El tipo nos advirtió hace tiempo ya que no tenía para darnos más que un par de promesas, algunos tics de la revolución, un implacable rocanrol y un par de sienes ardientes que son todo un tesoro. Pero lo cierto es que con él aprendimos que la independencia era mucho más que una bandera y que la libertad era cosa sagrada. Que la bohemia y la psicodelia eran conceptos tan peligrosos como sensatos. A través de sus canciones nos habló de héroes y de tumberos, de mamones zoquetes y fiolos pifiolos, de botijas rapados y de vencedores vencidos. Fue el protector de nuestro ánimo y nos regaló el pogo más grande del mundo. Con él aprendimos que todo preso es político, que los 60 fueron tres putos años nomás y que vivir, al fin de cuentas, solo cuesta vida.
Carlos Alberto Solari, Carlitos, el Indio, decía que lo que quería era que la muerte lo encontrase vivo. Y el 5 de junio de 2026 lo encontró más vivo que nunca. En una mañana fría y gris, el Indio Solari se hizo omnipresente. Su voz, sus canciones, sus frases, los recuerdos, las anécdotas, su discurso y su rostro filoso. Argentinos de varias generaciones no dudaron un segundo en ofrendarle la posesión más preciada que tienen los pueblos: su cariño. “¿Por qué?”, se preguntaban desde las pantallas mediáticas, buscando una respuesta cerebral para un sentimiento solo explicable desde el corazón. ¿Qué habrá hecho este buen hombre de 77 años para recibir el tratamiento de un Dios (¿el cortejo de un Rey?) con los pies bien puestos sobre esta tierra?
La respuesta a esa pregunta no es una sola y ninguna de ellas es simple ni concreta. Cada uno tiene la suya, personal e intransferible. Porque el Indio Solari ha sido, desde siempre, un personaje inasible, escurridizo por donde se lo analice o piense y, al mismo tiempo, un artista al alcance de todos. “Creo mucho en la transformación metafísica del que hace cosas. Me parece que el tipo que pinta un cuadro está transformándose a sí mismo. No tanto la obra, la obra son huellas que quedan. La obra más grande es la modificación que está pasando en él”, decía y en esa mutación permanente el Indio abrazó la aventura de contradecirse, una y otra vez, un poco por convicción, y otro por el gusto de despistar.
Hay un Indio psiconauta y uno bohemio. Un Indio nihilista, existencialista y uno peronista. Hay un Indio cínico y otro juguetón, de gran sentido del humor. Fue estrella de rock y padre amoroso, letrista críptico y poeta luminoso. Domador de fieras y ángel de la guarda. Siempre con elegancia, un conversador extraordinario, fuera de lo común, con una verba fluida, culta y a la vez orillera y lunfarda. “Me considero un ingenioso antes que un artista”, decía. “Lo cual tiene su mérito, ojo: los ingeniosos podemos hacer cosas que otros no… Yo creo que el arte me inventó. No puedo ver hacia atrás sin reconocerlo aquí y allá, prácticamente en todas partes: ha sido el interés más grande que tuve durante toda mi vida”.
Carlos Alberto Solari fue un niño travieso suelto en las diagonales de La Plata, “dañino, como todos en el barrio”, reconocería en sus memorias. Criado en una familia de clase media, Carlitos rápidamente descartó la instrucción religiosa (“Fui a catequesis, sí, porque pasaban películas y series de la época, tenían metegoles y mesas de ping-pong. De lo que trataban de meterme en la cabeza no me quedó nada, salvo –quizás– esa parte de los Evangelios donde Jesús dice: ‘No vengo a traer la paz, sino la espada’”) y ya en su juventud abrazó la psicodelia como madre formadora. Fue en ese lapso donde tuvo su despertar artístico y a partir de allí fue Indio para siempre.
“Los Redondos nacimos para hinchar las pelotas”, decía y ahí están los Redondos, en sus revoltosos inicios a fines de los 70, escapando de aquí para allá, armando happenings con tinte de cabaret político, en años de dictadura y contracultura. Teatro, monólogos y redonditos de ricota para una pequeña elite ilustrada e intelectual. Un circo antisistema que pregonaba la libertad en pequeños ámbitos del under.
