El pasado domingo 14 de junio, Oliver Tree falleció al ser víctima de un accidente en helicóptero en Río de Janeiro, donde también fallecieron el youtuber argentino Gaspi y Lucas Vignale, director que trabajó con artistas como Bizarrap y J Balvin.
La muerte de Tree conmocionó a toda la industria del entretenimiento no solo por cómo fue, sino por su edad. El músico estadounidense tenía apenas 32 años y acababa de estrenar su más reciente entrega, Love You Madly Hate You Badly, con la cual logró que su carrera tuviera un segundo aire tras el éxito que vio durante la pandemia. Sin duda, Oliver aún tenía mucho que ofrecerle al panorama musical tanto lírica como sónicamente.
Gracias a temas como ‘Life Goes On’ y ‘Miss You’, por un momento se encasilló a Oliver Tree como un “artista de TikTok”. Sin embargo, tres años después y con dos discos más en su repertorio demostró que es un músico en toda la extensión de la palabra. De acuerdo al propio artista, su último álbum es un proyecto mucho más crudo y en el que se muestra ante su público sin interpretar a un personaje. Es un reflejo no solo del músico, sino de la persona detrás de cada canción.
A poco más de un mes de que el álbum saliera a la luz y dos semanas antes de su fallecimiento, Oliver Tree se reunió con ROLLING STONE en Español para hablar de su proceso creativo, que incluyó una serie de viajes alrededor del mundo —desde México hasta la Antártida—, lo que representó este nuevo proyecto para su carrera y cómo convivían Oliver Tree, la persona, y Oliver Tree, el artista, después de más de 15 años en el panorama musical.
Tu nuevo álbum salió hace un mes. ¿Cómo se siente finalmente compartirlo con el mundo?
Ha sido muy positivo. La respuesta de la gente ha sido bastante buena. Definitivamente es un disco menos comercial; de alguna manera representa un regreso a mis raíces como productor que hacía música desde su habitación. Quise reconectarme con la forma en que solía crear música cuando era solo un chico en el cuarto de la casa de sus padres. De cierta forma recreé ese escenario mientras viajaba por el mundo y grababa el álbum en habitaciones de hotel a lo largo de 82 países.
Ha sido muy especial poder hacer algo tan crudo y auténtico, completamente fiel a mi visión, sin comprometerla. No pensando en conseguir más reproducciones ni en hacer colaboraciones oportunistas, sino en crear arte por la misma razón que me llevó a hacerlo desde el principio. En muchos sentidos, fue volver a ser ese niño haciendo arte dentro del mismo espacio.
¿Cómo fue ese proceso de reconexión? ¿Qué recuerdos vinieron a tu mente?
Firmé mi primer contrato discográfico cuando tenía 18 años, así que llevo 15 años dedicándome a esto de manera profesional. Y antes de eso ya llevaba otros cinco años haciéndolo. Así que fue hace casi 20 años cuando empecé a producir música por primera vez, aunque ya escribía canciones desde la secundaria, unos cinco años antes. En total, han sido casi 25 años con la música como parte fundamental de mi vida y de mi día a día. Por eso fue muy agradable alejarme un poco de los grandes estudios y de los grandes productores. Incluso de trabajar con mis amigos, algo que disfruto muchísimo y que también extrañé. Pero al mismo tiempo, fue muy valioso poder hacer música sin estar preguntando constantemente: “¿Qué opinas?”, “¿Te gusta esto?”, “¿Te gusta aquello?”. En lugar de eso, me enfoqué en preguntarme qué era lo que a mí me gustaba, en reconectar con mi propio criterio y mis propios gustos.
Para bien o para mal, se trató simplemente de crear algo que fuera fiel a mi visión. Creo que esa siempre fue la razón por la que empecé a hacer arte. Así que fue muy refrescante volver a esa mentalidad, regresar a ese espacio de descubrimiento personal, entenderme mejor, comprender mis gustos y reconectar con ellos. Fue una experiencia muy hermosa.
Y me imagino que eso también te dio mucha más libertad para hacer exactamente lo que querías, no solo con el concepto, sino también con el sonido del álbum. ¿Cómo crees que esa libertad se refleja en el sonido del disco?
