Drexler sabe estar aquí y ahora. Fluye y se adapta el mundo con gracia, con inteligencia y sensibilidad, haciéndolo todo con una elegancia que la mayoría del público y la industria parecen aceptar sin reparos y él despliega sin problemas. Su obra y sus respuestas tienen una elocuencia precisa, convincente y meditada; transmiten una serenidad que se materializa de forma muy diciente en el blanco y beige que domina la ropa de su banda sobre el escenario.
Es un grupo de intérpretes (cuatro mujeres y tres hombres) que reflejan magistralmente el enfoque de Drexler, presentando un show perfectamente diseñado para estos tiempos, para las nuevas sensibilidades, evitando a toda costa las tensiones y las demagogias.
Gran parte del repertorio que viene presentando en vivo pertenece, obviamente, a su álbum más reciente, Taracá, que ha tenido un recibimiento lleno de aplausos y admiración. Es un disco bien uruguayo, un tejido con hilos de fiesta y melancolía, y un retorno a los estudios de su tierra después de algunas décadas.
Taracá empezó siendo un disco lleno de procesamiento digital, con mucho uso de Auto-Tune y programaciones, todo en manos de productores mucho más jóvenes. “Tadu Vázquez empezó el disco con 21 años, Mauro [Díaz] lo empezó con 29, Gabo Lugo con 32 y Lucas Piedra Cueva con 32, o sea, a todos les llevo 30 y 40 años”, dice Jorge Drexler sobre quienes estuvieron al frente del proceso. “Todos ellos venían de hacer reguetón, de hacer este trap, y los llevé a Uruguay —salvo a Lucas que es uruguayo— a grabar un disco acústico con tambores de candombe y guitarras españolas y criollas”.
Lo que ocurrió fue que, al llegar a su país, el cantautor se encontró con nivel muy alto en la interpretación de instrumentos acústicos y tradicionales, cercanos a las sonoridades del candombe, y le dio la vuelta a su idea inicial. “Hubiera sido mucho más fácil hacer un disco centrado en los sonidos de lo urbano, porque los productores con los que trabajaba se movían muy cómodos en ese terreno, pero me gusta llevar músicos a otro terreno”.
Drexler quería la visión de todos ellos —músicos y productores— para un álbum abierto, como la vocal ‘a’ que se repite tres veces en el nombre de su disco. “Es el sonido por defecto que tiene el aparato fonador del ser humano. Si aprietas a un ser humano, es el ruido del placer, el ruido del dolor, del desconcierto, del susto”, señala. “Es el sonido que produce nuestro sistema fonador sin ningún tipo de procesamiento. Ya la ‘e’ y la ‘i’ implican cerrar los resonadores, la ‘o’ y también la ‘u’, pero la ‘a’ sale sin procesar.
Estudiaste medicina y escogiste el camino de la otorrinolaringología; ¿el hecho de haber escogido esa especialidad tenía alguna relación con el interés por cantar, por la voz y sus mecanismos?
No, de hecho, la otorrinolaringología es la profesión familiar. Mi padre y mi madre, ambos, eran un matrimonio de otorrinolaringólogos. Yo soy su hijo mayor, y fue siguiendo una tradición familiar que me metí a estudiar, pero no terminé el posgrado, me recibí de médico, pero no terminé el posgrado de otorrino.
¿Existió algún tipo de presión para que esa tradición se continuara?
Yo no la sentí como una presión directa, pero me crié en un mundo sumamente cerrado, estábamos en el Uruguay de los 70, 80, de dictaduras. Mis padres vivían en un circuito donde muchos de sus amigos y familiares se habían tenido que exiliar, entonces era muy reducido, prácticamente solo tenían amigos de la profesión, muy cercanos.
Eran épocas de mucha desconfianza, no se juntaba mucha gente en las casas. Yo me crié en un país sin música, me crié en un país donde la mayor parte de los músicos estaban exiliados. No tenía músicos profesionales en la familia, la música nunca la contemplaba como una profesión, era entendida como una disciplina artística que era muy importante desarrollar para un médico que tuviera un lado cultural, pero no era vista como una opción de vida.
Y me crié con muy poca información fuera del ámbito restringido de la familia y de la profesión de mis padres. Es extraño, porque tengo la sensación de que tuve una infancia muy linda, pero en un entorno en el que les costó mucho trabajo a mis padres aislarnos de la dictadura y conseguir que sus hijos tuvieran una infancia “normal y alegre”, porque eran años horribles en el país.
Entonces, casi que automáticamente terminé la secundaria, y entré sin pensarlo en la facultad de medicina, sin saber muy bien a lo que me estaba exponiendo. Recién en el cuarto año de la carrera, cuando vas por primera vez al hospital, salí como de un sueño en el que estaba y me di cuenta de que iba a tener que trabajar en un hospital y con pacientes. Ahí tuve mi primera crisis vocacional, y fue también que me volqué más hacia la música.
