La vuelta del rocanrol se siente, paradójicamente, como una renovación en la música argentina. Si el llamado “rock barrial” fue, durante los años noventa y con nervio stone, la expresión reaccionaria de la juventud de la clase trabajadora al neoliberalismo y a un contexto social que los dejaba al margen del sistema, actualmente es la herramienta que muchos encontraron para dialogar con su tiempo y su gente. Bandas como Autos Robados, los principales exponentes de esta última camada, Los Gladiolos, La Grecia, Yony Linyero o reybruja son, entre tantas otras, quienes miran al barrio y encuentran allí elementos suficientes para abrazar el rock nacional y cantarle de forma actualizada a lo que sucede en las clases populares. Estas bandas forman lo que podríamos definir como la escena neo-rolinga de la música argentina.
“Ya no es más ‘administrativo’, boludo. ‘Músico’, ¡músico hay que poner!”, le dice Federico Soto, voz y guitarra de Autos Robados, a uno de sus compañeros al completar un formulario en el mostrador de un aeropuerto antes de viajar para tocar en Jujuy. Es que el grupo de Quilmes se ha convertido en un fenómeno cada vez más importante, una banda que, tras diez años tocando juntos, hoy les permitió a sus integrantes dejar atrás sus trabajos de oficina para dedicarse finalmente a ser músicos a tiempo completo, algo que hace no mucho era imposible de siquiera imaginar . Con referencias marcadas en el sonido de Pappo, Guasones o Ratones Paranoicos, el grupo crece desde la autogestión y el boca a boca en todo el conurbano, agota fechas cada vez más grandes y viaja como pocos por las provincias del país.
Sus formas no necesitan de mayores artilugios. En sus shows no hay pantallas, luces especiales ni cualquier otro elemento externo para potenciarlos. Con las canciones es suficiente para generar lo que generan en la gente, una excusa de encuentro y éxtasis colectivo. “Cuando vamos a tocar, tratamos de que la gente no se lo olvide”, le dijo Federico a Gustavo Olmedo. Y el factor común de todas las bandas es que la forma de definir cómo es que abordan el rocanrol implica una variable de sinceridad que es esencial en la ecuación. Ser reales, no fingir, contar eso que ven y, ante todo, eso que viven. Y la sinceridad genera representación, porque aquellos que se suman como público se ven reflejados en su condición de clase trabajadora, en sus esfuerzos de jornadas extendidas para después poder hacer eso que les gusta, en saberse similares al tomarse el bondi o el tren, en no llegar a fin de mes. Pero, principalmente, reflejados en eso de disfrutar el rocanrol.
Autos Robados se hizo lugar a fuerza de EP. El primero lo publicaron en 2017. En ese momento, Federico buscó a un grupo de músicos jóvenes por la zona de Quilmes, asumiéndose un tipo grande, con la intención seria de hacer una banda de rocanrol. En 2019 encontró la formación actual, esa que se completa con Manu Baldovino en batería, Lucas Ramos en bajo y Nico Salvador Ruiz en guitarra. Casi como los obreros de las fábricas que dieron forma a la música de Manchester, acá era un empleado público en el trabajo de administrativo de toda su vida durante la semana, músico los viernes y sábados.
“Una noche de calor/ igual a hoy/ En una fiesta de rock/ Sonaban los Ramones /Todo era así/ Oxidarse o resistir/ Y olvidarse que mañana es lunes”, cantan en “1993”, la oda del laburante que tiene que volver a un trabajo que no le gusta para sostener una vida que no le alcanza. En “Remedios”, además, demuestra su fuerza de voluntad, esa que genera representación y emoción en el público: “Claro que estamos empujando en el barro/ Pero en la correcta dirección (…)/ Gente feliz inconsciente que navega contra la corriente/ ¡Que no le importa nada, papá!”.
Julián Desbats, el cerebro detrás de Yony Linyero, cree que hay una urgencia y que el contexto invita a hablar de lo que sucede. “El horno, como dice mi viejo, no está para bollos, entonces no podés andar cantando boludeces”. Yony Linyero es una banda nacida en el barrio porteño de Once, en una pensión a la vuelta de Fantástico Bailable, a unas cuadras de Plaza Miserere entre piñas, gente en la calle, chorros y transas. Sus canciones son una mezcla de una sensación de no futuro, de derrota y de visión urbana muy marginal y precisa. “Están pasando un montón de cosas en Argentina y nadie canta nada”, dice Julián.
