Rafael Espejo: “Nuestra mayor resistencia consiste en ser visiblemente felices”

Las historias sobre el descubrimiento de la identidad suelen apoyarse en el conflicto permanente, la tragedia o el trauma. El fin de las primeras veces decide recorrer un camino distinto. La película acompaña a Eduardo (Alejandro Quintana), un joven que abandona su pueblo para llegar a Guadalajara, donde el deseo, la amistad y el amor aparecen como experiencias tan confusas como transformadoras. Más que construir un gran drama, Rafael Espejo apuesta por observar cómo la vida sucede frente a la cámara, permitiendo que los silencios, los pequeños gestos y el paso del tiempo revelen aquello que los personajes nunca expresan con palabras.

El director nos habló sobre la representación de la comunidad LGBTQ+, la importancia de la felicidad como forma de resistencia, la construcción visual de la intimidad y el derecho que todos tenemos a equivocarnos mientras descubrimos quiénes somos.

Cortesía de Piano

El fin de las primeras veces evita muchos de los clichés habituales tanto del coming of age como del cine queer, especialmente aquellos relacionados con la tragedia y el trauma. ¿Por qué decidiste contar el despertar emocional y sexual de Eduardo desde un lugar mucho más cotidiano y silencioso?

Sin duda era algo que tenía muy presente. No quería hacer una historia desde la victimización porque no considero que seamos víctimas. Claro que todavía hay mucho por hacer y seguimos siendo una población vulnerable en muchos sentidos, pero también ha habido avances muy importantes.

Hoy vivimos un momento extraño, donde parece haber ciertos retrocesos y debemos resistir para no perder derechos que ya habíamos conquistado. Pero esa resistencia, para mí, nace desde el gozo. Desde ser visibles y felizmente visibles. Creo que no hay mayor revolución que ser felices. Frente a quienes odian a la comunidad LGBTQ+, nuestra respuesta puede ser precisamente esa: vivir en libertad, con alegría, y convertirnos en un ejemplo para quienes vienen detrás.

Eduardo llega de un pequeño pueblo a Guadalajara, una ciudad que también parece convertirse en un personaje. ¿Qué querías mostrar sobre la experiencia de ser joven, foráneo y queer dentro de un espacio que al mismo tiempo ofrece libertad y miedo?

Creo que Guadalajara es como cualquier otra ciudad: tiene burbujas de protección y también espacios hostiles. Al final, esas burbujas no las construye la ciudad sino las personas que la habitan.

Cuando te rodeas de personas queer encuentras lugares donde puedes sentirte más seguro. Eso no significa que seamos perfectos; somos tan diversos y complejos como cualquier otra comunidad. Pero existe una posibilidad de cuidado mutuo que termina siendo muy importante.

Yo llevo más de veinte años viviendo en Guadalajara y ya forma parte de mí. Muchas cosas que aparecen en la película son completamente cotidianas para mí, pero quienes no conocen la ciudad las perciben como algo muy característico. Más que intentar construir un retrato específico de Guadalajara, creo que terminé filmando la ciudad que llevo conmigo.

Cortesía de Piano

La película transmite una enorme sensación de intimidad. ¿Cómo trabajaste visualmente esa cercanía con el protagonista?

Creo que la clave está en el tiempo. Para que exista verdadera intimidad es necesario permitir que el tiempo transcurra. Ese fue uno de los grandes riesgos de la película. Vivimos en una época donde los espectadores tienen cada vez menos paciencia, pero yo necesitaba que las escenas respiraran.

Las secuencias de intimidad, por ejemplo, ocurren casi en tiempo real porque lo importante no son únicamente las acciones, sino todo lo que sucede emocionalmente detrás de ellas: el miedo, la anticipación, el descubrimiento, incluso el conflicto interno que vive Eduardo mientras desafía la educación con la que creció.

También fue muy importante mantener la cámara extremadamente cerca del protagonista. La película está construida prácticamente desde su rostro. Quería que el espectador sintiera que habitaba su punto de vista y descubriera el mundo junto a él.

Y, por supuesto, hubo mucho espacio para la improvisación. Existía un guion muy trabajado, pero también queríamos que las escenas conservaran una sensación auténtica. No es lo mismo pedirle a un actor que se ría porque así lo dice el libreto, que provocar genuinamente esa risa en el momento. Mi trabajo consistía en crear un ambiente donde los actores pudieran sentirse protegidos para jugar, equivocarse y descubrir cosas nuevas frente a la cámara.

Además de periodista soy psicólogo y hubo algo que me llamó mucho la atención. Los personajes parecen estar improvisando la vida más que interpretando una estructura dramática tradicional. ¿Qué tan importante era eso para ti?

Todo. Me da muchísima alegría que lo hayas percibido así porque justamente era lo que buscábamos. Hay muchas maneras de hacer cine, pero a mí me interesaba sentir que la vida estaba ocurriendo frente a la cámara. Eso no es sencillo. Requiere mucha disposición de quienes están actuando, mucha paciencia de quienes están detrás de la cámara y también un enorme acto de fe.

Además, era la primera película prácticamente para todo el equipo. Creo que hubo una suma de voluntades muy especial. Todos queríamos que ocurriera esa magia y, afortunadamente, ocurrió.

¿Qué películas o cineastas estuvieron presentes mientras escribías y dirigías esta historia?

Me interesa muchísimo el cine latinoamericano contemporáneo. Tenía muy presentes Joven y alocada, que me encanta; también Dólares de arena, Te prometo anarquía, Gloria y, por supuesto, el trabajo de los hermanos Dardenne, especialmente por la relación entre la cámara y los personajes. Son películas que, de distintas maneras, dialogaban con lo que yo estaba intentando construir.

Cortesía de Piano

La película deja la sensación de que las primeras veces rara vez son épicas; suelen ser experiencias confusas que terminan definiéndonos con el paso del tiempo. Después de terminar este proyecto, ¿qué descubriste sobre la identidad, la memoria y el pasado?

Creo que lo más importante fue comprender que necesitamos darnos permiso para equivocarnos. Ese momento en el que empezamos a convertirnos en adultos está lleno de decisiones y muchas de ellas inevitablemente serán errores. Pero hay una enorme belleza en equivocarse. La belleza del ser humano está precisamente en su imperfección.

A veces dañamos a otros o a nosotros mismos intentando descubrir quiénes somos, y eso no nos convierte automáticamente en malas personas. Es parte del aprendizaje.

En las personas queer ocurre algo muy particular. Muchas veces sentimos que ya hemos decepcionado al mundo simplemente por existir, como si cargáramos con una responsabilidad adicional de tener que ser mejores que los demás para compensar nuestra identidad. Eso me parece profundamente cruel.

No quisiera que las nuevas generaciones crecieran sintiendo que ya le fallaron a alguien. Al contrario. Ojalá puedan descubrir que tienen derecho a equivocarse, a aprender, a ser imperfectos y, sobre todo, a ser felices. Esa es, en el fondo, la película que intenté hacer.

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