Decidí terminar la carrera igual, pero hice una pausa en el medio, un año como para terminar de definir mi vocación. No tuvieron que presionarme mis padres, si lo hicieron, fue de manera muy amorosa y muy sutil [risas]. No era una familia muy estricta, pero sí que era una familia muy vocacional, donde todo el mundo amaba lo que hacía, y me transmitieron ese amor —que sigo teniendo— por la medicina. Fue algo que les trasmitieron a varios de sus hijos, porque de los cuatro hermanos que somos, los cuatro estudiamos medicina en algún momento, o alguna profesión relacionada. Luego, mi hermana se fue a la odontología, y mi otro hermano se fue a la arquitectura, pero tengo un hermano médico también. Era una casa donde se contagiaba mucho todo, los gustos musicales, las orientaciones vocacionales, los partidos de fútbol, las opciones políticas, todo era vivido en conjunto en la familia.
“La exposición mediática es una experiencia sumamente fuerte y muy traumática en muchos sentidos, creo que se sobrelleva mejor si ya tienes una estructura personal más o menos establecida”.
Y mientras estudiabas música, ¿la veías como un hobby, como una cosa paralela y nada más?
La verdad es que nunca la vi como un hobby tampoco. Desde que era muy chico supe que la música era importante para mí, y siempre la viví con muchísima intensidad; estudiaba fuera de horarios con muchos sacrificios. Hice prácticamente las dos carreras a la vez. Música de manera privada y particular por mi cuenta con diferentes profesores, dando concursos, ganando becas para estudiar guitarra clásica, estudiando composición, armonía coral con profesores muy buenos, fuera de un conservatorio organizado. Conseguí tener una formación en música por mi propio lado con mucha decisión.
Claramente era mi vocación, lo que pasa es que no se me ocurría, no conocía un mundo en el que no estudiara, además de música, una profesión universitaria como la medicina. Fui muy inmaduro en mi desarrollo vocacional, me demoré en darme cuenta de lo que quería, empecé a vivir de la música a los 30 años, y antes de eso, estuve 10 años en la facultad de medicina, hice una carrera completa, una carrera que, te repito, me gustó y que aprecio todavía a día de hoy.
Demoré mucho tiempo en darme cuenta qué era lo que quería hacer, y demoré 10 años más —ya de los 30 hasta los 40—, en darme cuenta de que podía integrar lo que había aprendido en medicina en las canciones. La primera canción en la cual siento que no perdí el tiempo durante 10 años se llama ‘Todo se transforma’, que salió en el disco Eco (2004), cuando cumplí 40 años. Entonces, estuve mucho tiempo hasta que conseguí saber lo que quería, y mucho tiempo en entender que, en definitiva, todas estas diferentes partes eran yo también.
Ahora, cuando una persona encuentra su todo, y puede integrar todas sus partes y reconocerlas, sacarlas a la luz, salir del armario, de lo que sea, de una opción sexual o de una opción vocacional, de una visión política o espiritual, cuando uno consigue reconocerse como es en su totalidad, es una experiencia sumamente liberadora, y pasa uno a vibrar entero. Como un día me pasó. Yo sentí que ahí empecé realmente a escribir las canciones que quería escribir.
Tú tienes un sonido absolutamente reconocible y una identidad muy clara.
Me alegro, cuéntamela después [risas], yo no la veo. Estoy muy adentro para verla.

¿Con eso tuvo que ver o habrá tenido que ver el hecho de “empezar tarde”?
Primero, te agradezco eso, porque yo no la tengo del todo clara. No es raro que uno no tenga clara la identidad de uno, nadie que está demasiado cerca nuestro la ve. El hecho de empezar tarde me dio algunas ventajas; no sé si esa.
Con respecto a la edad, hay una cuestión que sí me parece muy clara: la exposición mediática es una experiencia sumamente fuerte y muy traumática en muchos sentidos. Creo que se sobrelleva mejor si ya tienes una estructura personal más o menos establecida.
Cuando empecé a dedicarme a la música ya tenía 30 años, ya me había dedicado a muchas otras cosas; había trabajado de guardavidas, había hecho guardias de 24 horas en un hospital, había dado inyectables a domicilio para pagarme dos discos, había organizado conciertos con la comisión de cultura de la facultad, y había estado del otro lado del mostrador. Yo creo que adquieres un poco más de perspectiva que si de repente con 22 años está todo el mundo diciéndote que eres un genio, por más que lo seas de verdad, es muy difícil de asimilar.
