Juana Aguirre: “Siento que ahora estoy haciendo cosas más deconstruidas”

Juana Aguirre está descalza en el living de su casa. Mientras habla de la gira que se le viene gracias a la repercusión que tuvo Anónimo (2025), pone un vinilo a medio volumen. Se trata de The Pavilion of Dreams, de Harold Budd. Una edición japonesa de la que siempre habla cuando le preguntan en las entrevistas por algún disco de referencia. Para ella es más que eso, le sirve para volar, por ejemplo. Cuenta que se pidió esta copia a un amigo. Y no resulta extraño que Brian Eno, productor de esa etapa de oro pop para Budd, también se haga presente en la casa de una de las compositoras más relevantes de la escena independiente del país.

Juana Aguirre se prepara para presentar Anónimo en el Teatro Coliseo.

Juana se fue de Buenos Aires cuando tenía catorce años a vivir a Nueva Zelanda y se quedó hasta el último año de la secundaria. Se sintió muy vulnerable después de sufrir un accidente que la dejó en cama por varios meses. Pero también tuvo sus buenos momentos. Como cuando se metió a un coro maorí y reafirmó su voz como instrumento, algo determinante para su vida artística. Conoció la técnica de armonías vocales profundas que fusiona cantos tradicionales con elementos de occidente. Después volvió a Buenos Aires y, al poco tiempo, sintiéndose otra vez algo extraña, algo descontextualizada, algo quieta, se fue a vivir a Bolivia. Fueron alrededor de dos años donde formó parte de una banda de música latinoamericana (por decir algo, era más que eso) y hasta tocó sola por bares que nadie conoce. También observó algunos rituales paganos.

Cuando finalmente volvió a Buenos Aires intentó estudiar algunas carreras hasta que entró al IUNA [Universidad Nacional de las Artes] y empezó Diseño. Juana dice que ahí conoció a muchos metaleros. “Hay algo entre ellos y el diseño”, cuenta jocosa. Lo cierto es que, por momentos, el diseño fue el sostén económico de su vida. En la pandemia pudo grabar Claroscuro (2021) desde Bariloche, gracias al trabajo remoto. También por momentos se sintió alfarera. Tiene su casa protegida por máscaras que ella misma fue haciendo. “Ahora no hay tantas porque estuvimos sacando cosas”, dice. En “Tu contorno” (de Anónimo) canta: “No es igual ver la luz o ver el todo”. Puede estar hablando del amor o el dolor pero también habla de cómo ella ve las cosas.

Casi en paralelo a ese proceso de aprendizaje y fortalecimiento artístico se armó Churupaca, una banda donde cantaba y tocaba la guitarra. En esa propuesta, los folclores se volvieron a activar. Iban desde la música rioplatense, la circense, lo balcánico, el reggae y algo de klezmer y flamenco. Uno de sus temas más reproducidos se llama “Aire” y lo compuso Juana. Ahí puede haber una clave de lo que vendría; claro, siempre en tanto acústico, sin las capas sonoras con las que ahora compone desde su estudio. Parte de la letra, dice: “Aprenderé a ser aire, me volveré impenetrable”. Sobre esa etapa, ella aclara: “Fue la banda en la que me formé. Tocamos casi 10 años. Hoy en día somos amigos que se juntan a hablar, comer y tocar, igual a como fue en un principio”. 

La compositora tiene ojos grandes, negros bien negros, y la mirada cansina. Y un lunar enorme que se asoma, con relieve insistente, cerca de su oído izquierdo. Ese lunar escucha antes que su corazón. Funciona como un faro, hasta en sus doce segundos de oscuridad. Juana es flaca y derecha, no es tanto una descripción de su cuerpo. Tiene esa visual en el escenario como en su casa o en las calles de Buenos Aires. Arriba se lookea, abajo anda descalza. Cuando se le traba una idea sobre su música, aprieta los dedos de los pies. 

Sobre lo analógico y lo digital, dice: “Más allá de mi relación con los objetos, como el casete y algún instrumento como la guitarra, hay algo en mí actualmente, en mi forma de grabar y escribir, que está como acéfalo. Son procesos en los que me dejo llevar. Hoy en día la estructura de canción no está tan presente. Y es algo medio liberador, me encuentro con situaciones inciertas. Canciones sin estribillos, momentos más ambient (con menos letra), diciendo algo más desde la abstracción de la música, por ejemplo. Me gusta imaginarme diferentes presentes y diferentes futuros desde lo incierto, animarme a fantasear un poco más”.

