¿Dónde era que estábamos? Ah, sí, el hotel en Nueva York. Habitación 1604. Pero algo pasó y de pronto la ciudad quedó lejos, en otra dimensión. Y ahora estamos en una burbuja de silencio muy poco neoyorquino. Las cortinas atajan la luz natural, aunque la del baño está encendida, con la puerta abierta. Sobre la cama queen size, no completamente desarmada, tampoco impecable, hay una bolsa plástica con un par de decenas de rollos listos para revelar y una cámara pocket dentro de una funda de tela cosida por su propia dueña.
La cámara es de Julieta Cazzuchelli, alias Cazzu, que está sentada en una silla junto a la cama, con camiseta negra, jeans, pies descalzos. Los rollos contienen las fotos que hasta recién Sebastián Faena le sacó por las calles de Manhattan y en esta misma habitación. Y si el tiempo se detuvo y el ruido se apagó es porque Cazzu, que durante la última hora y pico venía charlando sin estridencias ni desvíos, en un momento ya no pudo seguir. Algunos le dicen “nudo en la garganta”, quizás fue eso. Lo concreto es que Cazzu (o Julieta) hace una pausa, baja la vista, suspira.
Cosas que pasan incluso en un gran día para tu carrera, un día tan potente que, con alguna mínima ayuda externa, las emociones te llevan de paseo cuando menos lo esperabas.
¿Y por qué era que estábamos en Nueva York? Ah, sí: en el medio de su primera gira por Estados Unidos, Cazzu presentará mañana el disco Latinaje en el teatro del Madison Square Garden, un auditorio con cerca de 6.000 localidades dentro del famosísimo complejo de espectáculos y deportes entre las avenidas Séptima y Octava y las calles 31 y 33. Las entradas están agotadas desde hace rato, como en la mayor parte del tour, que ya paró en Chicago, Las Vegas, varias fechas en California, y seguirá viaje por Texas y Florida. Asombroso, para un debut en este país.
Hoy tiene, técnicamente, el día libre, pero lo sacrifica por esta entrevista con Rolling Stone y para dar vueltas con Faena. El fotógrafo argentino, residente en París y exvecino de Nueva York, que ya hizo las fotos para el arte de Latinaje en Jujuy, la convencerá de bancarse las ráfagas de viento en el piso 86 del edificio Empire State y de clavarse una porción de típica pizza neoyorquina sentada sobre una de esas bocas de incendio no menos características.
“¡Chorros! Vos, tu vieja y tu papá, ¡guarda! Cuídense porque anda suelta, si los cacha los da vuelta, no les da tiempo a rajar. ¡Lo que más bronca me da es haber sido tan gil!”, canta Cazzu. No es trap sino un tango de Discépolo y no anda por las calles del Abasto porteño sino por la Quinta Avenida, en la tercera hilera de una van junto a Faena y equipo, buscando locaciones para las fotos de esta nota. Le pone empeño a la misión, pero algo parece incomodarla ligeramente y se acordó de la letra de “Chorra”.
“Me da un poco de cringe hacer fotos en Nueva York, como si estuviera conquistando el mundo. Es una ciudad que me encanta y que quiero conocer más, pero no me parece más importante cantar acá que en otro lado”, dice precisamente cuando Faena aprovecha para retratarla con Macy’s de fondo y en movimiento a través de la ventanilla. Y entonces Cazzu se hunde en el asiento, modo tragame tierra, o tragame Nueva York.
“Les tengo muy poca paciencia a las fotos. No soy una diva y no tengo alma de modelo. Es un trabajo que… mis respetos totales, pero no es para mí”, dice.
Ahora estamos en una vereda de la calle 31, una asistente compra una pizza en Dude’s (la grande de queso, 10.99), y Faena desafía a Cazzu a seguir siendo sexy mientras come una porción sentada sobre la bomba de incendios. Con plataformas rojas tan altas que marearían a una pop star consumada, sigue el juego mientras la gente pasa, la reconoce o se pregunta quién será. Una mujer latina, de unos 65 años, que no da el perfil de oyente de trap, se acerca a saludarla. “Bendiciones para ti y pa’ tu hija”, le dice en tono maternal después de darle un abrazo. Cazzu sonríe con un dejo melancólico, todavía sobre la bomba.
“Sí, la gente me bendice mucho. Eso me llama la atención –cuenta de nuevo en la van–. Me bendice a mí y a mi hija. No importa en qué creas, la bendición siempre es el deseo de que el otro esté realmente bien, y eso es muy bonito. Son más las ocasiones en las que se acercan para decirme algo, que solo para capturar una foto. Hay muchas mujeres con ganas de contarme lo que les pasó, que quizás tiene que ver con alguna vivencia mía. Eso me da la posibilidad de conocerlas, por eso le presto mucha atención a cómo se llaman, de dónde vienen, cuántos años tienen. Me doy un tiempo, incluso antes de subir a cantar, para caminar un rato y hacer contacto con los que se están preparando para el concierto. Es una manera de estar presente en la realidad, ¿no? Que es algo que me preocupa o me ocupa mucho: asegurarme de que estoy en la misma realidad que todo el mundo”.
