Se miran. Uno, dos, tres, cuatro. Y arrancan.
Ocho años después del último concierto juntos, Nicolás y Sebastián Kramer, Juan Stewart y Javier Diz vuelven a estar frente a frente en el sótano de Lalalá, un pequeño bar y escenario de shows en Villa Ortúzar. No hace falta demasiado para que empiece una canción: una cuenta, algún gesto mínimo. Después vendrá otra. Y otra más. Es sábado y acaba de llover. Adentro hay botellas, cables, pedales y amplificadores. Con ellos está Lisandro Francucci, que también toca con Nicolás en El Robot Bajo el Agua y se suma como quinto integrante para cubrir las capas de una música que con los años se volvió más grande que cuatro instrumentos. Sebastián ocupa el lugar de la guitarra líder; Nico canta y toca la otra guitarra; Diz está detrás de una batería compacta, casi mínima; Stewart va del bajo a los teclados y, cuando necesita moverse de un instrumento al otro, Francucci ocupa el espacio que queda libre.
Alguien abre la puerta porque arriba están preparando un evento y necesita llevarse una mesa. La música se corta. Corren la mesa. La puerta vuelve a cerrarse. Se miran otra vez. Uno, dos, tres, cuatro.
Jaime Sin Tierra surgió a mediados de los noventa y nunca fue una banda masiva, pero construyó un público fiel alrededor de sus discos y sus shows. Tocaron en el mismo circuito que buena parte del rock independiente de esos años, compartieron escenario con bandas como Suárez, Massacre, Peligrosos Gorriones y Estelares, y después de dejar de funcionar regularmente, volvieron más de una vez ante salas llenas. La última fue en 2017 y 2018: dos Trastiendas agotadas en Buenos Aires, shows en Uruguay, Córdoba, Mendoza y Chile, hasta cerrar el recorrido en Vorterix. Ahora vuelven para tocar el 28 de noviembre en el Primavera Sound, en Club Ciudad, y el 3 de diciembre tendrán una fecha propia en Deseo. El disco Autochocador tendrá una reedición en vinilo a través del sello español Sonido Muchacho, y más adelante llegaría Lo que va a encandilar es el día. La excusa es el regreso; lo que aparece cuando los cuatro vuelven a sentarse juntos es también la historia de una banda que, aun durante los años de silencio, nunca terminó de desaparecer.
“Torta”. “Ruta a 80”. “Mochila”. “Auto”. Las canciones aparecen de a poco. Algunas salen casi inmediatamente, como si hubieran quedado guardadas en algún lugar del cuerpo esperando que alguien las reactivara. Otras se detienen, retroceden, vuelven a arrancar. A veces alcanza con que alguno levante la cabeza para marcar una entrada o un corte; otras, tienen que hablar.
Ensayan desde hace un par de meses. Empezaron una vez por semana y ahora aceleraron a dos. Hablan de volver a adquirir “la gimnasia” de tocar un repertorio que durante años no pasó por sus manos. “Había cosas que no nos acordábamos bien cómo hacíamos”, dice Stewart. Había memoria en las manos, pero no alcanzaba. Entonces fueron al archivo. Hay demos, cintas, fotos, flyers y grabaciones de conciertos de distintas épocas. “Tuvimos que escucharnos cómo sonábamos”, dice Nico.
No se refiere a volver a poner los discos. Querían encontrar cómo tocaba Jaime Sin Tierra en vivo: qué partes se habían estirado con los años, dónde aparecía una guitarra distinta, cómo resolvían un final, qué había cambiado después de tocar una canción cincuenta veces. Los discos conservaban las canciones. Los vivos conservaban a la banda.
Para llegar a Jaime Sin Tierra hay que ir primero a Rivendell, banda que existió entre 1992 y 1995. Sebastián Kramer y Juan Stewart se habían conocido en el Colegio Franco Argentino, en Martínez. Nico era cuatro años menor: cuando ellos estaban terminando el secundario, él recién entraba. Todavía estaban bastante más cerca del rock sinfónico, las canciones de muchas partes y teclados. “Ellos son más grandes –dice Nico–. Ya con sus bandas en mente y yo, pisándoles los talones”. Buena parte de su primera educación musical le llegó, literalmente, desde la habitación de Sebastián: discos de Genesis, Beatles y Led Zeppelin.
