Un abrazo sensible: cómo fue el emotivo primer concierto de “Serú Girán por Lebón-Aznar”

La imagen de una playa cualquiera es lo primero que aparece en la pantalla del escenario gigante del Movistar Arena. El instante dura nada, sólo una ola perdiendo fuerzas en la orilla. Pero alcanza para entender allí un claro guiño a Búzios y al comienzo de todo en la historia de Serú Girán, la idílica aldea de pescadores donde Charly García y David Lebón empezaron a componer en 1978 los primeros borradores de una obra trascendental para el rock argentino.

Al dúo fundador se sumaron luego Oscar Moro y un jovencísimo Pedro Aznar, en lo que fue la formación inalterable de un período de oro que duró solo cuatro años. Casi medio siglo después, la alianza Lebón-Aznar evoca con total autoridad un reportorio que les pertenece. A pesar de las ausencias de Moro y Charly, el dúo, respaldado por una banda todo terreno, brindó durante dos horas un tremendo rescate emotivo de algunas canciones sagradas, las mismas que fueron, para buena parte del público que colmó el micro-estadio de Villa Crespo, refugio y también manuales de supervivencia durante la más terrible dictadura militar que sufrió la Argentina.  

El tono íntimo, a dos guitarras acústicas, en plan Crosby y Nash, marcó el arranque con “Parado en el medio de la vida”. La combinación de voces entre David y Pedro, rúbrica de estilo Serú, tocó la primera cuerda sensible de un show que volvería una y otra vez a ese punto donde se mezclan la nostalgia con el contagio colectivo de una multitud cautivada. La introducción coral de “La grasa de las capitales”, un registro grabado en 1979, es la señal de ajuste para que la banda completa explore el poder funky-disco de “Frecuencia modulada”. No importa si Lebón llega tarde al micrófono porque su guitarra habla por él cuando la canción lo requiere, mientras que el soporte de Aznar conduce a una formación que se sube al tema con total poder de apropiación. Mientras tanto, las pantallas muestran la histórica foto de Rubén Andón, en donde el cuarteto original luce cintas adhesivas sobre sus bocas (circa 1980).  

Todavía el show no había llegado a los diez minutos y el bajista decidió hacer justicia presentando a los músicos, parte esencial de Serú Girán por Lebón y AznarFederico Arreseygor (teclados y voces), Fernando Cosenza (guitarras), Matías Sabagh (batería) y Fermín Ferraris (teclados) forman un doble comando de swing y precisión, como queda demostrado en los cambios de progresiones rítmicas y armónicas que pide “El mendigo en el andén”.

“Necesito decirles a todos ustedes que han pasado muchas cosas desde que nací hasta ahora… Nunca me imaginé que a los 74 años iba a llenar estadios”, dice David, visiblemente emocionado después de agradecerle a Pedro por haber armado la banda que los acompaña. Suena “Canción de Alicia en el país” y Aznar vuelve a intervenir la letra como en la presentación durante Quilmes Rock, el año pasado: “Los inocentes son los culpables, dice su señoría, la policía”.  

Las pantallas muestran a Serú modelo 92 durante los caóticos conciertos en River, Charly -en plena etapa Say No More-, aparece como un endemoniado saltimbanqui. En el aire suena una versión demoledora de “Perro andaluz” desde la construcción mural del bajo fretless de Aznar. El show sigue con Lebón y la balada “Nos veremos otra vez”, primera visita a Serú Girán 92, el disco de regreso en los noventa que en este nuevo contexto parece acoplarse mejor a la discografía de la banda, aunque su momento fue duramente resistido por los defensores de la gloriosa etapa inicial.

Aznar y Lebón se reparten las líneas vocales de “Cinema verité” y “Desarma y sangra”, dos momentos García en donde es imposible borrar de la memoria las interpretaciones originales. Alguien grita desde la platea baja: “¡Gracias Charly!”, y tiene razón. La secuencia no baja el tono emocional: se suman tres canciones de La grasa de las capitales: “Noche de perros”, “San Francisco y el lobo” y “Viernes 3AM”, la secuencia es un viaje directo a los días de “paranoia y soledad”.   

El primero de los Movistar Arena también incluyó pequeños sets solistas. Lebón lució muy a gusto tocando las tumbadoras para recrear “En la vereda del sol”. Aznar, en cambio, fue pura concentración en una preciosa reinvención acústica de “Déjame entrar”, en donde se destacó el piano de Arreseygor. Luego de un celebrada versión de “Encuentro cercano con el diablo”, Aznar contó cómo nació “A cada hombre, a cada mujer”. “Esta canción la soñé, y cuando la soñé estaba cantada por tu voz. Fui a escribirla. Y cuando la escuché se me puso la piel de gallina, porque la cantaste tal como la había soñado”.  

Poco antes del final, se vivió otro momento de alta intensidad emotiva. Juanito Moro subió al escenario para asumir el rol de su padre. Se sumó en la batería para interpretar “Cuánto tiempo más llevará” y también lució en la arrolladora versión de “No llores por mí Argentina”. En tanto, las pantallas mostraban fotos del gran Oscar Moro fallecido en 2006. El legendario batero de Los Gatos, Color Humano y La Máquina de Hacer Pájaros, entre otros grupos, fue el artífice de un sonido que en los discos de Serú buscaba la contundencia y pegada masiva al estilo Phil Collins en Genesis, una elección que tanto Juanito como Matías Sabagh llevaron adelante a lo largo de todo el show.  

Es cierto que faltaron algunos clásicos como “Eiti Leda” o “Mientras miro las nuevas olas”, pero la ovación final no dejó dudas. Muchos de los que colmaron el estadio cerrado ni habían nacido cuando la banda se tomó el año sabático que duró una década. Muchos otros, los que escucharon en tiempo a Serú, tampoco acusaron quejas después de sumarse a un coro multitudinario, primero con “Peperina” y en el cierre cantando “Seminare”, otro tsunami que pasó por Buenos Aires en el inició de un tour que promete no dejar a nadie ajeno al abrazo sensible que provocan las canciones de Serú Girán en las voces de Lebón y Aznar.  

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