Después de horas rotando y posando, bajando de y volviendo a subir a la van, nos juntamos a hablar en la habitación 1604. Antes, en un pasillo del hotel, alguien del entorno advierte discretamente que Cazzu debe estar agotada entre la gira, los compromisos, los viajes, las fotos, y ya veremos por cuánto tiempo se sostiene el nivel de atención imprescindible para una buena charla, más allá de la ventana acordada previamente. Pero acá estamos, al contrario, bien pasados de lo estipulado, y la música nacida 32 años atrás en Fraile Pintado, Jujuy, solo parece avocada a responder de la manera más reflexiva y precisa, desde convicciones firmes, nunca vaga ni esquiva.
“Soy una chica que tiene un estado de ánimo lineal, normal. No tuve consumos, no tengo depresiones, no tengo nada. Y, sin embargo, el desgaste de la serotonina que una pone en el escenario repercute emocionalmente de alguna forma. Siempre. De repente estás triste y no sabés por qué. Te acordás de que ayer lo diste todo, con mucha felicidad, pero sentís como un desbalance, ¿viste? Entonces, lo que intento en las giras es no ser hiperproductiva porque eso sale caro. En un momento, el cuerpo o la mente te lo cobran. Yo soy más del proceso, me gusta la tranquilidad, sentarme por las tardes en el silencio, escuchar mi cabeza. En las giras, evito pensar en ciertas cosas, me compro lo que necesito para dibujar y pintar, y estoy lejos del teléfono”, dice Cazzu.
Cuando toma velocidad en una respuesta, mira fijo al interlocutor y agita los brazos largos y extendidos como una deidad india, salpicando con sus tatuajes todo el ambiente. Y eso es lo que hace cuando explica: “Es un karma re de las mujeres esto de ser hiperproductivas. De alguna forma nos han hecho creer que mientras más seamos así el éxito será proporcional. Pero el éxito después te lo cobra. Y yo, la verdad, quiero vivir una vida tranquila; soy feliz con lo que recibo”.

La trapera conocida como La Jefa, la única chica entre los pibes del seminal single de la escena “Tumbando el club (Remix)” (2019, Neo Pistea, Duki, Ysy A, Khea y siguen las firmas y las reproducciones millonarias), hoy es una artista en plena expansión. El tour norteamericano es apenas un síntoma: en abril del año pasado lanzó Latinaje, producido por Nico Cotton, su cuarto álbum, y el más amplio musicalmente a la fecha, en el que muestra lo bien que su voz se adapta a nuevos (o no tan transitados) territorios, desde el bolero y el folclore argentino hasta el tango, la cumbia, la salsa e incluso una canción de… ¡Facundo Cabral! Casi en simultáneo publicó Perreo, su primer libro, y en abril se estrenó la película Risa y la cabina del viento, dirigida por Juan Cabral, en la que debuta como actriz.
Ese libro es toda una sorpresa. El negocio editorial suele sondear a músicos populares para publicar autobiografías marketeadas para los fans. Perreo es una decepción en ese sentido, por las mejores razones posibles: 189 páginas en las que, en lugar de distraerse con detalles inspiradores de su vida, de su trabajoso camino a la fama (“Me daría mucha vergüenza escribir una biografía a esta edad. Sería ridículo”, le dice a Rolling Stone), despliega un estimulante análisis de la música que la llevó hasta ahí (¡y a la cima del Empire State!): el reggaetón y el trap. Más que su propia obra, estudia las líricas de algunos colegas, la política del baile, la sexualización y, en particular, el “machismo” de la escena.
Se ha hablado mucho sobre el tema y Cazzu da cuenta de esa conversación, hasta se diría con rigor periodístico; pero su mirada es más bien disruptiva, personal, honesta, fuera de lo previsible. Julieta escribe en un pasaje: El reggaetón incomoda y despierta la cólera en los más conservadores porque propone otra mujer, una perra desinhibida que controla su cuerpo, sus decisiones y su sexualidad, que con su actitud ridiculiza cualquier opinión ofensiva en su contra.
“El libro existe para los demás, no para mí. Existe para las otras. Si fuese por mí el libro no existe, ¿entendés?”.
Creo que no del todo…
Es imperfecto, demasiado imperfecto, y también incompleto porque se detiene en una parte del conocimiento que espero adquirir con el tiempo. Fue una conversación que tuve con las chicas que me acompañaron en el proceso de escritura. Me decían: “La industria sigue necesitando este libro porque hay cosas que siguen pasando, aunque a vos te parezca que estén obsoletas porque las caminaste y las dejaste de sentir”. Por ejemplo, en mi sistema laboral no existe nadie con más poder que yo. Entonces, hay violencias sistemáticas que en este equipo no se viven; y si se llegaran a vivir, sería un momento terrible, rodarían cabezas. No están permitidas. Pero nomás miro un poquito para el costado y hablo con otra, con alguna chica con un proyecto un poquito más chiquito o mediano, ni siquiera tan lejos del mío, me doy cuenta de que está casi intacto el sistema que oprime a la mujer, a la mujer artista, a la mujer con capacidades de cualquier tipo.
Publicaste un ensayo sobre la música urbana casi al mismo tiempo que hiciste Latinaje, el disco con el que más te abrís de esa escena.
