Pepe Aguilar : “El mariachi nunca acabará”

Hablar del apellido Aguilar es pensar en legado, en historia familiar, pero no de cualquiera, sino la de una dinastia que, a través de su música, ha acompañado a miles de personas en México y el mundo con talento, pasión, tradición y, sobre todo, evolución.

Durante casi cuatro décadas, Pepe Aguilar ha construido una carrera alrededor de una idea que parece sencilla, pero que con el tiempo ha adquirido distintas formas: llevar la música mexicana hacia adelante sin perder de vista sus raíces. Del mariachi y la charrería a los grandes escenarios internacionales, el cantante, compositor y productor ha encontrado en la adaptación una manera de preservar aquello que considera esencial.

Este año, esa búsqueda toma una nueva dimensión con Los Aguilar Symphony, un álbum en vivo que captura la presentación de la familia Aguilar en el Hollywood Bowl y lleva su repertorio a un formato sinfónico. El proyecto llega después de una presentación histórica en RodeoHouston, donde Aguilar se convirtió en el primer artista en llevar el mariachi al escenario principal, y antecede sus próximas presentaciones junto a la Sinfónica de Houston, bajo la dirección de Enrico López-Yáñez.

En conversación con ROLLING STONE en Español, Pepe habla sobre lo que significa escuchar su música desde otra dimensión, la expansión global de la música mexicana, la identidad que se construye lejos de México y la importancia de encontrar un equilibrio entre tradición y cambio.

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Tienes una trayectoria muy larga ha acompañado a muchas personas en distintas etapas de su vida. A lo largo de esta carrera has explorado distintos sonidos y también distintas etapas. Estaba escuchando una entrevista tuya que hubo un momento de rock en tu carrera. Entonces quería saber cómo fue encontrar tu propio mensaje musical y cómo ha cambiado esa búsqueda a lo largo de los años. ¿Cómo se consolida Pepe Aguilar después de tantas experiencias y búsquedas?

Pues mira, si te puedo hablar solamente de mí, no sé de los demás colegas. En mi caso, hacer música nunca ha sido una opción: es algo que tengo en la sangre, en la mente y en el alma. Me gusta mucho y me sigue gustando todavía, a mi edad y a mi edad artística. Después de haber hecho todo lo que he hecho, me sigue llamando. Creo que eso es lo que me ha hecho mantenerme terco y seguir con la misma ilusión.

Ahora han cambiado las cosas varias veces en mi carrera. Ya están chistosas las cosas; no me las tomo en serio, la verdad. Cuando empecé, comencé con acetatos, discos, vinilos y cassettes; después llegaron los CDs y, más adelante, el streaming y las descargas. Y ahora hay otro cambio: los mismos medios de consumo, pero con una manera diferente de consumir música.

Yo trato de adaptarme. Creo en las teorías de Darwin: hay que adaptarse y, mientras no pierdas tu esencia, pues adelante.

He visto y leído entrevistas tuyas y he escuchado que no tienes miedo, por ejemplo, a las nuevas tecnologías y a la inteligencia artificial. Pero, por ejemplo, tus últimos proyectos hablan mucho de la tradición ¿Cómo se trabaja con esta dualidad entre conservar, pero también aceptar los cambios que vienen con la música?

Clavándote en las realidades de cada cosa. La realidad de la tecnología en la que vivimos ahora no mata, ni quita, ni borra la realidad de una tradición musical y de un pueblo. Al contrario, creo que puede llegar a enriquecerla. ¿En qué sentido? Puedes multiplicarla, transmitirla de otras formas y hacerla crecer.

Aunque es un tema muy debatible y sensible en este momento, sobre todo por cómo se va a utilizar el arte y, particularmente, la música con la inteligencia artificial, creo que la evolución en ese sentido es inevitable. El crecimiento y la expansión que está teniendo la tecnología con la inteligencia artificial son innegables. Más que aferrarnos a un pasado que, aunque nos duela, ya se fue, creo que tenemos que aferrarnos a robustecer esa tradición con la tecnología.

