Goles, poder y silencio: el fútbol nunca ha sido ni será ajeno a la política

El silencio ante la injusticia, como advertía el arzobispo Desmond Tutu, nunca ha sido una postura neutral, sino un posicionamiento del lado del opresor. En ese sentido, podría decirse que la FIFA, el ente más poderoso del fútbol mundial y administrador del deporte más lucrativo del planeta, nunca ha sido verdaderamente neutral ni mucho menos “apolítica”, como insiste en presentarse en los últimos años.

Aunque para muchos esa falsa neutralidad se volvió más evidente con el Mundial de Rusia, una dictadura con todas las letras, o con el de Catar, un país donde las mujeres y las personas homosexuales cuentan con derechos severamente restringidos y donde miles de trabajadores ilegales murieron durante la construcción de los estadios, el patrón no es nuevo. Lejos de mantenerse al margen, la FIFA ha estado históricamente inmersa en la política, ya sea por acción directa o por un silencio funcional que termina favoreciendo siempre a los mismos.

Desde el año 2019 y hasta su versión más reciente, en 2022, los Estatutos de la FIFA declaran al organismo “neutral en materia de política y religión”, y aunque se establecen excepciones de acuerdo a los “objetivos” del ente, como ya revisaremos más adelante,  esa neutralidad ha funcionado más como una herramienta flexible para administrar silencios, habilitar alianzas y proteger intereses económicos que como un principio ético. Esa lógica se vuelve especialmente visible en el camino hacia la Copa del Mundo de 2026. 

El presidente Donald Trump ha estado en el ojo del huracán, especialmente en los últimos meses, debido a una serie de acontecimientos cuanto menos controversiales que la FIFA parece avalar. Esa cercanía se hace evidente con la entrega de un premio de la paz creado exclusivamente para él durante el sorteo de la fase de grupos del Mundial, el 5 de diciembre de 2025.

Es verdad que los los hechos más polémicos de su segundo mandato —como la invasión militar a Venezuela, que dejó al menos 80 muertos; la intensificación de las redadas y persecuciones contra la comunidad migrante; o la publicación de millones de archivos del caso Epstein en los que el nombre de Trump aparece reiteradamente— ocurrieron después de la entrega del galardón. Aun así, y ante la presión de la opinión pública, no motivaron ningún pronunciamiento público por parte de la organización.

Ese silencio no es casual, sino una cuestión de intereses. Para Trump, el Mundial funciona como una vitrina internacional capaz de reforzar su imagen y su agenda política, mientras que para la FIFA y su presidente, Gianni Infantino, representa la puerta de entrada definitiva del fútbol al mercado más lucrativo del planeta, el gringo, un camino que comenzó a consolidarse con el exitoso Mundial de Clubes celebrado en 2025.

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El caso yankee no es el primero —ni será el último— en el que la FIFA utiliza el fútbol para blanquear regímenes autoritarios. Están los ya mencionados casos de Rusia y Catar, pero si retrocedemos algunos años más en la historia aparece un antecedente aún más brutal: el Mundial de Argentina 1978, celebrado en plena dictadura militar de Jorge Rafael Videla, una de las más sangrientas de toda la historia sudamericana. Según relata el escritor uruguayo Eduardo Galeano en El fútbol a sol y sombra, varios periodistas alemanes que cubrieron la cita deportiva la compararon con los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 organizados por Hitler. Aunque la analogía pueda parecer exagerada, no está tan lejos de lo que ocurría en la Argentina de aquellos años.

Tal como cuenta Galeano, mientras en los estadios se gritaban los goles y el entonces presidente de la FIFA, João Havelange, comenzaba a instalar su discurso de neutralidad política, funcionaba a pleno el llamado “Auschwitz argentino”: la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), principal centro clandestino de detención, tortura y exterminio del régimen, y además, pocos metros de los festejos mundialistas, opositores y prisioneros eran arrojados vivos desde avionetas militares al Río de la Plata en los llamados “Vuelos de la muerte”. Todo esto ocurría mientras Havelange afirmaba que “por fin el mundo puede ver la verdadera imagen de la Argentina”; Henry Kissinger, invitado especial del régimen, declaraba que “este país tiene un gran futuro a todo nivel”; y el capitán del seleccionado alemán, Berti Vogts, aseguraba sin rubor que “Argentina es un país donde reina el orden. Yo no he visto a ningún preso político”.

