El álbum definitivo de The Smiths proclamaba el fin del imperio y exponía en diez capítulos el estado de ánimo de los súbditos desilusionados. Una década antes, Sex Pistols había fastidiado a la corona británica con una revuelta de alfileres y la edición de un single rabioso, “Anarchy In The U.K.”.
En 1986, el deterioro social crecía gracias a las políticas neoliberales de Margaret Thatcher, que sumó una guerra impopular a su terrible mandato de once años. Por esos días, el norte de Inglaterra acusaba el mayor porcentaje de desempleados. Desde Manchester, la insurgencia norteña se revelaba en la prosa de un bocón vestido de calle, Morrissey atacaba al corazón del sistema de vida que gobernaba las islas desde tiempos inmemoriales. El mensaje escondía una potencia inusual para el rock inglés, superaba con poesía y furia verbal los manifiestos del punk original.
Las letras Steven Patrick Morrissey podían traducir las prisiones del alma como los grandes maestros de la literatura inglesa: acidez y sensibilidad extrema para hablar del estado de las cosas. Ni The Kinks con las pinturas rurales de Are The Village Green Preservation Society, ni The Clash con el explosivo London Calling alcanzaron el estado de gracia que el cuarteto de Manchester logró con su tercer álbum de estudio. Social, poético, enérgico y dueño de un romanticismo embriagador, The Queen is Dead es el triunfo del rock de guitarras al frente, la piedra fundacional de lo que hoy conocemos bajo la denominación de rock indie.
A cuarenta años de su lanzamiento, el disco sigue sonando tan fresco y demoledor como en los convulsionados años finales del tacherismo. Milagrosamente, no queda reducido a la esfera de tiempo y lugar, viaja rápido y contagia el síntoma de la arrogancia teñida de sencillez y valor. De Suede a Fun People pasando por casi todo el abanico independiente, el rock guitarrero de las últimas cuatro décadas conoce de memoria las enseñanzas de Morrissey y Johnny Marr. El britpop intentó perfeccionar el estilo, recrear los sentimientos tallados en una decena de canciones inoxidables y todavía sigue esperando un disco que pueda competir con el álbum verde de The Smiths.
Antes de The Queen is Dead, la banda no podía escapar de los límites que separaban la inmediatez arrolladora de sus singles al sabor incompleto de los primeros álbumes. De 1983 a 1985, más de quince canciones en formato reducido parecían el mejor legado de un grupo condenado a su prolífica ansiedad editorial, un poco empujado por el capo de Rough Trade. En menos de dos años y sin ningún peinado o atuendo que delatara pertenencia a cual o tal estilo, The Smiths diseñó un universo repleto de guiños y enigmas diversos: Elvis, Oscar Wilde, New York Dolls, Truman Capote, Nico y James Dean figuraban como modelos trágicos e influyentes. La voz antigua y las letras modernas de Morrissey, los originales recursos y el inigualable corazón melódico de Johnny Marr, sumados a la maestría rítmica de Mick Joyce y Andy Rourke, engendraron un monstruo bellísimo y complejo, pero por sobre todo una banda creíble y conmovedora, un fiel reflejo de las historias que entonaba su atormentado cantante. Como reyes sin corona y a punto de conquistar el mundo, el cuarteto tuvo que atrasar la salida de su tercer disco —terminado en diciembre de 1985— por problemas con su discográfica, la compañía independiente Rough Trade.
En un primer momento, el título elegido era Margaret On The Gillotine, pero la canción homónima nunca logró completarse y, tres años después, fue a parar al debut solista de Morrissey. La decisión fue correcta, porque “The Queen is Dead” es un título más épico y, aunque la referencia es directa, en ese deseo parece sintetizarse buena parte de la historia británica . Finalmente, el disco salió en junio de 1986 mientras la banda vivía en conflicto permanente: guerra de egos entre Moz y Marr, ausencia de manager que solucionara un sinfín de problemas domésticos, y con Rourke literalmente fuera del grupo por consumir más heroína que Williams Burroughs. En las pistas, en cambio, se oye un engranaje afinado en la inspiración y los ideales en común. Lleno de detalles y señas de doble faz, The Queen… es una nave nodriza compuesta por piezas con vida propia.