¿De qué forma? Haciendo contenidos que nadie se espera y que antes no eran posibles. ¿Te acuerdas de que, de repente, en Jurassic Park, los mosquitos que estaban dentro de la brea tenían la información genética para que volvieran a ser dinosaurios? Pues bueno, ahora, a lo mejor, con esta tecnología va a ser nuestro mosquito para poder revivir a ciertos artistas, siempre que sus familias digan: “No, pues yo quiero que mi artista, que mi familiar, vuelva a cantar”. Entonces podría volver a actuar o hacer cosas que sean posibles con la tecnología.

Porque tampoco es magia y también tiene un tope. Creo que es una excelente herramienta y que, manteniendo el balance, pueden convivir la tecnología y la tradición sin problema.


Hablando de cosas que vienen, estamos a nada de que llegue Los Aguilar Symphony, que captura un momento muy especial de Los Aguilar en el Hollywood Bowl. ¿Qué significa para ti volver a ese escenario después de haber sido el primer artista de regional mexicano en presentarte ahí y ahora hacerlo de esta manera?

Fue muy significativo porque mis hijos ya están grandes, son responsables de sí mismos y ahora son sus propias decisiones las que determinan qué hacen con su vida. Pero que musicalmente decidan hacer algo que tenga que ver con la música mexicana y que, a estas alturas, después de tantos años, pueda seguir presentándome en lugares como ese, ahora con mi familia, es como tener bendiciones por todos lados, la verdad.

Y, como lo digo en este sinfónico, que es el primero que hago y dudo que sea el último: me gustó mucho. ¿Qué representó? Un privilegio. Un gran privilegio poder estar con mis hijos, pero, sobre todo, poder hacerlo a través de la música mexicana fusionada y amalgamada con la música clásica.

De ahí derivó un disco que se llama, muy originalmente —eso te lo digo con sarcasmo—, Los Aguilar Sinfónicos. Creo que representa muy bien el estilo y lo que se quiere dar. La idea era que quedara claro, ¿no? [Risas].

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Más claro no puede estar [risas]…  

Es correcto [risas]. O sea, cumbias no te esperas. Aunque pudiéramos hacer cumbias sinfónicas, déjame decirte. Como lo han hecho otros colegas y suena muy bien. A la orquesta le queda lo que sea.

Llevar el mariachi a un formato sinfónico cambia mucho la dimensión de cómo percibe el artista su música y también cómo la percibe el público. ¿Hay algo que haya cambiado tu perspectiva, que hayas pensado: “Guau, esto suena diferente”?

Es una experiencia diferente a la que normalmente vives. Es como lo mismo, pero magnificado. ¿Por qué? Porque el mariachi es una orquesta pequeña. Tiene una base rítmica que, en este caso, sería el guitarrón, la vihuela y la guitarra. En una orquesta hay timbales y, a veces, una sección rítmica; además, las mismas secciones de vientos, cuerdas y demás van construyendo el ritmo. Entonces, básicamente, puedes hacer una pequeña orquesta con un mariachi.

En este caso, con mis canciones de mariachi, los violines crecieron a lo bestia. En lugar de ser los seis que normalmente van, eran alrededor de 60 o 70 músicos entre violas, chelos y violines, contando también a mi mariachi. Las trompetas igual: había secciones de vientos que crecían en esas partes.

¿Qué se siente? Mucha emoción. De hecho, justo ahora, en un par de semanas, voy a estar en Houston haciendo algo sinfónico de nuevo.

Es una experiencia diferente a tener una banda de rock, con los monitores a todo volumen; a tener un mariachi, una banda sinaloense, un tamborazo zacatecano o una sinfónica. He tenido la fortuna de estar en todos esos formatos, y cada uno tiene algo distinto. La experiencia con una sinfónica es única.


Hablando de Houston, te presentas junto a Enrico López-Yáñez después de haber hecho historia en RodeoHouston, con una gran cantidad de público. ¿Qué representa para ti que la música mexicana esté ocupando cada vez más espacios y de dimensiones cada vez más grandes?

Es increíble. Hace 20 o 30 años, cuando empecé mi carrera, jamás pensé que la música mexicana —o la música hecha por mexicanos y, en general, la música latina— llegaría a tener esta popularidad a nivel global.

Y eso abre mil oportunidades para todos los géneros latinos. Se rompió una barrera de prejuicios y, sobre todo, de costumbre. Por ejemplo, en Estados Unidos era más común consumir música en inglés; en Europa ocurría algo similar. Si en esos territorios iban a consumir algo de fuera, eran mucho más selectivos.

