Mataderos es un barrio ubicado en el extremo suroccidental de la ciudad de Buenos Aires, cerca de los límites con el conurbano bonaerense. Su nombre viene de la antigua tradición ganadera de la zona, específicamente de los corrales instalados allí. Incluso hoy, con una comunidad urbana más fuerte que la de sus primeros asentamientos a inicios del siglo XX y ya sin la presencia de estos macelos, todavía se escuchan pasar entre las casas bajas del sector camiones con vacas que se dirigen al sacrificio.
Gracias a esa composición arquitectónica, carente de grandes edificios —más comunes en zonas como Puerto Madero o Palermo—, “el sol pega diferente” y el cielo, visible en todo su esplendor, completa un paisaje humilde que existe entre lo citadino y lo rural, donde diferentes realidades se cruzan. “Convivimos entre abuelas, turros, fisuras y otakus que no tienen plata para vestirse como quieren realmente”, explica Sara Azul Froján, más conocida como Saramalacara, oriunda del barrio de la capital argentina y una de las figuras más relevantes de la escena alternativa hispana.
MATADEROS también es el nombre de su segundo álbum de estudio, realizado en Los Ángeles bajo el sello Interscope. Y sí, es curioso que un disco desarrollado en los estudios más prestigiosos de L.A., por donde pasaron nombres como Playboi Carti o Billie Eilish, lleve el nombre de una localidad muchas veces pasada por alto por los porteños.
Sin embargo, para la cantante no fue una decisión extraña, mucho menos pensada desde una lógica comercial con la intención de vender nostalgia barata. Es más bien el resultado de una carrera y una vida marcadas por la ambición y la melancolía; qué mejor que volver al lugar donde empezó todo para celebrar su expansión global.
Sara nació el 8 de noviembre del 2000 y, desde muy chica, estuvo rodeada por el arte. Creció con una madre artista plástica —que más tarde se convirtió en docente— y un padre músico, dos influencias que hicieron que la creatividad y la música formaran parte de su vida mucho antes de que siquiera pudiera pensar en ellas como una carrera.
En casa de su padre convivían el jazz y el rock nacional, mientras que en su cuarto comenzaba a descubrir nuevos sonidos gracias a internet: desde el pop de High School Musical hasta el metal y el punk de bandas como Pantera o Blink-182. Pero la red global no solo amplió su universo musical. Gracias a ese acceso sin supervisión a la web, también encontró en los videojuegos, el anime y contenidos quizá demasiado sensibles para alguien de su edad un espacio para escapar momentáneamente de la realidad.
Sin embargo, aquella fascinación por las historias que encontró en esos mundos terminaría llevándola también hacia la literatura.
“Hubo una época en la que casi no veía anime y leía más manga que otra cosa […] Siento que en general los japoneses son muy acertados para transmitir emociones y hablar sobre cosas profundas o tristes”, reconoce Sara, mientras recuerda que esa parte literaria entró con fuerza en su vida, más que nada, durante la secundaria. “Yo tenía esta necesidad de ser mejor o de sentirme más inteligente que los demás o algo así, entonces iba y me compraba un libro de Nietzsche y lo leía, pero no entendía nada”, dice mientras ríe e inhala de su vape.
Aun así, su afición por la lectura terminó canalizándose, sobre todo, a través de internet. La Sara adolescente se enfocaba en buscar blogs y leer cosas “random” que escribían otras personas. Fue entonces cuando apareció Tumblr, la famosa plataforma de microblogueo. “[Tumblr] era como un agujero muy de ‘ah, vamos a estar todos tristes y decir lo que pensamos’. Había un montón de gente que se abría y escribía lo que no quería contar en ninguna otra red social. Siento que ahí yo también me dejaba ir mucho más”, comparte. “Tengo algunas entradas que las escribí con 13 o 14 años que no puedo creer que haya escrito a esa edad”.