A los 30, me vine a España. Los primeros 10 años de mi carrera como artista solista fueron un fracaso absoluto, sin matices, o sea, cuatro discos que fueron uno tras otro un fracaso de ventas. Siempre fui un pésimo vendedor de discos. De hecho, no soy un gran artista de streaming, ni siquiera hoy. He aprendido a sobrevivir a pesar de eso, porque sí que he ido avanzando mucho en la convocatoria de los shows en directo, por ejemplo, y de alguna manera, he establecido un territorio que no transcurrió por los grandes canales del mainstream.
Me hace muy feliz tener un proyecto que, de dimensiones, es un proyecto chico, pero que viene sobreviviendo y que ha generado atención y cariño, que es lo más importante. Pero ocurrió tarde, empezó a irme bien a los 40, en el disco Eco, y empezó a irme mejor, digamos, ya a los 50, cuando el proyecto toma más relevancia. Fue todo sumamente lento y una experiencia maravillosa, no le cambiaría nada a la experiencia, a la progresión.
Hay una cosa que me llama muchísimo la atención, y es que esa línea de tiempo tiene mucho en común con la de unos compatriotas tuyos, con El Cuarteto de Nos, que también se hicieron populares ya muy grandes, siendo hombres hechos y derechos.
Son amigos, los conozco. E igual para el exterior, sí, pero el Cuarteto de Nos en Otra navidad en las trincheras, que es del año 94, ya con veintipico de años, ya eran unas estrellas en Uruguay. Ya eran gente muy conocida.
Claro, y ya tocaban en Argentina todo el tiempo.
Y en Uruguay; en la época de ‘Me agarré el pitito con el cierre’, Otra navidad en las trincheras, fue un discazo de muchísimo éxito, de muchísima trascendencia en Uruguay. Y ya generaban polémicas a nivel nacional, eran personajes muy conocidos. En ese momento, cuando sale ese disco, yo estaba en la facultad de medicina, pagándome mi disco, trabajando como ayudante de cirugía y como practicante médico.
“Los primeros 10 años de mi carrera fueron un fracaso absoluto, sin matices, cuatro discos que fueron uno tras otro un fracaso de ventas. Siempre fui un pésimo vendedor de discos”.
Como te decía, siento que hace tiempo tu identidad en términos de letras, no solo por la voz, la producción y demás, es bastante clara, y creo que Taracá es un ejemplo de esa identidad, aunque muestra una evolución, también hace eco de todo lo que uno viene oyendo hace 20 años de ti.
Me alegro.
¿Sientes que hubo en particular algún disco — más allá de Eco con ‘Todo se transforma’— en el que pensaste, “este es el que quiero ser, estoy sonando como quiero sonar”?
Hubo varios escalones. El primero de ellos fue un disco que se llama Frontera, que salió en el 99. Es el primer disco donde establezco una conexión con mi lugar y con mi momento. Con mi lugar, me refiero a donde provengo, de Uruguay y mi región, el Cono Sur; y con mi momento, en el sentido de que es el primer disco en el que hago un esfuerzo consciente de estar vinculado al momento musical, de lo que está pasando con la música en otros lados.
Es el primer disco que hacemos en computadora, el primer disco que hago con dos productores muy jóvenes, como Carlos Casacuberta y Juan Campodónico, y con la presencia de Luciano Supervielle también, con músicos que estaban muy al día en lo que estaba pasando en el mundo. Entonces, ese disco fue muy importante para mí; Frontera como una señal de identidad, de que no iba camino del adult rock [risas], como se llamaba en una época, o de la música folk o folclórica, lisa y llanamente, sino que también tenía una intención de conexión con el momento del mundo. Ese es el primero.
El segundo fue Eco, el que te decía recién, y vuelvo también porque en Eco lo que sentí que me definía como compositor era conseguir juntar todas mis herramientas, y que todas sirvieran para la canción. Digamos, las identitarias, las vocacionales, las culturales, las generacionales, las geográficas, y juntarlas todas en un tipo de canción que, a partir de ahí, empiezo a ver como una identidad más definida en lo compositivo. En lo sonoro, fue más Frontera.
Después, en cada uno de los discos, he intentado alimentar el movimiento de ese péndulo creativo. Había discos más introspectivos como 12 segundos de oscuridad, seguidos de discos más expansivos como Bailar en la cueva o como Amar la trama. Para Salvavidas de hielo empiezo a trabajar como el exterior, también de vuelta, voy a México. Luego, el disco pandémico que fue Tinta y tiempo, un disco muy cerrado, hecho en Madrid, y luego de vuelta, se expande hacia Uruguay el disco con Taracá. He intentado estar siempre en un péndulo temático y sonoro para mantenerme despierto.
Quisiera devolverme un momento a esos cuatro primeros discos, a esos “fracasos”, como los defines tú. Supongo que en ningún momento fue una opción regresar a la medicina, ¿o sí?