En 1970, Manal cantó sobre lo que veían por avenida Rivadavia, Luca hizo algo similar con Sumo en 1987 para hablar del Abasto. Cuando Ricardo Mollo le mostró el tema a Luis Alberto Spinetta, el Flaco dijo que era impresionante la visión del barrio. Años después, Prieto Viaja al Cosmos con Mariano hizo lo propio para narrar lo que veía un sábado gediento por la noche en avenida Corrientes. Ahora, para completar el legado y para que cada generación tenga su propio “Mañana en el Abasto”, Yoni Linyero pone la vista sobre Once, el barrio en el que se formaron. “Cuando Miserere duerme” es una descripción precisa de la noche porteña en un barrio con su propia idiosincrasia, sus propios marginales, las peleas, el peligro latente, sus inmigrantes y sus kioscos de noche.
El eslogan de Yoni es “haciéndole frente al frío con los corazones encendidos de rocanrol”, dice Julián, y eso lo hacen en una clave cruda, muy urgente, de guitarras entre amigos y verborragia catártica. Si en aquellos noventa/dosmil La 25 supo cantarle al barrio y los amigos, Jovenes Pordioseros al consumo y la tristeza, Guasones a lo tóxico de la soledad y Viejas Locas –entre drogas y sexo– le cantó como nadie al laburante, las nuevas bandas también crean su universo narrativo.
Después de haber integrado Los Rusos Hijos de Puta, Julián abrazó la desnudez de la canción y el rocanrol como lenguaje. Tanto fue así que las primeras canciones de la banda, esas que grabaron en algunas tardes con su celular y contaban con la participación de Felipe Barrozo, guitarrista de Intoxicados, esas que hablaban del barrio, de las canciones de mierda de la radio y de las que no te quieren, se las mostraron al Palomo, un plomo amigo de ellos, y dijo: “Che, esto es neo-rolinga”, dándole espacio a una nueva etiqueta sonora, a un grupo de bandas que se acercan en sonido, pero también en cuestiones estéticas, esas de los flequillos, los pantalones rotos y las camperas de jean.

Sin embargo, si bien las etiquetas agrupan, poco pueden definirse las bandas como un sonido en particular, ya que no es una corriente rolinga ortodoxa, lo neo-rolinga cuenta con el espíritu fogonero de canciones que se la bancan sin demasiados adornos y también se notan la furia y el desparpajo cancionero del punk. Mariano Rogelio Maravilla, el compositor de 47 años detrás de Los Gladiolos, viene de patear el circuito del hardcore durante mucho tiempo. Allí aprendió mucho, principalmente sobre una forma de hacer, dar un mensaje con su música y jugar con la entrega en el escenario, pero decidió, hace ya cinco años, dejar de lado esa intensidad para bajar y cantar de otra forma. “Nosotros hacemos un rock bien argentino, bien de barrio, así, sin vueltas. Como el que nos gusta a todos, como ese con el que crecimos”, dice.
Su disco debut se editó en 2021, pero la historia de sus canciones viene desde hace 15 años atrás. “Yo toco muy mal la guitarra, pero eso no me impide componer”, dice Mariano. “Cuando empecé a aflojar con el hardcore agarré la criolla y salí a tocar en cualquier lado. Lo hacía mal, pero me importaba una mierda. Lo hacía igual porque era lo que sentía. Así les fui dando forma a muchas canciones que pasaron por varias bandas y algunas después llegaron al primer disco de Los Gladiolos”. Mariano huyó de la ciudad para refugiarse en Córdoba, problemas de ansiedad y excesos que se salieron de control lo empujaron a las sierras. Antes de irse, grabó unas canciones y al volver, ya recuperado, fueron la semilla que generó su banda. La composición como necesidad de escape y el rocanrol como excusa.
Es así que Los Gladiolos habla de su barrio, de relaciones truncas, de despedidas y drogas, sin caer en los clichés del género. “La banda es de San Martín y tiene una esencia que se traduce en las letras que hablan de historias sobre las calles del barrio. Por eso es que el sentido de pertenencia tira para este lado”. Además, en eso de ser sincero o de hacer rocanrol sin vueltas, Mariano evita metáforas elaboradas. “Me sale ser así, tanto en la vida como en el escenario. Tampoco hay que enroscarse tanto la cabeza al escribir una letra. Ya hay grandes letristas acá como el Indio, La Renga, Calamaro, tipos que tienen una forma de escribir que es increíble. Si estamos hablando de ser uno mismo, a mí me sale escribir así. Las palabras que uso son las palabras con las que hablo. Yo hago bandera de eso: de esas cuestiones de la sinceridad y de ser uno mismo”, dice.