A pesar de eso, internet no la alejó del todo de los libros y, con el tiempo, encontró inspiración en varios autores. Entre ellos menciona a Mariana Enríquez, la célebre autora argentina. “Ella escribía terror, pero lo hacía de una manera muy cotidiana. Nombraba barrios, a la cocaína le decía ‘falopa’, y lo decía todo con unas palabras que yo estaba desacostumbrada a leer en una novela”, cuenta. “Me acuerdo que la primera novela que leí de ella era Bajar es lo peor […] Después lo metí en ‘Guchi Polo’ cuando canto ‘Bajar es lo peor, quiero tu campera’. Fue un libro que me encantó”.
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Poco a poco, el mundo que Sara había encontrado detrás de la pantalla la llevó hacia afuera de su casa. En Mataderos, según recuerda, tampoco había demasiados lugares donde encontrarse con otros jóvenes. “El skatepark era el único lugar de reunión cool del barrio”, cuenta. En ese momento había batallas de freestyle, chicos andando en patineta y toda una movida subversiva juvenil que, para ella, representaba una de las pocas formas de salir de la rutina y hacer comunidad. Allí se introdujo en el mundo del grafiti, pintando muros y firmando con el nombre de Korea.
A la par, SoundCloud apareció como una extensión de esa necesidad de buscar espacios emergentes. En la plataforma cualquiera podía hacer una canción, subirla y encontrar público, algo que llamó profundamente la atención de Sara. Así fue como comenzó a acercarse a propuestas que se movían en el underground, desde el universo de Yung Lean y la Drain Gang hasta Carti y Opium. Para ella, el sitio no exigía la perfección que parecía demandar el circuito tradicional: permitía equivocarse, experimentar y hasta hacer canciones que sonaran “mal”. El error dejaba de ser un defecto para convertirse en parte del proceso creativo.

Sara describe sus primeros proyectos como una especie de “kindergarten”, una etapa en la que aprendía jugando y probando. “Tengo este meme que me ponen de ‘por qué se hace la diferente’, y es exactamente eso lo que estoy tratando de hacer”, comparte. “Al principio capaz era un vómito de adolescente que venía de muchas cosas que estaba consumiendo: películas, estéticas, sonidos”, recuerda. La música se convirtió así en el lugar donde podía juntar todas esas influencias y convertirlas en algo propio, sin preocuparse demasiado por si encajaban en un género o en una escena determinada.
Sus primeros temas aparecieron en 2019. ‘Budokai Tenkaichi’ y ‘Cartoon Network’ brillaron por su mezcla de trap con referencias a la cultura contemporánea. En ese momento también comenzó a formar parte de la Rip Gang, el colectivo que reunía a artistas como Dillom, ODD MAMI, Taichu, Broke Carrey y otros nombres de una new wave que empezaba a romper con las formas más convencionales del trap argentino.
“Poder hablar de cosas profundas, cosas que extrañás o que pensás sobre el pasado, pero de una manera menos dramática y más trap, por así decirlo. Como simplemente ‘fuck todo’”, explica sobre lo que buscaba. Ese cruce entre emociones complejas y una forma de expresarlas aparentemente despreocupada terminó convirtiéndose en una de las características de sus inicios: canciones que podían hablar de la nostalgia o de la tristeza sin abandonar la energía, la ironía y lo digital.
Esa etapa de experimentación ganó mayor alcance con canciones como ‘Guchi Polo’, uno de sus primeros temas en pegarse y una pieza clave para consolidar la identidad de Saramalacara. Después llegaron sus primeros EPs: USB IDOL (2021), donde añadió corrientes como el digitalcore y el glitchcore, y eclips3 (2022), proyecto junto a Evar y dayvan que amplió todavía más su sonido y propuesta visual.
Para entonces, aquella fase ya había dejado de parecer un simple juego. El proyecto que había nacido de todas las referencias que acumuló durante su adolescencia comenzaba a tener una identidad reconocible y, con ella, un público que quería escuchar más, por lo que el siguiente paso parecía llevar ese universo a un formato de mayor duración, lo que resultó en Heráldica, su primer LP.