Este libro está abordado desde el reggaetón y el trap porque es con lo único que me siento realmente autorizada a hablar, pero no tengo dudas de que las mismas cosas suceden en los otros géneros, de los que quizá, de mi parte, sería imprudente hablar. Pero sí, [el libro y el disco] tuvieron un timing como… bueno, raro, super raro. Latinaje está hecho desde un lugar muy poco pretencioso, en realidad. Yo necesito prepararme emocionalmente y hacerme muchas preguntas que después derivan en que mi música sea de tal o cual manera. Y para este disco sentía que estaba cansada de la dificultad del urbano y de sus límites, a pesar de que también sentía muchísimo miedo de perder mi lugar o algo así. Fue un combate personal, duro, para ir derribando los miedos. Hubo un momento en el que sentía que, si cantaba más, si me soltaba, algo de Cazzu se perdía. Pero yo soy una amante de la música en el sentido amplio y Latinaje es esa verdad mía, ¿no? Esa verdad como escondida, de la música que me gusta escuchar, de lo romántica que puedo ser, a pesar de que me conocen como la chica ruda. Y cuando hablo de romántica me refiero a ser romántica respecto de tu pueblo, de tus amigos, de tu vivencia, del dolor de tus hijos. Para Latinaje debí atravesar muchas preguntas para después terminar haciendo el disco más fácil que hice en mi vida.
¿Por qué fue fácil?
Porque me sentaba a componer una canción y la escribía entera. La melodía y la letra me parecían las correctas. Voy a usar la palabra “perfectas” porque para mí la perfección en realidad es lo que uno considere, ¿no? Para mí hay canciones en este disco que son perfectas; no son las mejores en el mundo, pero sí para mí, porque fueron resultado de métodos nuevos que pude ejecutar con precisión y el papel que fui a jugar en cada canción, lo sentí verdadero. Fue también una manera de descubrirme y de conocer otros skills míos. Como: “Hey, che, mirá cómo te hago un bolero de repente”, ¿no? Qué loco saber que ese género musical está hace muchos años en mi cabeza. Si querés ser un loco que está en el loop y no ir más allá, el género urbano te lo permite. Cuando yo quise hacer Nena trampa (2022), sentí que fue poco comprendido, ¿sabés? Capaz que me volé, capaz me puse como muy científica loca. Por suerte veo que ahora hay gente que le encanta como si hubiera salido ayer y hubiera sido un éxito. Digamos que se añejó bien. Pero no fue una experiencia sencilla porque tenía más presiones que ahora. Me decían la Jefa del Trap, que cuántos años había escuchado reggaetón, que cuántos años llevaba haciendo trap, todo era como una cosa de demostración. Eso me despertaba como un brillo fálico, del que ahora lentamente trato de deshacerme, ¿viste? Para competir y para estar a la altura y para pararme frente al que me estaba impidiendo pasar, me tocó desarrollar ese brillo fálico que ahora ya no siento que me pertenezca. No lo quiero. Quiero estar más conectada con mi yo minita.
Pero esa estrategia había sido efectiva.
Fue efectiva. Son métodos efectivos, herramientas que tenés a mano. Muchas veces creo que de otra forma no hubiese funcionado. Ser más suave no hubiese funcionado en absoluto. Tenés que pegar la vuelta para reivindicar tu propia feminidad, porque llega un momento en el que estás creciendo y te das cuenta de que para el mundo la feminidad es debilidad. Y vos no querés ser débil.
Podés tener un plan, pero después estás en el escenario y pasan cosas, como la anécdota que contás en Perreo sobre el chico que te agredía durante un show a las 6 AM en una disco “de niños ricos” en Uruguay. La realidad altera el plan.
En mi caso, no atino primero a llorar. No soy así. Probablemente nunca lo sea. Primero voy a pelear, ¿me entendés? Si me voy a angustiar, va a ser mucho después.

El día siguiente a la entrevista, mientras en otro sector del Madison Square Garden juegan los New York Knicks contra los Philadelphia 76ers (108-102) un partido de la NBA, el público mayoritariamente femenino y latino (y con cuernitos rojos luminosos) llena el teatro Infosys. Desde que Cazzu arranca bien de abajo con “Ódiame”, a las 20.30, la Cazzu Army, además de amar las canciones y de bailar, parece identificarse con cada gesto de la argentina. No se trata solo del puro goce con la música, sino de empatía y sororidad. Las fans, decía Cazzu antes, le cuentan historias; y Cazzu les cuenta historias a ellas. Eso es el show de Latinaje y su despliegue con no pocos insumos de puesta musical y dramaturgia. El concierto no avanza en una historia lineal, pero sí se estructura en cuadros con escenografías y un cuerpo de bailarines varones que no hacen un movimiento que no sea en función de una narrativa bastante clara: hombres que rondan, seducen, manipulan, disputan, agreden, usan, reprimen, compiten entre ellos, negocian, se alínean, abandonan y después pretenden volver para empezar todo de nuevo.
¿Cómo es plantar Latinaje en vivo?
Es como que casi te da culpa de lo bien que resulta y de lo mucho que fantaseaste con sentirte así en el escenario. Es una experiencia muy tranquilizadora, ¿viste? Somos como un grupo de amigos haciendo lo que nos fascina hacer. Pero también siento que lo veo así porque comprendí más cosas sobre la música de las que comprendía antes. Me subía al escenario y, a pesar de que amaba hacerlo, no siempre eran momentos felices, había la neurosis, esa equivocación enorme de poner voz en el pensamiento y en la mirada del otro. Y algunas experiencias que te marcan y que son muy difíciles de deshacer, ¿viste?
