Un festival propio adentro de otro. Eso propuso Massive Attack la noche del domingo, en el marco del Music Wins, en el Mandarin Park, de la Costanera porteña. En cuatro escenarios, con más de veinte artistas, a lo largo de una jornada intensa y ecléctica y estimulante, el festival había tenido de todo, como todo festival, por definición. Pero, si algo de esto se pudiera medir con exactitud, quizás descubriríamos que en solo hora y media de concierto de Massive Attack ocurrieron tantas cosas como en todo el resto del programa, que incluyó desde leyendas indie internacionales como Primal Scream y Yo La Tengo, figuras contemporáneas como The Whitest Boy Alive y Tasha Sultana, y promesas cumplidas del under local como Winona Riders, Camionero y Nina Suárez.
El show de Massive Attack tuvo la contundencia de su nombre (literal) y de su trayectoria. De manera inapelable, con multiplicidad de recursos, registros, conceptos, frecuencias, influencias, citas, géneros, voces, climas y mensajes explícitos y solapados. Mucho más de lo que ofrece un “show” normal. Más parecido a lo que puede ocurrir en un día entero de festival. O en dos.
Primero, unos minutos de reggae en modo sound system para aclimatar el sector principal del Mandarin Park (vaya un reconocimiento para aquellos artistas que eligen celosamente la música que precede sus shows, desde Morrissey hasta Los Fabulosos Cadillacs). Luego, puntuales, a las 22.15, apagado el último acorde de Primal Scream y la despedida de Bobby Gillespie en el sector lindante, las pantallas del escenario Music se activaron, como si de pronto se encendiera un complejo e inquietante sistema, que hasta entonces había aguardado en modo reposo. Y de ahí en más esas pantallas tendrían una presencia tan potente como la de la música de este inclasificable proyecto musical surgido a fines de los 80 en Bristol, Inglaterra.

Más allá del peso de la obra de una de las bandas más influyentes de la “electrónica” británica, Massive Attack nunca descuidó las visuales. Pero en esta gira 2025 parecieran menos interesados en desplegar “hits”, o por lo menos su propia leyenda, que en procesar un nuevo tipo de show, dándole a la imagen cierta prioridad, o como mínimo una relevancia empatada a su música, además de una lógica narrativa propia. Eso marcó la identidad del concierto. Pero, con ese objetivo, las proyecciones estuvieron lejos de cumplir la función meramente complementaria o decorativa, habitual en estas circunstancias: por momentos hasta se invertía el orden de los factores, con pantallas que resignificaban tracks tan familiares como “Inertia Creeps” o “Angel”.
Experimentos con monos, Donald Trump, películas clase b, datos random exhibidos como en la cartelera de vuelos de un aeropuerto en permanente y caótica actualización, una fábrica de bombas en Oklahoma, frases sueltas (“¿Puedo sentir?”, “¿Soy único?”); rostros del público presente, recortados, “sampleados” en vivo. Y una buena cantidad de contenido dirigido a denunciar la ofensiva de Israel liderada por Benjamin Netanyahu en Gaza (incluyendo imágenes de ese territorio devastado y una monumental bandera palestina; M.A. han sido de los músicos más elocuentes en su activismo por esta causa).
El montaje, sin embargo, conseguía ser explícito (de nuevo, sobre todo en lo que se refiere a Gaza) sin resignar ni perder arte, profundidad ni mucho menos esa atmósfera onírica y críptica que le valió a Massive Attack la insuficiente etiqueta de “trip-hop”. Más que a Portishead, por caso, lo que sonaba (y lo que se veía) remitía, en pasajes, a Front 242 y otros militantes de la Euro Body Music y el industrial, tan obsesionados durante los 80 por la era de la información, las comunicaciones, los regímenes totalitarios y las distopías. ¿Chill out? En absoluto. Tensión y oscurantismo, incluso a pesar del sesgo cálidamente soulero de instancias como “Safe From Harm”.

Recortados contra las pantallas, los históricos Robert “3D” Del Naja y Grant “Daddy G” Marshal lideraban una especie de laboratorio sonoro en las sombras, para ejecutar su característico mix de fuentes digitales y orgánicas, sintes y guitarras eléctricas, programaciones y batería, secuencias y bajo en modo dub (entendiendo como pocos el fundamental sentido del bajo jamaiquino), con precisión maquinal y la dosis exacta de tracción a sangre. Territorio ya conocido y reconocido, pero con una claridad poco frecuente. Sobre la precisión del ensamble de seis, iban rotando los vocalistas invitados, que suelen acompañarlos: Elizabeth Fraser (Cocteau Twins), Horace Andy (el venerable “elder” del reggae jamaiquino, de 74 años, que 3D y Daddy G aciertan en reubicar en un contexto diferente) y la soul diva Deborah Miller.

Pero como si todo eso no fuera ya un montón para ordenar en hora y media de concierto, encontraron tiempo para deslizar también algunas versiones desconcertantes: “Song to the Siren”, del trovador norteamericano Tim Buckley (que tomó Liz Fraser) y “ROckWrok”, un viejo single de la vieja banda post-punk Ultravox (que cantó el propio 3D). Dos caricias para los melómanos de paladar negro, radicalmente apartadas del universo sonoro más identificable con Massive Attack (e incluso, se diría, muy apartadas de las expectativas de parte de la audiencia festivalera o nostálgica del trip-hop noventero), gestos bienvenidos, a pesar del costo de dejar fuera clásicos propios como “Karmacoma” y “Protection”.
Pero se entiende: es muy difícil meter un festival completo en menos de dos horas. Aunque seas tan genial y manejes el poder de síntesis tan bien como Massive Attack.
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