Imposible dimensionar el tamaño de esta pérdida. A los 83 años, y después de unas tres semanas internado por una neumonía bilateral, Rubén Rada murió en una clínica de Montevideo. Imposible dimensionar la pérdida porque Rada era una pieza indispensable de la música y la cultura popular de la República Oriental del Uruguay y del Río de la Plata, estaba lleno de proyectos y su trayectoria artística es inabarcable.
Se ha dicho que Rada era a Montevideo lo que Gershwin fue a Nueva York o Piazzolla a Buenos Aires: un compositor mayúsculo y revolucionario, que desde que a mediados de los 60, cuando junto a Eduardo Mateo fundó El Kinto y creó el candombe-beat (una fusión hasta entonces inédita entre los ritmos afrouruguayos con el rock británico y la bossa nova), resumió y al mismo tiempo proyectó en sus canciones el sonido y la idiosincrasia de su ciudad. Su obra fue una gran influencia para Los Piojos y otros grupos argentinos de los 90. Su carrera tiene muchísimos momentos sublimes (El Kinto, Tótem y Opa, junto a los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso) con algunos baches. A lo largo de más de medio siglo, mientras como cantante y percusionista incursionaba en el jazz, el rock, el blues, el soul, el reggae, la música brasileña y ritmos tropicales, Rada nunca descuidó la tecla popular: empezó a trabajar en televisión a principios de los 60 y siempre utilizó la actuación como otro medio para expresarse.
“El candombe es algo que no tiene nada que ver con pensar”, me dijo en una entrevista de 2019. Es algo que está dentro de mí desde chiquito. Y me remite a mi familia: mi madre era prima lejana de los Silva. Y Juan Ángel Silva sacaba la comparsa Morenada. Y yo, ya de pequeño, salí con ellos. Tendría unos diez años, y gané el premio al mejor artista del carnaval cantando ‘No tengo ni zapatitos, tan pobre soy, me llaman este negrito de corazón’. Y me apodaron ‘Zapatito’ porque tenía diez años y calzaba 43. Un disparate. El candombe es algo que me sale fácil, que ni siquiera lo pienso. Y es más, cuando me pongo a analizar mis canciones, como por ejemplo “El rock de la calle”, me doy cuenta de que, en el fondo, es un candombe. Aunque trate de llevarlo al rock & roll, todo lo que hago vuelve al candombe”.
Rada había desarrollado dos personalidades. Por un lado, era un compositor potente y complejo, un cantante desgarrador; por el otro, el actor, el personaje, el entrepreneur. Para Rada, no había nada peor que la gente se aburra.
La cuestión racial no es menor en la vida de Rada. “Me da una alegría bárbara que me digan «Negro» Rada”, dice. “Pero a principios de los 60, cuando los Fattoruso querían que cantara con ellos en Los Shakers, los productores no me dejaron. Había que mantener la apariencia igual a la de los Beatles”.
Rada se crió musicalmente en Ansina, en el Barrio Sur de Montevideo. “Yo siento a Africa como mi madre patria, por parte de mi padre. Pero, a la vez, me siento demasiado lejos. Cuando realmente siento que soy africano es cuando toco candombe y respeto la música que viene de mis ancestros”.
Mencionaba a Pedro Ferreira, director de la comparsa Fantasía Negra y fundador, en 1957, de la mítica orquesta Cubanacan, como uno de sus grandes maestros. “En los seis meses que trabajé con él aprendí a cantar, componer y, especialmente, frasear el candombe. Gran maestro de todos los tiempos. Pero en ese entonces ya tenías el oficio de cantor… Sí, cantaba de todo: blues, rock & roll, imitaba a Louis Armstrong, hacía temas de Louis Prima… Pero también, con la barra del Hot Club, aprendí a cantar como fraseaba [el saxofonista] Charlie Parker. También escuchábamos mucho a Ella Fitzgerald…”, recordó.
Su musicalidad era asombrosa, aunque no había estudiado música jamás. “Yo tengo una facilidad natural para crear melodías. Me pongo a cantar y salen. Así que me busqué parceiros que se encargaran de construir y armonizar el tema. El primero fue Eduardo Mateo, pero después, como no toco el piano, siempre busqué manos sabias: algunas veces fue Hugo Fattoruso, otras Daniel Homer, otras Ricardo Nolé, otras Nicolás Arnicho, y últimamente Gustavo Montemurro“.
El encuentro con Mateo fue providencial: “A Mateo lo conocí en la calle Rivera y Luis Alberto Herrera, frente a donde ahora está el Montevideo Shopping. El iba pasando con la guitarra y nos saludamos. Me conocía de los Hot Blowers. El tocaba bossa nova y samba con un grupo que se llamaba Los Ases Cariocas. Y nos quedamos charlando, divagando, hasta que me dice: “¿Por qué no nos juntamos un día de estos?”. Así que al día siguiente le estaba tocando el timbre en su casa de Estivao y Ortiz. Serían las diez y media de la mañana, y ese día compusimos ocho temas. Durante los siguientes cinco años nos vimos prácticamente todos los días. Debemos haber hecho, potables, cien temas. A la mayoría nunca los llegamos a grabar”.