¿Por ejemplo?
A mí me marcaron mucho, emocionalmente, los festivales. En un festival siempre voy a estar más nerviosa, como que me va a pasar algo en el pecho.
¿Porque el público no está específicamente para escucharte a vos?
Tuve muchas malas experiencias en festivales. Tuve mucho abucheo del varón que espera al varón que viene detrás tuyo. Me pasó de todo. Y también hubo momentos en los que me fue bien y yo igual la pasé mal simplemente porque ya era lo único que recordaba.
¿Entonces, cómo te sentís ahora en el escenario?
Latinaje es un desafío cien por ciento distinto. Armamos el show con Juan Giménez y Joaquín Guevara, de a poquito, probando. Y, bueno, llegó el momento en que tuvimos esta conversación en la que me plantearon: “Gorda, tipo, estás en un momento de tu carrera, como que ya sos una artista del pop y que te miran y que hay muchos ojos sobre vos. Hay que cantar, o sea, hay que hacerlo bien y hay que poner Autotune”. Yo les dije: “Quiero cantar estas canciones sin Autotune porque las grabé sin Autotune”. Seguramente haya que ensayar mucho, porque es diferente la energía del estudio a la del escenario. Pero nunca fui amiga del Autotune. Con el reggaetón y el trap, siento que no hacía tanta falta, o sea, los primeros años de mi carrera en el trap, cuando girábamos y cantábamos con los pibes, casi nunca usaba Autotune, salvo en algunas canciones de Nena trampa. Como no lo sabía usar, pensaba como que iba a empeorar la cosa, como que “che, mirá, la verdad que siento que [con Autotune] lo estoy haciendo peor de lo que lo haría sola”. A veces veo mujeres muy talentosas y que quizás bailan un poco más que yo y hacen más cosas, pero que tienen el “perfeccionador”. Yo en cambio estoy muy peleada con la perfección. Valoro mucho el error. Tengo la necesidad de vender realidad, ¿entendés? Es lo que vendo, es lo que ofrezco.

¿Y es lo que comprás en otros artistas?
Es lo que compro en los artistas. Igual, trato de respetar. De repente me encanta algo que es superplástico, y banco. Porque capaz que tiene lo suyo. Otras, veo chicas bailando, por ejemplo, y me parecen increíbles. Pero, en general, lo que yo ofrezco es música, letras, melodías. Y en vivo se trata de música de verdad, de letras de verdad. Por eso me gusta crear mis propias canciones, porque la realidad se empieza a tergiversar cuando hay mucha gente en el estudio, gente que conoce fórmulas y conoce acordes y que te puede llevar a caminar por la música desde un lugar bien industrial, que yo no disfruto.
¿Nada de campamento de canciones?
En mi vida no existe eso. No, no, para Latinaje éramos Nico y yo, nadie más. Ni campamento de compositores ni de productores, no. Yo conecto con un productor, con un músico, con una persona, y necesito la intimidad porque quiero decir cosas. A veces estamos con Nico y me dice: “Amiga, esta melodía está rara”. Entonces empiezo: “Bueno, pero ¿rara bien o rara mal? ¿Por qué no te gusta? ¿Porque no es hegemónica?”. Y tenemos unas conversaciones fantásticas donde yo, como lucho contra la hegemonía, de repente quiero derribar umbrales de lo que estamos acostumbrados a hacer. Y, en cambio, a él le toca ser efectivo. Pero en Cazzu no le toca ser efectivo porque hay una honestidad en la construcción que es muy, muy bonita. Podemos estar dos horas tomando mate hasta que empezamos a realizar una canción.
En el disco grabaste “Pobrecito mi patrón”, de Facundo Cabral. ¿Cómo surgió la idea?
Me parecía un mensaje bonito para compartir, escrito por alguien muy ávido en las palabras y en la poesía, particularmente en la poesía política. Hay mensajes que solo pueden ser así, como ese mensaje: es exactamente lo que yo quisiera compartir con la gente. Siento que más que canciones son gestos con el público, intenciones de compartir una idea que me parece linda y correcta y constructiva colectivamente, socialmente. Pienso que, aunque muchas veces diga que no hago las cosas para el otro, muchas de las decisiones más importantes que tomo sí son por el otro. Por la otra. La música necesita ser vehículo de herramientas de construcción. Más en momentos como los que estamos pasando.
¿En qué sentido?
Lo que pasa en el mundo. Parece que todo lo bueno, todo lo justo, casi siempre tiene una vuelta atrás, ¿viste? Lo decía Simone de Beauvoir, ¿no? Que una crisis política o social bastará para que los derechos de las mujeres sean puestos en duda. Y, literal, lo vemos en 2026. Hay momentos en los que se debe priorizar la resistencia y lo colectivo, más que lo que necesita uno.
¿Ves avances desde que empezaste tu carrera?