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Con Heráldica (2024) la búsqueda cambió. Al ser su primer álbum, Sara reconoce que puso mucho peso sobre sí misma y convirtió el trabajo en algo mucho más grande que un conjunto de canciones. Parte de esa obsesión estaba relacionada con una idea que hoy ella misma considera un poco exagerada: la Trinidad y el número 3 como una constante asociada a la perfección.
Sus primeros EPs habían tenido tres y seis tracks, por lo que el disco debía tener nueve, que terminaron siendo 12 al añadir una introducción y dos interludios. “Me lo tomé como mi ópera prima. Ahora me siento como ‘pará, hermana, muy intensa’, pero en ese momento pensaba que tenía que tener una huella digital perfecta y que debía pensar muy bien todo lo que estaba haciendo”, recuerda. Fue también durante ese proceso que desarrolló una inquietud cada vez mayor por lo medieval, lo religioso y lo onírico, que buscaba cruzar con su relación con internet, el trap, el enojo y la nostalgia.
La pregunta era cómo reunir en una misma estética esos elementos tan distantes entre sí. La respuesta llegó durante una conversación con su directora creativa, Domi, conocida como Fotolog. “Yo siento que vos hacés eso porque necesitás inspirarte de algo muy primario del humano”, le dijo. Para Sara, ahí estaba la clave: tomar algo que se había extinguido miles de años atrás y traerlo de vuelta al mundo actual.
El trabajo terminó dando forma a un universo que, según Sara, fue recibido de una manera que confirmó que había conseguido aquello que se había propuesto, aunque con un costo personal. “Me volví un poco loca con ese disco. Me había metido mucho en el personaje y en la tarea, como si fuera un deber o algo así. Era como si solo me importara eso y no me importara mi persona; como si esa persona digital fuera más importante que la de carne y hueso”.

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Después de su debut soñado, recibido con halagos tanto de la crítica como del público, Sara sintió que había llegado el momento de bajar algunas revoluciones. Si aquel álbum había sido construido bajo una lógica casi obsesiva, MATADEROS, su segundo disco, nació desde un lugar mucho más libre. “Le aflojé un poco más a eso tan esotérico extremo y lo atravesé por la nostalgia pura y dura. Traté de hacer lo que quisiera, sin mi propia cárcel mental de ‘tenés que ir por este lado, hacer esto y transmitir esto’”, explica.
El cambio se hizo evidente en las letras. Sus productores y las personas más cercanas al proyecto comenzaron a señalar que había “madurado bastante” en su manera de escribir. Para Sara, la diferencia estaba en que antes buena parte de su propuesta consistía en provocar. “Antes era mucho más decir cosas que molestaran. Usar palabras y conceptos que fueran muy específicos para que los entendieran algunas personas; otras cosas eran cultura de internet y otras ya eran directamente drogas, alcohol y simplemente molestar”. En ese sentido, la cantante reconoce que MATADEROS fue un disco “más sano de hacer”.
Ese proceso coincidió además con un cambio considerable en la dimensión de su carrera: la llegada de Interscope Records, que describe como “un balde de agua fría” y la confirmación de que, después de años puliendo una propuesta deliberadamente extraña y personal, había alguien dispuesto a apostar por ella. “Obviamente sentí que a alguien le importa, someone gives a fuck about this”, resume.
El salto le permitió trabajar en Los Ángeles junto a algunos de los productores que durante años había escuchado como fan. Entre ellos estuvieron Ojivolta, DJH, F1lthy y Dylan Brady, nombres a los que Sara menciona directamente como ídolos, aunque cuando finalmente tuvo la oportunidad de conocerlos y colaborar con ellos, intentó dejar a un lado la fascinación. “No tenía una mentalidad de fan. Tenía más una mentalidad de ‘quiero exprimirte y sacar de vos lo que me hizo amarte’”. Lo que encontró, dice, fue suficiente para confirmar aquello que admiraba desde lejos. “Por suerte fue muy lindo porque todas estas personas, más allá de que con algunas generé más amistad que con otras, eran personas adictas a hacer música, y con eso me bastaba”.
