Hace poco más de dos décadas, el colombiano Juan Pablo Montoya se convirtió en un ícono no solo dentro del mundo automovilístico, sino también en todo el universo deportivo nacional. Hoy, su hijo, Sebastián Montoya, pisa el acelerador a fondo y construye una carrera digna de admirar, una que posiblemente iguale o incluso supere la de su padre.
Desde los siete años, Sebastían mostró su interés en los carros y empezó a construir una carrera que hoy lo tiene compitiendo en la Fórmula 2, representando a todo un país en el Gran Premio de Miami. Pero más allá, habló con ROLLING STONE en Español del que en realidad es vivir dentro de ese universo que se mueve a toda velocidad.
¿Cómo fue crecer entre carros? ¿Cómo fue tu infancia?
Fue especial e increíble. Siento que a mucha gente tal vez no le habría gustado, pero a mí me encantó. Muchos viajes, muchas carreras y muchas reuniones con mi papá.
Muchas personas piensan que entré a este mundo por mi papá, pero en realidad ni él ni mi mamá me presionaron. Ellos me dijeron: “Si tú quieres esto, tienes que trabajarlo, y en todo lo que te esfuerces, nosotros te apoyamos”. Y ahora estoy acá, demostrando que de verdad quiero y amo mucho esto, este mundo envuelto en carreras.
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“Creo que uno no puede manejar ni vivir con miedo porque, aunque no lo parezca, el miedo limita”.
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¿En qué momento te diste cuenta de que querías seguir los pasos de tu padre?
Muy temprano, pero fue entre los ocho y los once años cuando me enamoré de esto y decidí que quería dedicarme a las carreras. Empecé a ganar y me di cuenta de que realmente era muy bueno en este mundo de la velocidad, además de que me generaba mucha emoción.
Siento que es una decisión que se va reforzando con el paso del tiempo y el trabajo. Es importante tener hambre de querer ser mejor cada día, siempre querer más. Yo quiero llegar a ser campeón de Fórmula 1. Igual, es importante recalcar que esto siempre es un trabajo en equipo, desde mi familia, que ha sido un gran apoyo, hasta los patrocinadores.
Dentro de las carreras hay un alto riesgo de accidentalidad. ¿Piensas frecuentemente en eso?
No, yo no pienso en accidentes, porque siento que aquello en lo que uno piensa constantemente es lo que termina sucediendo. Yo solo pienso en ir rápido.
Creo que uno no puede manejar ni vivir con miedo porque, aunque no lo parezca, el miedo limita. Me pasó en una carrera, pensé que me estaba acercando demasiado a un muro, pero después otro piloto se acercó aún más e hizo un mejor tiempo. Ahí entendí que, incluso en cosas pequeñas, el miedo te limita.
La primera vez que manejé bajo la lluvia en Mónaco pensé que me iba a matar. En la primera curva frené y el volante se movía muchísimo en mis manos; hice mucho drifting en esa vuelta. El ingeniero me dijo que había sido el más rápido junto a un inglés, y recuerdo haber pensado: “Esto se puso emocionante”. Ahí descubrí que no hay que tener miedo si quieres ser el más veloz.
Mucha gente confunde el miedo con la emoción porque ambas cosas comparten síntomas como las manos sudadas o esos pequeños nervios por dentro. Pero todo es cuestión de cambiar la mentalidad: en lugar de sentir miedo, sentir emoción, disfrutar el momento. Así nunca quieres detenerte.
¿Cómo son los momentos previos a una carrera? ¿Qué tanta ansiedad hay?
Cuando uno trabaja mucho por algo, siempre existe un poco de ansiedad. Pero cuando me pongo el casco, cambio completamente de mentalidad y desaparecen los nervios.
Aunque, en realidad, siempre queda algo de ansiedad, y creo que eso es justamente lo que te hace humano. Al mismo tiempo, también ayuda a que todo salga bien, a que aquello por lo que has trabajado durante tanto tiempo se ejecute de la mejor manera.
Ya cuando estás literalmente en carrera, todo consiste en enfocarte y ejecutar el trabajo previo.
¿Cuál ha sido el reto u obstáculo más difícil que has superado en tu vida?
Probablemente manejar la presión fuera de la pista, las expectativas y la gente en redes sociales. A la gente le fascina opinar sin saber realmente qué ocurre en el entorno de uno.
La gente de mi generación creció con mucha tecnología y con acceso inmediato a todo, así que opinar —sobre todo negativamente— se volvió algo muy común. Ignorar todo eso es complicado.
Trabajo mucho este tema con mis papás, mi equipo y mi psicólogo. Al final del día, lo importante es saber quién eres realmente, sin importar lo que digan las personas externas sobre ti.
¿Cómo es tu estilo de vida fuera del universo de las carreras?
Uno siempre debe buscar la felicidad y disfrutar lo que hace. Uno le dedica tanto esfuerzo y tiempo a esto, que si realmente no lo disfrutas, termina convirtiéndose en una tortura.
Por ejemplo, están las filmaciones, empiezan a las diez de la mañana, terminan de noche, después toca tomar un vuelo, luego ir al simulador… De verdad es pesado, pero todo se aligera gracias al amor que uno siente por lo que hace.
El estilo de vida termina siendo una rutina en la que haces aquello que verdaderamente te apasiona. Claro que uno se cansa, pero es como un niño pequeño, si algo te apasiona, siempre quieres seguir haciéndolo.
¿Qué significa Juan Pablo Montoya —no como padre, sino como deportista— para ti?
Cada día entiendo más a mi papá: lo que hizo y la posición que asumió conmigo mientras crecía. Te digo esto porque, cuando era niño, para mí él era el papá cansón que te regañaba cuando no hacías las tareas bien. Una vez incluso le dije: “¿Tú qué sabes? Tú solo sabes manejar carros”. Si mi hijo me respondiera eso, creo que le habría dado una bofetada [risas].
La habilidad, el talento y, sobre todo, la dedicación que tuvo fueron impresionantes. Su amor por el deporte es algo muy especial. Yo lo admiro profundamente porque siempre ha estado a mi lado.
Además, esta vida es complicada, y no solo dentro de la pista. Como te decía, hay que manejar la presión de la gente, las redes sociales, los patrocinadores, el equipo… Sin la ayuda correcta, todo sería mil veces más difícil.
Por todo lo que él vivió —porque mucha gente tampoco lo apoyaba— y por lo que ha significado para mí, le tengo un respeto enorme. Llegó muy lejos porque siempre fue fiel a su esencia.
¿Cómo te ves dentro de 30 años?
Exitoso, feliz y mucho mejor jugando golf.
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