Si en Autos Robados, Yony Linyero o Los Gladiolos, las letras construyen los universos estéticos y narrativos, para reybruja, una de las bandas de la nueva generación que más creció el último año, también sirven para incomodar y dialogar con su tiempo. Su disco Gustar y ofender (2025), editado bajo la escudería de Sony, gusta, ofende y, principalmente, llama la atención. “Logramos hacer un disco bastante a conciencia, yendo a buscar todo lo que nosotros creíamos que necesitábamos para llamar la atención tanto del under como de la escena un poco más arriba, que es la emergente y el mainstream”, dice Enzo Lupo, el cantante de 28 años de la banda. “Eso lo fuimos a buscar de forma consciente”.
Sin embargo, lo que genera impacto es la irreverencia, el vértigo de las guitarras violentas y la actitud de su cantante que irrumpe cantando: “Yo no me olvido de que antes que lleguemos/ Ya casi nadie hacía lo que hacemos/ Rock nacional argentino/ Seré atrevido/ Pero antes que caigamos no había uno que hablara como hablamos”. “Las letras le están hablando a nuestra escena específica y a nuestra generación”, dice Enzo.
“Sabemos perfectamente que no somos los primeros que hacen rocanrol, ni rock nacional, pero cuando entramos a esta nueva escena vimos que hoy se rige principalmente por un sonido más alternativo, más internacional. La mirada no estaba puesta en el lugar de un sonido de rock nacional más clásico. Cuando decimos que no había nadie que haga lo que hacemos, nos referíamos un poco a eso. Fue como que era una bandera que tal vez nadie quería agarrar por miedo a ser llamado básico. Nosotros la agarramos con gusto”.
Los reybruja van desde los 28 a los 39 años. Cuando se encontraron dentro de la sala de ensayo se dieron cuenta de que habían crecido escuchando Intoxicados, Calamaro y La Mega y que los discos de Ratones Paranoicos o de Babasónicos los atravesaban a todos por igual. “Evidentemente somos, sin quererlo, una banda de rock nacional. Nos miramos y dijimos vayamos por acá porque esto no está siendo forzado y la verdad que nos sentimos bien en este traje”. De todas formas, Enzo se ve poco emparentado con lo rolinga más allá de sus flequillos, jeans y algún que otro baile como Jagger sobre el escenario. “Quizás hay tres o cuatro canciones que entren dentro del universo rolinga, pero yo jamás escuché a Jóvenes Pordioseros o a Callejeros sonar así. Creo que estamos más cerca de Babasónicos”, dice.

Ese eclecticismo musical también es el que se percibe en el público que construye esta escena neo-rolinga. Hoy en día ya no hay un antagonismo irreconciliable ante esos que no son como uno, sino una exaltación de la pertenencia y de la propia identidad. En los shows de estas bandas ya no se vive la rivalidad de chetos o punks contra stones, sino todo lo contrario: una celebración de los propios. Volvieron las banderas, los grupos de seguidores, los colectivos que salen desde el conurbano para ver a su banda favorita y todo está conformado por un público que atraviesa clases sociales de forma transversal.
La Grecia, el grupo más joven del movimiento, integrante de las filas de Universal, se caracteriza, justamente, por sus recitales. La presentación de su último disco, Lady Garrón (2026), ante un Niceto lleno, mostró un público variado en edades pero intenso en general. “Hay veces que me gustaría ser alguna de esas personas del público y ver nuestro vivo, ver de qué se trata”, dice Martín “Chino” Benítez, cantante del grupo. “El Chino nació con un don”, dice Dylan Sorokin, guitarrista e hijo del músico Coti Sorokin. “Creo que él es un factor que hace que la banda sea lo que es en escena. Además los cinco estamos muy ensayados para sonar muy bien. Hacemos un estilo de música que hay que defender en vivo, hay que salir a tocar y a la gente le gusta verlo”.