Pero mientras su carrera la llevaba cada vez más lejos, el nuevo álbum apuntaba en la dirección contraria, y para construirlo, Sara decidió volver sobre sus propios orígenes y reencontrarse con su pasado. “Me fui a Mataderos, donde nací”.

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“Son los suburbios de Buenos Aires. Cruzás una autopista y ya pasás a la provincia. Yo vivía a quince cuadras de esa carretera”, cuenta. De niña, claro, no percibía esa distancia. Mataderos era todo lo que conocía.
A medida que creció, la artista comenzó a alejarse físicamente de su hogar. Primero tuvo que desplazarse hacia otros puntos de Buenos Aires en busca de nuevas amistades, movidas y espacios, y después terminó mudándose de la zona. Más tarde llegaron los viajes, una posibilidad que durante su infancia ni siquiera parecía real. Su primera salida fue gracias a una gira que la llevó a España y le permitió conocer Europa. Después vendrían Japón y, finalmente, Estados Unidos. Aun así, ninguno de esos países logró reemplazar la sensación que le produce Mataderos. “No hay lugar como mi barrio”, concluye.
Esa carga emocional también estaba ligada a pequeñas escenas que habían quedado asociadas a esas calles. Sara recuerda los caminos que recorría para ir al colegio o a la casa de sus amigos. Pero, sobre todo, recuerda la cercanía con la vida de quienes habitaban el barrio. Esa posibilidad de observar, casi sin proponérselo, fragmentos de la intimidad cotidiana de sus vecinos terminó convirtiéndose también en parte del imaginario de MATADEROS.
En los días de calor, los vecinos sacaban sus sillas a la acera; las bicicletas, los juguetes y los objetos de cada casa quedaban a la vista. “Era gente muy simple”, dice Sara. “Son personas que no buscan algo más, sino que están muy orgullosas de dónde están. Es muy de ‘esto es lo mío y no necesito lo que tienen los otros’”, comenta la cantante, que asocia esa forma de vivir con la famosa frase “el lujo es vulgaridad”, atribuida tanto a Borges como al Indio Solari.
“Yo quería unas Yeezy, unas Rick Owens y comprarme toda esa ropa que amaba, pero al mismo tiempo tenía ese sentimiento de ‘con esto la gente es feliz’. Pero a mí no me bastaba. No me alcanza con esto”, recuerda. “El primer pecado que cometí / querer más”, canta Sara en ‘MTD DREAMS’. Le gusta especialmente esa frase porque resume una contradicción que, para ella, es inevitablemente humana: el deseo de ir más lejos puede ser al mismo tiempo una fuente de satisfacción y de culpa.
Esa discrepancia, cuenta, fue motivo de mucha terapia, clave en su vida actual. Su psicóloga la ayudó a entender la culpa que sentía por haber alcanzado un éxito relativamente rápido, incluso dentro de una escena de nicho. “Yo nunca terminaba de estar contenta con las cosas que me iban pasando, y claro, las cosas que me iban pasando eran cada vez más una locura”, reconoce.
Pero esa culpa no alcanza para detenerla. Si nunca hubiera querido más, piensa Sara, quizá habría sido más feliz. La idea, sin embargo, dura apenas unos segundos ya que no quiere conformarse. Ya está en movimiento y no existe una vuelta atrás. Esa necesidad de seguir avanzando también está atravesada por las historias y los mangas que leyó desde joven: ese viaje del héroe en el que, una vez iniciado el camino, regresar deja de ser una opción.