Como no podía ser de otra manera, Argentina terminó consagrándose campeona del mundo. Mientras los jugadores levantaban la copa, miles de compatriotas eran secuestrados, torturados y asesinados por el mismo Estado que decía representarlos. Videla murió en prisión, despreciado y sentado en el inodoro; su amigo Havelange, en cambio, debió renunciar en 2011 a su cargo de presidente honorario de la FIFA para evitar sanciones éticas luego de que salieran a la luz múltiples escándalos de corrupción vinculados a su gestión. Dos finales distintos, pero que dejan al menos un sentimiento, mínimo, de justicia frente a aquellos que usaron el deporte del pueblo para hacer daño.

Para entender por qué la FIFA y otros organismos internacionales insisten en llevar los grandes eventos deportivos a países con historiales cuestionables en materia de derechos humanos, es necesario introducir dos conceptos clave: soft power y sportswashing.

El primero, concepto desarrollado por el politólogo Joseph Nye, se refiere a la capacidad de un Estado para influir y mejorar su imagen global no a través de la coerción o la fuerza militar, sino mediante la atracción cultural, simbólica y mediática. En ese sentido, el deporte —y en particular eventos como la Copa del Mundo— ofrece una vitrina incomparable donde está la oportunidad de construir una narrativa que suele dejar fuera de plano aquello que incomoda. Un Mundial no solo muestra estadios y celebraciones; proyecta una imagen de modernidad, estabilidad y normalidad que muchos gobiernos buscan desesperadamente consolidar.

Es ahí donde aparece el sportswashing: el uso deliberado del deporte para lavar la reputación de Estados, gobiernos o élites económicas, ocultando o relativizando violaciones a los derechos humanos, persecuciones políticas o conflictos armados. Bajo esta lógica, la organización de grandes torneos funciona como una operación de maquillaje internacional. Mientras el foco mediático se concentra en los goles, las ceremonias y las historias de superación, quedan relegadas a un segundo plano las denuncias por represión, censura o explotación laboral. Los ejemplos se repiten con una regularidad inquietante, y en todos los casos la FIFA sostuvo un discurso de neutralidad política que, en la práctica, terminó beneficiando a los anfitriones.

Sin embargo, ha habido momentos en los que la FIFA sí se ha posicionado políticamente, aunque —como ya se ha señalado— siempre en función de sus propios intereses. Uno de los casos más evidentes se sitúa en 2022, cuando el organismo decidió suspender a Rusia tras la invasión militar a Ucrania. La decisión resulta especialmente reveladora si se recuerda que apenas cuatro años antes Rusia había sido sede del Mundial 2018, celebrado sin mayores reparos. De hecho, el propio Infantino, que para ese momento se mostró muy crítico con el gobierno de Moscú, no tuvo inconvenientes en elogiar y festejar “la gran fiesta del fútbol” pese a las reiteradas denuncias de persecución política y violaciones a los derechos humanos bajo el mandato de Vladimir Putin.

Vale la pena recordar, además, que en 2014 Rusia ya había invadido territorio ucraniano, ocupando y anexionando la península de Crimea. Aquella agresión no provocó ninguna reacción por parte de la FIFA: Rusia no fue sancionada, participó sin restricciones en el Mundial de Brasil y, lejos de ser cuestionada, fue confirmada como anfitriona del torneo cuatro años después.

