Las paradisíacas playas del Caribe son el destino perfecto para personas de todo el mundo. Las olas del mar llegan a costas repletas de sabores, colores y sonidos cargados de energía y sentimiento. Las sonrisas, el baile y una hospitalidad genuina contagian incluso al más frío y lo ponen a bailar bachata y merengue, como ocurre en la costa norte de República Dominicana. Eso es el Caribe.
Con el paso de los años, gracias a la cercanía de Estados Unidos y Canadá con las islas y a un turismo desmedido que parece apropiarse de todo —en algunos casos incluso de la propia cultura caribeña y de sus países—, muchas playas han perdido parte de ese misticismo que caracteriza a la región y se han dejado envolver por el consumismo norteamericano. Sin embargo, todavía existen joyas y tesoros escondidos en el Caribe, y eso fue precisamente lo que encontramos en Cabarete, un pueblo ubicado cerca de Puerto Plata, en la costa norte de República Dominicana.
“A Cabarete llegan personas interesadas en deportes acuáticos como el kitesurf o el wing foil. Además, es un destino que está despertando un gran interés entre los canadienses, así que buscamos mezclar la cultura dominicana, la gastronomía, el desarrollo inmobiliario, los deportes acuáticos y el lujo natural frente al mar para darle un nuevo aire a lo que venía siendo el festival de jazz de Cabarete. La costa norte de República Dominicana es la joya escondida del Caribe, ya que la mayor parte del turismo se concentra en destinos como Punta Cana. Por eso, invertir en un evento como el Cabarete Jazz Festival es fundamental para dar a conocer esta región, que ofrece tanto sin perder su esencia”, dice Leonardo Wehe, inversor argentino vinculado al sector turístico en Cabarete.
Al reflexionar sobre el futuro del festival, agrega: “No sé qué tan grande puede llegar a ser, pero ya contamos con un line up de gran relevancia internacional. Lo más importante es la continuidad del festival cada año para seguir impulsando el crecimiento cultural de la región”.
Encontrarse con un festival que no solo responda a los intereses económicos de una empresa o de unos pocos individuos es una rareza. Ver cómo la comunidad lo apoya y lo promueve resulta gratificante. “Este festival y la manera en que los inversionistas han ayudado a Cabarete son muy positivos, porque nos han puesto en un mapa que muchas veces solo iluminaba a Punta Cana. Ahora, en Puerto Plata y Cabarete, estamos pudiendo ofrecer mucho más de nuestra cultura y con gran calidad a las personas que vienen a practicar deportes o simplemente a descansar”, me dice Delio, oriundo de Cabarete, quien ve el festival no solo como un espacio cultural, sino también como una invitación a un turismo interesado en empaparse de la cultura dominicana.
Cabarete Jazz Festival
Colores llamativos, bolas disco que evocan los años ochenta y espacios perfectos para las fotografías reciben tanto a locales como a extranjeros. La decoración entrelaza tablas de surf y todo el universo deportivo que rodea a Cabarete con una amplia oferta gastronómica y, por supuesto, una puesta en escena musical de gran calidad, porque si la palabra “jazz” hace parte del nombre del festival, la música debe estar a la altura.
Los vientos fuertes y refrescantes traen consigo a los primeros artistas de la tarde: Bachata Academy, una agrupación conformada por más de quince niños y jóvenes dedicados al estudio y preservación de la bachata. Con algo de timidez, pero con un talento desbordante, son los encargados de inaugurar la jornada y poner a bailar a los asistentes desde los primeros minutos.
Como mencionamos al inicio, este festival ofrece mucho más de lo que podría suponerse a simple vista, y esa primera presentación es prueba de ello. Sobre el escenario no solo aparece un grupo de jóvenes intérpretes, sino también una academia artística local que lleva con orgullo las tradiciones y el folclor dominicano, recordando que la esencia de Cabarete no se encuentra únicamente en sus playas o en sus deportes acuáticos, sino también en la riqueza cultural de su gente.

