NIKKÖ, la cantante que toca en cementerios y convocó a Mariana Enriquez para su nuevo tema

La primera vez que NIKKÖ tocó en un cementerio entendió que algo en su música había encontrado un lugar definitivo. Por eso, cuando empezó a trabajar en “FRIKIDADIDOU”, una canción atravesada por la imagen de un velorio familiar y los traumas que sobreviven incluso entre los vivos, pensó inmediatamente en una persona: Mariana Enriquez.

La conexión con la escritora se dio a partir de la oscuridad, elemento clave en la cosmovisión de ambas. Todo comenzó en 2024, cuando NIKKÖ –el nombre artístico de Nicole Mugneco– organizó un recital en el Cementerio Británico de Buenos Aires, una experiencia que recuerda como el show más importante y cinematográfico de su carrera hasta ahora. Antes de esa fecha, alguien de su equipo le recomendó leer Alguien camina sobre tu tumba, el libro de crónicas en cementerios de la autora argentina.

“Ya la seguía por entrevistas y sentía mucha conexión con las cosas que decía. Pensaba: ‘Yo quiero ser esa señora en unos años’”, cuenta Nikkö entre risas en diálogo con Rolling Stone. Y dice que intentó invitarla al recital, pero Enriquez no estaba en el país. Quien sí asistió fue la periodista Lala Toutonian, colaboradora y amiga de la escritora, que quedó fascinada con la propuesta. A partir de ahí empezó a construirse un vínculo que terminaría desembocando en “FRIKIDADIDOU”.

“El tema habla de familiares reunidos en un velorio, de gente que no se ve nunca, de la careteada y de los traumas que tiene uno. Entonces pensé: ‘Che, esta canción necesita que Mariana diga algo acá’. Sentía que el tema necesitaba su voz. Que había algo ahí que ella podía narrar mejor que nadie”, dice. Y cuenta que la grabación terminó siendo mucho más relajada de lo que esperaba. NIKKÖ pasó a buscar a Enriquez por su casa y juntas fueron a un estudio en Benavídez. “Lo que menos tiempo llevó fue grabar. Después nos quedamos todo el día hablando de música, tenis, Taylor Swift, canguros…”.

El momento más intimidante llegó cuando tuvo que mostrarle el texto que había escrito especialmente para ella. “Le dije: ‘Capaz esto te parece una mierda y tengo que encerrarme en el baño a escribirlo de nuevo’. Pero le encantó. Lo único que me cambió fue un verbo”, cuenta Nikkö, que de chica soñaba con ser escritora.

“Hay cosas que no se pueden cantar lindo. Tienen que doler”, dice NIKKÖ. (Foto: Laurita Church)

“Yo me encerraba en mi cuarto y escribía novelas interminables sin rumbo”, recuerda. “Me ponía música y lo que esa música me hacía sentir era hacia donde llevaba la historia”. A los 12 años descubrió accidentalmente que también podía usar su voz. Estaba sola en su casa, en el descanso de una escalera con eco, cuando hizo un sonido y pensó: “Che, creo que puedo cantar”. Las novelas empezaron a transformarse en poemas y después en canciones. Poco tiempo más tarde convenció a sus padres para empezar clases de canto, algo que desconcertó bastante a su familia porque siempre había repetido que quería ser escritora.

La primera vez que cantó en vivo fue en un bar de San Isidro, durante una muestra de su profesora. Eligió “I Love Rock ’n’ Roll”, el clásico popularizado por Joan Jett. “Después, cuando conocí más su historia, me sentí completamente identificada con ella. Cuando cuenta que iba a los sellos discográficos y le decían que no podía cantar, que su música no servía, yo me veo reflejada. Siempre me sentí del lado de los rechazados. En el colegio era la loser, la perdedora. Y arriba del escenario es cuando me siento ganadora. Tocar en vivo es una venganza contra mis pensamientos intrusivos y contra mi yo del pasado, que muchas veces dudaba de sí mismo”.

La primera etapa de su carrera estuvo marcada por Finnegans, la banda que formó después de terminar el colegio y con la que pasó once años grabando discos y girando de forma independiente. Ahí aprendió a tocar, producir, organizar shows. Pero el proyecto cumplió su ciclo. “La banda se terminó convirtiendo en una pyme”, resume. “Tenía una velocidad de ideas muy constante y una banda implica combinar horarios, economías, opiniones. Entendí que Finnegans había cumplido su ciclo. Y supe que no iba a volver a tener otra banda porque mi banda fue esa”.