Aún así, más que una excepción ética, el caso confirma una constante: la neutralidad de la FIFA no es un principio, sino una herramienta que se activa o se suspende según convenga a sus “objetivos”. La invasión a Ucrania provocó una condena política prácticamente unánime en Europa y Estados Unidos, el núcleo económico del fútbol global. En ese escenario, sostener a Rusia habría supuesto un riesgo real de boicots, fracturas internas y pérdidas millonarias vinculadas a patrocinadores, derechos televisivos y relaciones con federaciones clave, especialmente dentro de la UEFA, que también tomó partido y suspendió la participación rusa de sus competiciones. Si de por sí el hecho de tener como sede a Catar ya generaba ruido entre los participantes, el hecho de tener al combinado ruso representaba un riesgo latente para el desarrollo de la competición.

La decisión, entonces, no respondió a una preocupación genuina por las víctimas del conflicto, sino a la necesidad de preservar la estabilidad del negocio. A diferencia de otros casos en los que la FIFA ha optado por mirar hacia otro lado, el conflicto ruso alteraba el equilibrio político y económico del fútbol mundial. En otras palabras, el ente no abandonó su neutralidad, simplemente la reconfiguró para evitar daños mayores.

Cuando la camiseta se vuelve una bandera

La FIFA y muchas federaciones nacionales se han ido alejando progresivamente de los aficionados. Como ya vimos, la FIFA entiende el fútbol ante todo como un negocio, y en muchas ocasiones las asociaciones nacionales replican esa misma lógica. Sin embargo, desde los primeros pasos del deporte, los clubes han ocupado un lugar más cercano a sus hinchadas, a sus territorios y a las realidades sociales que los rodean. Lejos de la neutralidad institucional, muchos clubes han funcionado como espacios de identidad colectiva, representación política y memoria histórica, expresando —a veces incluso a contracorriente— los valores y las posturas de quienes los sostienen.

Aunque los ejemplos son numerosos, algunos casos destacan no solo por la claridad de su posicionamiento, sino por el contexto en el que lo hicieron y el costo que implicó asumirlo. En esos clubes, el fútbol deja de ser únicamente un espectáculo para convertirse en una herramienta de resistencia, confirmando que, incluso cuando el poder exige silencio, el juego encuentra la manera de hablar.

El FC Barcelona es uno de los clubes más importantes del mundo. Su alcance global, su estilo de juego y su enorme base de aficionados suelen explicarse a partir de éxitos relativamente recientes, como el sextete logrado bajo la dirección de Pep Guardiola. Sin embargo, para que ese proyecto deportivo profundamente ligado a la cantera y a una identidad reconocible pudiera existir, antes hubo quienes tuvieron que luchar para que al club no le fuera arrebatada —ni borrada— su raíz catalana.

Mucho antes de las Champions, del tiki-taka y de los tripletes, el Barcelona ya era algo más que un equipo de fútbol. Durante la dictadura de Francisco Franco, el club se convirtió en uno de los principales espacios de resistencia simbólica frente a un régimen que buscaba imponer una identidad única, centralista y castellana. Tras la caída de sus aliados europeos, el franquismo profundizó su proyecto de homogeneización cultural: el catalán fue perseguido, las expresiones culturales regionales reprimidas y territorios como Cataluña y el País Vasco pasaron a ser objetivos prioritarios del aparato del Estado.

En ese contexto, el fútbol adquirió un valor político inesperado. El estadio se transformó en uno de los pocos lugares donde la identidad catalana podía manifestarse de forma colectiva. El Barça no solo representaba a una ciudad o a una afición, sino a una lengua, una cultura y una memoria que el régimen intentaba aniquilar. No es casual que el lema “Més que un club” surgiera de esa experiencia histórica.

Existen al menos dos episodios clave para comprender ese vínculo entre el club catalán y la resistencia política. El primero se remonta a la Guerra Civil Española, cuando en 1937 el club emprendió una gira por Estados Unidos y México con el objetivo de recaudar fondos y generar apoyo internacional para la República, acosada por las fuerzas franquistas, gesto que tuvo un alto costo. El presidente del club, Josep Sunyol, ya había sido asesinado por tropas sublevadas, y tras la victoria de Franco muchos de los jugadores que permanecieron en el exilio fueron declarados en rebeldía por la FIFA y amenazados con sanciones e inhabilitaciones definitivas.