Siento que siempre he tenido libertad con mi arte. Incluso durante los últimos diez años trabajando en el proyecto de Oliver Tree, seguí produciendo prácticamente todo, con excepción de una canción. Así que siempre fue algo sobre lo que tuve un control creativo muy amplio. Pero fue muy especial volver a enfocarme únicamente en el trabajo de diseño sonoro y de ingeniería. En este álbum grabé y produje las voces yo mismo en habitaciones de hotel, utilizando una interfaz de audio de apenas 150 dólares. De hecho, tenía un equipo incluso más modesto que el que usaba hace diez o quince años. Pero también quería demostrar que no se necesita un gran presupuesto ni un estudio enorme para hacer arte; que es posible crear algo que conecte con personas de todo el mundo utilizando únicamente las herramientas más básicas.
En cuanto al sonido, creo que se perciben claramente algunos de esos grandes momentos en los que las canciones llegan a lugares bastante experimentales y psicodélicos. Hay temas que, en general, son más experimentales y psicodélicos que otros. Pero creo que existen ciertos instantes en los que la música crece hasta alcanzar lugares muy especiales, lugares a los que probablemente no habría llegado si hubiera estado trabajando en esas canciones junto a otras personas.
Y me gusta mucho el concepto del álbum porque gira en torno al amor, pero no solo sobre el enamoramiento, sino también de lo que ocurre cuando empiezas a perderlo. ¿Qué te llevó a explorar ese concepto en este momento de tu vida y de tu carrera?
El álbum documenta la relación que tuve durante los últimos tres años. Y creo que el amor es una montaña rusa, igual que la vida; de alguna manera la refleja.
Curiosamente, en mi catálogo no hay muchas canciones de amor. La mayoría de mi música nace del dolor y del sufrimiento. En esos momentos es cuando más necesito la música, cuando estoy deprimido o atravesando algo difícil. Siempre he encontrado la manera de tomar esa energía de la tristeza y transformarla en algo positivo; convertir las ganas de llorar y la profunda tristeza en ganas de levantarme y bailar. Esa es la razón por la que recurro a la música. Me salvó la vida por eso mismo. Me dio una dirección y una guía.
Pero con este álbum me propuse capturar también la experiencia de enamorarse, esos momentos de euforia y felicidad. Quise guardarlos en una pequeña botella y compartirlos con el mundo. Fue algo muy bonito de hacer. Si escuchas el disco, en cierto modo está dividido en dos álbumes. La primera mitad, Love You Madly, está compuesta por canciones de amor y tiene una propuesta más alternativa. Luego está la segunda parte, Hate You Badly, que presenta un sonido más pesado, más electrónico, más experimental y más oscuro.
Esa segunda mitad también explora el aspecto sexual que surge después de una ruptura, cuando estás herido y buscas conectar con alguien. Es algo que también forma parte del proceso de encontrar a la persona de la que eventualmente podrías enamorarte. Así que el álbum termina documentando el amor, el odio y también la dimensión sexual de esas experiencias.
He escuchado a algunas personas decir: “No queremos escucharlo cantar sobre sexo o sobre ciertos temas”, pero eso también forma parte de quién soy y de lo que significa ser humano. No incluirlo habría sido negar una parte muy importante de mí mismo. Aunque quizá no sea eso lo que la gente espera encontrar en mi música, especialmente por la imagen que proyecto. Me presento de una manera tan ridícula y deliberadamente poco atractiva. Después de todo, todo el concepto del proyecto de Oliver Tree surgió de la idea de crear una especie de “Justin Bieber feo”. Y, de alguna manera, lo he conseguido. Hay imágenes de este tipo raro y poco agraciado en espectaculares y anuncios gigantes alrededor del mundo. Pero dicho eso, este álbum muestra mi lado más real. En ocasiones fui muy vulnerable; en otras, muy crudo. Incluso puede resultar impactante para algunas personas. Pero, sinceramente, fue muy gratificante poder mostrar todo el espectro de emociones que implica enamorarse y desenamorarse.