Su derrotero es épico. Después del poderosísimo sonido de Tótem (sigla de “Todos tenemos música”), armó en Buenos Aires el grupo S.O.S. (Sonido Original del Sur), con una línea de vientos que incluía a su compatriota Héctor “Finito” Binguert en saxo y al argentino Gustavo Bergalli en la trompeta. Luego, formó parte de Opa, el grupo de candombe sideral que los hermanos Fattoruso habían formado en Estados Unidos.

A fines de los 70 se instaló nuevamente en Buenos Aires y formó el supergrupo La Banda, junto a figuras como el pianista Jorge Navarro, Bernardo Baraj y Benny Izaguirre. Y, en su etapa como solista en los 80, lideró un quinteto apabullante junto a Ricardo Nolé en las teclas, Beto Satragni en el bajo, Osvaldo Fattoruso en la batería y Ricardo Lew en guitarra.
Lanzó una serie de álbumes maravillosos en los 80, como el indispensable La cosa se pone negra (1983), grabado en vivo en Obras. Uno de sus momentos de mayor proyección masiva. Unos años y unos discos maravillosos después, el contexto económico lo empujó al exilio. En México fue percusionista de Tania Libertad, pero probablemente hayan sido los años más tristes y más difíciles. Hasta que apareció Neil Weiss, y produjo, para su sello Real World, el álbum Montevideo, con una backing band de lujo que incluía a Bakithi Kumalo e Hiram Bullock, que tocaban en la banda estable del Late Night Show de David Letterman. Ese disco salió en el auge de la World Music, se editó en Estados Unidos y en Japón, y sólo en Uruguay vendió más de diez mil copias.
Instalado nuevamente en el Río de la Plata, protagonizó la película uruguaya El Chevrolé, actuó en la serie Gasoleros (de Pol-ka) y condujó El teléfono, por el Canal 12 uruguayo.
En el 2000, buscó a Cachorro López para que sea el productor de su álbum Quién va a cantar: “Le pedí que me enseñe cómo vender discos. Me dijo: ‘Traeme las canciones y no vengas por el estudio’. Es que yo suelo hacer introducciones instrumentales muy largas, entonces mientras empiezo a cantar, la gente ya cambió de radio”. El resultado fueron hits como “Quién va a cantar”, “Cha cha, muchacha” y “Muriendo de plena”, que fue adaptado por varias hinchadas argentinas. Todavía suena en las tribunas.
Al poco tiempo, armó el Candombe Jazz Tour, otro supergrupo con el que revisitó su repertorio en clave jazzística. Y en 2006 adoptó el personaje de Richie Silver, seudónimo con el que había dado sus primeros pasos en los Hot Blowers. Como si fuera un crooner un poco decadente, se calzó un viejo smoking al estilo Las Vegas y dejó un álbum que incluía una nueva versión de “El rock de la calle” y una relectura swinguera de “Amándote”, el clásico de Jaime Roos.
Rada era venerado por artistas como Charly García, León Gieco, Fito Páez, Los Piojos, La Vela Puerca, No Te Va Gsutar, y Los Auténticos Decadentes, entre muchísimos otros. ¿Quién no quería a Rubén Rada? Si, en definitiva, lo que hizo toda su vida fue hacerse querer. Y la admiración y el cariño de Rubén, con sus colegas, eran recíprocos. En los últimos años había grabado discos con versiones, había hecho un homenaje a la música brasileña, había participado del regreso de Explossion (un grupo jazzero de su etapa porteña), había hecho un disco de candombes y tangos clásicos, había revisitado sus grupos fundacionales (El Kinto, Tótem y Opa) con un disco en vivo y había grabado, por primera vez, un disco de murga. Había girado con Agarrate Catalina. Y tenía en gateras el regreso de Tótem y un par de proyectos maravillosos. Una de sus últimas colaboraciones fue con Trueno.
Hace tres lustros, había vencido a un cáncer. “Yo nunca le di bola a la muerte”, me dijo cuando lo entrevisté para Rolling Stone en 2015. “Pero ahora sí me preocupé un poco. Cuando arranco a tocar, a componer y a grabar discos, se me pasa. Antes de esto, ya estaba apurado para realizar todas las cosas que no había hecho antes en mi vida. (…) Cuando estaba enfermo, me prometí volver a grabar lo antes posible. Es el ataque que tengo: antes de irme de este mundo, quiero hacer todo lo que pueda. Sé que dentro de veinte años, la música que haga ahora la van a seguir escuchando. Tengo ganas de joder hasta después de muerto”, me dijo. Y cumplió. Vaya si cumplió.
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