No, nunca fue una opción regresar a la medicina, nunca me lo planteé. Soy lento para tomar decisiones y muy dubitativo; esa es una de las decisiones que no, que tomé rápido y sin dudar, y no he vuelto a dudar de ella.

Este hecho de ser famoso ya con alguna madurez, de todos modos, debe permitirte comparar entre lo que era ser reconocido hace 15 o 20 años y lo que es ser reconocido hoy. La fama hace 15 años y la fama hoy, ¿qué perspectiva tienes de esta comparación y cómo te ayuda en esa perspectiva la carrera de tu hijo frente a esa evolución de la popularidad?
Es una pregunta muy buena. Mira, hay algunos conceptos con los que no tengo una relación directa. Por ejemplo, uno de ellos es el concepto de fama. Yo prefiero hablar toda mi vida en términos más de reconocimiento o inclusive de prestigio. No soy una cara muy conocida, yo me muevo por Madrid con mucha libertad, en Uruguay, un poco más, en Argentina, un poco más, de repente, en Latinoamérica.
Pero nunca tuve la sensación de ser una cara sumamente conocida, salvo en determinadas circunstancias puntuales, y he conseguido salir de esas circunstancias. Cuando pasó lo del Óscar, la manera que tuve de relacionarme con eso era agarrar mi bicicleta y pasearme por Montevideo todo lo que podía, intentando evitar que eso se consolidara.
Yo creo que la fama se transmite, se trabaja, o los dos extremos; de alguna manera tienes que querer ser famoso para que llegue un momento en que no puedas ir al cine en tu propia ciudad, lo cual lo considero un perjuicio espantoso, ¿no? Es decir, no poder ir a un supermercado, creo que ese tipo mínimo de anonimato, de poder ir un café o tomarte una copa con un amigo y que te cuente algo triste que le pasó en un bar, y estar tranquilo y poder hablar con él, es un derecho humano. Me parece. Y prescindir de eso es un precio que yo no estoy dispuesto a pagar.
De alguna manera, quisiera creer que hice méritos para poder tener esa cuota de normalidad en mi vida. Creo que me lo he trabajado, la verdad es que estoy orgulloso de eso, de no ser un “famoso” [risas]. Sí que noto mucho cariño, de vez en cuando, alguien me para en la calle y me dice cosas habitualmente muy bonitas. He tenido muy pocas relaciones incómodas sociales. Suelo andar muy relajado por todos lados.
Y ¿la carrera de tu hijo te permite tener una perspectiva más amplia de esto, de la popularidad, del reconocimiento?
Me permite, como padre, tener una perspectiva y entender lo que le puede estar pasando a una persona de su edad, expuesta a las alegrías y a las tensiones que tiene el reconocimiento. Lo que pasa es que te quiero aclarar que él tuvo un reconocimiento mucho más temprano del que lo tuve yo, entonces, quisiera creer que soy un buen consejero para mi hijo, igual que él es un buen consejero para mí. Hablamos mucho, nos mostramos todo lo que escribimos, y estoy muy orgulloso de eso. Además, él ha desarrollado una carrera de manera completamente independiente a la mía, lo cual lo honra. Estoy muy orgulloso de que se haya abierto camino por sus propios medios.
“El mundo está lleno de inversiones en estudios de grabación […] y nadie tiene en cuenta de debería haber una inversión en el otro 50 % de la canción, que es el texto”.
Siento que en Taracá la vara, en términos de letras, se sube una vez más, y cada vez viene mostrando la posibilidad de sorprender un poco más, de meterse por caminos nuevos, más interesantes y profundos. Siempre he sentido que tus letras reflejan mucho trabajo, mucho cuidado, y me gustaría saber con qué clase de lecturas alimentas ese aspecto de tu obra.
Antes que nada, te agradezco mucho. Yo no puedo medir cualitativamente el trabajo que hago. Es cierto que hay gente que me lo ha dicho muchas veces. Yo no me doy cuenta de eso, pero me han dicho muchas veces que en el disco ven cosas que yo no veía antes. Estoy demasiado cerca del disco como para darme cuenta. Pero te lo agradezco de cualquier manera. Sí, es cierto que trabajo mucho.
Ayer vi justo la película La Odisea, y un componente de la composición es saber atarse al mástil en mitad de una tormenta o en mitad de una tentación, y saber aguantar el embate de la frustración, que es durísimo, ¿no? Y no rendirse antes de tiempo, seguir peleando y seguir peleando. Estar frente a la hoja en blanco, y frente a la frustración de no encontrar en palabras lo que quieres decir, eso es muy difícil; te diría que es imposible realmente, esa idea que tenés en la cabeza, meterla exactamente como tú querías. No es posible ese tipo de perfección, pero sí es posible un esfuerzo mucho más grande del que pensamos en primera instancia.