Y ahí están también los Redondos, a mediados de los 80, ya en formato banda tradicional, retratando la rabia y el descontento tras la desilusión del sueño democrático. Porque ese perro seguía allí y que podría ser peor, sí, pero eso no los arreglaba. Desde las letras de sus canciones, sin proponérselo, el Indio le dio voz a una generación que se había ilusionado con tiempos mejores y que terminaría marginada de la fiesta menemista de la década del 90.
“El Indio es el Dios de los rotos”, dijo una chica en medio de esa despedida infinita en Villa Domínico el 7 de junio pasado y sintetizó buena parte del sentimiento ricotero que desde aquellos años de fin de siglo convirtió a la banda Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en el fenómeno social conocido como los Redondos.
En 1987, un Solari de 38 años cantaba eso de que “todo preso es político” y dos años más tarde sostenía con vehemencia que “violencia es mentir”. Versos, frases que se hicieron carne en un público que encontró en su lírica una guía para seguir adelante y comprender, tristemente, que nuestro amo juega al esclavo.
“No lo soñeeeeeeeé-ñeeeeeeé…”. La voz del Indio irrumpió en la escena como un alarido incómodo, original y lleno de personalidad. Pero él mismo siempre se ocupó de bajarle el precio. “El único rol que tengo que aceptar y a mí no me gusta es el de cantar. Disfruto cantando en el escenario porque estoy perdido en una circunstancia musical, pero no le adjudico a mi voz ningún carácter atractivo, no tengo armónicos ricos, el bel canto no va conmigo. Pero yo digo en chiste: si cantó Bob Dylan, uno puede cantar. Lo que tiene la música popular es eso, te autoriza a un tipo que compone alguna cosa a decirlo él y a hacerse cargo de eso de mejor manera que alguien que utilice el bel canto para cantar”.
Para cuando los Redondos comenzaron a peregrinar por el país y la leyenda se agigantaba a cada paso, Solari devino en mito viviente, el hombre detrás de los anteojos negros que vivía encerrado en su casona del oeste bonaerense y apenas salía para cantar o para prender el loro ante un puñado de periodistas y ofrecer su visión del mundo: de la psicodelia (de la que el Indio tenía un doctorado) a la cultura rock, del valor de la independencia a la literatura y el cine, de los marginados y los pitucos al sentido de la creación y el objetivo del arte. Del universo al bife.
“Cada cual tiene derecho a vehiculizar su obra como quiere y favoreciendo lo que quiera, pero yo no creo en el artista militante. Creo que el artista tiene que ser como un francotirador, cruzar las fronteras del sentido común de la sociedad para traer nuevas miradas para la vida. Es más, creo que el artista debería hablar menos. Yo soy medio chúcaro porque cuando uno habla sobre la obra o sobre su trabajo, libera tensiones que son necesarias para la creatividad. Todas las tensiones que se diluyen en una conversación política van quitándole misterio, uno se va desligando de tensiones que tiene que aplicar en lo que uno hace. Uno hace canciones y el otro pinta y el otro hace películas y ese es el discurso básico que refleja lo que uno quiere hacer. Yo hago canciones y creo que están buenas, en cuanto a su resonancia, ahora ya empezar a dar conferencias por el hecho de que tengo popularidad y que un montón de gente va a curiosear, me parece que libera un montón de tensiones que yo necesito tener. Es una mirada…”, decía en esas reuniones trasnochadas en la casa del barrio de Palermo de la “Negra” Poli y Skay, devenidas en entrevistas de más de cuatro horas. Ponencias de un hombre lúcido siempre intentando cuestionar, con gracia y valentía, todo lo que sucedía a su alrededor.
Entre sus influencias solía nombrar a los Beatles, a Billie Holiday, a Leonard Cohen y a David Bowie; el cine italiano de Mastroianni, Giancarlo Giannini y Fellini, directores como Kurosawa, Godard o Werner Herzog; y siempre se mostró como un ávido lector y amante del cómic, con Oesterheld a la cabeza.