Durante los años de la dictadura, mientras el régimen utilizaba al Real Madrid para blanquear su imagen a lo largo del continente, el Barcelona se consolidó como el principal contrapunto simbólico. En lo deportivo, el club se sostuvo gracias al talento de figuras como Ladislao Kubala, Zoltán Czibor y Sándor Kocsis, cuya llegada marcó una época. La devoción popular por aquel equipo fue tan grande que en 1954 se inició la construcción del Camp Nou, un estadio monumental que nació de la necesidad de albergar a una afición que ya no cabía en su recinto. El crecimiento del club no fue solo deportivo, fue también una demostración de fuerza cultural frente a un poder que pretendía silenciarlo. Esa tensión permanente entre el Barcelona y el poder central no se disipó con el paso de los años. Por el contrario, se trasladó a nuevas generaciones y encontró en Johan Cruyff una de sus figuras más emblemáticas.

Llegado al club en 1973, aún bajo el franquismo, el holandés no sólo transformó al equipo dentro del campo, sino que encarnó —quizá sin proponérselo— esa tradición de incomodidad frente a la autoridad que acompañaba al Barça desde hacía décadas. “Como jugador extranjero internacionalmente reconocido, yo era intocable, de modo que podía provocar a Franco de vez en cuando”, relata el mismo Cruyff en su autobiografía. 

También en ese libro, el difunto exfutbolista neerlandés es claro en que por esos años las canchas eran un escenario político, y así se demostró el 11 de febrero de 1975 durante un partido de liga contra el Málaga. Tras protestar una decisión arbitral, Cruyff fue expulsado en un clima de máxima tensión. Entendiendo que su expulsión, y la jugada que la provocó, era un error arbitral claro, el jugador se negó a abandonar el campo de juego. La situación escaló hasta el punto de que la Guardia Civil franquista ingresó al terreno de juego para retirarlo, dejando una de las postales más icónicas del jugador y del catalanismo, que al parecer por aquel entonces tuvo que jugar bajo otro reglamento.

Cruyff se niega a abandonar el campo tras ser expulsado y es retirado por la policía en Málaga. El partido terminaría 3-2 en contra del Barça.

El caso del Barcelona demuestra que el fútbol puede convertirse en un espacio de resistencia cuando una identidad es perseguida desde el poder. Pero hay situaciones en las que el conflicto va aún más lejos. Cuando no se trata de defender una lengua o una cultura dentro de un Estado, sino de sostener la memoria de un pueblo al que ese Estado le ha sido negado sistemáticamente. En ese terreno incómodo para la política internacional se encuentra el Club Deportivo Palestino.

Nacido en Santiago de Chile el 20 de agosto de 1920, Palestino fue fundado por miembros de una colonia asentada en el país, que hoy alberga la mayor comunidad palestina fuera de Oriente Medio. Esta presencia, que se remonta a fines del siglo XIX, ha dejado una huella profunda en la vida social, cultural y política chilena, y encontró en el fútbol una forma de expresión colectiva y de preservación identitaria.

En sus primeros años, el club nació para participar en las Olimpiadas de Colonias de Migrantes que se organizaban en Osorno, al sur de Chile. Durante esa etapa inicial, Palestino se mantuvo como un equipo amateur y estableció normas estrictas donde solo le era permitiendo jugar a personas con ascendencia de Medio Oriente. Ese carácter cerrado se sostuvo por casi tres décadas, hasta que el equipo logró consagrarse campeón de dichas olimpiadas. El triunfo le valió una invitación para competir en la Segunda División del fútbol chileno, lo que marcó un punto de inflexión en su historia, iniciando el proceso de profesionalización del club y la flexibilización de los criterios para vestir su camiseta. En apenas tres años fue campeón de la Segunda División y, en 1955, conquistó su primer título de Primera División.