Esa visión del trabajo, la urgencia por meterse al estudio a grabar prontamente el tercer disco en tan solo 3 o 4 años de vida, es algo que Dylan arrastra por linaje. “Yo tengo familia de músicos: mi viejo, mi tío, mi hermano. Desde chico supe que a la música hay que meterle con todo, hay que estudiar, hay que enfocarse. Hay que hacer 300 millones de canciones, hay que practicar”, dice. “Aprendí un montón de mi familia, pero aprendí un montón también de mis compañeros de la banda”. Como dúo compositivo, el Chino y Dylan disfrutan principalmente de juntarse a hacer canciones, incluso más que a tocar. “Trabajo sin darme cuenta de que estoy trabajando”, se ríe el Chino. “Yo estoy muy contento con lo que nos está pasando, es a lo que me quiero dedicar y lo que quiero hacer el resto de mi vida”, dice Dylan.
La Grecia es la representación de cómo los jóvenes se acercan al rock nacional. Sus integrantes tienen entre 21 y 23 años de edad y pasean a su propia forma entre influencias que van desde Guasones y Ratones Paranoicos a AC/DC, Tom Petty o Bob Dylan, pero logran definirse con simpleza: “La Grecia es la música que nos gusta a nosotros, rock and roll y en serio”.
“A mí me gusta reybruja, me gusta La Grecia, Autos Robados. Están surgiendo un montón de bandas en el circuito”, dice Mariano, de Los Gladiolos. “Y creo que los jóvenes encuentran rebeldía en el rocanrol. Lo principal es la rebeldía contra la regla. Encarrilar toda esa desobediencia adolescente está buenísimo y que sea en esta música es como que hay mucha diversión asegurada”. Julián, de Yony Linyero, dice, además, que esas juventudes en el rock son importantes para cantar sobre lo que sucede en el país. “Para mí el rock siempre tiene que estar de la vereda opuesta a cualquier tipo de opresión, de fascismo y de buchoneada. Y creo que los jóvenes encontraron identidad en esto, por eso en un país que se cae a pedazos, que no respeta a los viejos, que no respeta a la educación, que te faja, me parece relindo que haya una camada de pibes que vean la realidad con el corazón y se escuden en el rocanrol, porque siempre te va a rescatar”.
Sin embargo, Enzo de reybruja pone en conflicto algo que algunos asignan como la razón del revival neo-rolinga: la nostalgia. “Podemos ser nosotros jugando con la estética rolinga, hasta Emilia lo hace con la de los años 2000. Cuando a la gente le traés algo que ya conocen y un lugar donde ellos ya saben que fueron felices, es más fácil que te den una oportunidad”, dice. “A mí no me pone muy orgulloso sentir que puedo ser parte de eso, pero entiendo que, como toda generación, hay cosas que como artista ni siquiera las podés elegir. Trato de no pensar demasiado y hacer, porque si tengo que pensar en la imagen que proyecto o que los demás reciben de lo que hacemos nosotros, me vuelvo loco. Entonces hagamos cosas, vamos a pasarla joya y si el resto se divierte o le genera un buen sentimiento, bienvenido sea”.
Federico Soto, de Autos Robados, dice que al día de hoy todavía les sorprende lo que está sucediendo con el grupo. De empezar 2024 cortando 300 tickets por show a atravesar este año con conciertos agotados como en el Teatro de Flores, esos donde tuvieron de invitados tanto a Pity Álvarez como a Facundo Soto, de Guasones, el crecimiento de Autos Robados es exponencial y parece seguir adelante. Y eso no se explica solo por nostalgia. Federico dice, también, que lo que sienten desde arriba del escenario es que la gente estaba necesitando tanto de un grupo así como de lo que se genera en sus recitales. Entonces, el boca a boca contagia de forma sincera y alimenta el cuerpo de una de las bandas más celebradas del último tiempo.
La renovación de la música argentina llega de la mano de sonidos ya conocidos, pero bien actualizados a su propio tiempo, generando un reflejo para la gente y también un espacio de pertenencia. La nueva escena neo-rolinga se aleja de la identidad stone de los años 90, incorpora elementos del punk, pero mantiene en su corazón la característica más importante: la sinceridad y las canciones ante todo. Los embates de una política expulsiva afectan de lleno a las clases populares y estas deciden cantarse a sí mismas. Con diferencias y similitudes, tanto como Autos Robados, Yony Linyero, Los Gladiolos, reybruja o La Grecia, entre tantos otros, forman un circuito en expansión que no necesita de mayores artilugios más que el rocanrol.
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