El saxofonista dominicano Sandy Gabriel fue el segundo invitado de la jornada y el encargado de acompañar la transición de la tarde hacia la noche. Su presentación representó una especie de antítesis frente a las músicas del mainstream actual: una propuesta de gran complejidad sonora, ejecutada con una maestría digna de admiración.
Probablemente fue uno de los puntos más altos del festival en términos musicales. Durante su presentación, el jazz se apoderó de Cabarete, aunque sin renunciar del todo a la identidad dominicana, dejando espacio para algunas pinceladas de merengue que enriquecían aún más la experiencia.
Y como ocurre con una de las esencias fundamentales del jazz, la improvisación también se trasladó al público. Sin preocuparse por el qué dirán y en medio de un ambiente familiar —otro aspecto destacable del Cabarete Jazz Festival, que se consolida como un espacio seguro para los niños—, cada persona parecía dejarse llevar por la música, entregándose al baile con total libertad y sin ningún tipo de escrúpulo.

La puertorriqueña iLe fue la encargada de abrir el corazón de buena parte de los espectadores con un espectáculo cargado del sentimiento característico del bolero. Canción tras canción, gran parte del público la acompañaba a grito herido, mientras otros observaban con asombro la calidad interpretativa de una artista capaz de convertir cada tema en algo íntimo.
Entre recuerdos de composiciones heredadas de su abuela y un discurso atravesado por el empoderamiento femenino, iLe transformó gran parte de la noche en un momento íntimo para cada asistente. Su voz, firme y expresiva, guiaba un repertorio que transitaba entre la nostalgia, el deseo y la reflexión, mientras algunos movimientos sutiles de baile aportaban una sensualidad elegante a la puesta en escena.
Durante casi una hora, Cabarete pareció detenerse para escucharla. Y cuando la última canción llegó a su fin, quedó claro que más de uno había terminado enamorado de su música.

Gran parte del público había viajado desde diferentes ciudades e incluso desde otros países para ver al artista cubano que estaba a punto de subir al escenario. Si de algo no carece Cimafunk es de alegría, energía y una voz rasgada capaz de emocionar a cualquiera. Desde el primer segundo de su presentación, la euforia desbordó el recinto y pareció mezclarse con la brisa del mar. El público no dejó de saltar ni de bailar; la energía de la fiesta era prácticamente palpable.
Tanta fue la conexión entre artista y audiencia que Cimafunk no escatimó esfuerzos e hizo del escenario una extensión de la pista de baile. Invitó a varios asistentes a formar parte del espectáculo sobre la tarima, una escena que difícilmente podría ocurrir en cualquier festival, pero que encaja a la perfección en el Cabarete Jazz Festival, donde el ambiente familiar convive con una de las celebraciones musicales más vibrantes del Caribe.
Cuando parecía que la noche había alcanzado su punto más alto, el pianista cubano Alfredo Rodríguez tomó el relevo sin permitir que la fiesta perdiera impulso. Con el virtuosismo de su piano y el respaldo de una orquesta impecable, se encargó de prolongar la celebración y darle continuidad a una jornada que, aunque se acercaba a su final, seguía rebosante de sabor, ritmo y alegría.
Mantener la energía de la fiesta en lo más alto no era una tarea sencilla, pero la agrupación venezolana Los Amigos Invisibles hizo que pareciera fácil. Con ese sonido funky irreverente que los caracteriza y una energía tan eléctrica como caribeña —una combinación poco común, pero tremendamente efectiva—, convirtieron la última presentación de la noche en un momento inolvidable.
El público coreó cada canción mientras se dejaba llevar por una mezcla de ritmos en la que convivían la güira, el bajo, la guitarra eléctrica y el espíritu festivo que había acompañado al festival desde sus primeras horas. Canciones como ‘Mentiras’ y ‘La que me gusta’ sirvieron como el broche de oro perfecto para una jornada llena de virtuosismo sonoro.
Un espectáculo de drones, cuidadosamente diseñado para minimizar el impacto sobre las mascotas y la fauna del entorno, se robó la atención de todo el público y dejó en claro que el Cabarete Jazz Festival no es un evento más dentro del calendario cultural del Caribe, es una celebración de la cultura, el arte y la libertad creativa en un entorno natural privilegiado. Un lugar en donde la buena música se entrelaza con la intención de hacer al Caribe un lugar cada día más privilegiado, hospitalario y mágico.
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