A lo largo de los años sesenta y setenta, el club consolidó su presencia deportiva y cultural. Participó en la Copa Libertadores, alcanzando la semifinal en 1979, y volvió a ganar la liga nacional en 1978. Jugadores legendarios como Elías Figueroa llevaron a Palestino a nuevas victorias, y el equipo ganó también varias ediciones de la Copa Chile en esa misma época. Pero más allá de los resultados dentro de la cancha, lo que distingue al club es su vínculo explícito con la causa palestina. 

Palestino ha sido descrito informalmente como “la segunda selección palestina”, siendo un símbolo de representación para la diáspora y para quienes en Oriente Medio no pueden competir en igualdad de condiciones. 

No siempre ese compromiso ha sido fácil. En 2014, el club enfrentó sanciones de la federación chilena por alterar los números de sus camisetas, reemplazando el “1” por siluetas del mapa de la Palestina anterior a 1948, acto que fue interpretado como una exigencia de memoria histórica y que generó polémica incluso dentro del propio fútbol.

Hoy, Palestino mantiene su compromiso con la comunidad palestina, incluso en contextos de guerra y violencia abierta. Su estadio en La Cisterna sigue siendo un espacio de encuentro identitario, y su presencia en torneos continentales mantiene viva la visibilidad de una causa que, de otra manera, quedaría relegada a los márgenes de la política internacional.

En 2025, Palestino finalizó sexto en la liga chilena y coronó la temporada con una destacada participación en la Copa Sudamericana, rendimiento que le permitió clasificar nuevamente al torneo continental, que disputará en 2026 desde la fase previa.

Ídolos dentro y fuera de la cancha

El fútbol es un deporte muy propenso a crear ídolos. Muchas veces esa figura no solo se construye sobre que tan bien pisa el balón un mediapunta o que tantos penales ataja un portero, sino por la capacidad del futbolista de encarnar —y defender— los valores, las luchas y las convicciones de quienes lo miran desde la tribuna. En esos casos, la admiración deja de ser estrictamente deportiva y se transforma en algo más profundo, capaz incluso de sobrepasar la ya desmesurada idolatría que suele rodear al juego.

Con eso en mente, uno de los mejores lugares para empezar es Brasil, una tierra llena de leyendas y grandes jugadores, pero también escenario de una de las experiencias políticas más singulares del fútbol moderno. En plena dictadura militar, hubo un jugador que decidió levantar la voz cuando el silencio era la norma: Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira, mejor conocido simplemente como Sócrates. 

Nacido en 1954 bajo el gobierno de una junta militar, Sócrates entendió desde muy joven que el fútbol también es político. Doctor en medicina por la Universidad de São Paulo, su apodo “el Doctor” no solo remite a su título académico, sino también a la forma en que pensaba el juego. Tras su debut con Botafogo, terminó de consolidar su carrera en el Corinthians, donde se convirtió en leyenda. Fue ahí donde, junto a un grupo de jugadores, logró impulsar un movimiento que cambiaría para siempre la relación entre fútbol y política: la Democracia Corinthiana. 

Entre 1982 y 1984, en plena dictadura militar, el club instauró un modelo basado en la democracia, donde todas las decisiones importantes —desde la repartición del dinero y horario de entrenamiento hasta cuestiones cotidianas como cuándo comer o si se permitía bailar en las concentraciones— eran sometidas a voto igualitario entre jugadores, entrenadores y empleados. Lejos de ser una mera curiosidad interna, aquella forma radical de autogestión se volvió un símbolo político en sí misma. 

En un país donde no existían elecciones libres, Corinthians adornó sus camisetas con mensajes como “Democracia” y más específicamente con “Dia 15 Vote”, instando a la hinchada a ejercer su derecho al voto en las primeras elecciones abiertas. El mensaje quedó más que claro en 1983, cuando los jugadores salieron al campo con una pancarta que decía “Ganhar ou perder, mas sempre com democracia” (“Ganar o perder, pero siempre con democracia”). 