Hay logros. Pero es un poco frustrante que nos miremos nosotros dos acá y digamos: “OK, hay logros”. Sí, hay logros, ¡menos mal! Cómo, ¿no? Pero hay retrocesos también. Siento que hemos vivido varios retrocesos. Ver a nuestras pop stars todas peleadas, por ejemplo, es un retroceso gigante. Creo que ha sido un momento muy triste para la construcción de la sororidad y de las nociones entre mujeres. En mi caso me ha puesto muy triste lo que estaba sucediendo. Deseé mucho que no hubiese sido de esa manera y que todas aquellas niñas no estuvieran mirando lo que sucedía. Y siento que tiene mucho que ver con factores externos, factores políticos, estados de ánimo del mundo, con aquello de lo que estamos pendientes y a lo que le quitamos atención. Creo que hay evoluciones, pero son muy pocas y muy lentas. Yo justamente me la paso por ahí quejándome de un montón de situaciones y de las construcciones del sistema a costa de que haya gente que no me quiera, de que haya lugares donde no me siento insertada, donde capaz que tampoco quiero estar. Creo que ya me escuchaste hacer mis comentarios. Bueno, yo soy así de verdad. Por ejemplo, tengo mis peleas con los premios, no me ponen feliz. Cuento hace no sé cuántos años que fue la última vez que ganó una chica y digo: “Yo no quiero este premio, no lo quiero, no voy a ir”. Justo salieron las nominaciones a los Gardel [nota: al momento de esta entrevista se anunciaba que Cazzu tenía cuatro nominaciones; la entrega de premios sería el 26 de mayo, días después de la impresión de esta revista].
Son premios que existen hace muchos años y las ganadoras más importantes… te alcanza la mitad de los dedos de una mano para contarlas. Si fuera más individualista, este sería un gran momento para celebrar. Pero a mí la recompensa por Latinaje ya me la dieron. Me cuesta respetar los premios, me cuesta creer que pibes de 17 años sean más merecedores de estos premios que mujeres de 40 y 50, que los merecen desde hace ya muchos años. No lo puedo entender, entonces no puedo disfrutar mis nominaciones. Te soy honesta, ese disco está nominado en los Gardel por una cuestión de la discográfica, que automáticamente te postula, pero yo llegué a tener una conversación en la que les decía que no quería postular. Y de repente aparecieron todas estas nominaciones. Premios Gardel… me han nominado un montón de veces, nunca me dieron un premio. ¿Entonces soy una perdedora? No puedo conciliar que nosotras les demos vida a las alfombras, nos inviten a cantar, nos patinemos números increíbles con momentazos. Pero después, cuando hay que galardonar, no, nunca estamos a la altura. Creo que esta es la primera primera vez que hay tres mujeres nominadas para disco del año; quiero celebrarlo, pero me parece que llegan muy tarde. Como, puta madre, pareciera que nada me cae bien y que nadie me viene bien, pero, te soy honesta, digo ¿qué hago? ¿Hago una fiesta porque al fin nominaron a tres mujeres? Si en realidad es porque no les queda otra…
¿La entrega de los premios te encuentra en plena gira?
No tengo idea, la verdad. Estoy como conflictuada y cuando tengo conflictos con ciertas cosas, me gusta pensarlas y conversar y entender desde qué perspectiva lo hago. Objetivamente, mi problema es la desigualdad y la desvalorización de cualquier noción de talento y de capacidad que tenemos las mujeres. Me parece terrible. No puedo soportar que Marilina Bertoldi haya ganado un premio hace cinco o seis años y de ahí en más les dieron todos a chaboncitos hasta repetidos. Les dan los mismos putos premios a las mismas putas personas. Boludo, ¿de verdad? O sea, ¿somos tan malas? Todo esto lo debo haber escrito por lo menos hace cuatro años y me siento de la misma forma. Y, obviamente, esto te lo voy a decir desde el privilegio: mi música sigue funcionando. Entonces cada día me parece más importante mencionarlo, antes que no mencionarlo para poder obtener algunos de esos lugares. Me imagino que a nadie le gusta escuchar las cosas que digo. Y podrían dejar de nominarme y estaría bien para mí, ¿entendés? No sé si los premios son algo que realmente le importa a la gente, son cosas que le importan a la industria. La gente toma decisiones muy diferentes a las de la industria. Lo que la gente más escucha y más consume es exactamente lo que la elite considera como lo más barato. ¿Y quién vota esos premios? ¿Quién vota? A ver, a ver, muéstrenme quién vota. ¿Cuántas minas hay votando? ¿Quién carajo vota? Esto es rarísimo…
Interpreto que no te gusta mucho ir a entregas de premios…
Yo no trabajo por los premios. Me gusta cuidar mi tiempo, estar tranquila conmigo, serme fiel y nunca tengo muchas ganas de ir, aunque a veces me aflojo un poquito y me puedo equivocar. Hay artistas que tienen que complacer a mucha gente y no se pueden complacer a sí mismos. Pero este proyecto ha sido cuidado por mí, he sido su protectora, he sido como el cancerbero para que nunca nadie pueda infiltrarse. No tengo que hacer feliz a nadie más, a ningún empresario, no le debo nada a nadie, ¿viste? Una va dejando muchas cosas en el camino cuando toma las decisiones que yo tomé. Llegás más tarde a todos lados, no te tienen en cuenta en un montón de lugares, a los que no pertenezco, gente que no conozco y un filtro por el que no paso.
En tu libro recordás esa reunión con una ejecutiva discográfica en la que te dabas cuenta de que nunca había escuchado tu música.