Nadie nos dice esto cuando nos ponemos a componer, y me gustaría decirles a los compositores que están leyendo esta entrevista, como compositor veterano que soy, que es muy difícil escribir letras, muy difícil escribir canciones en general. Lleva mucho trabajo, y no conozco ningún compositor de textos que a mí me guste, Leonard Cohen, por ejemplo, que no diga que trabaja muchísimo en sus textos, que le dedica mucho más tiempo del que pensamos.
Cuando piensas que está terminado, le vuelves a dar una vuelta, y cuando piensas que esa estrofa no tiene una solución, le buscas una más, hasta que le encuentras otra que te gusta más.
Entonces, la resistencia a la tentación de abandonar me parece uno de los elementos más importantes en la composición, y no te lo enseñan. El imaginario popular está lleno de fantasías, de inspiración divina, como que te visitan las musas y las cosas te salen solas. Y eso pasa, ¿no? Eso pasa, que a veces te cae el chasis de una canción, el eje de una canción, pero luego tienes que escribir una segunda estrofa, y una segunda parte, y de repente, un puente. Y ahí ya se hace utilizando otras herramientas más allá que simplemente la inspiración divina que te cae como si no dependiera de ti.
Te voy a decir la verdad. Lo que más nos interesa es ese golpe de inspiración que te cae, pero ese golpe es un relámpago. Después tienes que, con la energía de ese relámpago, iluminar una casa entera, habitación por habitación. Entonces, una cosa es tener la suerte de que te caiga justo ese ese relámpago de inspiración, pero, luego, ¿qué haces con esa energía? Depende mucho de tu trabajo y de tu perseverancia.

Por eso iba a la pregunta de qué lees y qué contribuye a eso.
De mi círculo de personas, soy de los peores lectores que conozco [risas]. Me muevo en un círculo de personas muy buenas lectoras, entonces, es fácil no ser un buen lector al lado de esta gente que me rodea. Mi hijo, por ejemplo, Pablo es mucho mejor lector que yo. Mi compañera, Leonor, es mucho mejor lectora que yo, y la mayor parte de mis amigos leen con más concentración.
Como músico, compositor de canciones, la lectura compite mucho con esa actividad y con la actividad de componer, y también con la actividad de girar. Cuando estoy de gira soy una persona muy dispersa. Me gusta mucho el mundo, me gusta conocer las ciudades a las que voy, conocer gente, culturas, hábitos, música, gastronomías, usos sociales. Soy muy curioso. Es muy difícil que me encuentres quieto en mi hotel, leyendo un libro. Habitualmente, estoy en un bar, en una playa, en una plaza, en un restaurante o charlando en la casa de amigos.
Entonces, tengo mucha discontinuidad para leer. Empiezo muchísimos libros, termino muy pocos, y voy de la ficción al ensayo, de acuerdo un poco con las épocas en las que esté. Leo un poco todo lo que cae en mis manos. Tiro mucho también de la ventaja que tengo por tener una formación en el área de una humanidad científica, como es la medicina o la biología. Me interesa mucho leer ensayos de esos aspectos. Pero también me gusta mucho leer por el mero placer de leer, como decía Borges, que era el único tipo de lectura que realmente vale la pena, leer por un placer casi físico de la lectura.
Por ejemplo, tengo 61 años, entonces, hace unos años tuve que empezar a usar estas gafas para ver de cerca, para ver la pantalla que tengo aquí, y tuve un tiempo en que notaba que estaba leyendo menos. Me di cuenta cuando por primera vez me puse unas gafas y tomé un libro entre mis manos, me di cuenta del componente físico del placer de la lectura, de lo que es pasar los ojos por una página. El papel, el contraste entre la tinta, la claridad y más allá del trasvase de información, de ese código de manchas de tinta sobre fondo blanco, hay también algo físico en el acto, y es de lo que disfruto mucho.
Intento leer poesía también, de manera discontinua. Pero intento leer siempre para despertar un poco la conformidad que tenemos a veces los letristas de escribir sin darle demasiadas vueltas.
Esa es una batalla mía; yo no considero que la letra sea más importante que la música, pero de alguna manera, cuando me llaman para componer, me piden más letras que música. Entonces, he aprendido a prestarle atención. Soy completamente autodidacta en las letras. Sí que tengo formación musical, pero no tengo una formación literaria, filosófica ni filológica. Entonces, sí que me interesa mucho leer sobre eso y aprender de la gente que sabe.