Bajo ese modelo los resultados deportivos no tardaron en llegar. El Corinthians conquistó el Campeonato Paulista en 1982 y 1983, rompiendo una sequía de títulos y consolidándose como uno de los equipos más competitivos del país. Aquellos campeonatos no sólo validaron el proyecto dentro de la cancha, sino que desmintieron la idea —tan repetida desde el poder— de que la participación colectiva y la horizontalidad eran incompatibles con el alto rendimiento. Con Sócrates como capitán y líder simbólico, el equipo demostró que era posible ganar votando, decidir jugando y competir sin renunciar a la palabra.

En el campo, Sócrates era igualmente extraordinario. Capitaneó a la selección brasileña en el Mundial de 1982, formando parte de un equipo que hoy es recordado como uno de los más creativos de todos los tiempos, pero su legado va más allá de sus habilidades con la pelota. Transformó al fútbol en un acto de conciencia colectiva, un espacio donde la dignidad humana podía ir de la mano con la alegría de jugar.

Sócrates celebra durante un partido del Corinthians en el Campeonato Paulista de 1983, luciendo la camiseta de la Democracia Corinthiana, uno de los gestos políticos más emblemáticos del fútbol en plena dictadura brasileña.

Pero si Sócrates convirtió el vestuario en un laboratorio democrático en plena dictadura, hubo futbolistas que utilizaron su fama para visibilizar problemáticas que no afectan a una nación en particular, sino a cientas de personas alrededor del mundo.

A finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, el racismo comenzaba a hacerse cada vez más visible en Europa, tanto dentro como fuera de los estadios. El auge de movimientos xenófobos, la criminalización de las comunidades migrantes y los insultos raciales en las gradas formaban parte del paisaje cotidiano del fútbol europeo, incluso en países que se auto percibían como modelos de tolerancia.

En los Países Bajos, ese contraste era especialmente evidente. Mientras el discurso oficial celebraba la diversidad y la apertura cultural, muchos jugadores racializados crecían enfrentando discriminación sistemática. En ese contexto se formó Ruud Gullit, hijo de inmigrantes surinameses, cuya identidad nunca fue separable de su experiencia dentro del fútbol. 

A medida que su carrera avanzó —y especialmente tras convertirse en una de las grandes figuras del deporte en el AC Milan—, Gullit comenzó a utilizar conscientemente su visibilidad para posicionarse contra la discriminación racial. Su activismo no se limitó a declaraciones aisladas, sino que se expresó en gestos simbólicos entendiendo que el fútbol ofrecía una plataforma global difícil de igualar por otros ámbitos.

Ese compromiso alcanzó su punto más alto en 1987, cuando tras recibir el Balón de Oro, el reconocimiento máximo del que un futbolista puede hacerse, el llamado “Tulipan negro” decidió dedicar el premio a Nelson Mandela, entonces encarcelado desde hacía más de dos décadas por el régimen del apartheid sudafricano. La importancia de ese acto no radicó únicamente en el nombre al que fue dedicado el premio, sino en el lugar desde donde se hizo. Su figura demostró que el éxito deportivo podía —y quizá debía— ir acompañado de responsabilidad social, y que el fútbol, lejos de ser un espacio ajeno a la política, podía funcionar como una herramienta poderosa para cuestionar las injusticias del mundo que lo rodea.

Años después de dedicar su Balón de Oro a Nelson Mandela, Gullit pudo encontrarse personalmente con el líder sudafricano tras su liberación, cerrando un gesto simbólico que había nacido cuando Mandela aún permanecía encarcelado.

