Durante décadas, los grandes hoteles fueron concebidos como espacios de tránsito. Lugares donde dormir, reunirse o hacer una escala antes de salir a explorar la ciudad. Pero esa lógica está cambiando. En las principales capitales del mundo, la gastronomía se ha convertido en uno de los grandes motores de la experiencia hotelera, transformando hoteles en destinos por derecho propio. Madrid no es ajena a esta tendencia y el renovado Madrid Marriott Hotel Princesa Plaza acaba de dar un paso decidido en esa dirección.
Ubicado entre los barrios de Argüelles y Chamberí, a pocos minutos de Plaza de España y la Gran Vía, el hotel inició una nueva etapa tras una profunda renovación valorada en 51 millones de euros. El edificio, inaugurado originalmente en 1976 y considerado uno de los exponentes del brutalismo madrileño, reabrió sus puertas en 2025 con una propuesta que combina el peso de su historia con una mirada contemporánea sobre la hospitalidad.
Ahora, esa transformación encuentra una de sus expresiones más visibles en la cocina.
Una carta de amor a Madrid
La apuesta gastronómica del hotel se articula alrededor de dos conceptos complementarios: La Chata, una abacería castiza que reivindica la tradición culinaria madrileña, y La Mimosa, una coctelería de autor que interpreta la ciudad desde la mixología. Juntos conforman una propuesta que busca conectar tanto con viajeros como con residentes, invitándolos a descubrir Madrid desde una perspectiva sensorial.
La decisión no es casual. En una ciudad que vive uno de los momentos gastronómicos más dinámicos de Europa, donde conviven restaurantes centenarios, mercados reinventados y propuestas de vanguardia, el reto consiste en encontrar una voz propia. El Marriott Princesa Plaza lo hace mirando hacia las raíces.
La Chata: tradición sin nostalgia
El nombre del restaurante remite a la Infanta Isabel de Borbón, una de las figuras más queridas de la monarquía española y conocida popularmente entre los madrileños como “La Chata”. La referencia no es solo histórica; funciona como declaración de intenciones. Aquí la cocina tradicional se reivindica desde una mirada actual, sin caer en la nostalgia ni en la reinterpretación excesiva.
La carta se apoya en recetas reconocibles y en el protagonismo del producto. Entre los entrantes aparecen clásicos como el jamón ibérico de bellota con pan de cristal y tomate, las anchoas de Santoña con crema agria o la ensaladilla rusa con ventresca de bonito. Son platos que forman parte del ADN gastronómico español y que aquí encuentran una presentación contemporánea sin perder su esencia.
Los platos principales continúan ese diálogo entre tradición y actualidad. Los callos a la madrileña conviven con un bacalao confitado al pil pil y con carrilleras de ternera estofadas acompañadas de puré de patatas. También hay espacio para propuestas más ligeras como el tartar de salmón con aguacate o una ensalada de tomate extradulce con cecina de León.
Más allá de la carta, el espacio ha sido concebido para reflejar una forma muy madrileña de entender la gastronomía: como un acto social. Su amplia sala y la terraza acristalada permiten que la experiencia se adapte a distintos momentos del día, desde una comida de trabajo hasta una cena prolongada entre amigos.

La ciudad en una copa
Si La Chata conecta con la tradición culinaria, La Mimosa explora otro de los rituales fundamentales de la vida madrileña: el tardeo.
La terraza y coctelería del hotel nace con la intención de convertirse en un punto de encuentro para quienes buscan prolongar la jornada entre conversaciones, música y cócteles. Pero su propuesta va más allá de la simple coctelería de hotel. Aquí cada bebida funciona como un homenaje a la ciudad.
La carta está inspirada en algunos de los barrios, personajes y símbolos más emblemáticos de Madrid. Cócteles como Manuela Malasaña, Chueca, La Gata de Lavapiés o El Rastro buscan capturar la personalidad de estos lugares y traducirla en sabores, aromas y texturas. La idea es que cada copa actúe como una interpretación líquida de la capital española.
La experiencia se complementa con una selección de platos informales que reinterpretan clásicos populares. Croquetas de jamón y huevo, patatas bravas, bikini mixto en pan tramezzini o steak tartar sobre croissant acompañan una propuesta pensada para extenderse desde el aperitivo hasta la noche.
Abierta de martes a sábado, La Mimosa se suma a una escena cada vez más activa de terrazas urbanas que han redefinido la vida social madrileña en los últimos años.

El hotel como punto de encuentro
La renovación gastronómica forma parte de una visión más amplia. Con 414 habitaciones renovadas, un lobby concebido como el Great Room de Marriott Hotels y más de 1.200 metros cuadrados destinados a eventos y reuniones, el Princesa Plaza busca consolidarse como un espacio abierto a la ciudad y no únicamente a quienes se alojan en él.
Ese enfoque responde a una transformación que atraviesa la industria hotelera global. Los hoteles contemporáneos ya no compiten solo por ofrecer mejores habitaciones, sino por convertirse en centros culturales, sociales y gastronómicos capaces de integrarse en la vida urbana.
En Madrid, una ciudad donde la comida sigue siendo una de las formas más auténticas de relacionarse, la estrategia parece especialmente pertinente. La Chata y La Mimosa no solo amplían la oferta del hotel: también funcionan como una invitación a redescubrir la capital desde dos de sus lenguajes más universales, la cocina y la conversación.
Porque al final, pocas cosas explican mejor el carácter de una ciudad que aquello que sirve en la mesa y en la copa. Madrid lo sabe. Y ahora, también lo sabe el Marriott Princesa Plaza.
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