Muchas veces me doy cuenta de que las discográficas, por ejemplo, invierten muchísimo dinero —y me alegra— en estudios de grabación. Le preguntaba al presidente de una discográfica cuánta de la música que saca una discográfica hoy en día es instrumental. Y me dijo, evidentemente, que muy poca. La mayor parte de la música que se saca hoy en día son canciones, que están vinculadas a un texto, y el mundo está lleno de inversiones en estudios de grabación, en micrófonos, en mesas de sonido, en salas de ensayo, en instrumentos, en softwares, en computadoras, y nadie tiene en cuenta de que tendría que haber una inversión en el otro 50 % de la canción, que es el texto.
Es decir, ¿por qué nos gustan las canciones de Bad Bunny? Que a mí me gustan particularmente. En parte sí tiene mucho que ver con la música, pero en parte, también, la genialidad de un diálogo entre un sobrino y su tía, como en ‘Tití me preguntó’, el capricho de la relación cuando salta el estribillo, “Me las voy a llevar a todas para un VIP” o “Puerto Rico está bien cabrón”. Es decir, hay muchas cosas que vienen del texto, inclusive muchas de las polémicas de la música urbana vienen desde el texto. Y me parece una parte importante a tener en cuenta.
Hay grandes escritores de texto, y Bad Bunny es uno de ellos para mí. Por ejemplo, Residente es otro que admiro muchísimo, pero nadie parece prestarle mucha atención. Solo he visto a Sabina muchas veces hablar de eso, que está más acostumbrado, que está más volcado hacia la literatura que hacia la música. La canción es un género absolutamente misterioso y maravilloso, que no te podría decir que es más importante el texto que la música, pero tampoco es menos importante, es un género que combina un arte abstracto como la música con un arte simbólico como la literatura. Y en esa bisagra, hay una magia que es muy difícil de explicar. Probablemente cantemos desde los protolenguajes anteriores antes de tener un lenguaje composicional, desestructurado, por supuesto, muchísimo antes que la escritura.
“¿Tú crees que estamos menos conectados? No lo sé. Desde luego, tenemos muchísimas más posibilidades de conectarnos, que la usemos o no depende un poco de nosotros también. Pero quizás esa hiperconexión es la que de repente nos abruma”.
En canciones como ‘Telefonía’, ‘¿Cómo se ama?’ o ‘¿Hay alguien A.I.?’ has escrito en repetidas ocasiones sobre la conexión humana, sobre el aislamiento, sobre las cosas que nos pueden distanciar o las que nos pueden acercar. En estos tiempos, los festivales y las listas están dominadas por artistas solistas, y artistas solistas que colaboran con otros artistas solistas. Tal vez la gran excepción que uno encuentra está en el k-pop. ¿Por qué crees que ahora ya no son ni tan exitosas ni tan visibles las bandas, las agrupaciones musicales?
Estás hablando con un analfabeto de la mercadotecnia [risas]. Ni siquiera sé si lo que dices es cierto, porque yo pienso todo el tiempo en el k-pop, por ejemplo, pienso que las bandas tienen una presencia todavía muy grande en muchas cosas. Pero luego, cuando lo dices, yo te creo, porque estás mucho más informado que yo al respecto, pero estoy muy lejos de poder tener elementos para analizar qué produce que un mercado se comporte de una manera o de otra.
Pero ¿por qué la gente cada vez hace más música sola?
Puedo improvisar [risas].
La pregunta no es tanto por qué tienen más éxito los solistas, sino por qué, desde tu perspectiva, ahora la gente hace más música sola, por qué se forman menos bandas…
No tengo datos fidedignos al respecto, pero sí que puedo darte una opinión. Si nos ponemos a jugar, puedo improvisar y decir, por ejemplo, que cuando yo empecé a grabar discos, que se grabaron en cintas de 16 canales, si tú no tenías un bajista, un baterista y un tecladista, no podías grabarlo el disco.
Salvo que tú pudieras tocarlo todo, que eso también empezó a pasar, tocabas tú la batería, el bajo, la guitarra, pero eso era bastante infrecuente. Eso empezó a pasar en el 70 con el disco de Paul McCartney, el primero que hace de salida de los Beatles, en el que toca él todos los instrumentos. Antes de eso, si tú no tenías tres amigos que te acompañaran, no podías hacer música, salvo que la hicieras solo con tu guitarra, que también es muy válido. Ahí está la carrera de Silvio Rodríguez, por ejemplo, o la de Atahualpa Yupanqui, que se hacen solo con la guitarra, ¿no?
Pero qué es lo que pasa, que hoy en día, un chico de 17 años, abre una computadora y tiene acceso a toda la orquestación inventada por el ser humano. Es decir, puedes poner tu loop de batería, después un loop de bajo, tu pista de teclado, y puedes realmente llegar mucho más lejos solo. Esa sería para mí una razón muy clara, tú puedes hacer música en tu casa solo con una computadora hoy en día, y ni hablar de la utilización de la inteligencia artificial para la generación de música, que es algo que todavía no termino de asimilar.