Esa necesidad de volver la llevó también a enfrentarse con lo que llama su “herida primigenia”: la adolescencia. Sara recuerda haber sido una chica particularmente sensible, que podía cargar de angustia incluso situaciones que desde afuera parecían pequeñas. A su mente llega, por ejemplo, lo mal que la puso descubrir que Papá Noel no existía. “Te va a hacer reír, pero me puse re mal. Decía ‘no, ¿cómo que la magia no existe? ¿Cómo que esto no existe? Me estás matando’”, cuenta.
Con el tiempo, comenzó a cuestionarse de dónde venía esa tristeza que parecía acompañarla desde tan temprano. La cantante encuentra en la propia palabra “adolescencia” una forma de explicar esa etapa: la relaciona con “adolecer”, es decir, con sufrir. Es un tránsito en el que una persona comienza a volverse autónoma, a separarse de los valores inculcados por su familia, a rebelarse y a enfrentarse por primera vez a muchas de las situaciones de la vida adulta.
Esa “primera herida” se mezcló, en su caso, con problemas familiares, decepciones amorosas y otras situaciones difíciles. Durante mucho tiempo pensó en si aquello era suficiente para explicar el peso que cargaba desde tan joven. “¿Dónde fue que me lastimaron tanto? ¿Dónde fue que yo me lastimé tanto para después vivir mi adolescencia así?”, se preguntaba.
En esa reconstrucción de sus años adolescentes, y mientras buscaba respuestas, Sara se encontró con otra contradicción que, según cuenta, estaba mucho más arraigada: la distancia entre la joven que había sido y la persona en la que se convirtió después de que la música comenzó a ocupar un lugar central en su vida.
Cuando era más chica, se sentía cercana al costado más marginal del barrio. Pasaba las tardes buscando con quién beber o fumar porro, robaba pintura para hacer grafitis y encontraba cierta identidad en vivir en ese costado más “disruptivo” de la sociedad. Después, casi de golpe, apareció una carrera que le dio un lugar, una comunidad y algo que cuidar. “Tengo esta gente y esta ‘secta’ que me valora y me quiere. Tengo algo importante acá. Ahora lo tengo que cuidar y tratar de ser una mejor persona. Ya no puedo buscar destruirme todo el tiempo”, reflexionaba para sus adentros en esos años.

De igual forma, regresar al barrio también la ayudó a entender que había algo de Mataderos que necesitaba quedar dicho. No era uno de esos lugares que aparecen constantemente en los relatos sobre Buenos Aires ni un territorio asociado a una identidad fácilmente reconocible fuera de quienes viven allí. Para Sara era simplemente un barrio que muchas veces pasaba desapercibido. “Yo necesitaba nombrarlo y decirlo”, explica.
Había algo en ese gesto de nombrar que era una forma de hacerlo visible. Hablar de Mataderos significaba decir de dónde había salido y mostrar una realidad que rara vez aparecía representada: la de un barrio que, sin responder necesariamente a las imágenes más extremas de la marginalidad, tampoco parecía ocupar demasiado espacio en el imaginario de la ciudad. MATADEROS terminó convirtiéndose así en una manera de llevar ese lugar hacia afuera y dejar constancia de su existencia.
Pero contar Mataderos también implicaba contar el contrasentido de alguien que nunca terminó de encajar por completo en una sola identidad. Sara podía sentirse atraída por ese costado más “turro” y marginal del barrio, buscar límites y sentirse cercana a quienes habitaban sus márgenes, mientras al mismo tiempo encontraba una parte fundamental de sí misma en el manga, el anime, los videojuegos y la cultura de internet. Era, como ella misma dice, “una especie de mezcla extraña”. “Yo me sentía así, por más de que no era un turro y no pertenecía a esa tribu urbana, pertenecía como a dos o tres al mismo tiempo”.
Quizá esa sea una de las cosas que finalmente encontró al regresar: que no tenía que elegir una sola de esas versiones para contar quién era. Podía hablar del barrio pobre del que salió, de sus contradicciones y de la chica que había encontrado refugio tanto en sus calles como detrás de una pantalla. Y podía hacerlo, además, desde un lugar al que había llegado precisamente gracias a todo aquello que alguna vez pareció incompatible. “Me encantó hacerlo porque fue poner a la gente a conocer eso”.
