Hay historias que empiezan en un estudio, otras en una libreta. La de Lúa comenzó en una sala de espera de un aeropuerto. Andrés Suárez recuerda el momento con una mezcla de sorpresa y gratitud. Venía de atravesar uno de los periodos más oscuros de su vida —una ruptura dolorosa, meses de confusión y una depresión que, dice, lo dejó sin noción del tiempo— cuando algo inesperado ocurrió en México. Sentado en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, con la guitarra cerca y los ojos todavía húmedos, escribió de un tirón los versos de una nueva canción: “ella es la palabra que no encuentran los poetas, sed de agua sagrada, noble compañera…”, recuerda.
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Cuando levantó la vista, una trabajadora de seguridad se acercó para preguntarle si estaba bien. Su respuesta fue honesta: “No lo sé”. Después vino un abrazo. Ese instante resume el espíritu de Lúa, su décimo álbum de estudio. El título —“luna” en gallego— no es casual. Hijo y nieto de marineros, Suárez ha crecido mirando al cielo y aprendiendo a leer los ciclos de la luna, esa que cambia de forma pero nunca desaparece del todo. En su caso, la metáfora es clara: una luna negra, oscura, que lentamente vuelve a iluminarse. “Todos somos lunáticos”, dice entre risas. “La luna nunca está quieta: crece, decrece, vuelve a empezar”.
En Lúa, esa transformación se convierte en estructura musical. El disco está dividido en dos caras emocionales muy claras: seis canciones que nacen del dolor —del despecho, la rabia y la pérdida— y otras seis que celebran la posibilidad de volver a enamorarse. El propio Suárez lo resume con una imagen sencilla: “El disco empieza con la voz rota y termina con la voz curada”. La historia de Lúa no se entiende sin ese contraste. Durante meses, Andrés atravesó un periodo que describe con crudeza. No fue el estereotipo romántico de la tristeza del artista, sino algo más desorientador. “La gente cree que la depresión es llorar todo el día”, dice. “Pero no siempre es así. En mi caso era no saber qué día era. Pasar meses con el mismo pijama, no recordar las letras de mis propias canciones, no tener conciencia del tiempo”.
Ese estado de desconexión marcó las primeras canciones del disco. Lúa arranca con piezas que nacen de la herida —del despecho, la rabia y el desconcierto— y que se sienten incluso en la forma en que Suárez canta: la voz se quiebra, se rompe, se queda sin aire. “Cuando empiezas el disco hay dolor, hay afonía”, explica. “La voz está rota”. Pero algo cambia a mitad del camino.
La segunda parte nace de otro momento vital: un enamoramiento inesperado en México que transformó por completo la historia que Suárez estaba escribiendo. Lo que comenzó como un disco atravesado por la oscuridad terminó convirtiéndose en una narración sobre el renacimiento. “De repente la luna empezó a crecer”, dice. “Y el disco también”.
De ahí que Lúa está dividido en dos mitades casi simétricas: seis canciones que hablan de la caída y otras seis que celebran la posibilidad de volver a empezar. Una dualidad que el músico resume con dos imágenes muy claras: la luna negra y la jacaranda. La primera representa el momento más oscuro del proceso; la segunda, el símbolo del nuevo amor que llegó desde México. La jacaranda —el árbol que florece cada primavera en la Ciudad de México— se convirtió en una especie de metáfora. “Florece entre marzo y abril”, explica. “Yo escribí esa canción para que tenga flor todo el año”. Ese cambio de luz tiene un origen muy concreto: México.
Desde hace casi dos décadas, Andrés Suárez mantiene una relación especial con el país. Fue en ciudades como León, en Guanajuato, donde encontró uno de sus públicos más fieles cuando todavía era un cantautor que empezaba a girar fuera de España. Con los años, esa conexión se volvió más cercana, “…hace 18 años que México es mi casa”, dice. “Aquí valoran la palabra de una manera muy especial”.
Pero esta vez el vínculo fue más allá de la música. Durante un viaje reciente, Suárez se enamoró inesperadamente de “C” —una chica mexicana a quien, por respeto y confidencialidad menciona únicamente con la letra— y, esperándolo o no, ese encuentro terminó reconfigurando por completo el espíritu del álbum.
La historia tiene algo de escena cinematográfica. Después de días recorriendo Guanajuato, Guadalajara o Tijuana, el músico se descubrió sentado en el suelo del aeropuerto, con la guitarra en la mano, tratando de entender lo que estaba sintiendo.“Me di cuenta de que me había enamorado sin haberme dado cuenta”, recuerda. “Y estaba ahí, llorando, escribiendo”.
