Después de varias secuelas improvisadas y de una popularidad cada vez más tenue, la franquicia de terror ficticia Camp Miasma cae en manos de Kris (Hannah Einbinder), una joven cineasta independiente convocada para devolverle la vida a este viejo universo slasher. Su búsqueda la conduce hasta Billy Presley (Gillian Anderson), la misteriosa y recluida protagonista de la película original, quien vive en el campamento donde fue rodada aquella cinta.
El encuentro entre ambas mujeres abre una puerta hacia un territorio bañado en sangre, deseo, miedo y delirio. Lo que comienza como una sátira sobre la obsesión de Hollywood con las franquicias y los reinicios se convierte paulatinamente en una exploración sobre la identidad queer, la fantasía sexual, el trauma y las imágenes cinematográficas que continúan habitándonos mucho después de que la pantalla queda en negro.
Escrita y dirigida por Jane Schoenbrun, responsable de We’re All Going to the World’s Fair y I Saw the TV Glow, Teenage Sex and Death at Camp Miasma se apropia de los códigos del terror de los años ochenta para construir una película tan lúdica como visceral. Anderson y Einbinder conversaron sobre el tono de sus interpretaciones, la cercanía entre el sexo y la muerte, la creación de personajes femeninos complejos y una filmación que las obligó a abandonar las certezas y entrar, como sus personajes, en el bosque de lo desconocido.
La película posee un marcado tono camp. ¿Hasta qué punto incorporaron conscientemente ese registro en sus interpretaciones? ¿Hablaron con Jane Schoenbrun acerca de cuán lejos podían llevar la voz, los gestos y la dimensión física de sus personajes?
HANNAH EINBINDER: Sinceramente, creo que son dos personas raras, y lo digo con mucho cariño. Solo puedo hablar por mí, pero tuve que aproximarme al personaje pensando: “Esta es una persona real, así es ella, esta es su realidad; estos son sus gestos y sus movimientos particulares”.
Como actriz, no puedes interpretar un personaje manteniendo una conciencia meta narrativa sobre él. Es importante asumir que esa persona es así. Kris y Billy no son mujeres convencionales, pero tiene sentido que se encuentren tan profundamente conectadas porque ambas son, cada una a su manera, un poco extrañas.
GILLIAN ANDERSON: Agradezco mucho que Jane me permitiera inclinarme hacia el camp y llevarlo tan lejos como quisiera. Entre el acento, el vestuario y el maquillaje, el equipo estuvo completamente abierto a todo lo que yo pudiera aportar.
Al mismo tiempo, para mí era fundamental que Billy permaneciera anclada en una verdad emocional, incluso cuando se presenta y habita el mundo de una manera tan particular. No quiero utilizar palabras que puedan sonar peyorativas porque, en realidad, me enamoré de ella. Fue una enorme alegría habitarla.
Debía conservar esa humanidad por la naturaleza de su relación con Kris. Quería que los espectadores que hubieran atravesado experiencias semejantes a las de ellas sintieran, a través de Billy, que existe alguien capaz de comprenderlos. Si ella hubiera sido demasiado afectada, exagerada o irreal, corríamos el riesgo de que quienes se identificaran con la historia no se sintieran vistos ni escuchados. No quería contribuir a una representación negativa o burlona de los temas que aborda la película. Fue un equilibrio muy interesante.

El título reúne el sexo y la muerte como si fueran experiencias inseparables y ritos de iniciación. ¿Por qué creen que ambos elementos suelen ocupar un mismo espacio emocional en los relatos sobre el paso a la adultez?
HANNAH EINBINDER: El villano de la película se llama Little Death, una alusión a la expresión francesa petite mort, utilizada para referirse al orgasmo como una pequeña muerte. Creo que allí se encuentra la síntesis de esa asociación.
El sexo y la muerte son dimensiones primitivas y fundamentales de la experiencia humana, desde los primeros seres humanos hasta nuestros días. Forman parte de una lista muy breve de asuntos que siempre han sido centrales para la humanidad. Quizá están relacionados precisamente por esa condición profundamente humana, pero también porque ambos implican renunciar al control.
GILLIAN ANDERSON: Es una pregunta muy buena. Cuando somos adolescentes, aunque nos encontremos muy lejos del final de nuestra vida, muchas experiencias parecen adquirir la magnitud de la muerte. Recuerdo que todo se sentía enorme, importante, devastador y difícil.
Jane ha contado que, después de su transición, sintió que estaba descubriendo nuevamente su adolescencia porque, de alguna manera, había vuelto a nacer. También ha hablado de la alegría y el alivio que encontró al explorar una sexualidad recién descubierta y reencontrarse consigo misma y con su cuerpo en una nueva encarnación.
Uno puede imaginar que, como les sucede a otros adolescentes al explorar su sexualidad, también deben aparecer el miedo, la ansiedad y todas esas emociones tan humanas. A lo largo de la historia, la conexión entre el sexo y la muerte ha alimentado relatos, canciones, novelas y películas. Esta historia lleva felizmente esa relación hasta el extremo.
Gillian, has transitado por géneros y personajes muy distintos, desde The X-Files hasta The Crown y Sex Education. ¿Qué hilo conductor encuentras entre esos papeles, especialmente entre aquellos que exponen una mayor vulnerabilidad sexual? ¿Esa clase de interpretación resulta vulnerable o liberadora para ti?
