Durante décadas, investigadores, economistas y gobiernos han intentado explicar la pobreza a través de estadísticas, gráficos y modelos matemáticos. Sin embargo, pocas veces esas cifras consiguen mostrar cómo se siente realmente vivir dentro de ella. Esa es precisamente la apuesta de El juego de la vida, documental de Andrés Ruiz Zuluaga que acompañó durante catorce años a cinco familias colombianas surgidas de una investigación de la Universidad de los Andes sobre movilidad social y desigualdad.
Lo que comenzó como un proyecto académico terminó convirtiéndose en un retrato profundamente humano sobre las oportunidades, las pérdidas y las decisiones que moldean una vida. A medida que los protagonistas crecen, migran, estudian, fracasan o persiguen sus sueños, el documental desmonta la idea de que todos juegan con las mismas cartas.
En esta conversación, Ruiz Zuluaga reflexiona sobre el paso del tiempo, el costo emocional de ascender socialmente y la decisión de incluir su propia historia dentro de la película. También hablamos con Donny Leal, uno de los participantes del documental, sobre la pobreza, las aspiraciones y la importancia de seguir soñando incluso cuando el contexto parece jugar en contra.
Andrés, el documental sigue a varias familias durante catorce años. ¿Qué aprendiste sobre el tiempo que jamás habrías descubierto en una película más corta?
Aprendí que el tiempo cambia completamente la forma en que pensamos. El Andrés que empezó este proyecto en 2009 no tiene nada que ver con el que terminó editándolo quince años después. También entendí que las personas son mucho más complejas de lo que parecen y que los vínculos, las decisiones y las contradicciones solo se comprenden realmente cuando uno acompaña una vida durante años.
La película nació de una investigación académica. ¿En qué momento sentiste que las cifras ya no alcanzaban para explicar lo que estabas viendo?
Cuando empecé a escribir el guion decidí apartar por completo las estadísticas y concentrarme únicamente en las historias. Después intenté reincorporarlas y me di cuenta de que sobraban. Las historias hablaban por sí mismas. Las cifras explican tendencias, pero cuando convertimos a las personas en números se pierde algo fundamental de su humanidad.
Una idea muy presente en la película es que ascender socialmente también implica pérdidas. ¿Qué descubriste sobre ese costo emocional?
Descubrí que muchas veces salir de la pobreza económica implica asumir otras formas de pobreza. En mi caso, llegar a Bogotá significó cambiar comportamientos, formas de hablar y hasta partes de mi identidad para encajar. Eso tiene un costo emocional enorme. Lo mismo ocurre con varios personajes de la película. Algunos logran sus metas, pero en el camino dejan atrás lugares, afectos o versiones de sí mismos que extrañan profundamente.
En algún momento decidiste convertirte también en personaje del documental. ¿Qué cambió cuando entendiste que tu historia formaba parte de la película?
Cambió todo. El documental dejó de ser únicamente una investigación y se volvió más humano. Empecé a hablar desde mis propias experiencias y reflexiones, no solo desde los hallazgos académicos. Curiosamente, los investigadores que participaron en el proyecto recibieron muy bien esa decisión porque entendieron que también ayudaba a explicar los resultados de la investigación desde otro lugar.
Las mujeres del documental parecen cargar un peso particular dentro de las dinámicas familiares. ¿Cómo transformó eso tu mirada sobre el machismo?
Fue probablemente uno de los aprendizajes más fuertes del proceso. Entendí muchas desigualdades que antes no veía y también descubrí comportamientos propios que reproducían esas lógicas. Ver cómo las mujeres asumían simultáneamente trabajo, cuidado familiar y responsabilidades invisibles me hizo comprender que partir de la posición de una mujer en una sociedad machista implica enfrentar obstáculos distintos desde el comienzo.

Donny, en la película aparece una frase muy poderosa: “No hay nada más tramposo que la pobreza”. ¿Qué significa para ti?
Que muchas veces nos enseñan a pensar que la pobreza es un problema individual, cuando en realidad está profundamente relacionada con el contexto. Yo crecí rodeado de personas que tenían situaciones incluso más difíciles que la mía, así que ni siquiera era consciente de que era pobre. La película me ayudó a entender cómo las condiciones de origen influyen muchísimo más de lo que solemos admitir.
Hay quienes sostienen que la pobreza depende únicamente de las decisiones personales. Después de vivir esta experiencia, ¿cómo respondes a esa idea?
Las decisiones importan, claro, pero las opciones que uno alcanza a ver dependen mucho del entorno. No todos tienen acceso a la misma información, a los mismos ejemplos o a las mismas oportunidades. Cuando una persona crece viendo una sola salida posible, es muy difícil imaginar caminos diferentes. La realidad termina limitando la capacidad de soñar.

Tú y Andrés parecen compartir cierta terquedad para perseguir sus metas. ¿Crees que esa terquedad ha sido una forma de riqueza?
Sí, pero no la veo como una fórmula para el éxito. Para mí los sueños siempre fueron una forma de seguir avanzando. La música, por ejemplo, fue un motivo para no quedarme quieto. Cuando uno tiene un proyecto o una ilusión, encuentra razones para seguir moviéndose incluso cuando las cosas se ponen difíciles.
Mirando hoy la película terminada, ¿qué fue lo que más te sorprendió de tu propia historia?
Entender cuánto influyeron circunstancias que en su momento no veía. Cuando era niño y me preguntaban qué quería hacer de grande, ni siquiera sabía qué responder porque acababa de perder mi pueblo, mis amigos y mi entorno. La película me permitió ver cómo muchas decisiones estuvieron marcadas por cosas que yo no comprendía entonces.
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