Último adiós al Indio Solari: fantasmas de juventud, llegan para despedirse de él

Por Sofìa Llamedo

“Ya están aquí, los vi, fantasmas de juventud, llegan para despedirse de mí”. Una frase de El Ruiseñor, el Amor y la Muerte estaba plasmada en las maderas que servían como contención de la marea.

La despedida fue en el Polideportivo José María Gatica, al lado del Parque de los Trabajadores, en Villa Domínico, desde las 11 horas del domingo 7 de junio. El rumor ya corría y, por eso, cientos de fanáticos ya se habían acercado al lugar el mismo sábado a la tarde. “Serán jornadas en donde prime la paz y el respeto. Cuidémonos como él nos pidió siempre. Caminaremos y seremos pacientes mientras compartimos canciones, hasta llegar a su encuentro y expresarle lo que nos inspiró”, advertía el comunicado oficial.

Las autoridades de la provincia, junto a la familia, tenían la enorme tarea de organizar un velorio en tiempo récord para una marea de gente y, por supuesto, con las medidas de seguridad necesarias. Desplegaron algunas vallas sobre la Avenida Mitre para ordenar la fila, puestos de hidratación, baños químicos; un cordón de bomberos administraba la entrada y pibes y pibas con pecheras blancas, hechas para la ocasión, hicieron de sostén de todo aquel que se acercó a despedirlo.

Esos pibes y pibas de la organización, “por pedido de la familia”, aclararon, ayudaban a cada grupo que quería desplegar su bandera por última vez delante de su héroe. Esos mismos de pechera blanca que se fundían en abrazos con otros fanáticos.

Una mención especial para su familia y para Viru (Virginia Mones Ruiz), la mujer que lo acompañó durante décadas, en la salud y en la enfermedad, como ídolo de un país, pero también como padre de su hijo Bruno. Una guerrera a su altura, que no se movió de su lado ni en este último adiós y hasta abrazó a más de uno de los nuestros al vernos romper en llanto. La humildad de los grandes: la viuda consolando a sus seguidores. “Yo le doy un beso al Indio de tu parte”, le dice como consuelo detrás de unas gafas negras. Esa tipa vino a consolarte.

La foto del momento era la tapa de Oktubre hecha realidad. Algunos decían “70 cuadras”, otros “llega hasta Capital”. Una tropa indestructible peregrinando hacia su ídolo. La gente hacía la fila sola, con mucho cuidado por el otro y respeto. Circulaba una energía inexplicable, una marea de gente que no distinguia de edades, ni clases sociales, todo era respeto.

Caminar entre lágrimas para despedirlo, pero también saltar con amigos y familia porque suena tu canción favorita. Murales en el piso que ocupaban calles enteras y, aun así, nadie los pisaba. Banderas que se extendían por varias cuadras y desde arriba se leía: “Indio, si tocaras en el cielo, moriría para verte”.

Cada testimonio destilaba un eterno amor que se mezclaba con las frases que Carlos grabó en nuestras pieles. Ni el guion del mejor escritor del mundo podría poner en palabras lo que sentía cada ricotero con el que te cruzabas. Todo era poesía. Nadie lloró solo. “Cada vez que me quebré se me acercó alguien a darme un abrazo y decirme: ‘No llores, flaca, vení a cantar’”, comentó una chica.

Un pibe buscaba dónde comprar flores. Una señora lo escuchó, se dio vuelta, le dio la mitad de su ramito y le dijo: “Regaladas son más lindas, y estamos acá por lo mismo”. Una piba dice en un móvil de TV que el Indio es el Dios de los rotos. Los que nadie mira. Los traumados, los que vemos la muerte, los chorros, los que no podíamos más.

Un hombre que peina canas le dejó la carpa con la que siguió a Los Redondos por todos lados. Un pibito llevaba su guitarra para dejársela al lado del cajón. “Toqué toda la vida sus canciones con esta guitarra, se la quiero dejar”. Y un nene de seis años portaba un cartel: “Con tus canciones aprendí a leer”.

Los pañuelos blancos de las Madres y Abuelas, posados sobre el cajón, resaltaban casi como una bendición divina. Pilas y pilas de cosas quedaban alrededor del féretro: flores, camisetas, banderas, rosarios, carteles, gorras, cartas. No me darían los renglones para mencionar todo lo que le dejaron. Una parte de cada uno de nosotros. De nuestra historia. De este amor correspondido. Porque nos enseñó a pensar, nos enseñó de política, de poesía y de vulnerabilidad. Un poco nos enseñó a ver la vida de otra forma. Una chica de no más de 30 años lo dijo muy simple: “Nos salvó de la imbecilidad”.

En un momento la cosa se puso medio densa. Cerca de las 18, en el embudo de la entrada, aparecieron los bomberos para poner orden. Hubo una ovación: “¡Aguanten los bomberos!”, porque son respeto y admiración. Los buenos son los de casco amarillo.

Cuando nada podía ser más épico, cerca de las 19 una llovizna comenzó a rozar los cuerpos de esa fila interminable. Pero claro, el cielo también estaba de luto.

Cerca de las 4:30 y las 6 de la mañana, con una fila casi disipada, las puertas se cerraron. La familia del exlíder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota informó el cierre del acceso al Polideportivo José María Gatica con un emotivo comunicado, luego de 18 horas y más de un millón de personas, sin grandes disturbios ni incidentes. Él nos anticipó que las despedidas son esos dolores dulces, pero no avisó que durarían toda la vida.

“A seguir pensando por dentro y a recordarlo como era: humano, infinito”, dice el último comunicado oficial. Y en ese mismo texto nos brinda un mensaje muy conmovedor: “Como no podía ser de otro modo, pensó en todo antes de irse. Y para eso dejó encendido el equipo Marshall de su guitarra y el equipo de sonido donde escuchaba las canciones en las que trabajaba. Nos sugirió, así, que la música debía seguir sonando más allá de lo que ocurriese. Hagamos eso. Que su música no pare nunca más”.

Lo mejor es que aún nos quedan cosas por descubrir del loco que administró su muerte y se volvió inmortal. Compuso réquiems inquebrantables, armó una nueva banda y nos entrenó lentamente para su ausencia. Historias que nos hermanan y nos quedan por conocer, y el tesoro más preciado de tu música como compañía. El resultado es emocionante: una milagrosa peregrinación para el nuevo santo popular.

“Esa banda inconsolable

de perros sin folleto,

brujas de alma sencilla,

patéticos viajantes.

Pobres tontos,

pobres diablos, lunáticos diamantes

prometidos de carne,

lánguidos, impalpables

son mis amantes.”

 

 

Ph: Victoria Campo // @vickycamp0

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