Michael Dudok de Wit: “Rendirse no es desesperarse, es madurar”

La tortuga roja, dirigida por Michael Dudok de Wit, es una excepción dentro de la animación moderna. Una película sin diálogo, sin villanos y sin tiempo definido. Y además, es la primera (y hasta ahora la única) cinta de Studio Ghibli dirigida por un occidental. Nacido en los Países Bajos, criado artísticamente en Inglaterra y Francia, Dudok de Wit es un poeta visual que hace diez años convirtió una historia de náufragos en una meditación sobre el amor, la muerte y los ciclos de la vida.

En esta entrevista, el director habla sobre su relación con el silencio, el concepto de tiempo y por qué rendirse puede ser el acto más valiente de todos.

La tortuga roja es una película sin diálogo. ¿Cómo afecta eso a tu manera de contar historias?

Curiosamente, no cambió nada. Desde el principio, mis cortometrajes nunca tuvieron diálogo. Me encanta animar personajes que hablan —de hecho, disfruto mucho el lip-sync— pero en mis historias personales, las palabras sobran. Siento que interrumpen más de lo que aportan. Y en el mundo del cortometraje animado, esto es bastante común.

Lo diferente fue aplicarlo a un largometraje. Al principio pensé que, al ser una historia sobre un hombre solo en la naturaleza, sería interesante que no hablara. Hay películas como Cast Away, donde el protagonista sí habla, y funciona. Pero aquí quise explorar lo contrario. Probamos incluir algunas frases breves cuando aparece otro personaje humano, pero no nos convencía del todo.

Finalmente, desde Studio Ghibli me llamaron y dijeron: “Creemos que la película será más poderosa sin diálogo. Se entiende perfectamente”. Y ahí me sentí liberado, porque yo ya lo intuía. Fue una decisión clave. Sin palabras, la historia ganó un tono más mítico, más universal. Quedó fuera del tiempo.

Cortesía de Sony

Esta fue una colaboración entre distintos países. ¿Cómo influyó esa diversidad cultural en tu percepción del tiempo narrativo?

Mucho. Yo nací en los Países Bajos, vivo en Inglaterra, pero gran parte de la película se hizo en Francia, y por supuesto, el vínculo con Japón fue fundamental. Esa mezcla influyó en mi forma de pensar el tiempo en la historia.

Hay tres tipos de tiempo que siempre tengo presentes. Primero, el tiempo lineal: pasado, presente y futuro. Es el que usamos en casi todas las narraciones. Después está el tiempo emocional, que cambia según lo que uno siente. En la animación, jugamos con eso todo el tiempo: aceleramos o ralentizamos escenas para que el espectador sienta más intensamente.

Y finalmente está el tiempo atemporal, que me fascina. Ese en el que el reloj desaparece. La tortuga roja habita ese espacio. No sabemos en qué siglo transcurre ni de qué país viene el protagonista. Y eso fue intencional. La naturaleza ayuda mucho con eso: las aves vuelan igual hoy que hace miles de años. El mar siempre vuelve. Usar esos ciclos naturales fue mi manera de construir una historia sin fecha.

Cortesía de Ghibli

Tus obras siempre exploran temas como la soledad, la trascendencia o la reconciliación con la naturaleza. ¿Qué revela esta película sobre nuestra necesidad de rendirnos ante los ciclos de la vida?

¡Qué pregunta tan hermosa! Me llega profundamente.Yo creo mucho en la rendición, pero no en la rendición desesperada de “ya no me importa nada”. Hablo de una rendición inteligente, consciente. Esa donde uno entiende, desde un lugar muy profundo, que soltar el control no es fallar, sino madurar.

La rendición real te alinea con la vida. Te reconcilia con la naturaleza, con el paso del tiempo, con el otro. Vivimos en una cultura —especialmente en Occidente— que valora mucho el control, el plan, la estrategia. Y hay belleza en eso. Pero cuando todo lo tratamos de dominar, perdemos el equilibrio.

Si logramos combinar ambas cosas —saber cuándo actuar y cuándo soltar— podemos vivir con más sabiduría. Eso intento mostrar en la película: que rendirse también es un acto de amor.

Entonces La tortuga roja es también una historia sobre aceptación.

Exactamente. Sobre aceptar que no estamos por encima de los ciclos, sino dentro de ellos. Que el amor y la muerte, lejos de ser opuestos, son partes de un mismo proceso.

Gracias por una película que dice tanto sin decir nada.

Gracias a ti. Y gracias por ver lo que está debajo de la superficie.

Tráiler:

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