Pero eso lleva a que la gente desarrolle carreras sin necesidad de juntarse con unos amigos en un garage. Es una pena, porque yo creo que somos una especie gregaria, claramente gregaria, o sea nos gusta juntarnos con otras personas, es muy importante lo que piensen los demás de nosotros, es muy importante sentirte incluido en un grupo. Y la música es una herramienta de inclusión social para un adolescente, por ejemplo. No es lo mismo estar todo el día solo con tu teléfono haciendo música que juntarte con cuatro amigos, hacer música en una habitación tocando en vivo, en mi opinión. Pero, pues, no lo sé.
También te voy a decir que son cosas sumamente transitorias. Igual dentro de tres años, o dentro de diez años, no te extrañe que la generación que viene después de la que es rabiosamente individualista como esta, lo único que quiera hacer sea música acústica tocada en grupo y en vivo, digamos. Porque hemos sido como un péndulo todo el tiempo en esas cosas, ¿no?

Te he oído hablar en varias ocasiones de como eres un gran amante, un fanático de la tecnología en sus diferentes manifestaciones. Pero siendo eso, también eres un humanista creo que incluso por encima de este amor por la tecnología…
Perdón, te voy a hacer una salvedad. ¿Por qué pones ese “pero” en el medio? ¿Tú crees que la tecnología no es humanista? [*]
Espera, termino la pregunta: están esos dos elementos (tecnología y humanismo), y teniéndolos en cuenta, ¿qué sientes o qué piensas cuando ves a personajes como Sam Altman, Elon Musk o Mark Zuckerberg? ¿A dónde te llevan esas figuras?
Voy a volver un poco a lo que te decía antes: somos Homo tecnologicus, o sea, desde que nos definimos como especie, tenemos una relación con la tecnología. Una de esas tecnologías maravillosas es el lenguaje, que es una tecnología de comunicación increíble, pero siempre nos hemos caracterizado y nos ha diferenciado del resto de los primates la casi exclusividad que tenemos de fabricar herramientas. No tenemos vello corporal, o sea que tuvimos que empezar a vestirnos rápidamente para poder ocupar zonas de climas muy fríos. Siempre hemos estado atados a todo el desarrollo tecnológico.
Nunca entendí esa contradicción entre la tecnología y el humanismo, porque la tecnología es una de las cosas que nos define más claramente como especie. Y cuando la gente me dice: “¿Qué te gusta más: la música con tecnología o una guitarra?”. Y la respuesta mía es: “Cuando encuentres un árbol en el que crezcan guitarras, dejará de ser tecnológica”. Pero la guitarra no solo es tecnología, es un prodigio tecnológico, con conceptos de acústica, de ergonomía, de química, de control de materiales muy, muy elaborados. La guitarra es un elemento sumamente tecnológico.
Entonces, en ese sentido, yo nunca vi una contradicción. A mí me interesa igual un constructor de guitarras que alguien que se dedica —entiendo menos— a la programación de ordenadores. Me parece más divertido ser luthier que ser programador, pero son dos cosas tecnológicas. Y si veo un coche, me encantaría saber de mecánica, cómo funciona una máquina que hemos hecho nosotros, ¿no?
Eso por un lado. Luego, cuando me hablas tú de Zuckerberg o de Elon Musk… Cuando pienso en tecnología, pienso en un luthier, en un mecánico, en un programador, también en Elon Musk y en el que se dedica al desarrollo, pero eso lo veo más en el lado empresarial. Lo que son, son trillonarios, y los define mucho más su perfil económico que su profesión. Sinceramente, no tengo nada en contra de ellos, para empezar, porque ellos probablemente tengan un trillón de veces más dinero que el que tengo yo, pero dudo seriamente que sean un trillón de veces más feliz de lo que soy yo. Y entonces, en ese tipo de cosas es en las que mido la vida de una persona, ¿no? Es decir, ¿estarán peleando sus propias batallas? Las batallas que tienen los trillonarios, no las conozco [risas], y les deseo que tengan suerte y que tengan en cuenta a los demás seres humanos, que no sé qué pensarán de ellos mismos y de su dedicación al género humano.
Claro, porque justo ahora hablabas de la tecnología y las herramientas como algo que nos diferencia del resto de especies. También nos diferencia de las demás especies la forma en que colaboramos, o se supone que colaboramos, y el trabajo de alguien como Elon Musk o Mark Zuckerberg parece llevarnos a colaborar cada vez menos…
Pero ellos no podrían hacer lo que tienen, esas megaempresas, si no tuvieran decenas de miles de colaboradores.