Sí, es loco, ¿viste? Es loco el mundo del empresario de la música. Muchas veces sabe más cosas, muchas veces no. No siempre el artista sabe lo que quiere y hay proyectos que no pueden funcionar sin un guía externo. En mi caso, creo que me stockeé toda mi vida para esto. Preparé mi cabeza como para defenderme, y mirá que tengo un montón de momentos donde me pongo rehippie, retarada, insoportable. Le dije, por ejemplo, a Facundo, mi manager: “¡No quiero hacer la Rolling en Nueva York!”.
No te hizo caso…
No me hizo. Porque después lo escucho y le digo: “Bueno”. Ni sé por qué, ¿entendés? Está bueno entender tu proyecto. Para eso muchas veces tenés que soportar un montón de momentos incómodos, escuchar números, situaciones que no te aportan en nada a tu creatividad. Pero si querés ser dueña de tu empresa y de lo que genera y dónde va, obviamente hay que estar muy en el presente, hay cosas para resolver ya.
Muchos podrían haber asumido que, de ocurrir, el debut como actriz llegaría en el papel de una cantante que baja del interior a la gran ciudad para cumplir su sueño (y, en el mundo real, para capitalizar su popularidad con una banda sonora de alto impacto). Risa y la cabina del viento, el film de Juan Cabral que Cazzu coprotagoniza con Elena Romero (también debutante, de 10 años) y Diego Peretti, es un drama fantástico filmado en Ushuaia. Ella es Sara, una mujer que la pelea para salir adelante con Risa, la hija que descubre una cabina telefónica capaz de comunicar a los vivos con los muertos, justo lo que necesita para hablar con su papá ausente. Cabral es un colaborador habitual de Babasónicos, así que el soundtrack está resuelto con canciones de la banda y música original de su tecladista, Diego Tuñón. Cazzu, en cambio, se concentra en un rol que le queda justo, cuidadosamente ubicada en un registro verosímil, usando los recursos que puede tener como no-actriz, sin arriesgar más de lo necesario, pero cumpliendo con una labor sólida, natural. En el último Festival de Cine de Mar del Plata, Risa… ganó el premio al mejor largo argentino y Cabral el de mejor director.

Dado que cuidás tanto tus tiempos y tu energía, ¿te costó aceptar la propuesta de actuar?
Ya nos lo venían proponiendo y, la verdad, yo decía: “Che, boludo, yo nunca actué, voy a hacer el ridículo en el cine, me parece raro”. Pero Juan Cabral, que es un como un ser mágico, como un hada, insistió un montón porque decía que Sara era yo. Así que me llegó el guion, lo leí y quedé muerta de amor y de tristeza y de todo lo que me generó, y dije: “¿Qué es esto? De dónde viene esta cosa tan bonita?”.
Ya te habrían llegado propuestas antes…
Sí, no era la primera peli que me proponían. A veces quieren que hagas de vos misma, que hagas de una hiphopera, lo típico, ¿no? Y de repente este chabón me estaba pidiendo algo diferente, ¿entendés? Como que, en un tiro, se lo pidió más a Julieta que a Cazzu. Y me parecía muy mágico cómo él, sin conocerme, había visto en mí algo de su Sara, y conecté. Yo ya había ido a un casting y me había parecido terrible. Llegué a una convocatoria de una película y me dijeron: “Bueno, tenés que hacer un casting”. Pero ¿cómo? vos me estás convocando, ¿por qué tengo que hacer un casting? O sea, chicos, yo nunca actué… Vos ya me viste ahí, en la calle, nerviosa, haciendo fotos, con la gente que me está mirando. Imaginate cómo estaría en un casting. Fue un momento muy feo, traumático, y dije: “No, este no es mi mundo”.
Pero en este caso fue algo resimple, muy tierno y muy amable. Era una producción bastante alternativa, a pulmón, de solo dos semanas, y dije: “Sí, tengo dos semanas para hacer esto”. Y la verdad que hoy le agradezco a Juan por haberme convocado, porque para mí es una experiencia preciosa y me parece una película muy hermosa y, nada, me siento muy afortunada de poder aportar a una historia tan bonita como la de Risa. Ahora, mañana me pedís otra cosa y vamos a ver, no sé, ¿entendés? No soy actriz, no sé si me puedo transformar en algo o en alguien, aunque me parece fantástico.
El papel parece como calibrado para vos, sin estridencias, pero a la vez sin que estés haciendo simplemente de vos misma.
Me importaba no darme cringe a mí misma, mirarme y decir “qué raro que es esto”. Me quedo con algo que me dijeron varias personas: que “vieron” a Sara y que en un momento se olvidaron de que era Julieta. Eso me puso muy feliz porque yo traté de respetar un montón al personaje.
¿Entonces la experiencia te entusiasmó para hacer otras películas?
Me entusiasmó, pero tengo la certeza de que no todo el cine es tan dulce como lo fue esta experiencia para mí, una experiencia linda, familiar, tranquila. Donde yo no era el foco de nada, nadie estaba pendiente de mí, nada recaía sobre mí y todo era como tratar de ser funcional a lo más importante: la peli. Pero creo que no todo el cine es así. Y no está en mis planes, el cine es algo que conlleva mucho tiempo para el ritmo al que vamos nosotros. Te tiene que gustar mucho la obra, porque no vas a ir por plata, vas a estar seis semanas grabando y no te van a pagar lo que vos hacés cantando en esas seis semanas, ponele.