Ahora es loquísimo ver cómo los corridos tumbados y la música urbana en español han derribado esas barreras y, de nuevo, abierto oportunidades. Ahí están Carin León, Fuerza Regida y muchos otros artistas que hacen música regional y empiezan a globalizarse.

Eso también abre puertas, como en su momento mi padre las abrió para quienes llegaron después y pudieron trabajar en lugares donde antes no trabajaban mexicanos: el Madison Square Garden, el Sports Arena de Los Ángeles y otras grandes arenas deportivas que estaban dedicadas, casi exclusivamente, a actos anglos.

Mi padre empezó a llevar ahí la mexicanidad y, a partir de eso, se abrió el camino para todo tipo de expresiones latinas. Orgullosamente, creo que más que mi padre, fue la música mexicana la que abrió esas puertas entonces. Y ahora vuelve a hacerlo en otro formato, de otra manera, con otro sonido, pero sigue siendo música de México.


Después de tantos años llevando la música mexicana al extranjero, ¿cómo has visto cambiar la relación del público con ella? Especialmente para quienes viven fuera de México, ¿qué lugar ocupa hoy la música como una forma de mantener viva la identidad?


Yo creo que ya trascendió a ese nicho, definitivamente. Una persona que está en Estados Unidos y no puede regresar por cuestiones migratorias va a escuchar música de su país con más nostalgia que alguien que vive en México. Pero, de todas maneras, el mensaje trasciende esas situaciones.

Creo que ahora, en Estados Unidos o en cualquier otro país, a alguien que no ha vivido una separación, que tiene sus papeles en regla, pero por cuya sangre corren esas tradiciones, esa música y esa educación, también le llega. Y no tiene que ver con que haya nacido en el rancho, crecido sembrando o vivido en una ciudad mexicana. De todas maneras, se siente tan mexicano como el que más y está muy orgulloso de sus raíces.

Entonces, creo que ahora, como repito, la línea se ha borrado un poco entre decir: “Ah, la música mexicana en un país que no sea México es nostalgia”, o pensar en la música ranchera, el mariachi, etcétera. No, para nada. Es un género que compite con cualquier otro y que, en muchas ocasiones, gana.

Ahorita es el número uno, pero no el que yo canto; lo que yo canto está ahí abajito. La banda, el norteño y el mariachi están pasando por una transición. Quién sabe cómo se vaya a ver más adelante, pero los que nos vestíamos de charro, pues ya yo creo que eso se está acabando, con dos o tres que todavía quedamos.

El mariachi nunca acabará.

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Mi Suerte Es Ser Mexicano, es decir este soy yo. ¿Qué significa para ti hoy esa frase y cómo ha cambiado tu manera de entenderla?

Yo creo que, de la mayoría de los títulos de mis discos —de los 30 y tantos que llevo—, este es uno de los que más me gusta porque se me ocurrió así, supernatural: “¿Cómo le pongo a este disco? Ah… Mi Suerte Es Ser Mexicano”.

Porque sí creo que sea una suerte. Uno no decide nada: no decides dónde vas a nacer, quiénes van a ser tus papás, quiénes van a ser tus hijos; realmente, ni siquiera decides tu nombre.

Yo quiero mucho las tradiciones de México: la charrería, la gastronomía, su música, su folclore, sus diferencias étnicas; todo lo que representa México, su belleza y su riqueza natural. Entonces, yo no decidí que mi cultura fuera a ser mexicana y eso es una suerte.

Aparte, soy charro. Entonces, charro antes que cantante, fíjate. Yo fundé mi asociación de charros, que ahora somos campeones nacionales. Se llama El Soyate, la fundé en 1985 y mi primer disco salió en 1989. O sea, yo me vestía de charro para competir a nivel nacional antes que para cantar.

Dentro de la charrería, las actividades que se hacen se llaman suertes. Cuando vas a competir te preguntan: “¿En qué suerte vas?”. “Ah, pues voy en cala de caballo y jineteo de toro”. O: “No, pues yo voy en manganas y tal cosa”.

Entonces, aquí usé un juego de palabras para decir: “¿Cuál es mi suerte? Ser mexicano”, ligando la charrería y el deporte nacional, que es mi pasión, con también la suerte cósmica de que me haya tocado nacer aquí, en un país con tanta riqueza.