Había mucho Genesis. El nombre aparece y Javier Diz, que ni siquiera formaba parte de ese capítulo y tardaría varios años en entrar a Jaime, se mete igual: “Genesis rules”. Sebastián precisa que prefería especialmente la etapa de Peter Gabriel porque encontraba ahí “otra sensibilidad”. Emerson, Lake & Palmer se menciona enseguida, pero corrigen: “No tanto”. Alguien pone cara de que ya se está exagerando con el progresivismo de Rivendell. La banda era bastante menos solemne de lo que podía sugerir todo eso. “Era medio Spinal Tap más que una banda”, recuerda Sebastián. Tuvieron varios cantantes, como uno al que describen como “medio Guns N’ Roses”; otro era Charly. Rivendell tocó poquísimo. “En cinco años, cinco veces”, calculan.

Alrededor estaba Nico. Tenía quince o dieciséis años y hacía un poco de todo: sonidista, plomo, y se quedaba escuchando. “Me sabía todos los temas”, dice. Una noche fueron a tocar al Club Caza y Pesca, en Don Torcuato, y Charly llegaba tarde. Había que hacer la prueba de sonido y Nico, que conocía el repertorio entero, se puso a cantar para hacerle la gamba. “Y ahí dijimos: ‘Che, este canta’”, recuerda Sebastián. Además, en una pieza instrumental de Rivendell, Nico había inventado una melodía y una letra. El hermano menor empezaba a dejar de estar alrededor para meterse en el centro.
Para entonces, Sebastián y Juan también estaban cansados de Rivendell. “No iba para ningún lado”, dice Sebastián. Empezaban a escuchar Sonic Youth, Nirvana, guitarras más ruidosas, canciones que podían hacer mucho con menos. En ese cambio también entraban Pixies y The Cure, una banda de la que llegaron a tocar varios covers. Poco después, Radiohead se convertiría en otra referencia nodal: una comparación que los acompañaría durante años y de la que, lejos de renegar, Nico dice hoy que se hacen “recontra cargo”. Juan lo explica: “Cuando simplificamos todas las pretensiones de hacer rock sinfónico, nos dimos cuenta de que podíamos hacer canciones con acordes muy simples”.
El nombre venía de antes. En un casamiento familiar, cuando tendría unos quince años, el marido de una prima escuchó que Sebastián tenía Jaime como segundo nombre, que había nacido en Bélgica y que en ese momento no tenía ciudadanía argentina. “Escuchó que me llamaba Jaime y que no tenía patria”, recuerda. La respuesta fue inmediata: “Ah, pónganle Jaime Sin Tierra a la banda”. No lo hicieron en ese momento. Pero el nombre quedó ahí.
Años después, cuando Rivendell empezó a desarmarse, apareció la banda que podía llevarlo. Nico ya había cantado, había escrito y estaba cada vez más adentro. “Hasta ahí no había tenido una banda”, dice. “Lo que sentí fue que me estaban invitando a participar de algo que intuían como el comienzo de otra cosa. Era: ‘Che, hagamos música más nueva, más nuestra’”.
Juan dejó los teclados y agarró el bajo. “Yo dije: ‘quiero tocar el bajo. No quiero ponerme más la capa’”, recuerda, riéndose de su pasado progresivo. Sebastián quedó en la guitarra, Nico en voz y guitarra. Faltaba un baterista.
A Lucas Cordiviola, Lucarda, ni siquiera lo llamaron para ofrecerle el puesto. “Lo llamamos para pedirle el teléfono de otro baterista”, recuerda Juan. Lucas escuchó el plan y contestó: “No, me copo en tocar yo”. Fue a probar. “Era un marciano, un multiinstrumentista, un dotado”, dice Sebastián.
Y con Jaime apareció algo que Rivendell nunca había tenido: apuro. “Teníamos muchas ganas de tocar”, dice Juan. Armaron un repertorio propio rápido, grabaron dos demos en casete que nunca editaron y salieron a tocar donde se pudiera. Ya no querían pasar años preparando cinco conciertos.
Los cuatro venían de Zona Norte, pero a mediados de los noventa la música que buscaban estaba desparramada por toda Buenos Aires: centros culturales, teatros, sótanos, galerías, bares, disquerías y ciclos. Para formar parte, había que salir de casa. Y Jaime salió, mucho. “Me acuerdo que en el 98 dijimos: ‘Toquemos en todos los lugares que podamos’”, cuenta Nico. “Agarramos todo”. Después se ríe: “Así nos quemamos”. Para fines de 1998 acumulaban alrededor de 55 shows en menos de tres años.