Es interesante esa Ushuaia que muestra la película, muy real, sin postales.
Es el ojo de Juan, que es tan talentoso. Tiene esto de mirar la simpleza de las cosas. Es un poco como Seba [Faena]. Son personas que quieren trabajar con lo que el mundo les brinda, ¿viste? O sea, esta sesión de fotos, que la gente va a ver con esta nota, tiene el traslado de la calle, de la luz, de la hora, de mi cansancio, de mi vergüenza. Y Seba, como Juan, tiene eso, el lente mágico que captura lo simple de una manera que nunca hubieses visto, así, tan bonito. Es un talento que yo respeto un montón.
Horas antes del show, la banda de Cazzu prueba sonido en el Madison Square Garden. Son una docena de músicos jóvenes y virtuosos, que incluyen bandoneón, cuerdas y vientos, lejos del standard para el género urbano. Solo una vez que todo está seteado, Julieta camina hasta el centro del escenario para chequear su micrófono. La banda empieza a tocar el crescendo de “Ódiame”, sexto track de Latinaje, Cazzu dice el primer verso y para. La banda también deja de tocar. Cazzu se cubre la cara con el brazo derecho y ahí se queda freezada. Una de las chicas del equipo se acerca y la abraza. Luego, uno de los bailarines hace lo mismo frente a la platea vacía del teatro.
“Con el equipo vas haciendo familia –había dicho el día anterior, en la entrevista de la habitación 1604–. Para mí es crucial lo que piensa el otro que está con vos. La persona que, no sé, opera los monitores, ¿qué pensás de la vida, de la música? ¿Dónde está para vos el valor de las cosas? Las coincidencias no tienen por qué ser artísticas, quizás son coincidencias humanas, lo que es más importante. Porque artísticamente necesitamos estar en desacuerdo para crecer, para que vos me saques de mi lugar y yo te saque del tuyo y para que lleguemos a un acuerdo y aprendamos a seguir adelante. Pero humanamente está bueno manejar los mismos códigos, las mismas opiniones de la vida, de las cosas. Qué raro sería trabajar con alguien que considerás que no hace su trabajo de manera leal con lo que considerás que hay que ser leal. Mucho de lo que hago recae sobre eso. Porque el de la gira es un equipazo…
¿Con cuánta gente viajás?
Somos cuarenta y pico, 46. Imaginate. Para mí, la capacidad de darle trabajo a gente que soñó toda su vida con hacer esto es como tener una varita mágica. Sea cual sea tu magia, el potencial es más o menos ese: la cantidad de gente a la que le puedas dar laburo y que estén felices, porque vos ves a este equipo y la gente está feliz. Y ellos saben que esto es de ellos y están flasheando. Los bailarines, los músicos, cada uno ocupa un espacio que es suyo, y yo lo respeto, aunque tengo la posibilidad de poner las reglas o, más bien, el tablero. Es hermoso ver tanta gente contenta en esta gira, poder venir con mi hija, bajar del show y tener un cable a tierra tan importante en la familia. Es una vida muy, muy privilegiada y muy satisfactoria. No sé si mi carrera crecerá eventualmente porque la gente lo decide y le gusta lo próximo que haga. Pero yo ya estoy lista, estoy bien, ¿entendés? Yo no manejo ambiciones desmedidas, si este es el techo, así será, y si no, bienvenido. Pero esto es una locura, o sea, imagínate, comenzamos en Chicago con 3.000 personas, seguimos en Las Vegas… ¿Qué hago yo en Las Vegas? ¡Con todo lo que hay para ver en Las Vegas, la gente me viene a ver a mí! Tuvimos lugares de 6.000 personas y lugares de 2.000, la mayoría llenos, ponele, y otros en los que sobran unos espacios. Y nada cambia, ¿entendés? Nada cambia. Está esa necesidad de la gente de venderte el sold out y de asegurar que no hay más entradas, y así convertir todo lo tuyo en un deseo. Pero no, no, a veces hay entradas, googleen, fíjense, ¿entendés? Yo quiero seguir abrazada a la realidad y, mientras, disfrutar de lo que hubiese sido una locura pensar a los 15 años. Soy muy feliz, y mirá que con todo lo que pasa… Un ataque de pánico, de vez en cuando, a nadie se le niega [risas]. Un ataque de angustia, después de seis shows seguidos, no mató a nadie…

Cazzu acaba de decir que viaja con su hija, Inti, de tres años. Y eso nos lleva a otro tema, aunque estamos muy pasados del tiempo convenido para esta entrevista con Rolling Stone. De hecho, el aviso era que hoy podría estar cansada y que la charla podría amesetarse sin remedio más temprano que tarde. Pero nada de eso pasó en la habitación 1604. Ocurrió otra cosa y fue recién hacia el final de un día agitado. La mención de Inti deriva directo en la Ley Cazzu. Una iniciativa impulsada en México y Argentina que busca limitar la responsabilidad parental a progenitores que incumplan con la cuota alimentaria por tres meses o abandonen el cuidado de sus hijos. Su objetivo es facilitar trámites como permisos de viaje y pasaportes para el progenitor que sí ejerce la crianza.