Acérrimo defensor de la cultura rock en la que se formó, Solari renegaba del preconcepto de que su generación había finalmente perdido la batalla. “Me tocó vivir unos años muy buenos, previos al verano del amor, el hippismo, años históricamente muy jugosos. Se pensó la vida de muchas maneras, se aborreció del mundo hipócrita del cual se vivía y creo que infectó un poco el superorganismo con esas ideas, creyendo que hemos sido derrotados, pero en realidad se cambiaron muchas cosas, hábitos sexuales, la preocupación por el clima… fueron años jugosos”.
Y un día, a fines de 2001, el sueño terminó. Patricio Rey se evaporó en el aire. Que un año sabático, que distintas inquietudes artísticas, que la situación social del país. El Indio y Skay bifurcaron sus caminos sin aclarar demasiado la intimidad de la ruptura (al menos hasta pasados unos años). Solari formó Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado (“sin aire acondicionado la vida no vale la pena”, bromeó entonces. “Es un chiste, como cuando le puse los Redonditos de Ricota. Nombres que después se cargan de importancia no por sí mismos sino por lo que pase o no con el proyecto”) con un seleccionado de músicos jóvenes y talentosos, pero lejos de despegarse de la estampita, como él llamaba a su figura pública, el mito siguió creciendo.

“Uno tiene derecho a dudar hasta de uno mismo, pero no recuerdo sinceramente un grado de conciencia de querer agigantar el mito. Sobre todo porque siempre me ha sorprendido que los chicos tiemblen cuando se acercan a sacarse una foto. No recuerdo haber alimentado esa imagen. No tiene la vocación de generar algo que, por otro lado, como dije, resulta fastidioso. Como no tengo vocación de mártir, trato de no obrar en mi contra. Si yo pudiera evitar todo eso, sería mejor. Pero no way. No hay una vocación de acrecentar el enigma y todo eso. Creo sinceramente que la personalidad de uno desmerece un poco y desprotege la obra. El carácter enigmático, misterioso y detonante de la obra, está mejor protegido si uno no compite con la obra”.
Pero no hubo caso. Las misas ricoteras de fin de siglo se convirtieron en procesiones fundamentalistas a partir de 2005. Sesenta mil almas, ciento cincuenta mil, doscientas mil, trescientas mil. Más banderas y más tatuajes. “Hay ceremonias en la tormenta”. “Pensando en vos siempre”. “Nos merecemos bellos milagros y ocurrirán”. “Nadie es capaz de matarte en mi alma”.
“Me llevo mal con la masividad y la popularidad”, decía el Indio, haciendo alarde de su fobia, en sus primeras entrevistas como solista. “Siempre intenté reflexionar al respecto [de la masividad], pero creo que al estar metido dentro es muy difícil, no sé si hay alguna objetividad. Tiene una peculiaridad que ni siquiera es comparable con otras cosas. Un grupo de amigos que arrancan sin ningún tipo de protección ni compañía atrás que te hypee, que empieza siendo una banda de culto para minorías pseudointelectuales o bohemias, que en unos años se transforma en una masividad, la más importante que hubo en el país, y no solo de la música rock, de toda la música, que termina siendo una banda de culto y masiva. No hay otra medida para pensar. Me sigue sorprendiendo el cariño de la gente. Porque este proyecto lo pusheó el afuera, yo no tenía mucho interés en volver a estar expuesto y la gente hablando de uno, y los que estaban resentidos en algún lado. Quería tranquilidad, pero cuando empezás a trabajar, e intervienen otros, empieza a salir la noticia para afuera, y lo que me da una dimensión de lo que pasó con los Redondos es esa presión que empezó a derrumbar los filtros que yo tengo con el afuera”.