Podríamos seguir con una síntesis inacabada, pero precisa: coplera de rotura. “Así como me gusta la literatura por su honestidad y su franqueza (Marosa di Giorgio en poesía, por ejemplo), también me gustan esas cantoras que andaban con una urgencia, que necesitaban cantar. Y eso siempre se sintió en la música de Violeta Parra, no solo en su canto”. Juana le dedicó a Parra una canción en Claroscuro. Se llama, por supuesto, “Violeta”, y está producida junto a Ezequiel Kronenberg. Suele aliarse a productores que, entiende, pueden nadar en la textura de sus ideas y sus canciones.  

En un cuadro chiquito hay una nota firmada por un tal Roberto. La letra en mayúscula es muy particular y lo que dice también. Le advierte a Juana que va a llover y que tiene ropa colgada. Es decir, Roberto le anota el pronóstico con una Bic azul y una tipografía inventada. Roberto es el encargado del edificio de Juana. “Lo hizo siempre, tengo muchas. Con mi pareja, que también es diseñador, pensamos en un momento crear una tipografía que se parezca a la de él”. Más allá del gesto amoroso, hay ahí otra prueba de la capacidad de observación de Juana para el arte. Puede enmarcar una notita casual, puede pensar en su otro oficio a partir de la letra de su portero.

Después de unas fechas por Colombia, parte de la gira de Anónimo, Juana activa el chat. Adjunta cartas de fans colombianos y muestra su proceso personal de atesorar. Tiene una carpeta negra, de tapas duras, donde va guardando todos esos regalos escritos. No sabe cuántas son, y la calculadora adherida a la carpeta negra no la ayuda porque ya no anda. 

En uno de los estantes de su estudio, va guardando cuadernos y libretas. Escribe mucho ahí cuando está en movimiento, de viaje, de gira. En esas hojas están los inicios de letras para sus canciones y las ideas que surgen para la música que registra de manera incansable. Podrían ser un tesoro del pasado, pero Juana, en ese punto, decide borrar parte de esa historia, parte de la prehistoria de, por ejemplo, una canción. Cuando los completa, después de un tiempo, los prende fuego.

¿Y por qué los quemás?

Para que nadie los lea.

“Fueeeeeee/ee/go”, canta Juana Aguirre en el Teatro Xirgu. Es la presentación de Claroscuro (2021) y el momento más intenso de esa noche de agosto de 2022. En el video, ahora en YouTube, se pueden ver algunas de las características fundamentales de su música. Va y viene entre esa palabra, mira a sus compañeros de banda, dice fuego, las programaciones gritan y se quedan mudas, los instrumentos y ella hacen lo mismo. Furia y calma. Impulso y muerte. A pesar del barullo digital ella avanza con su acústica y un rasguido monótono. Es como si las programaciones fueran la ola y la guitarra su tabla. La llama como la mejor televisión de todos los tiempos. Imaginen la cara de Juana Aguirre iluminada por el fuego.

Su debut como solista se gestó en la pandemia. Claroscuro surgió en las mejores condiciones de lo imprevisto. Juana podía seguir trabajando de su otro oficio (diseñadora, en realidad tiene más de dos) de manera remota y entonces se fue a vivir a las afueras de Bariloche. “El silencio de la pandemia me pareció revelador. También la ausencia de las exigencias sociales. Todo quedó suspendido en el aire. Se habilitó una profundidad que antes no estaba”. Una manera injusta de definirlo es que las canciones de su debut parten del folk, pero con varias capas texturadas de electrónica. Un poco lo que pasa con “Fuego”. Fue como entrar a un bosque y sentirse gobernado por una fuerza extraña y total. 

Además de ese track, Claroscuro tiene canciones como “El gigante”, donde también canta Santiago Motorizado. Canciones que transitan la calma de un dragón a pesar del riesgo. Es un gesto sonoro que a medida que avanza crece, se manifiesta y explota. Algo de la rotura de Portishead con el ruido expansivo de Yo la Tengo. Se puede apagar con una ola, como le dijo una fan en una carta: “Tu música es como entrar al mar”. Juana no sabía si quería tocar ese disco en vivo, pero a los pocos días de su lanzamiento le llegó un mail de un programador de Eslovenia. Y como una partícula de otro ecosistema eso generó una gira por Europa para Claroscuro. Debutó como solista en el Quilmes Rock y la segunda fecha ya fue cruzando el mar, ese lugar que le marcaron como gesto de amor en un papel arrugado.