Sí, esos sentimientos encontrados aparecen a lo largo de todo el disco. ¿Eso surgió de manera orgánica o era algo que ya tenías planeado desde la preproducción del álbum?
Sí, fue algo completamente orgánico. De hecho, ya había hecho gran parte del álbum antes siquiera de entender realmente de qué trataba. Intento no partir de ideas demasiado calculadas o forzadas cuando hago arte. Más bien trato de colocarme en un estado mental donde pueda jugar como un niño en un arenero, sin pensar demasiado en lo que la gente va a opinar o en lo que le va a gustar a los demás. No se trata de eso. Se trata de preguntarme: “¿Qué necesito decir en este momento?”. Y después, cuando empiezo a ver una imagen más amplia, puedo llenar los espacios vacíos y darme cuenta de que hay algo que está tomando forma. Entonces pienso: “¿Cómo cuento esta historia de una manera más profunda? ¿Cómo logro conectar mejor con las personas?”.
Cuando armé mi nuevo espectáculo en vivo, quise encontrar un equilibrio entre los éxitos que la gente espera escuchar —las canciones por las que están pagando su boleto— y esos momentos especiales del nuevo álbum. No solo canciones que me encantan, sino momentos específicos dentro de ellas. De hecho, en muchos casos ni siquiera interpreto las canciones completas. Salvo algunas excepciones, lo que el público escucha son arreglos que construí a partir de las partes que más amo de cada tema. Son versiones diseñadas para resaltar esos instantes que considero más significativos.
Mientras ensayaba el show y lo iba construyendo, hubo momentos que me hicieron llorar. Me encontraba llorando en el estudio. A veces me daba la vuelta; no porque me avergüence llorar, sino porque no quería cambiar la energía de lo que estábamos creando. Eran momentos muy íntimos para mí. Estaba profundamente conmovido. Por eso siento que, incluso si nadie hubiera escuchado el álbum, o si todo el mundo lo hubiera odiado, no habría cambiado nada.
Este proyecto era demasiado importante para mí. Era algo muy real, muy visceral y muy crudo. Así que me siento enormemente agradecido de haber podido crear una obra que me permitió expresarme y experimentar de una manera genuina lo que significa ser humano.
Y es increíble que, aunque este álbum es distinto a lo que me comentabas antes —que la música te ayuda cuando te sientes mal o deprimido—, aun teniendo una energía más luminosa, sigue conservando ese elemento catártico que forma parte de la esencia misma de la música.
Totalmente. Creo que, si solo muestras una dimensión de ti mismo, realmente no estás teniendo la oportunidad de contar tu verdad de manera honesta. Y eso es algo con lo que he batallado, especialmente durante los lanzamientos de mis discos, cuando interpreto personajes.
A menudo me encanta hacer el papel del villano, y eso me ha vuelto una figura algo controversial. Me permite crear contenido en el que aparezco como alguien desagradable o difícil de querer, pero en realidad no deja de ser una actuación; soy yo interpretando un personaje. Y a veces, cuando paso demasiado tiempo en ese papel, termino atrapado en él. Me cuesta salir de esa energía, de esa ira o de esa personalidad de villano. Por eso ha sido tan agradable poder mostrar otras facetas de mí mismo.
Cuando empecé a desarrollar este proyecto, una de las cosas más importantes era descubrir todo lo que tenía para ofrecer como ser humano. La pregunta era: ¿cómo reúno todas esas partes en una sola obra que me permita mostrar algo verdaderamente único sobre quién soy? Porque todos somos únicos. Tú eres único, yo soy único. La cuestión está en encontrar la manera de unir todas esas piezas de forma coherente, construir un universo alrededor de ellas y, al mismo tiempo, presentarlas de una manera accesible, bien empaquetada, para que la gente pueda conectar con ello sin sentirse confundida o pensar que no tiene cohesión, es algo realmente complicado. Por eso, el simple hecho de haber conseguido ese equilibrio también representa una gran victoria para este proyecto.
Hablas de ti mismo como si fueras una especie de ser dual: Oliver Tree, la persona, y Oliver Tree, el artista; como si fueran dos entidades distintas. ¿Cómo describirías esa relación?
