Hugo Covarrubias: “La animación también tiene la responsabilidad de alzar la voz”

Desde hace casi dos décadas, Hugo Covarrubias se ha convertido en una de las voces más singulares de la animación latinoamericana. Diseñador gráfico de formación, director, animador y académico chileno, comenzó su carrera adaptando relatos literarios al stop motion con cortometrajes como El almohadón de plumas y La noche boca arriba. Más tarde participó en la creación de Puerto Papel, una de las series animadas más ambiciosas producidas en la región.

El reconocimiento internacional llegó con Bestia (2021), un inquietante cortometraje inspirado en la figura de Ingrid Olderöck, agente de la policía secreta de la dictadura de Augusto Pinochet. La película fue nominada al Óscar, ganó el Premio Annie al Mejor Cortometraje Animado y se convirtió en una de las obras más comentadas del cine latinoamericano reciente.

Durante su visita al Festival Internacional de Cine en Guadalajara, conversamos con Covarrubias sobre la vigencia de las historias relacionadas con la dictadura, la importancia de la memoria, el lenguaje visual de Bestia y los desafíos de llevar el stop motion a territorios cada vez más personales.

Después de haber presentado Bestia en tantos países, ¿qué representa para ti regresar a México?

México siempre ha sido un lugar muy cercano para nosotros. Esta es mi segunda vez en Guadalajara y desde la primera visita sentí una conexión muy especial con la ciudad. Chile ha crecido rodeado de cultura mexicana: películas, música, telenovelas, televisión. Hay algo familiar que hace que uno se sienta en casa.

Además, Guadalajara se ha convertido en una plataforma fundamental para el cine latinoamericano. Es un festival que abre puertas y conecta nuestras historias con el resto del mundo. Para cualquier realizador es un espacio muy importante para mostrar su trabajo.

Cortesía de FICG

Bestia aborda una de las etapas más oscuras de la historia chilena. ¿Por qué sigue siendo importante hablar de estos temas?

Porque hoy es más necesario que nunca. Estamos viendo cómo ciertos discursos vuelven a ganar espacio en distintas partes del mundo y eso obliga a mantener viva la conversación sobre la memoria y la justicia.

Lo importante es encontrar nuevas formas de contar estas historias. Con Bestia no quería hacer un discurso político evidente. Quería construir una experiencia cinematográfica que atrapara al espectador antes de revelar de qué estaba hablando realmente. La protagonista podría parecer una asesina serial cualquiera. Solo poco a poco el público descubre que está observando a una torturadora de la dictadura.

Creo que el desafío está en ampliar el diálogo y llegar incluso a quienes normalmente no escucharían este tipo de relatos.

Uno de los aspectos más fascinantes de Bestia es que transmite una enorme sensación de autenticidad, incluso cuando trabaja desde la ficción.

Eso era fundamental para mí. Mucha gente cree que Bestia es un documental, pero no lo es. Hay muchos elementos ficcionados.

Por ejemplo, nunca entré a la casa real donde vivió Ingrid Olderöck. No me parecía necesario. Lo que me interesaba era comprender la naturaleza de la maldad, no reconstruir un espacio de manera exacta. Sin embargo, ocurrió algo muy curioso: después del estreno conocí a una persona que sí había estado en esa casa y me dijo que se parecía muchísimo a lo que habíamos imaginado.

Eso me hizo pensar que, cuando uno investiga profundamente un personaje, termina construyendo una especie de radiografía emocional que puede acercarse bastante a la realidad.

Cortesía de FICG

Tus referentes suelen asociarse al stop motion más artesanal. ¿Qué influencias reconoces en tu trabajo?

Sin duda hay una influencia de artistas como los hermanos Quay y Jan Švankmajer. Pero más que copiar una estética, siempre me ha interesado la forma en que utilizan los objetos para contar historias.

En Bestia cada elemento tiene un significado. Los muebles, los trofeos, los símbolos, los materiales. Todo comunica algo sobre el personaje. Esa importancia de los objetos como portadores de sentido es algo que siempre me ha fascinado.