***
Si para realizar el disco Sara había decidido regresar al barrio a través de la memoria, el siguiente paso fue hacerlo de manera literal. La artista quería llevar el universo del álbum a su casa y ofrecer un concierto gratuito para la gente del lugar. La idea, sin embargo, no pudo realizarse como la había imaginado.
El proyecto era completamente autogestionado. No pedía financiación estatal ni recursos públicos y solo necesitaba los permisos para montar un espectáculo con una producción similar a la que suele presentar en importantes escenarios locales e internacionales. Pero, según cuenta, la respuesta que recibió fue que no podía montar todo allí porque Mataderos era considerado un barrio “problemático”.
La decisión le resultó especialmente amarga. Para alguien que había construido buena parte de su identidad alrededor de ese lugar, la idea era precisamente llevar allí algo que normalmente parecía reservado para otros sectores más privilegiados de la ciudad. “Yo no quería ir a hacer un show fisura, con un sonido medio pelo y ya. Quería llevar un show como los que hago en Capital, en un venue lleno de cosas y de fantasía. En mi mente era poder hacer que un nenito que solo había visto fábricas de repente viera algo que no podía creer”.
Al final, ese concierto grandilocuente que tenía en mente no pudo hacerse, y aunque todavía espera poder llevar algún día esa producción a Mataderos, encontró en ese skatepark que había marcado su adolescencia la alternativa ideal para presentarse. “Capaz, como consuelo, fue lindo pensar que así como yo volví a ponerme en la piel de la Sara chiquita para escribir y hacer varias cosas en el disco, de alguna manera me volví a poner en esos zapatos más adolescentes para subirme a unos escalones del skatepark a dar un show”.
Era un formato al que ya no estaba acostumbrada. La artista que ahora se presenta en grandes venues con logísticas cada vez más complejas regresó, por una tarde, al tipo de improvisación que había acompañado sus primeros años. “Acá fue como listo, ya está, vamos con el pancho y con la coca. Lo hacemos así, humilde”, recuerda entre risas.
Con el paso de los meses, dice, terminó entendiendo la dimensión de lo que había ocurrido. Hace poco, mientras veía en YouTube el video del concierto y leía los comentarios, volvió a encontrarse con una imagen que le resultaba difícil de procesar. “Veía el video y decía ‘wow, toda esa gente en ese lugar, en el skatepark donde yo muchas veces me sentí tan poca cosa’. Yo era una chiquilla que iba a un costado con su flequillo emo y no hablaba con nadie porque todos eran más cool que ella. Y estaba ahí, dando el puto show y convocando a tanta gente”.
“Me pasó con muchos amigos del barrio que me decían ‘fuá, amiga, sos una estrella acá ahora. Estás hablando de Mataderos en todos lados’”, cuenta. Y en esa frase encuentra algo que quizá la Sara adolescente habría necesitado escuchar años atrás. “Es algo muy bueno para la autoestima de esa Sara chiquita. Decirle ‘acá te sentís tan poca cosa, pero no lo sos. Podés ser más’”.
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Después de varios años construyendo su carrera dentro de la escena argentina, Sara mira ese circuito con una mezcla de distancia y desconfianza. Hay algo de la industria que, reconoce, la hizo sentirse “bastante traicionada”. No porque espere que una maquinaria comercial funcione a partir de afectos, sino porque formó parte de un momento en el que el trap parecía representar una búsqueda colectiva que, con el tiempo, muchos de sus protagonistas abandonaron.
“Cuando empecé, el trap era muy valioso. Estábamos todos metidos en eso, aunque obviamente no éramos iguales ni estábamos en el mismo lugar. Después hubo un switch cultural y de repente ya no bastaba con el trap. Y a mí me encanta que no baste con el trap, justamente yo tampoco hago solo trap: hay electrónica, glitchcore y miles de cosas mezcladas. Pero sentí que mucha gente se bajó del barco y se fue para otro lado. Fue como ‘¿qué onda, boludo? ¿Se fueron todos para allá?’”.