De ese momento nacieron algunos de los versos más luminosos del disco. La canción apareció casi como un reflejo involuntario, escrita de una sola vez, mientras el aeropuerto seguía funcionando a su alrededor. Para Suárez, ese instante resume la lógica emocional de Lúa: la vida puede romperse, pero también puede volver a empezar de maneras inesperadas. “Claro que tienes miedo cuando te vuelves a enamorar”, admite. “Le entregas el corazón a alguien sabiendo que puede romperlo”.
Ese vértigo atraviesa la segunda mitad del disco. Canciones como ‘Jacaranda’ o la bachata que compuso inspirándose en el estilo de Juan Luis Guerra muestran a un Suárez mucho más luminoso, incluso juguetón, lejos del tono quebrado con el que empieza el álbum. “La voz cambia”, dice. “Al principio duele. Al final ya no”.
Pero Lúa no solo mira hacia el futuro. También revisita el pasado. Entre las canciones del disco hay una que funciona como una especie de carta tardía: ‘Elena’. En ella, Andrés Suárez se despide de un amor que marcó sus primeros años como músico. Un romance intenso, caótico, lleno de noches largas en el Madrid de los bares y las canciones. “Probablemente fue el gran amor de mi vida”, reconoce.
Andrés y Elena se conocieron cuando él tenía poco más de veinte años, en una época en la que su vida giraba alrededor de la música, los escenarios pequeños y las madrugadas interminables en el mítico circuito de cantautores de la ciudad. Allí coincidía con figuras como Luis Eduardo Aute o Pablo Milanés, en noches que terminaban cuando la ciudad ya estaba despertando. “Vivíamos demasiado intensamente”, recuerda. “Creíamos que nunca íbamos a bajar de ese ritmo”.
Durante años escribió canciones sobre esa relación, pero todas nacían desde el despecho o la rabia. Con el tiempo se dio cuenta de algo: nunca le había dedicado una canción de gratitud. “Había escrito tres discos sobre ella”, dice. “Y ninguno para darle las gracias”.

‘Elena’ es una despedida serena, escrita desde la distancia y la madurez. Una manera de reconocer que algunos amores no están destinados a durar, pero sí a transformarnos. La historia, sin embargo, tiene un último capítulo inesperado. Años después de la ruptura —más de dos décadas sin verse— Suárez se cruzó con ella por casualidad en una calle del centro de Madrid. “Me quedé paralizado”, recuerda. Esa misma noche recibió un mensaje suyo en redes sociales. Solo una frase: “Tú me dijiste que seríamos reyes. ¿Dónde está el palacio?”. La pregunta terminó convirtiéndose en otra canción del disco.
En Lúa, el amor aparece muchas veces ligado a la despedida. Aeropuertos, distancias, abrazos que saben que no van a durar para siempre. Para Andrés Suárez, esa tensión no es necesariamente una tragedia. Al contrario. Cuando habla del romance que inspiró buena parte del disco —ese encuentro inesperado en México con “C”— lo hace desde una perspectiva serena. La relación no terminó convirtiéndose en una historia de largo recorrido: la distancia, las vidas en países distintos y las circunstancias hicieron imposible sostenerla. Pero Suárez no lo describe como un fracaso. “Hay gente que me pregunta cómo llevo que esa historia no haya salido bien”, dice. “Y yo siempre contesto lo mismo: fue el mayor triunfo de mi vida”. La explicación llega casi de inmediato. “Yo la vi dormir en mi pecho. Yo la amé”, continúa. “Hay gente que vive una vida entera y nunca ama a nadie así, ni siquiera cinco minutos”.
En tiempos donde el cinismo parece imponerse, dice, defender la intensidad puede parecer casi un gesto contracultural. A él no le incomoda esa etiqueta. “Me dicen que soy intenso”, se ríe. “Pero qué maravilla ser intenso”. Esa es la filosofía de Lúa. Un disco que empieza en la oscuridad y termina en la luz, que transforma la pérdida en aprendizaje y que, sobre todo, reivindica la idea de que amar siempre vale la pena, incluso cuando no dura.
“Después de todo lo que vivimos en estos años”, reflexiona, “creo que lo único que nos va a salvar es el amor”. Quizá por eso el álbum termina donde empezó: mirando al cielo. La luna —esa lúa que da nombre al disco— cambia de forma constantemente. Crece, se oculta, vuelve a aparecer. Y aunque atraviese noches completamente oscuras, siempre termina encontrando otra vez la luz.
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