Una obra en cuatro actos. Esa estructura teatral con la que Kendrick Lamar planteó su segunda presentación en Buenos Aires dice mucho sobre su propuesta. Jugador de las grandes ligas del mundo del hip-hop, a sus 38 años Lamar es un artista con mayúsulas que trasciende el mundo del show business. De hecho, es el primer artista en ganar un premio Pulitzer a la música por fuera del ámbito clásico o del jazz (dentro de los pocos ganadores en ese universo están el trompetista Wynton Marsalis y el fallecido saxofonista Ornette Coleman). Lamar es dueño de un virtuosismo que le hace honor a esa acepción del rap que lo define como “rhytm and poetry” (ritmo y poesía).
Antes de su show, con un rol mucho más trascendental que el de meros teloneros, Ca7riel y Paco Amoroso habían dado cuenta, una vez más, de su actual estatus de figuras globales. Las cabezas infladas, el tarro de Papota y un swing omnipresente, en una fecha especial para el grupo: el primer aniversario del Tiny Desk, el concierto que en apenas 17 minutos y medio cambió sus carreras (y sus vidas). El despliegue escénico y la notable backing band del dúo son sólo dos de los argumentos que hacen del show de Ca7riel y Paco una experiencia intensa, memorable y festiva. Empezaron con “Dumbai” y terminaron con “El único”, en un trip incendiario lleno de funk y groove, con cadencias jazzísticas, energía rockera y pulsión electrónica, que incluyó temas solistas como “McFly” (de Ca7riel) y “Todo el día” (de Paquito). Un lujo para la escena local, que posiciona a la música latinoamericana entre lo más destacado del panorama global.
Solo, frente a la inmensidad del estadio Monumental (con el anillo superior de plateas sin habilitar), Kendrick impone su presencia a través del filo de sus palabras. Parafraseando las frases de la obra maestra de David Lynch, Mulholland Drive (2001), sobre el escenario de River no hay banda, no hay orquesta: todo está grabado. Todo menos la lengua filosa de Kendrick. “Wacced Out Murals”, la pieza que abre su disco más reciente GNX (2024) es la elegida para darle el puntapié inicial al concierto. Lo primero que se escucha, de hecho, es una voz en español. “Siento aquí tu presencia, la noche de anoche, y nos ponemos a llorar…”. Es una voz femenina, dramática y enigmática. Es la voz de la mexicana Deyra Barrera, una cantante de mariachi, oriunda de Villa Juárez, Sonora, colaboradora de Kendrick. En ese contexto, en un escenario austero, el rapero desplegará su magia desde las sombras.
La puesta será mayormente minimalista, basada en las pantallas, que irán separando los actos a través de fragmentos de una entrevista en la cuál sólo se observa a Kendrick interpelado por una voz en off. El tono no es precisamente amable, como si fuera un interrogatorio casi policial, al que Kendrick responde, muchas veces, con pocas pulgas.
El concierto es retrospectivo, pero tiene como columna vertebral a GNX, que desde su título rinde homenaje al modelo de auto que tenia su padre en 1987, año de su nacimiento. Kendrick no luce nada llamativo en su vestuario. Un outfit sencillo, pantalón y camisa oscura, sobre otra camiseta también oscura y una camiseta blanca, elastizada, de mangas largas por debajo. Una cadena de metal con dos mosquetones colgando de sus pantalones. Y nada más. Kendrick no precisa mucho más que su lengua para desplegar sus encantos.
Los fuegos artificiales, presentes a lo largo del show, ofrecen explosiones y llamaradas que impactan por su alta temperatura, por la estela negra del humo que queda flotando en el aire y por la sincronicidad con la música, como si fueran una pieza más de las canciones. No es un uso celebratorio, sino que están incorporados al espectáculo desde un sentido más artístico que efectista.
Un ballet de diez bailarinas y bailarines despliegan sus coreografías, en una noche que deja postales memorables, como la interpretación de “Love” (Damn, 2017), frente a una constelación de luces de las linternas de los celulares que, a la distancia, parecen bichitos de luz. El pogo fulminante en “Familiy Ties” (su feat. con Baby Keem, de 2021), que se viralizó rápidamente por la energía del público vernáculo. Y “Luther”, una de sus colaboraciones con SZA (que aparece en las pantallas, aunque en otros tramos del Grand National Tour se integró en persona al espectáculo). Y dos temas del superlativo To Pimp a Butterfly (2015): “King Kunta” y “Alright”.
Durante una hora y media, Kendrick sostendrá la atención con su verbo, con su flow, con unas bases poderosas que hacen de soporte para su magnetismo particular. Con una mirada cinematográfica en las pantallas y la irrupción de un auto gigante inflable en el tercer acto, Kendrick llega al final del concierto con uno de sus beef para Drake, “Not Like Us”. Y todo termina con “Gloria”. La despedida es emotiva y contundente: “Confíen en mis palabras: ¡volveré!”, promete. No cae un telón. No hace falta.
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