Sara no cuestiona que sus colegas hayan cambiado. De hecho, entiende que el crecimiento de un artista también implica descubrir nuevos intereses y seguirlos. Lo que le produjo cierta sensación de soledad fue ver cómo aquella escena terminó absorbida por una categoría cada vez más amplia: la de la “música urbana”, un término bajo el que primero se agrupó casi cualquier propuesta relacionada con el fenómeno del trap y que después acompañó el giro de muchos artistas hacia sonidos más cercanos al reguetón y las fórmulas dominantes del mercado.
Incluso lo vio entre algunos de sus compañeros más cercanos. “Lo mismo pasó con colegas míos. La Rip Gang hoy hace rock, pop o cualquier otra cosa comparada con lo que hacíamos antes, y esas historias las entiendo mucho más de cerca. Es como ‘claro, amigo, te llamó la atención esto, tiene sentido que lo hagas’. Pero yo me sentí muy sola en ese momento”.
Quizá por eso terminó encontrando una conexión especialmente fuerte con una nueva generación de intérpretes argentinos . Recuerda haber conocido propuestas como la de los Swaggerboyz —AgusFortnite2008 y Stiffy— cuando todavía tocaban frente a unas pocas personas, o haber escuchado a Zell antes de que su nombre comenzara a circular masivamente.
Aunque pertenecía a otra camada, se reconocía en esos artistas porque habían crecido escuchando su música y continuaban explorando caminos que no parecían responder a los moldes más establecidos. “Inevitablemente me sentía más identificada con esa camada porque habían seguido con esa especie de legado de hacer cosas diferente”.
Pero esa cercanía con las nuevas escenas no significa que comparta la forma en que hoy se utiliza el término underground. Después de observar durante años el desarrollo de distintas escenas emergentes en SoundCloud, además de formar parte de una de las más disruptivas en Sudamérica durante los últimos años, entiende que el problema comienza precisamente cuando el under deja de ser una condición para convertirse en una etiqueta o, incluso, en un movimiento, algo que según ella nunca fue. “Para mí, esto no es under”, sentencia.
Su crítica apunta directamente a la forma en que hoy habitamos el internet. Entre risas, lo resume con una frase provocadora: “No es internet el problema, es TikTok”. Después matiza la idea. El problema, dice, es que las mismas lógicas comerciales que antes dominaban otros medios terminaron instalándose en las plataformas digitales. Los algoritmos seleccionan lo que vemos, las empresas participan activamente en la creación de contenidos y la atención se ha convertido en un recurso cada vez más fugaz.
En ese contexto, cree que el supuesto under contemporáneo puede terminar reproduciendo exactamente la presión del medio. “Si alguien sale ahora y todos lo escuchan, inmediatamente le ponen este peso de ‘vos sos el siguiente. Vos sos el artista. Ahora la tenés que romper porque mañana se van a olvidar de ti’, y para mí eso no es underground, es todo lo contrario. Es la industria más pura y dura. Subís hoy y mañana bajás”. La preocupación, en el fondo, tiene menos que ver con la aparición de nuevos artistas que con la posibilidad de que puedan tener el tiempo suficiente para desarrollarse.
Sara reconoce que encuentra mucho talento en las nuevas generaciones —menciona, por ejemplo, a Enzocerobulto—, aunque también percibe una enorme cantidad de propuestas repetidas. Entre ese copy paste, sin embargo, aparecen “un montón de joyitas”. El riesgo es que la velocidad con la que hoy se consume la música no les permita crecer.
***
En este momento, Sara está a punto de volver a ponerse en movimiento. La próxima gira la llevará por primera vez a varios países de Latinoamérica desde los que durante años recibió mensajes de seguidores que reclamaban su visita. Con el tour, quiere comprobar qué sucede cuando esa conexión se extiende más allá de las redes.
