Y de repente, en el subte, en el vagón de atrás un par arrancan con el “Teque teque, toca toca”, y en tu vagón se contagian y de repente está claro que, camino a la plaza, somos todos redonditos, redonditos de ricota.
Y en la parada Carlos Gardel, la estación del Abasto que inmortalizó Luca Prodan, otro saca la guitarra y apenas lanza los primeros acordes de “Jijiji”, todo el vagón canta en un grito de rabia y dolor.
Son las siete de la tarde del viernes más triste del mundo y el camino a Plaza de Mayo, desde Diagonal Norte a la altura del Obelisco, está allanado. Un par de motos de la Policía de la Ciudad interrumpen el tránsito. La procesión, en esas primeras cuadras, es calma.

Llegando a la Plaza, la imagen es conmovedora. Podría ser un happening, una intervención urbana. Los zócalos de los canales de noticias dicen que es una “misa”. Pero acá no hay, ni habrá misa. Es pura liturgia. Hay chori y bondiola, hay birra y fernet, hay banderas, porro y abrazos por doquier.
Parece una marcha del 24 de marzo. Pero acá no hay discurso, no hay escenario, no hay orquesta. Estamos acá porque acá es donde hay que estar. Y no, no es un velorio. Estamos pendientes de dónde, cuándo y cómo. Que si es Racing o Tecnópolis, el Congreso o el Estadio Diego Armando Maradona. Que si es el sábado, el domingo o cuándo, cuándo, cuando…

Esa familiaridad que encontrás en las calles, esa sensación de que podrías abrazarte con todos, hace que conceptos como el de “Memoria, verdad y justicia” resuenan tanto como “Todo preso es político”, como “Violencia es mentir”, como “Fijate de qué lado de la mecha te encontrás”, como “El futuro llegó hace rato”, como “Vivir solo cuesta vida”…
Como el primero de julio de 1974, cuando murió Juan Domingo Perón. Como el 25 de noviembre de 2020, que se murió el Diego. El 5 de junio de 2026 será, desde ahora mismo y para siempre, un parteaguas en la historia argentina.
El Indio, que viene llenando estadios desde su casa, con apariciones esporádicas en las pantallas de los conciertos de Los Fundamentalistas, ahora llena la plaza. Ya no respira. Y no parece cierto. Se escapan algunas lágrimas, sí. Otros lloran desconsolados, también. Pero el clima, acá, no es de velorio: el mood general es celebratorio. (“La dicha no es una cosa alegre”, dijo el poeta).

Las rejas que rodean la Pirámide de Mayo están llenas de banderas. Un par tienen el rostro del Indio con el del Diego. Una, de San Miguel, reproduce la cita del cuadro de Goya que Rocambole utilizó para la portada de Bang Bang estás liquidado! (1989). Otra, de Argentina, tiene el logo de Patricio Rey en lugar del Sol. Hay algún cartel escrito a mano que grita “¡Gracias, Indio!” y en una esquina improvisan un altar con fotos y velas.
Lo que sobran son los abrazos. Porque la sensación es de orfandad. Y de hermandad. Un ricotero del Bicho brinda y se abraza con otro que tiene la camperita de Platense. Hay ricoteras y ricoteros de la vieja guardia, estamos los que crecimos en los 90, y hay un puñado de adolescentes, esos pibes y pibas que son como bombas pequeñitas y que tienen el gen ricotero en la sangre.
Todos los pogos, el pogo. Como aquel happening de Marta Minujín, Simultaneidad en simultaneidad (1966), hay una escena que parece reproducirse en distintas partes de la plaza y sus alrededores. Alguien tiene un parlante y suena “Todo preso es político”, y se arma un micropogo. A unos metros, desde otro parlante, suena “Un ángel para tu soledad” (la última canción que sonó en el último concierto de los Redondos), y otro pogo en miniatura. Allá, al lado de la Palmera, otros bailan “Nadie es perfecto”. Y hay birra, y hay historias, y hay recuerdos, y hay banderas: de Boca, de Lanús, de Nueva Chicago, de Tigre. Y una que cuelga de un árbol al costado de la pirámide que dice “Peronismo ricotero”.

Hay guitarras, también. Guitarras que lloran canciones de los Redondos, y que provocan lo mismo que los parlantes: un pogo que es un abrazo. Por allá, cerquita de la fuente, uno arranca con “Un poco de amor francés” y un poco más allá otros bailan “Ya nadie va a escuchar tu remera”.
Y si te distraés un poco pensás, “¿Cuándo entramos?”. Pero acá no hay recital. No hay concierto. No hay misa. Es la previa más grande del mundo. Y corre la birra. Y están los que se hacen el día vendiendo latitas heladas. Y los vasos XL de fernet que se comparten.

La policía está a un costado de la plaza, al acecho. No es tanta la tropa, y parece lo más sensato que han hecho las fuerzas de seguridad en mucho tiempo. Desde el asesinato de Walter Bulacio, las tensiones entre las bandas ricoteras y las “fuerzas del orden” crecieron y se volvieron irreversibles. Pero acá nadie está de ánimo para combatir.

Mirando desde la Plaza hacia el Congreso, el movimiento en Avenida de Mayo es total. No son columnas las que avanzan, son grupos de ricoteras y ricoteros autoconvocados. Hay tristeza, incredulidad y sensación de orfandad. Pero también hay una convicción, que nos trajo hasta acá por inercia. En la inercia de encontrarnos, de abrazarnos, de darle las gracias por las canciones y los viajes, por los pogos y esas letras que resonaron en tantos corazones, por los tics de la revolución y por hacernos sentir familia. Eso que está en la plaza, la patria ricotera, que llora y celebra.
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