Entre tierras: la deportación contada desde su dolor

En Entre tierras, Atzin Ortíz González acompaña durante tres años a personas deportadas y a sus familias. El documental observa lo que ocurre después de la expulsión: la distancia de los seres queridos, la búsqueda de empleo y el esfuerzo por recomenzar en un lugar que también es propio, pero que puede haberse vuelto ajeno. En esta conversación, el director habla de cómo tres historias particulares construyen un retrato más amplio de la migración. Asimismo, Gustavo Lavariega comparte lo que significó volver a México tras 17 años en Estados Unidos y contar su experiencia ante la cámara.

Atzin Ortiz González (Cortesía de D-Raíz)

La deportación suele representarse como un acontecimiento político o administrativo, pero Entre tierras se concentra en sus consecuencias emocionales. ¿Por qué decidiste explorar lo que ocurre después de que una persona es expulsada del país donde construyó su vida?

ATZIN ORTÍZ GONZÁLEZ: Cuando comencé la película, estaba más enfocado en el proceso y en la labor del colectivo que aparece en ella. Conforme me acerqué y construí una amistad con sus integrantes y con las personas con quienes se relacionaban, entendí que lo más importante para mí era hablar del aspecto humano de estas historias. A veces el tema se queda en cifras: no se les da rostro a las personas y el contexto termina por deshumanizarse. Por eso decidí concentrarme en ellas.

Cuando alguien construye una familia, una identidad y un sentido de pertenencia en otro país, ¿qué significa regresar por obligación a un lugar que también es suyo, pero que quizá ya no reconoce como hogar?

GUSTAVO LAVARIEGA: Es difícil, porque ya tienes una vida y una forma de vivir. En mi caso, fui deportado tajantemente y perdí todo de un momento a otro.

El documental reúne tres experiencias personales atravesadas por una misma situación. ¿Cómo construiste una narración que reconociera las particularidades de cada historia y, a la vez, sus consecuencias colectivas?

ATZIN ORTÍZ GONZÁLEZ: Al armar la estructura, me interesaba mostrar que, aunque son solo tres familias, los aspectos en los que me detenía podían formar un retrato mucho más grande, que atraviesa a miles de familias. No solo en México: la migración es un tema internacional. Una familia en Europa, Sudamérica o cualquier otra parte puede vivir algo parecido. Quería que los detalles de estas historias construyeran un retrato de mayor escala.

Cortesía de D-Raíz

¿Qué ha sido lo más difícil de reconstruir después de la deportación: la estabilidad económica, las relaciones familiares o la imagen que tienes de ti mismo?

GUSTAVO LAVARIEGA: Adaptarme otra vez, después de haber estado más de 17 años en Estados Unidos. Dejas atrás toda una vida. Lo importante es salir adelante donde estés, pero ha sido difícil acostumbrarme, sobre todo en lo económico, porque en Estados Unidos la economía es más favorable para vivir.

Como personas deportadas, nos hemos encontrado con muchas trabas. En el colectivo Deportados Unidos en la Lucha tratábamos de que la gente entendiera que deportar a alguien y decirle “ya estás en tu país, tranquilo” no significa que esté bien. Uno tiene que comenzar una vida nueva, sacar documentos e iniciar una vida laboral. Eso se dificulta porque pasaste mucho tiempo fuera de tu ciudad natal. También cuesta encontrar empleo: en muchos lugares buscan personas de 19 a 35 años, y la edad o una discapacidad se vuelven obstáculos. Pero lo más difícil es estar lejos de la familia. Ahora la comunicación es más fácil, aunque la distancia sigue ahí.

Compartir experiencias dolorosas con el público puede llevar a revisar la propia historia. ¿Comprendiste algo nuevo sobre tu experiencia al contarla frente a la cámara y volver a esos recuerdos?

GUSTAVO LAVARIEGA: Creo que me ayudó personalmente a sanar heridas, a sanar esa herida de la deportación. Esa herida nos cruza de un lado a otro, como la frontera, y siempre nos va a dejar con una cicatriz. Escuchar y ver estas historias ha sido como una terapia. No son solamente tres historias: son las de muchas personas que están en otro país tratando de mejorar su vida.

También ha sido un reto, porque a veces es difícil narrar mi historia o escucharla sin contener el llanto. Creo que eso me ha hecho más fuerte.

Cortesía de D-Raíz

El tiempo y la distancia se vuelven protagonistas de la película. ¿Cómo trabajaste con la fotografía, el sonido y el montaje para expresar esa separación?

ATZIN ORTÍZ GONZÁLEZ: El proyecto fue autogestionado, salvo por algunos apoyos para la posproducción. Yo era la única persona presente durante los tres años de rodaje. Quería mostrar una intimidad y una verdad que, creo, solo podía obtener estando ahí a solas.

Tenía claro que el tiempo sería fundamental, pero no le di tanta importancia a la cronología. Es una historia que continúa; la vida sigue y todo se transforma. En la estructura, decidí que no necesitaba contarla en orden. Podía dar indicios para ubicar el momento y dejar que esa dimensión temporal le aportara sentido al material.

Después de haber sido definidas durante tanto tiempo por discursos políticos que las reducen a cifras, ¿hasta qué punto puede un documental devolverles a las personas deportadas el derecho a contar su propia historia?

ATZIN ORTÍZ GONZÁLEZ: Siempre que he presentado la película, se ha acercado gente a decirme que siente que está viendo su historia, aunque no aparezca literalmente en ella. Esa posibilidad de identificación es mi mayor logro como realizador, porque me propuse que ocurriera.

No me gusta mucho eso que se dice de “dar una voz”. Creo que todas estas personas tienen una voz, pero no necesariamente la escuchamos desde el lugar que ellas quieren. Hacer esta película permite abrir una conversación sobre cómo mirar de otra manera la migración, la deportación y la separación familiar, y darles rostro a quienes suelen quedar convertidos en cifras.

La película también invita a pensar en un mundo sin fronteras. ¿Qué esperas que provoque en quienes la vean?

ATZIN ORTÍZ GONZÁLEZ: Los tiempos son complicados, y la polarización y el extremismo no nos están llevando a ningún lado. Como realizador, no quería dar un sermón. Quería que la película apelara al espectador desde su propio conocimiento del tema, sus prejuicios o incluso su desconocimiento, y que le generara algo, que le permitiera pensar de otra manera. Creo que lo logra.

Empezar

Give us a call or fill in the form below and we will contact you. We endeavor to answer all inquiries within 24 hours on business days.