El Teatro de la Cova, en San Isidro, aparece enseguida en ese mapa. “La Cova la alquilábamos para nosotros”, recuerda Nico. Nadie los contrataba: alquilaban el lugar, armaban la fecha y trataban de llenarlo. Después Jaime cruzó la General Paz y empezó a ocupar Buenos Aires como podía: La Luna, Podestá, Oliverio debajo del Bauen, Unione e Benevolenza, Cemento, el Centro Cultural San Martín, Promúsica, el Centro Cultural Cátulo Castillo, El Dorado, la Alianza Francesa. Los martes, en el Centro Cultural Ricardo Rojas, funcionaba el Ciclo Molotov. Jaime iba aunque no tocara. “Íbamos a ver bandas y a volantear nuestras fechas”, dice Nico. “Nos ocupábamos sobre todo Juan y yo. Sentíamos que la manera de que la gente se enterara de que existías era ir a volantear a todos lados”. No había algoritmo: había piernas.
Los fines de semana podían estar viendo o compartiendo fecha con Suárez, Massacre, Estelares, Menos Que Cero, Peligrosos Gorriones, San Martín Vampire o Sugar Tampaxxx. A veces tocaban con esas bandas; otras solamente estaban ahí. “Vivías más de noche”, dice Nico. “Y esa vida de noche era ir a ver bandas. Y volantear”. Lo que compartían no era necesariamente un sonido, sino una circulación.
Casi treinta años después, los flyers que sobrevivieron todavía les corrigen la memoria. “Tocamos con ellos en San Martín”, dice Sebastián. “Ah, no me acordaba”, responde Nico. Mira los papeles y vuelve a sorprenderse: “Realmente tocamos mucho. Le pusimos el cuerpo”. Después encuentra una definición mejor: “Fue un acto de arrojo, inconsciencia y amor por el arte”.
En algún punto de todo ese movimiento apareció Chascomús. Después de los demos, querían grabar mejor y Juan estaba empezando a meterse cada vez más en el audio. Tenía una grabadora digital de ocho canales y una consola. “Nos fuimos al campo de mi familia, los cuatro, con Lucas”, recuerda Juan. “Era medio un experimento. Habíamos comprado los equipos y dijimos: vamos a grabar”.
Había canciones de los demos que querían registrar mejor, otras nuevas y temas que terminaron de encontrar su forma ahí. Grababan, mezclaban y liberaban canales para poder seguir sumando cosas. “No sabíamos que íbamos a grabar un disco”, recuerda Juan. Pero eso fue lo que ocurrió y de ahí surgió El avión ya se estrelló y yo sigo volando (1998). Sebastián dibujó la tapa e incluyeron una ilustración para cada tema.
Empezaba a fijarse una identidad musical: canciones más directas, guitarras ruidosas, cambios de dinámica y una búsqueda sonora que podía ir de la fragilidad al estallido sin dejar de ser pop. Llegaron con el álbum prácticamente terminado a El Club, ligado a Ultrapop. La primera tirada fue de quinientas copias. Después hicieron otras quinientas. De pronto un disco grabado casi como un experimento en Chascomús aparecía incluso en Musimundo.
“Cuando llegamos a ganar algo, pudimos pagar un sonidista y al final tuvimos un flete que nos llevaba las cosas a la sala. Fue lo más parecido al éxito”, dice Juan.
El segundo lanzamiento de Jaime Sin Tierra fue la clase de decisión que sólo podía tomar una banda que todavía no tenía demasiado que perder. En 1999 apareció Caja negra: remixes, canciones en vivo, regrabaciones, material que había quedado afuera del primer disco. En el booklet incluso había una advertencia: “ESTO NO ES UN DISCO”. Era casi una colección de lados B cuando Jaime apenas tenía un lado A.
“Caja negra era cualquier cosa”, dice Nico, riéndose. Después de un solo álbum ya estaban abriendo el archivo y publicando lo que normalmente quedaba alrededor de un disco. “Nuestro espíritu era seguir estando, produciendo, tocar, grabar, editar algo”, dice.
Mientras Caja negra salía, las canciones del disco siguiente ya estaban naciendo. Jaime empezaba a pasar más tiempo en Sin Tierrita, una sala en San Isidro que compartían con Rata Blanca. “La Rataenergía”, dicen entre risas. La verdadera conquista no era tanto tener un estudio como tener una llave. “Viernes, sábado, domingo, me voy a tomar unas birras ahí y vemos qué sale”, recuerda Juan. Podían probar una idea sin mirar el reloj, abandonar algo y retomarlo al día siguiente, grabar mientras componían. Para Autochocador, esa libertad se convirtió en método. El salto se escucha. Publicado en 2000, ya no tiene la precariedad encantadora del primer disco. “En toda esa previa encontramos un sonido que, al grabar Autochocador, ya estaba bastante consolidado en vivo”, dice Nico.