Claro, pero la consecuencia final de todo ese trabajo, de alguna manera, lleva a que colaboremos menos y que nos conectemos menos, ¿o no?
No estoy seguro de eso, tendríamos que ver cifras de ese tipo [risas]. Tengo algunos vicios de formación científica, me cuesta mucho decir cosas si realmente no sé si pasan así. ¿Tú crees que estamos menos conectados? No lo sé. Desde luego, tenemos muchísimas más posibilidades de conectarnos, que la usemos o no depende un poco de nosotros también. Pero quizás esa hiperconexión es la que de repente nos abruma. Pero yo vivo hace 30 años fuera del país de origen y tengo una relación cotidiana con mis hermanos, en nuestro chat de hermanos, y agradezco eso. Si yo me hubiera ido de mi país hace 50 años, hubiera estado 20 años en completa desconexión con mis hermanos, solo recibiendo una carta cada seis meses, contándome de su vida.
O sea, hay muchas maneras en las que estamos conectados, pero hagámonos responsables, nosotros, tú, yo, de qué hacemos con esa conexión. Si tú tienes una herramienta prodigiosa, como el teléfono, que es la biblioteca de Alejandría en el bolsillo absoluta, y la usas para hacer scrolling, que yo la uso mucho más de lo que quisiera para hacer scrolling, es decir, en vez de estar averiguando, por ejemplo, cuál es la fórmula de la serotonina, y estar aprendiendo sobre la vida, cuál es el nombre de una planta, qué es un acorde mayor. Si la usamos para cosas que nos alejan, o inclusive para escribirle a otras personas y hablar con personas de otro lado del mundo y saber cómo piensan, ponernos en el lugar de otras personas. Si la estamos usando para ensimismarnos y entrar en una especie de catarata de dopamina de autosatisfacción, yo creo que también tiene que ver con que hay que tener la responsabilidad uno mismo de decir, no creo que sea…
No es culpa de Mark Zuckerberg…
Hombre, su algoritmo, es cierto que está diseñado para generar engagement, y que eso se hace muchas veces a costa de impulsos del ser humano, como el miedo, como la desconfianza, como la xenofobia, con la reafirmación de lo que tú piensas. No creo que sea inocente en eso, creo que tiene una responsabilidad el algoritmo que creó, pero le veo mucho más sentido a intentar entender qué es lo que yo tengo de responsabilidad con respecto a eso, y tratar de solucionarlo desde mi ámbito. Porque nunca me he sentido una víctima ni me gusta ser una víctima. Siempre quiero tener una acción proactiva en lo que hago, tanto en las cosas que me salen bien, como en los vicios, como el scrolling que adquiero y la cantidad de horas que pierdo por día en el teléfono.
Pero si no fuera por eso, tú y yo no podríamos estar hablando también, que me parece que es un intercambio que es bueno, yo lo pondría dentro del casillero de las cosas buenas para el ser humano, el charlar de música con otra persona a través de un océano.
Yo creo que toda esta “libertad” que te da la red, y la conexión, y las tecnologías nuevas, como todas las libertades, requiere una dosis enorme de responsabilidad, muy grande, quizás nos excede, quizás somos menos responsables y menos maduros de lo que quisiéramos, y nos está comiendo esta tecnología, pero yo quiero pensar que tenemos un margen de mejora y un margen de acción nosotros mismos dentro de este sistema.

L’esprit de l’escalier: cuentan que en su Paradoxe sur le comédien, Diderot habló del “espíritu de la escalera” o del “ingenio de la escalera” para hablar de aquellas ocasiones en que la respuesta (en algunos casos podría ser una pregunta) más acertada resulta esquiva en medio de una conversación, y solo nos llega cuando es demasiado tarde.
Con todo respeto, este es un ejemplo de eso, y tiene que ver con los grandes magnates tecnológicos de estos tiempos. Porque sí creo que existen diferencias que deben reconocerse; difícilmente podemos comparar a Leo Fender, Jim Marshall o Robert Moog con Sam Altman, Elon Musk o Daniel Ek. El perfil económico de estos tres últimos es el resultado del uso que han hecho de la tecnología, una herramienta cuya aplicación refleja intenciones e intereses. Les Paul no es el mismo Homo tecnologicus que Mark Zuckerberg.
Historia: Ricardo Durán / @ricardo_duran_p
Fotógrafo: Manuel Vélez / @manuelvelez_
Productor Ejecutivo: Alejandro Ortiz / @xalejandro.ortiz
Productora General: Carolina Wolf / @carowolf
Field Producer: Nicole Nieves / @ni.nicolita
Vestuario: Patricia Rosado / @playita_maria
Hair & MakeUp: Ybelka Hurtado / @ybelkahurtado
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