Se le trabó The Eraser (2006) de Thom Yorke en el auto. Algo de esa experiencia a la fuerza tuvo que haber quedado. Pasó del amor al odio y de ahí a la consecuencia. Imaginen la apertura de ese disco, con la canción “The Eraser” o el interludio de “Cymbal Rush”, trabada y sampleada de hecho, sonando una y mil veces. Cada vez que te subís y arrancás el auto. Cada vez que agarrás la autopista. Cada vez que buscás un lugar para estacionar cerca del C Art Media, cerca de Niceto o algún centro cultural de resistencia a la crisis. Algo de esa idea repetitiva y densa está en Anónimo. Lo oscuro y agotador, la esencia del trip-hop. La rotura de una coplera que canta desde el cuerpo y piensa desde la computadora. Ella dice: “Ahora siento que estoy como haciendo cosas que están mucho más deconstruidas también. Son mucho más texturales, que no tienen como una forma tan definida. Eso me gusta. Un camino como hacia el misterio. Encaro eso desde ahí, sin saber cuál va a ser el resultado, sin saber casi nada, me dejo llevar por todos esos sonidos que están en Anónimo”. Juana lo dice mientras muestra algunas texturas nuevas que está trabajando en su estudio, va conectando y desconectando cables, le da ganas de mezclar un poco más lo que va escuchando, está un poco avergonzada de mostrar algo que todavía no terminó. Sigue descalza.

Su segundo LP solista se editó en 2025 y fue destacado por Rolling Stone como uno de los discos de ese año. Por un lado, puede ser una profundización de la textura sonora de Claroscuro, pero por otro también una trascendencia de todos esos intentos. El disco está girando en vivo por los escenarios del circuito porteño y también por Latinoamérica y Europa (Madrid, Lisboa, Berlín y Londres, entre otras). La presentación oficial en Buenos Aires será el martes 11 de agosto en el Teatro Coliseo.

En su último show en el Art Media, Juana se muestró como una revelación. Una mujer dramática, de entonaciones ancestrales y movimientos modernos. Una cantante asfixiada, pero clara, con una banda, un trío que interpreta todo lo que ella necesita mientras se aleja y se acerca al mic. Esos espasmos teatrales concentran la potencia que tienen sus canciones. Como cuando toca “La noche”, quizás el punto central de Anónimo. Toda la letra es desgarradora, como este verso: “Tengo la ilusión de guardarte junto a mi colección de olvidos”. El beat de la bata trabada, como dando tropiezos, las programaciones fantasmales, la aceleración rítmica que te genera hiperventilación, y los efectos en la voz como si de repente estuviera cantando desde un orfanato. Y esa conclusión vivaz y voraz: “Llevate los huesos, dejame la carne”. Es fuerte, muy fuerte.

Si bien Juana está muy encima de los procesos de producción de sus canciones, también suele abrir mucho el juego a otros. Principalmente a productores con los que se siente en conexión estética. Por Anónimo pasaron, por ejemplo, Ezequiel Kronenberg, Juan Stewart y Cruz, que también forma parte del equipo creativo de Juana. Esto es: está en diálogo permanente, toca en la banda y gira con ella. Y con Lucas Martí estuvo en pleno contacto. Sobre él, dice: “A mí me encanta su mente creativa, me parece un gran artista y me gusta también su modo de trabajar. Es como un artesano también, igual que yo. Le gusta hacer las cosas a mano. Tiene un lenguaje que es muy propio y además es medio intelectual de la canción”.

Durante la última semana de abril salió Turr4zo, el nuevo disco de Trueno, y la sorpresa fue total. Hay un sample de Anónimo y una apropiación muy personal de ese plano de Juana. Un trueno que dialoga con el fuego. Ella dice: “Me pareció interesante y linda la apropiación de esas líneas de ‘lo_divino’. Me hace pensar que más allá de los géneros, hay un trazo común en la línea de tiempo que compartimos quienes habitamos distintos espacios dentro de la música, y que esos cruces, de alguna forma, van dejando un registro de época”.

Juana Aguirre está descalza en el avión que la lleva a Madrid. Comienza la parte de la gira europea de Anónimo. Mientras habla por WA con Rolling Stone sobre esos detalles, tiene activado The Pavilion of Dreams en sus auriculares. Después se queda en silencio y mira por la ventanilla, el cielo es tan inmenso como el mar. Una de las últimas líneas que tira, asegura: “No entiendo nada”. No lleva consigo un objeto de la buena suerte. “Lo más parecido a eso que puedo pensar es mi cuaderno de notas donde tengo alguna carta y alguna foto también”. Después de un tiempo, cuando lo complete, quizás lo prenda fuego. 

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