“Grabar Autochocador fue como la condensación de algo que venía teniendo fuerza en la banda”. Hay cuerdas, teclados, capas, arreglos. Las guitarras pueden pasar del ruido a zonas más atmosféricas y la producción empieza a ocupar un lugar central en las canciones. En ese momento ya convivían en el oído de la banda Radiohead, Sonic Youth y Pixies con discos más expansivos de Spiritualized y con el pop inglés que seguían de cerca. “Es un disco en el que empezamos a volcar muchas de nuestras posibilidades e inquietudes”, dice Juan. La primera canción, “Torta”, tiene un cuarteto de cuerdas; Juan llenó varias canciones de teclados y la producción se volvió tan importante que, más de veinticinco años después, para tocar ese material necesitan sumar un quinto músico. “Teníamos otra ambición”.
El 21 de octubre de 2000 tocaron en Primavera Alternativa, en el Club Hípico, en un festival que cerraban Sean Lennon y Sonic Youth. Jaime salió a las 18.30 con un set corto, sin prueba de sonido. Javier Diz estaba abajo del escenario. Todavía tocaba en otra banda, Spleen, aunque había compartido con ellos varias fechas. “Mucha gente, que no los conocía, flasheó”, recuerda Diz. “Terminaron muy arriba. Era: ‘¿Qué es esto? ¿Quiénes son estos pibes?’”. Para Diz, “ese fue el momento en que la banda pegó un salto y después quedó ahí arriba”. Nico recuerda que, después de ese festival, una reseña en el suplemento Radar, de Página/12, los definió como “los Radiohead argentinos”. La comparación podía ser reductora, pero no caprichosa: The Bends y OK Computer habían sido discos centrales para ellos.
Fue el último show de Lucarda en Jaime Sin Tierra para ser reemplazado por Diz, que se encontró con una batería muy particular. “Lucas no era perfecto en los tiempos y esa imperfección le daba un toque buenísimo”, dice Su primera aparición como baterista conserva una pequeña postal de ese momento. Fue una semana después del festival, en la Galería Larreta, sobre la calle Florida. “Reventó de gente”, recuerdan. Autochocador acababa de salir y había un boca a boca cada vez más fuerte. Después del show alguien dejó un comentario en el guestbook de la página de la banda: “Está todo bien con el baterista nuevo, puede seguir yendo, pero que pague la entrada”, cuentan entre risas.
La llegada de Diz no había sido solo un reemplazo en la batería. “Teníamos mucha afinidad musical desde las referencias”, dice el baterista. Muy rápido empezó a meterse también en los arreglos y en el disco siguiente terminaría grabando guitarras y teclados. Ese oído compartido también ampliaba la paleta: aparecían referencias como The Flaming Lips, The Beta Band, Pavement, Yo La Tengo y My Bloody Valentine en climas, texturas y maneras de construir las canciones.
Al mismo tiempo Sebastián estaba cada vez menos metido en la dinámica cotidiana de Jaime. Era 2001, se había recibido de arquitecto, no tenía trabajo y pensaba en irse del país. “Todo era medio grande como para seguir dándole a la guitarrita” [hace con las manos el movimiento de tocar], dice. La composición, hasta entonces mucho más compartida, empezó a cambiar. “Me fui alejando un poco del grupo”, cuenta. Mira a los otros tres: “Ustedes le dieron más”.
Nico, Juan y Javier siguieron con el impulso. “Volvieron al campo en Chascomús, pero esta vez los tres llegaron una semana antes para trabajar. Cuando Sebastián se sumó, varias canciones ya estaban armadas. “De repente había temas hechos y yo no había participado”, dice. “No encontraba mi lugar. No entraba mi guitarra”.
De ese movimiento salió Lo que va a encandilar es el día. Publicado en 2002, el cambio se escucha: es un disco más luminoso, más pop, más concentrado en la canción. Si Autochocador había trabajado sobre la densidad, las capas y el impacto, acá las melodías quedan más expuestas y aparece una sensibilidad cercana al pop de autor y a cierto indie de comienzos de los 2000. Sebastián todavía grabó en algunas canciones. Para llevarlas al vivo sumaron a Frank Caruso, amigo del grupo, pero nunca pensaron en convertirlo en un nuevo integrante. Jaime había quedado como trío.