El proyecto lleva el nombre de Cazzu debido al conflicto que la cantante mantiene con el progenitor de Inti, el artista mexicano Christian Nodal. Ella ha hablado públicamente del caso y comentado, por ejemplo, detalles de una reciente mediación: “Hace tiempo que no me sentía tan mal como ese día –dijo en otra entrevista–. Ese hombre [el abogado de Nodal] me miró a los ojos y sin decirme nada me dijo: ‘Tenemos el puto control sobre vos y sobre tu hija’”.
Ante la pregunta sobre qué siente respecto de que un proyecto de ley, para auxiliar a otras mujeres en circunstancias similares, lleve su nombre, alcanza a decir: “Es lindo que me lo preguntes porque también creo que hay una confusión. Hay personas que piensan que esto es algo que yo propuse y la verdad que es una iniciativa de personas que un día decidieron proponer cierta modalidad parental debido a problemáticas muy comunes, de las cuales yo he sido víctima. Que usen mi nombre para un proyecto así me honra mucho. No sé si de por medio hay instituciones políticas, si hay segundas intenciones, pero cuando lo veo objetivamente es una propuesta que me conmueve por haber representado una voz para denunciar las desigualdades; muchas de ellas, de las que no puedo hablar, las vivo todos los días y son una carga muy pesada que llevo. Y, nada, considero que es un…”.
Algo queda en pausa. Cazzu está por dar uno de los conciertos de su vida, una noche que, de ir todo bien (escribo esto desde el futuro: el concierto fue impecable), merecerá el adjetivo de consagratoria. Pero por unos segundos larguísimos, densos, profundos, Manhattan se apaga y lo único que existe es la habitación 1604 de este hotel. No hay afuera, no hay antes ni después. ¿Habrá Cazzu? Quizás solo Julieta y una angustia acechante, que reaparece. Hasta que Cazzu vuelve para decir lo que necesita decir: “Me emociono un toque porque hoy ha sido incluso un día un poco complejo desde esa perspectiva”. Mientras recobra la firmeza de la última hora y media, los brazos y los tatuajes vuelven a revolotear, de a poco. “Pero nada me enorgullece más que que mi paso por el mundo aporte algo para una causa honrada y constructiva, ¿no?”.
¿Te obsesiona pensar y planificar el futuro?
No, en ese sentido soy más infantil. Sí me pasa que me da un poco de vértigo perder lo que tengo, despertarme un día y haberlo perdido todo. No sé por qué. Tendrá que ver con mi historia… ¡Después lo hablamos en terapia! [risas]. Creo que estos son los años donde me gustaría consolidar mi patrimonio financiero y económico. Después, los deseos artísticos muchas veces son una inversión que no se recupera y que no siempre son un negocio redondo, a menos que vos seas un negocio redondo. Y yo soy un negocio totalmente deforme, que de redondo no tiene nada. Todos mis hits son accidentes totales.
Me gustaría sentir eso, ¿sabés?, que voy a poder criar a mi hija, ayudar a mi familia, que vamos a estar bien, con lo que se necesita, sobre todo un techo, la comida. Y seguir creando. Porque soy una drogadicta del proceso creativo, espero ese momento con ansias, ingresar en la fantasía y en cada pieza para llevarla a cabo. Pero, en cuanto al futuro, solo deseo hacerme grande y envejecer bien y contenta, con lo necesario para vivir. Y, la verdad, no necesito tanto para vivir bien. No tengo tanto y, si lo tengo, seguro me lo gasto en el próximo delirio artístico, porque soy así. Si tengo gustos caros, son para el arte, nada más.
Fotografías de Sebastián Faena
Styling: Jorge León
Makeup: Belu Sáenz
Pelo: Mae Ludueña
Asistentes de vestuario: Flor Traverso y Cata Rec
Video: Pablo Corradi
Agradecimientos: Ay Not Dead, The Ann Wagners, Kosiuko, Selu, Valentina Schuchner, Jesús Fernández, Cocoliche, Esquina, Joti Arriague y Empire State Building
Entradas Recientes
- Jermaine Jackson pide anular el fallo de la demanda por agresión por valor de 6,5 millones de dólares
- ROBI abraza sus ‘partes más grises’ en su álbum debut: ‘Soy un gris en esta industria’
- Marjane Satrapi (1969-2026): La mujer que dibujó una revolución
- OVO Noel, afiliado de Drake, revela la lista de canciones de OG 'ICEMAN'
- De parte mía: la carta de presentación definitiva de Kakalo
- David Bisbal regresa a 'Operación Triunfo' como juez
- El juego de la vida: cuando el cine revela lo que las cifras no pueden contar
- Dónde comprar entradas económicas para la GIRA MUNDIAL 2026 de XG: THE CORE
- “Es totalmente quien siempre quise ser”: Kidd Voodoo sobre Euforia
- Jason Lee habla sobre el cambio de su programa a BET y los próximos premios Impact Awards
- Kenshi Yonezu, BTS, Sra. MANZANA VERDE
- Artistas y presentadores de los Premios Tony 2026
- Nick Jonas se burla de la nueva música de 'Camp Rock 3' y elogia al elenco más joven
- 'PUREFLOW' de LE SSERAFIM es su tercer número uno en la lista de ventas de álbumes principales
- El sector tecnológico musical del Reino Unido pide más reconocimiento y financiación