Al mando ahora sí del proyecto completo, otro Solari comienza a aparecer, más allá de que insistía en que su trabajo seguía siendo el mismo que en días Redondos. “Al fin de cuentas, uno escribe siempre sobre lo mismo”, me dijo una vez, sentados solos en su estudio Luzbola de Parque Leloir. “El amor, la muerte, el deseo, la traición”. En su etapa solista (“quería que los discos llevasen el nombre de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, porque a mí me gusta formar una banda, pero me di cuenta de que no era verdad, porque yo tomo las decisiones, compongo, hago la lírica, todo… por eso no puedo hablar de una banda”), Solari abrió su corazón y escribió una de sus páginas más inspiradas, sin rastros de cursilería, dedicada al amor de su vida, Virginia, Viru, su pareja y compañera desde los primeros días de la década del 80, con quien se casó en 1988 y con quien tuvo su único hijo, Bruno.
“En general, mis letras no son muy felices, pero bueno, contra lo que aparenta la materia que hay en el álbum (Porco Rex), todo pivota alrededor de una canción de amor, que es genuina y que se la dediqué a mi compañera: ‘Y mientras tanto el sol se muere’. Sinceramente tengo la suerte de disfrutar del amor y lo que veo hoy en día es que el amor está siendo desacreditado, ridiculizado permanentemente, como si fuera algo malo o una tontera inexistente, qué sé yo… Entonces, creo que no está de más que alguien que no lo ve de esa manera agregue a toda la información que hay, un álbum que gira en torno a una canción de amor. Algunas yo digo medio en joda que son canciones de amor para dealers, ¿no? Pero esta canción en particular habla de alguien que marca la intención de encontrarse con otra persona aún después de la muerte, alguien que no tiene una religión efectiva que lo ampare, pero aun así dice ‘te voy a buscar y te voy a encontrar, en la inmensidad, en la oscuridad’. Uno no vuelve virgen del amor, creo que debe haber una sola oportunidad de enamorarse en la vida, hablando de algo que va más allá del enamoramiento circunstancial, cuando uno encuentra la necesidad de compartir la intimidad más profunda con una persona sin la cual la vida no tiene mucho signficado”.
“Todavía no usé mi milagro de hoy. Qué corta es la vida, mi amor. No voy a buscar más consuelos tontos, no. Si pasa algo malo, esta vez, te voy a buscar. En la eternidad”, canta el Indio enamorado.

El amor y la muerte. Como todo superhéroe el Indio tuvo su villano, que él mismo bautizó Mr.Parkinson, el malo de esta película que logró lo que nadie había podido: bajarlo de los escenarios. Pero su enfermedad no le impidió seguir componiendo hasta el último de sus días. “Empiezo por el final, terminaré en el principio… Solo me falta saber la fecha y el lugar, y allí iré cantando”, prometió en “Encuentro con un ángel amateur”, esa suerte de despedida en vida hecha canción.
“A medida que uno se pone grande, aparece la cosa de sumergirse en la nada. Es lo que incentiva las religiones: el miedo a la muerte, a la disolución completa. La gente prefiere tener un Dios toda la vida y resignar su libertad en nombre de un Cielo futuro. Y a mí me gusta que la vida me sorprenda. La vanidad dice que me gustaría ser recordado, pero hay una parte mía que cree que hay mucha más dignidad en el olvido”, dice casi al final de Recuerdos que mienten un poco (2019), coescrito junto al escritor y periodista Marcelo Figueras. “A la hora de irme, me gustaría hacerlo a la manera de Leonard Cohen: levantándome en mitad de una partida de póquer sin llamar la atención, dejando las cartas sobre la mesa, sin interrumpir el juego y con la confianza de que mis compañeros no darán vuelta los naipes para adivinar qué me traía entre manos. Me gusta por lo austera, esa idea: irse callado, sabiendo que llegó tu momento de perder y sin distraer al resto de los jugadores, que merecen seguir adelante. ¡Con lo que cuesta armar un full…! Hoy más que nunca suscribo eso que decía hace más de treinta años, en uno de los recortes de prensa que encontramos en las cajas: sólo aspiro a que la muerte me encuentre vivo”.
Así fue, y eso no es sopa, querido Indio. A tu salud.
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