También me interesa mucho cómo los espacios narran. Las casas, las habitaciones y los escenarios cuentan cosas sobre los personajes incluso cuando ellos permanecen en silencio.

El diseño sonoro es otra de las grandes fortalezas del cortometraje.

Para mí el sonido siempre ha sido fundamental. De hecho, creo que si alguien escucha Bestia con los ojos cerrados está viendo otra película. Trabajamos con la compositora Ángela Acuña y con el equipo de sonido construyendo una experiencia muy física. Quería que la música no funcionara únicamente como acompañamiento, sino que se mezclara con los ruidos y las texturas para generar incomodidad, tensión y angustia.

Recuerdo que durante la mezcla final escuché la película únicamente con audífonos y sentí exactamente lo que buscaba: una sensación física, casi visceral. Ahí supe que íbamos por el camino correcto.

¿Cómo encontraste el lenguaje visual adecuado para representar a una figura tan perturbadora?

Fue un proceso muy largo. Al principio pensé en utilizar juguetes y una estética más infantil, pero poco a poco fuimos eliminando elementos hasta quedarnos con algo mucho más austero.

Las figuras de porcelana fueron fundamentales porque tienen una expresión casi inmóvil. Eso encajaba perfectamente con la personalidad de Ingrid Olderöck. La protagonista mantiene prácticamente el mismo rostro durante toda la película y, sin embargo, el espectador percibe cambios emocionales.

También trabajamos mucho con los materiales. Queríamos que únicamente brillaran la piel de los personajes y algunos elementos orgánicos como la carne. Todo lo demás debía ser opaco, frío y desprovisto de vida.

La animación latinoamericana atraviesa uno de sus mejores momentos. ¿Cómo observas ese crecimiento?

Con mucha esperanza. Cuando yo empecé, éramos muy pocos haciendo stop motion en la región. Hoy ocurre exactamente lo contrario.

Veo más escuelas, más estudiantes, más proyectos y más autores encontrando voces propias. México, Chile, Argentina, Brasil… todos están produciendo trabajos muy interesantes.

También creo que tenemos una responsabilidad. Vivimos tiempos complejos y la animación puede convertirse en una herramienta muy poderosa para reflexionar sobre temas políticos, sociales y humanos. No debemos tener miedo de utilizarla para eso.

Más allá de la animación, ¿qué cineastas influyeron en Bestia?

Curiosamente, mis referencias principales no fueron películas animadas. Revisité mucho cine de los años setenta, especialmente thrillers psicológicos.

Roman Polanski fue una influencia importante, sobre todo películas como El quimérico inquilino y Repulsión. Me interesaba la manera en que construyen personajes perturbadores y espacios cargados de tensión.

También volví a Antonioni y a otros cineastas de la época para recuperar cierta atmósfera visual y emocional. Bestia nace de ese diálogo entre el cine psicológico de aquellos años y mis propias experiencias e inquietudes personales.

Cortesía de FICG

Tu próximo proyecto, Bautismo, también tiene vínculos con la dictadura. ¿Qué puedes adelantarnos?

Es una película mucho más personal. Será mi primer largometraje y nace directamente de mi infancia. Yo crecí durante los últimos años de la dictadura en una familia que, por razones económicas y sociales, vivía dentro de una especie de burbuja. Mi padre tenía una panadería y además registraba muchas cosas en video. Esos materiales familiares se convirtieron en un punto de partida para reflexionar sobre cómo una persona construye su identidad dentro de un contexto político determinado.

La película habla de libertad, de crecimiento, de la relación con los padres y de cómo uno descubre que el mundo es mucho más complejo de lo que parecía durante la infancia. Esperamos estrenarla entre 2028 y 2029.

Después de Bestia y Bautismo ¿qué sigue para Hugo Covarrubias?

Seguir contando historias. Tal vez desde lugares distintos, tal vez explorando nuevas formas, pero siempre intentando encontrar algo verdadero dentro de cada proyecto. Al final, eso es lo que más me interesa: que una película provoque preguntas, genere conversación y deje una huella emocional en quien la ve. Porque ahí es donde el cine realmente cobra sentido.

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