GILLIAN ANDERSON: Mi propósito siempre ha sido escoger personajes tan variados como sea posible y hacer cosas diferentes para no repetirme. Por un lado, he intentado aceptar papeles desafiantes, pero últimamente también he querido interpretar mujeres más humanas y cotidianas: mujeres que no necesariamente tienen todo resuelto, que son más vulnerables o que están atravesando verdaderas dificultades.
He interpretado a muchas mujeres que parecen tener todo bajo control, que son las jefas o están al frente de alguna institución. Buscar personajes diferentes también ha sido una manera de cambiar ese recorrido.
Una de las cosas que más me gustan de Billy es la manera simultánea en que conviven en ella la fortaleza y la vulnerabilidad. Encontré una puerta para acceder a esas dos dimensiones mediante el acento específico que elegí para el personaje. Sentí que me ayudaba a encarnar ambas cualidades al mismo tiempo.
Billy ha logrado comprender muchas cosas sobre sí misma. Incluso dentro de su vida solitaria, ha aceptado aspectos muy profundos de su identidad, y eso exige una enorme valentía. Sin embargo, su camino hacia el crecimiento y la comprensión personal no es precisamente el más convencional.
No sé cuál pueda ser el hilo conductor entre todos esos personajes, excepto que, al final del día, soy yo quien los interpreta. Billy ocupa un lugar junto a las demás mujeres que he encarnado, aunque se sienta muy diferente. Ella lleva su vulnerabilidad mucho más expuesta, casi sobre la piel, mientras que otras quizá han preferido ocultarla.

¿Qué encontraron en la visión de Jane Schoenbrun que las llevó a participar en la película y qué las sorprendió de su manera de dirigir?
HANNAH EINBINDER: Saber que Jane deposita en sus películas una parte tan grande de su experiencia emocional y de su verdad fue muy importante para mí. Cada obra funciona como una especie de cápsula del tiempo sobre aquello que está viviendo, su recorrido y su crecimiento personal. Eso revela una conexión muy profunda con el trabajo y la voluntad de mostrarse vulnerable a través del arte.
Jane fue exactamente así durante el rodaje. La experiencia de hacer esta película resultó profundamente conectiva y transformadora. Evidentemente, las imágenes son extraordinarias: Jane posee una mirada hermosa para la cámara y utiliza recursos cinematográficos increíbles. Pero también tiene la capacidad de establecer conexiones muy profundas con los demás, y esa es mi parte favorita del trabajo.
GILLIAN ANDERSON: Jane es extraordinariamente honesta con respecto a su propia experiencia y está dispuesta a hablar de ella con absoluta transparencia. Hay algo profundamente entrañable en esa actitud.
Aunque te pide que seas vulnerable y participes en algo emocional, revelador y crudo, también está dispuesta a entrar contigo en ese terreno y a exponerse de la misma manera. No había vivido algo así anteriormente. Lo disfruté mucho y fue un gran honor tanto presenciarlo como ser invitada a participar en algo que permanecía vivo y emocionalmente abierto durante todo el proceso.
¿Cuál era su relación personal con el cine slasher antes de esta película? ¿Qué pensaron al leer un guion que inicialmente parece una versión intelectual de Wes Craven’s The New Nightmare, pero que después avanza hacia territorios diferentes?
GILLIAN ANDERSON: No tengo ninguna relación con el slasher. El género y yo tenemos una cita pendiente.
HANNAH EINBINDER: Yo era aficionada al terror, pero el slasher constituía un subgénero que no había explorado con tanta profundidad. Me interesaban más la comedia de terror, lo sobrenatural, algunas películas de Saw, muchas adaptaciones de Stephen King y el terror clásico de John Carpenter.
Siempre bromeo diciendo que asistí a la “Academia de Cine Jane Schoenbrun para Señoritas”, porque Jane me entregó un programa de estudios extraordinario que me permitió sumergirme profundamente en el slasher.
Sin embargo, creo que el género más relevante para comprender la película es el drama psicosexual. Observamos obras como Persona, Crash, The Duke of Burgundy, Carol y Secretary: películas que exploran las relaciones y el deseo. En nuestra historia, el slasher rodea a los personajes y alimenta su universo de fantasía, pero su verdadero centro es psicosexual. Esa fue nuestra principal referencia.
Hannah, la película trabaja con ideas de identidad y transformación. ¿Crees que el público —especialmente las mujeres y las audiencias queer— busca personajes femeninos más complejos y no necesariamente agradables?
HANNAH EINBINDER: Siempre queremos personajes complejos, sin importar quiénes sean. Por supuesto que necesitamos mujeres complejas. Si tienes el privilegio de hacer una película, deberías asumir la responsabilidad de construir personajes que se sientan como seres humanos.
En ese sentido, ayuda muchísimo que las mujeres y las personas queer tengan la oportunidad de escribir sus propios personajes. Esa ha sido una de las claves del éxito de Hacks y también lo es en esta película. Cuando les permites a las personas ser autoras de sus propias historias, el impacto es enorme.
Quiero seguir interpretando seres tridimensionales. Es muy importante para mí y normalmente puede percibirse desde la primera lectura del guion. Esta fue una oportunidad extraordinaria para encarnar a una persona que atraviesa una transformación. Poder observar cómo alguien cambia durante el transcurso de una película es algo muy difícil de conseguir, porque el tiempo es limitado.
Esas son las historias que me inspiran, las que me encienden por dentro y las que deseo encontrar cuando voy al cine.
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