“Tengo mucha excitación por los países de la región porque, claro, son mi gente. Es Latinoamérica”, dice. “Somos artistas (menciona a Underiki y a Saikoro) que fuimos a una cosa muy específica, ya sea de internet o por fuera de internet, pero para el mundo, por lo general, la música latina solo es reggaetón, fiesta y mover el orto. Y obvio que lo disfruto y me encanta, pero tenemos otros pensamientos y otra creatividad que apunta a algo más serio, oscuro, e introspectivo”.
Esa posibilidad de ser recibida por públicos que durante años solo pudo conocer a través de una pantalla le impone cierta responsabilidad. No quiere que quienes la siguen desde sus primeros proyectos encuentren únicamente a la artista en la que se convirtió después de MATADEROS. “No quiero que pase como cuando vas a ver a la banda de tu infancia y tocan solamente el último disco y te querés pegar un tiro. Siento que tengo el deber de no solo llevar lo más reciente sino también otras partes del proyecto”.
La gira será, además, una oportunidad para recuperar algo que para ella siempre estuvo en el centro de la música: el espectáculo en vivo. Habla del montaje con la misma obsesión con la que alguna vez construyó sus universos visuales, aunque ahora desde un lugar distinto. “Tengo la aspiración de crear un artista específico, y un show es re importante para eso. Es cuando la gente por fin te ve y te siente ahí, en vivo, y el aura y la energía que vos emanás en ese momento son muy valiosas”. El trabajo ya comenzó: reuniones, diseño y planificación ocupan buena parte de sus días mientras prepara un espectáculo que busca reunir las distintas etapas de su obra.
Sara resume la importancia de este momento así: “Tocar en vivo realmente me da ganas de vivir. Lo que me enamoró de la música fue ver conciertos y entrar al mosh pit. Y estar del otro lado, ver que yo causo esa energía, genuinamente me hace tener ganas de seguir viviendo”.

Sin embargo, más allá de su propia carrera, la situación política de Argentina es algo que le pesa especialmente. Habla con tristeza de amigos que, mientras ella puede recorrer el mundo con su música, trabajan en empleos comunes y “se rompen la espalda” sin encontrar una forma de salir adelante.
Su inquietud no se limita a la economía. También le preocupa lo que llama la dimensión “discursiva” del momento político y la posibilidad de que el país vuelva a discutir derechos que creía conquistados. “Hay muchas cosas con las que se quiere ir para atrás, como el aborto y los derechos que hemos conseguido las mujeres”, dice. “No sé qué va a pasar, pero me despierta la necesidad de hablar del tema y a lo mejor eso está bueno”.
Aun con esas preocupaciones, después de todo lo que ocurrió alrededor de Heráldica y MATADEROS, lo que más parece haber cambiado en Sara no está sobre el escenario, sino detrás de él. Dice sentirse actualmente “mucho mejor” que en años anteriores. “Siento que estoy más clara, me drogo menos, me puedo comunicar mejor, y estoy más tranquila sobre lo que el público piense o lo que inventen de mí”.
Parte de ese cambio llegó cuando decidió alejarse de las redes. Dejó Twitter y redujo considerablemente su exposición personal en redes sociales, o al menos en sus cuentas oficiales. “Me alejé bastante de mi casa, que es internet, y un poco me duele, la verdad. Pero también tengo que aprender a aceptar que las cosas cambian. En ese sentido me siento mejor creativamente”, reconoce.
“Soy una persona que tiene sus problemas […] Tengo mis días y mis momentos, pero por suerte estoy rodeada por buenas personas que me ayudan a encontrar la calma”. Quizá por eso, cuando se le pregunta por esta nueva etapa, la respuesta no apunta a una transformación definitiva ni a haber encontrado todas las respuestas. Después se ríe y lo resume con una frase que, de alguna manera, parece encajar con todo lo que acaba de contar: “Pero nada, siempre en terapia”.
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