Incluso va más allá de eso. Este álbum también trata sobre Oliver Tree, el productor. Porque Oliver Tree, el productor, estaba intentando sacar lo mejor de Oliver Tree, el artista. Pero al mismo tiempo, Oliver Tree, el ser humano, alimentaba e inspiraba a Oliver Tree, el artista.
La relación más compleja, en realidad, fue descubrir cómo lograr que Oliver Tree, el productor, y Oliver Tree, el artista, se impulsaran mutuamente hasta su máximo potencial. Después de mi álbum anterior trabajé con algunos de los productores más importantes de la industria, personas que han estado detrás de enormes éxitos. Pero, curiosamente, la mayoría de esas canciones nunca vieron la luz. Y muchas de las que sí terminaron saliendo fueron las que hice con mis amigos, porque eran las que se sentían correctas para mí.
No se trataba de pensar: “Esto será una oportunidad más grande” o “esta persona puede hacer la canción más exitosa porque entiende mejor la composición”. Lo importante fue que aprendí de todos ellos. Tomé notas. De alguna manera volví a la escuela, y no digo eso a la ligera. Absorbí muchísimo conocimiento de esos productores. Y después de aprender de todos ellos, me di cuenta de qué era lo que realmente valoraba más.
Por encima de las técnicas, de la composición, de las habilidades de producción o de cualquier otro recurso creativo, lo que más valoraba era la capacidad de crear el entorno y el estado mental adecuados para Oliver Tree, el artista. Ahí fue donde nació toda esta idea: construir el escenario perfecto para que Oliver Tree pudiera crear.
Entonces Oliver Tree, el productor, llevaba a Oliver Tree, el artista, a lugares únicos y extraordinarios alrededor del mundo. Ya fuera viajar por Europa del Este para fotografiar arquitectura brutalista, convivir con la tribu masái en África y dormir en chozas construidas con estiércol, o incluso ir a lugares como Afganistán, donde tomé la fotografía que terminó convirtiéndose en la portada del álbum.
La pregunta siempre era: ¿cómo consigo sacar la mejor versión posible de Oliver? Y descubrí que la respuesta estaba en colocarlo en situaciones completamente nuevas y fuera de lo común, escenarios que despertaran nuevamente sus ganas de crear. Porque después de muchos años en la industria musical uno puede volverse cínico. Hay personas que se aprovechan de ti, rumores que se difunden, información tergiversada y toda clase de negatividad. Llega un momento en que te preguntas cuánto vale realmente la pena seguir haciendo esto y cuánto te hace feliz. Y la respuesta es que, en muchos sentidos, no lo hace.
En cierto punto podría retirarme y decir: “Ya está, tuve suficiente”. Pero el artista que llevo dentro jamás podría dejar de crear. Aunque nadie viera el resultado, aunque nunca publicara nada, seguiría haciendo arte. Por eso todo consistía en encontrar las condiciones adecuadas para volver a entusiasmar a Oliver.
Una de las formas en que lo conseguí fue a través de la fotografía. Logré que Oliver Tree, el artista, recuperara su pasión por la música gracias a que primero volvió a enamorarse de la fotografía. De hecho, lo primero que hice en mi vida que se volvió viral en internet fue precisamente mi trabajo como fotógrafo, por eso fue tan interesante regresar a una disciplina que había abandonado durante quince, diecisiete o casi veinte años. Volver a ella y redescubrirla.
Durante estos viajes incluso realicé un libro fotográfico de aproximadamente 200 páginas, un libro de mesa de gran formato. Y fue precisamente a través de ese reencuentro con la fotografía que logré volver a enamorarme del proceso creativo. Esa pasión terminó trasladándose a la música y me permitió reencontrarme con ella también.

Y hablando de fotografía, específicamente de la portada del álbum, la tomaste en Afganistán, un lugar donde la música es ilegal, lo que básicamente te convierte en un criminal por el simple hecho de ser músico.
Es cierto. Pero también lo hice de una manera respetuosa. No fui allí buscando provocar ni generar impacto por el simple hecho de hacerlo. De hecho, no hablé mucho de eso porque nunca quise utilizarlo como un titular llamativo. Mi intención era acercarme al lugar con respeto. Independientemente de si estoy o no de acuerdo con un gobierno o con determinadas circunstancias, eso no formaba parte de la conversación. No me corresponde a mí decidir qué sucede en otros países. Yo estaba ahí para ser respetuoso y para no romper las reglas.