Por otro lado, ¡Que Viva Antonio Aguilar!. La introducción que se hace en cada canción me parece un gran detalle. Se siente como un abuelo que les dice a sus nietos: “Aprendan estas cosas”. Son como enseñanzas. ¿Cómo nació esta idea de poner estas pequeñas partes de Don Antonio Aguilar al principio de cada canción?

Pues mira, me gustaría decirte que fue mi idea, pero no, no fue mi idea [risas]. Fue idea de mi esposa, que es mi socia, además de en la vida, pues también en esta carrera y en lo que hacemos en entretenimiento. Y tiene, a veces —muy a veces—, ideas geniales [risas].

No, no es cierto. Tiene muchas, la verdad. Es muy creativa. Entonces, lo digo con mucho orgullo: eso fue una idea de ella y sí, también me parece genial.

Regresando a Los Aguilar Symphony, también documenta algo que se ha vuelto parte importante de tu carrera, que es compartir el escenario con distintas generaciones. ¿Qué aporta esa dinámica a la música y al espectáculo que sería imposible conseguir de otra manera?
Bueno, yo creo que es imposible conseguirlo de otra manera porque ya está implícito: ahí, en tener a una persona de una generación y a otra de otra en un mismo escenario, tienes que acostumbrarte a respetar, a dejar ser y a tomar tu lugar.

Yo creo que lo que importa cuando estás en un escenario es que estés presente, que estés dando todo lo que puedes dar tú personalmente, haya estado tu hijo o los Rolling Stones antes que tú.

Entonces, me acuerdo de un dicho que escuché de Juan Gabriel, que te voy a compartir. Un día se presentaban mi padre y Alberto, o sea, Juan Gabriel, en una gira con nosotros, la familia Aguilar. El empresario llegó y estaban mi papá y Alberto, y les dijo: “Señores, ¿qué hacemos? ¿Quién abre y quién cierra?”.

Que ese es un rollo; hay gente a la que le importa mucho. A mí no.

Y te voy a decir: desde ese momento, desde ese momento, no me importa, porque Juan Gabriel tomó la palabra y dijo: “Ay, Henry…” —no me acuerdo quién era—. Y dice: “A mí ponme donde el señor Aguilar quiera. De todas maneras tengo que cantar”. Así es que es un tema como de estar por encima de ese tipo de rollos, porque sabes que lo importante es que vas a cantar y que ahí es donde tienes que echarle todo. Así es como yo entendí ese momento con Juan Gabriel y así es como vivo mi vida artística. No importa que sea con mis hijos o con quien sea.

Claro que con mis hijos se siente padre irlos viendo crecer. Ahorita ya crecieron de más, pero está padre. Estuvo padre la experiencia.

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Finalmente, para los siguientes eventos. ¿Cómo le podrías describir a una persona que va a ir sin conocer nada de lo que va a haber? ¿Cómo se lo contarías?

Mira, te agradezco mucho que hayas hecho esa pregunta porque es precisamente lo que quiero transmitir ahora con este espectáculo.

Más que decir: “Ah, es Pepe Aguilar con orquesta”, o “Pepe Aguilar acá o allá”, o “de esta manera o de esta otra”, tú inmediatamente te pones a pensar: “Ay, pues tengo que conocer a Pepe Aguilar y está padre”.

Qué bueno que vayan fans, pero también me gustaría que fueran no fans. Este espectáculo lo puedo describir como una experiencia para quien no sea mi fan, para que se pase un buen rato escuchando música de México de una forma diferente.

Porque yo le pregunto a todos tus lectores: ¿cuándo en sus vidas han estado en un concierto en vivo de una sinfónica con un mariachi? ¿Cuándo? Si su respuesta es “nunca”, pues esta es su oportunidad.

Porque, aparte, va un compa que tiene nueve Grammys y 34 discos, cantando con la orquesta y con el mariachi. Entonces, va a ser una buena experiencia, seas mi fan o no.

Y ojalá que salgas de ahí siendo mi fan, pero si no, de todas maneras no te vas a aburrir.

¿Cómo lo describo? Como una experiencia nueva, como un sabor diferente, hecho por gente a la que le gusta mucho este rollo y que, por lo tanto, sabe cómo hacerte divertir.

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