchos años y a la que admiro profundamente. Para mí, Ana María Matute también tiene algo de Heidi.

Si pudieras resumir Cabriola en una sola imagen, ¿cómo sería?

Podría decir que sería el instante de un salto, porque es la imagen más evidente. Pero, en realidad, me imagino un cuadro lleno de pequeños detalles. Desde lejos quizá solo verías el salto. Sin embargo, si te acercaras con una lupa empezarías a descubrir un caballo escondido, una cabrita, un libro, pequeños símbolos repartidos por toda la imagen. Creo que Cabriola funciona exactamente así: primero ves el conjunto, pero es en los detalles donde realmente empieza la historia.

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