En el caso de Afganistán, tomar la fotografía para la portada del álbum, técnicamente, no implicaba infringir ninguna norma. Y aunque también pude seguir trabajando en el álbum mientras estaba allí, nunca se trató de llegar con una actitud rebelde y decir: “La música es ilegal, así que tengo que hacer música aquí”, no era eso. Más bien pensé: “Puede que esa sea la situación, pero siempre he soñado con visitar Afganistán”. Siempre he sentido curiosidad por conocer lugares a los que mucha gente te dice que no vayas. Y cuando voy, intento hacerlo con respeto, con la intención de crear, colaborar con la gente local, conectar a través de la risa, construir amistades y aprender de otras personas.
Y durante ese proceso sí trabajé en el álbum, pero de una forma respetuosa. También procuré que mi presencia aportara algo a la comunidad local: contratar personas, generar ingresos para quienes viven allí, para gente que muchas veces atraviesa situaciones difíciles y complicadas. Poder colaborar con personas de distintos contextos y convivir con ellas fue una experiencia realmente hermosa.
Es una gran historia. Y hablando de historias increíbles, también pasaste cerca de un año en la Antártida. ¿Cómo fue esa experiencia y de qué manera impactó el sonido del álbum?
Lo interesante de todos esos viajes es que no creo que hayan cambiado directamente cómo suena la música. Sinceramente, pienso que las canciones habrían sonado prácticamente igual si las hubiera grabado en un estudio en Los Ángeles, durmiendo en un barco en la Antártida, en una choza de estiércol con los masái en Tanzania, en una casa de barro en Irak o incluso en una cueva en Petra. Nunca estuve buscando inspiración sonora, lo que realmente quería era crear recuerdos.
Como artista, sentía que gran parte del dinero que ganaba simplemente se me escapaba de las manos. Además, cuando grabas en un estudio de Los Ángeles, muchas veces la disquera termina siendo propietaria de parte de ese trabajo. Y, en mi caso, por cada dólar que debía devolverle a la compañía, terminaba pagando mucho más debido a las condiciones de mi contrato. Así que empecé a preguntarme si no existía una mejor manera de invertir ese dinero. ¿Cómo podía crear recuerdos? ¿Cómo podía invertir en mi yo del futuro? ¿Cómo podía generar experiencias duraderas, aprender, educarme y conectar con otras personas? Por eso el propósito de viajar nunca fue esperar que la música cambiara dependiendo del lugar donde estuviera. En realidad, quería invertir esos recursos no solo en las comunidades y las personas que conocía alrededor del mundo, aportando de alguna manera a las economías locales, sino también en experiencias que me ayudaran a crecer como ser humano. Esperaba aprender. Esperaba enseñar algo cuando fuera posible. Pero, sobre todo, esperaba conectar con personas de todos los contextos imaginables. Sin juzgar a la gente. Sin juzgar gobiernos. Sin decirles a los demás cómo deberían vivir o qué deberían hacer. Escuchando. Haciendo preguntas. Y cuando no estaba de acuerdo con algo, quizá planteando otra perspectiva, jugando un poco al abogado del diablo y diciendo: “Es una idea interesante. ¿Y qué opinas de esto?”. No necesariamente para convencer a nadie, sino para invitar a la reflexión.
Aunque también entendí que muchas veces ni siquiera era mi papel hacer eso. Quizá mi papel era simplemente aprender, comprender y tratar de ver el mundo a través de los ojos de otras personas. No imponer mis propias ideologías ni mis creencias, sino escuchar y tomar pequeños aprendizajes de aquí y de allá cuando tenían sentido para mí. Intentar construir una visión más amplia y seguir evolucionando. Porque, al final, quería convertirme en una persona del mundo, no únicamente en alguien nacido en Estados Unidos con los privilegios que eso implica. Quería conectar con personas completamente distintas a mí, y gran parte de esa experiencia consistió simplemente en escuchar.
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