Mientras Gullit dedicaba su Balón de Oro a Nelson Mandela y al rechazo al apartheid, un joven francés comenzaba a formarse tanto dentro como fuera del campo con una mirada que, desde temprano, desafiaba las normas establecidas. Eric Cantona no fue un ícono convencional, ni emergió de un movimiento organizado, pero su carrera y sus declaraciones posteriores condensan una visión profundamente crítica sobre el fútbol moderno, la sociedad y el lugar del deportista dentro de ellos.

Nacido en 1966 en Marsella y formado en la escuela francesa de fútbol, Cantona se destacó por su creatividad, su inteligencia dentro del campo y su personalidad imprevisible. En 1992 llegó al Manchester United en una de las apuestas más arriesgadas de Alex Ferguson, en un momento en que el club buscaba desesperadamente recuperar su grandeza. Lejos de defraudar, el francés se convirtió en el catalizador de una transformación histórica. Su liderazgo, su carácter y su talento fueron decisivos en el resurgimiento del United, con el que conquistó múltiples títulos de liga y devolvió al club a la cima del fútbol inglés.

El episodio más simbólico de su rebeldía ocurrió en 1995, cuando en un partido de liga contra el Crystal Palace fue expulsado tras un choque con un rival. En lugar de marcharse, Cantona lanzó una patada voladora a un espectador tras recibir un insulto xenofóbico. Años después, declaró que uno de sus arrepentimientos más grandes fue no haberle pegado con más fuerza al hincha, alegando que no todos los días se puede patear a un facsista. 

Ya retirado, continuó señalando sin rodeos a los responsables. Al referirse al Mundial de Catar, fue categórico, sosteniendo que no podía considerarse una Copa del Mundo legítima y denunciando que se trataba de un torneo organizado únicamente por dinero, además de recordar que miles de personas murieron construyendo los estadios que luego serían celebrados por el espectáculo global. Años más tarde, en octubre de 2023, volvió a pronunciarse con la misma claridad sobre la situación en Gaza, afirmando que hablar de una Palestina libre implica poner fin a una ocupación que lleva más de siete décadas negando derechos humanos básicos y denunciando el encierro de millones de personas —la mitad de ellas niños— en lo que definió como la mayor prisión al aire libre del mundo.

La importancia de Cantona no radica únicamente en una postura puntual, sino en su trayectoria como sujeto crítico permanente, alguien que entendió que ser futbolista no es sinónimo de silencio. Su figura demuestra que incluso cuando las instituciones intentan domesticar al juego y a quienes lo practican, hay quienes persisten en desafiar ese orden desde dentro.

La icónica patada de Cantona al aficionado del Crystal Palace, con la que se ganó una suspensión de ocho meses y una multa económica. Uno de los episodios más recordados del fútbol moderno y en un símbolo de su carácter rebelde frente al fascismo y la discriminación.

Condenar los genocidios y las dictaduras del siglo pasado es, a menudo, una postura que puede parecer fácil en el papel. Sin embargo, parece que a muchas personas les cuesta tomar la misma claridad ética frente a las injusticias del presente. En ese sentido, siguiendo la línea de figuras como Sócrates, Gullit o Cantona, varios futbolistas activos han decidido utilizar su posición mediática no solo para hablar de fútbol, sino para tomar partido frente a conflictos y problemáticas sociales que atraviesan nuestras sociedades.

Entre quienes han destacado por su activismo fuera de la cancha se encuentran Héctor Bellerín y Borja Iglesias. Ambos, lejos de ocultar sus opiniones, han hecho de sus plataformas públicas espacios para denunciar discriminación, defender derechos humanos y cuestionar estructuras culturales dentro y fuera del deporte. En julio de 2023, por ejemplo, ambos animaron a acudir a las urnas con mensajes explícitos a favor del progreso y “contra el odio y el fascismo”.