Desde la tapa y su dominante verde botella, la imagen moribunda de Alain Delon inicia la serie de huellas por el ideario Smith. El fotograma pertenece a L’ Insoumis (La muerte no deserta), un filme olvidado, casi secreto, de 1965 dirigido Alain Cavalier sobre un desertor de la Legión Extranjera envuelto en una trama mortal de la cual no podrá escapar. Morrissey eligió la foto y, junto a Johnny Marr, encararon la producción, convencidos de que nadie más podía llevar adelante el proyecto. Sólo un viejo amigo del grupo, el productor Stephen Street, ayudó en la ingeniería sonora.
El primer ruido que se escucha en el tema que le da título al álbum es un fragmento de “Take Me Back To Dear Old Blighty”, extraído de la película The L-shaped Room (1966), gritos marciales que conducen directamente a un agresivo ambiente de guitarras cargadas de malestar como los embates de Morrissey contra la familia real: “Pero cuando estás demasiado atado a las faldas de tu madre, nadie habla de castración”. El rockabilly “Frankly, Mr Shankly” está dirigido a Geoff Travis, capo de Rouge Trade y a su negativa de dejar al grupo crecer en una compañía más importante (“quiero irme, no me echarás de menos/ quiero pasar a la historia de la música”). Una de las cumbres de álbum es “I Know It’s Over”, con su belleza dramática y el crescendo emocional que Morrissey alcanza en frases como “sé que todo ha terminado y realmente nunca empezó”, o la específica “madre, puedo sentir el suelo sobre mi cabeza”. En “Never Had No One Ever” la soledad se vuelve ahogo (“tuve un sueño realmente malo/ duró 20 años, 7 meses, y 27 días/ nunca jamás tuve otro”) o puede tener la suave melancolía de “Cementery Gates” (“Keats y Yeats están de tu lado, pero vos perdés porque Wilde está del mío”). Hasta aquí el lado más oscuro de un disco construido sobre guitarras orquestales y ritmos punzantes, no hay un solo exceso de virtuosismo, pura épica cotidiana a favor de los iluminados acordes de Johnny Marr.
El lado B de The Queen Is Dead explora alguna vía para borrar por un rato tanta decepción. Las armas son la ironía y el sarcasmo sin olvidar el guante romántico que acaricia a todas las canciones de los Smiths. “Bigmouth Strikes Again” intenta explicar qué significa la fama para Morrissey y cómo se burla de su condición de estrella pop; en los créditos de la canción aparece el nombre de Ann Coates en voces, que no es otro que el propio Moz cantando como ardillita. En “The Boy Whit The Thorn In His Side” aparece todo el amor de Marr por The Byrds y una pieza matriz para grupos como Belle & Sebastián.
Luego, “Vicar In Tutu” es otra escala obligada por la patria rockabilly con una letra cáustica sobre las elecciones sexuales. Y ahora de pie, porque “There Is A Light That Never Goes Out” es la piedra preciosa de una masterpiece sin fecha de vencimiento, la síntesis colorida de un escape a ninguna parte y, al mismo tiempo, contiene la inconciencia que domina a los himnos sin bandera; “y si un autobús de dos pisos se estrella contra nosotros/morir a tu lado sería una celestial forma de morir”, canta Morrissey con la autoridad de un amante suicida. Para el final, “Some Girls Are Bigger Than Others” tiene el peso de una humorada de Moz mientras la guitarra de Johnny dibuja una de las más perfectas melodías smithsonianas.
Cuando The Queen is Dead cumplió diez años, la revista francesa Les Inrockuptibles lanzó The Smiths Is Dead, un álbum que recrea con suerte dispar las diez canciones que forman el álbum original. El Brit-pop le debe casi todo a los Smiths y así lo reflejan The Divine Comedy, Supergrass, Placebo y The Trash Can Sinatras, entre los mejores revisionistas de un estilo que año tras año sigue esperando al nuevo grupo que retome la épica guitarrera y las letras ilustradas.
En 1987, la banda se despidió con honores del mundo real y el mejor premio consuelo todavía permanece en la pluma y la voz de Morrissey solista, a pesar del boicot permanente que ejerce el dueño de las letras. El álbum llegó a las disquerías británicas el 16 de junio de 1986. A los pocos días, la selección inglesa caía en México frente a la selección argentina de fútbol que luego se consagraría campeona del mundo. Dos genialidades de Diego Armando Maradona sacaron del mundial a uno de los mejores equipos de la rosa Tudor . Escuchar The Queen Is Dead, luego de aquella dura eliminación, significó para muchos británicos ampliar el campo de la derrota mientras sonaba uno de los mejores discos de la historia del rock.
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