Aunque el proyecto terminó, muchas de las bases de su sonido siguen ahí. “Salíamos a tocar con camisas largas hasta el piso, todo negro. El último disco, Frank, fue el más pop: nos fuimos a Mendoza, a una finca, tomamos ácido, compramos un sintetizador y empezamos a sonar diferente. Pero cuando armé mi identidad solista me di cuenta de que los momentos que más disfruto en vivo son cuando todo se pone más rockero y violento”, sostiene. En Finnegans ya había guitarras que, por momentos, buscaban ir por el camino de Jack White o The Dead Weather… y “FRIKIDADIDOU” suena a The Kills.

“Cuando la música se pone violenta siento que mi cuerpo la necesita”, asegura Nikkö. “Después de tocar, me tiemblan mucho las manos. Termino con la presión baja, como si hubiese ido a una batalla”. Y aclara: “Amo el pop. Me encanta Prince, me encanta Michael Jackson, me encanta toda la estética de los ochenta. Pero mi alma necesita la catarsis del rock”.

Tras el final de Finnegans, Nikkö inició oficialmente su camino solista justo antes de la pandemia, en 2020, con el EP El nuevo planeta, un primer manifiesto donde probó correrse del rock más rígido para explorar climas oscuros con sensibilidad pop. Más tarde llegó Maniki, su primer álbum, un trabajo introspectivo que llama a hacer catarsis. Los primeros adelantos de su próximo disco muestran su costado más crudo y guitarrero, influenciado por el rock alternativo de los noventa.

Mariana Enriquez con NIKKÖ. (Foto: Laurita Church)

Además del riff podrido de la guitarra y el galope ajustado de la batería, la letra del estribillo de “FRIKIDADIDOU” sintetiza con precisión la mirada actual de Nikkö: “De chica no me gustaba la gente/ ahora veo muertos que están en mi mente”, canta con un grito casi gutural. “Hay cosas que no se pueden cantar lindo”, explica la artista.

“La voz que quedó grabada fue prácticamente la de la maqueta porque ahí me grité todo. No puede ser melódico. Tiene que doler. Eso tiene que salir crudo. Hay momentos que necesitan ser gritados”.
El videoclip de la canción muestra esta pesadilla urbana que narra Nikkö en la letra, que dialoga muy bien con el imaginario literario de Mariana Enriquez. La participación de la autora en el clip no está planteada como un cameo clásico, sino como una presencia narrativa. Una voz espectral que lo invade todo.

Un espíritu similar se evoca en el cover que hizo Nikkö de “La casa del sol naciente” –cantada alguna vez en estas pampas por Palito Ortega–, otro de los momentos clave a la hora de entender su nueva etapa. La idea de la versión surgió después de escuchar la interpretación a capela de Sinéad O’Connor. “Esa canción tiene una soledad muy infantil que me destruye”, dice. “Tenía que convertirse en algo desgarrador”.

La colaboración con Enriquez formará parte del próximo disco de Nikkö, Aquel lugar donde perdí la inocencia, que promete ser “muy crudo, con mucha guitarra, nada de pistas, nada de sintetizadores”. Lo resume así: “Volví a mis influencias más noventosas”. Y adelanta: “Hay un tema que habla de alguien que se suicidó y se arrepintió. Va muy al hueso”. El álbum será presentado en noviembre. Y sí, será otra vez en un cementerio. Mientras tanto, Nikkö observa con entusiasmo el estado actual del rock argentino. Nombra bandas como Dum Chica, Buenos Vampiros y Mujer Cebra como parte de una nueva ola que apareció después de la pandemia. “Cuando estuvimos encerrados tanto tiempo, mucha gente necesitó volver a sentir la distorsión en el pecho”, reflexiona. “A veces no querés que te canten suavecito al oído. A veces necesitás que te griten”.

Su más reciente aparición se dio en la Feria del Libro de Buenos Aires, primero en un recorrido por los largos pasillos del predio, megáfono en mano. Y luego en forma de show. O deberíamos decir, de performance. Porque lo que ocurre cuando Nikkö sale a escena no se parece a un clásico show acústico en una feria en La Rural. El maquillaje, el vestuario, la interpretación y la música, por supuesto, se ponen al servicio del mundo de fantasía dark que construyó Nikkö en su cabeza. Y que cobra vida en sus obras, ya sea entre libros, en el sótano de un bar o rodeada de lápidas.

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