Héctor Bellerín ha ido más allá de pronunciamientos puntuales. El lateral español ha criticado la desconexión del fútbol con la sociedad, señalando que muchos jugadores viven en una “burbuja de privilegio” distante de la realidad de quienes siguen el juego. También ha abogado por la sostenibilidad ambiental como parte integral de la responsabilidad pública de los futbolistas, promoviendo prácticas como desplazarse en bicicleta, apoyar iniciativas ecológicas y vincular al deporte con causas sociales que trascienden lo estrictamente deportivo. También ha denunciado que aún existen problemas estructurales de exclusión, señalando que colectivos como las personas LGTBIQ+ no se sienten cómodos ni representados en el fútbol masculino tradicional, y defendiendo que el deporte debe transformarse para ser un espacio más inclusivo.

Por su parte, Borja Iglesias también ha convertido aspectos de su vida personal en actos de visibilidad política. Desde protagonizar campañas contra la homofobia —como cuando se pintó las uñas durante las protestas de Black Lives Matter o participó en iniciativas colectivas en su club contra el odio y la discriminación— hasta denunciar públicamente insultos homófobos que él mismo ha sufrido, Iglesias ha subrayado que usar su plataforma para defender el respeto y la igualdad es una parte inevitable de su identidad como futbolista. Su activismo también se ha expresado en discursos claros sobre la necesidad de proteger los derechos de las mujeres en el deporte y de apoyar causas sociales como la lucha contra la discriminación en todas sus formas. 

Además de Bellerín e Iglesias, hay figuras en el fútbol contemporáneo que han usado su voz pública para desafiar injusticias y llamar la atención sobre problemas estructurales más allá de lo deportivo. Una de las más destacadas en las últimas décadas es la ganadora del Balón de Oro, Megan Rapinoe.

Su activismo ha sido inseparable de su identidad como futbolista. Rapinoe fue una de las voces más visibles en la lucha por la igualdad salarial entre selecciones masculina y femenina en Estados Unidos, liderando no solo demandas legales sino discursos públicos que impulsaron cambios en federaciones de todo el mundo. Además, se pronunció repetidamente contra la misoginia estructural dentro del fútbol, denunciando abiertamente el sexismo en instituciones como la federación española tras el escándalo del Mundial femenino de 2023, y ha llamado a otras figuras del fútbol masculino a sumarse a causas como el antirracismo y la igualdad de género desde sus plataformas globales.

Aitor Ruibal, Héctor Bellerín y Borja Iglesias celebran el título de la Copa del Rey conquistado con el Real Betis Balompié. La final se definió en la tanda de penales ante el Valencia CF, luego de un empate 1-1 en el que Iglesias anotó el gol verdiblanco tras una asistencia de Bellerín.

El recorrido por la FIFA, los Estados, los clubes y los futbolistas deja una conclusión difícil de esquivar: la neutralidad en el fútbol no existe. Existe, en todo caso, la elección consciente entre hablar o callar, entre incomodar al poder o beneficiarse de él. Cuando la FIFA invoca la neutralidad para justificar su silencio frente a dictaduras, guerras o violaciones sistemáticas de derechos humanos, no está defendiendo al deporte, sino protegiendo un modelo de negocio. Y cuando decide intervenir lo hace no por un súbito despertar ético, sino porque el equilibrio económico y político del fútbol global así lo exige.

Frente a esa lógica institucional, clubes y figuras recuerdan que el fútbol sigue siendo, ante todo, un fenómeno social. Uno que pertenece a la gente, a sus territorios, a sus memorias y a sus luchas. Allí donde las federaciones se blindan detrás de estatutos ambiguos, el juego encuentra otras formas de hablar, ya sea en una camiseta, en una pancarta, en un gesto, en una declaración incómoda.

Quizá por eso el fútbol sigue siendo tan poderoso, porque incluso cuando se lo intenta vaciar de sentido político, reaparece como un espacio de disputa simbólica. Porque cada gol celebrado en un estadio levantado sobre silencios, cada torneo organizado para lavar culpas, convive con jugadores y equipos que se niegan a mirar hacia otro lado. Y porque, como advirtió Desmond Tutu, el silencio nunca es neutral: en el fútbol, como en la vida, siempre toma partido.

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