Tocaron varias veces en la Sala B del Centro Cultural San Martín y llegaban a convocar alrededor de ochocientas personas. “Estaba buenísimo eso”, recuerda Nicolás. Pero sostenerlo seguía implicando hacer prácticamente todo. “Seguíamos volanteando, cargando, diseñando las tapas, grabando nosotros, ensayando mucho, tocando fuerte”. Después de años, el cansancio empezaba a sentirse. También aparecían otras cosas. Nico ya escribía canciones con un tono que poco después llevaría a El Robot Bajo el Agua. Javier tenía otros proyectos. Juan se metía cada vez más en la producción y, con el avance de ProTools, ese trabajo se volvía más solitario. “Hubo un momento que empezó a perder fuerza el proyecto”, dice Nicolás. “Dejó de ser el núcleo”.
Todavía grabaron más. Salió Tren, en 2003, un EP más electrónico y experimental en el que el trabajo de Stewart tomó mucho peso. Pero no hubo un día final. Nadie anunció nada, nadie convocó una reunión, nadie pegó un portazo. “Yo no puedo decir que nos separamos”, dice Nico. Ni siquiera pueden ponerse completamente de acuerdo sobre cuál fue el último show de esa etapa. Aparece el recuerdo de la sala del San Martín, llena, pero enseguida llegan las dudas. Jaime se fue apagando de a poco, sin una escena final y sin que pasara algo concreto.
A los pocos días estaban comiendo juntos, tocando en discos de los otros, mezclando canciones, apareciendo en proyectos cruzados. Javier tocó con El Robot Bajo el Agua; Stewart trabajó en discos de Nico; Sebastián siguió ligado a otras aventuras musicales de sus compañeros. Dejaron de funcionar como Jaime Sin Tierra, pero no dejaron de funcionar entre ellos. En 2005 volvieron a tocar. Sebastián estaba viviendo en Barcelona y vino de visita. Ensayaron un par de veces e hicieron dos fechas agotadas en El Cubo, del Abasto, ante público que no los había visto antes.
Mucho después volvió a pasar. En diciembre de 2017 anunciaron una fecha en La Trastienda con un posteo en Facebook. “Se agotó en cuatro horas”, recuerda Nico. “Agregamos la segunda y se agotó en menos de 24”. Al año siguiente la reunión se extendió a otras ciudades y llegó a Chile. Mientras Jaime Sin Tierra no existía como banda activa, los discos habían seguido encontrando oyentes. “No somos conscientes de lo que significan esas canciones para mucha gente”, dice Nicolás.
Esta vez la vuelta encontró una excusa lo bastante grande como para tentarlos. Primavera Sound volvió a poner la posibilidad sobre la mesa y apareció también una fecha propia en Deseo. El 28 de noviembre tocarán en el Club Ciudad; unos días después, el 3 de diciembre, tendrán su noche solos.
Horas después del ensayo, alrededor de una mesa en La Farola de Álvarez Thomas, la historia deja de avanzar en línea recta. Durante buena parte de la charla los cuatro fueron armando el pasado como suelen hacerlo las bandas que se conocen desde hace demasiado: uno empieza una historia, otro corrige una fecha, alguien recuerda un nombre que los demás habían borrado y de golpe todos vuelven a estar ahí. Pero hay recuerdos que no entran tan fácil en ese juego.
Sebastián vuelve a Lo que va a encandilar es el día. “Estaba bastante deprimido en esa época y ese disco es mucho más luminoso”, dice. Entre aquellas canciones estaba “No te desanimes”. “Me sentía para el orto y de repente decía: ‘No estoy para cantar ese tema’”. Nico lo escucha y dice algo que explica más que cualquier cronología: “Nunca, de verdad, hablamos de esto”.
La frase abre una puerta rara. No a una pelea vieja, porque no la hubo. Más bien a todo lo que quedó sin decir precisamente porque nunca fue necesario pelearse. “Está buenísimo hablarlo”, sigue Nicolás. “Me parece que hay algo que pasó ahí”. Y durante unos minutos la conversación vuelve a 2001, al campo de Chascomús, a los tres trabajando una semana antes, a Sebastián llegando y encontrándose con canciones que ya existían. No hay reproche. Hay algo quizá más extraño: cuatro tipos tratando de entender ahora lo que cada uno hizo entonces. Veinticinco años después, esa fuerza volvió, pero ya no ocupa el mismo lugar. Ahora ensayan unas horas y después cada uno vuelve a lo suyo. Nadie propuso todavía una canción nueva. Tampoco nadie dijo que no pueda aparecer. Hay poco tiempo, otras vidas y una relación bastante menos ansiosa con la idea de ser una banda.
Tal vez ahí esté la diferencia. Antes Jaime era el lugar desde el cual salía todo: los amigos, los viajes, los discos, las salas, los shows, incluso buena parte de la manera de entrar al mundo. Ahora es otra cosa: un lugar al que pueden volver desde quienes son hoy.
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