Michael Jackson, ya consagrado como estrella de proporciones galácticas, dirige la reunión, impasible, desde la cabecera de una mesa de directorio en lo que da toda la impresión de ser una firma de abogados top en Nueva York. Entre el escuadrón de letrados imbatibles, señala a uno, John Branca, el menos formal, para que de ahí en más lo represente. Le pide al resto que los dejen solos y le comunica a Branca su primera misión: despedir a Joseph Jackson, su propio padre, a cargo de su carrera desde niño, del que ya hacía mucho necesitaba librarse. Branca escucha como quien recibe las coordenadas para una operación suicida de la que depende el futuro de la humanidad. Y entonces todo parece conducir a un momento cumbre, de máxima tensión, en Michael, la nueva ¿biopic? sobre Michael Jackson, dirigida por Antoine Fuqua, escrita por John Logan y estrenada simultáneamente en buena parte del mundo. Una producción a escala… bueno, a escala Michael Jackson.
Pero lo que ocurre es esto: acto seguido, vemos a Joe Jackson (recibir un fax con apenas una línea en la que se le informa que, de ahí en más, el octavo de sus hijos artistas prescindirá de sus servicios. Eso es todo. Lo que se veía venir como un tsunami sobre la estructura familiar y encima de toda la industria del entretenimiento resulta en los honorarios más fáciles que Branca haya facturado en su carrera. Pero no hay remate ni alivio cómico: la película simplemente pasa a otro tema.
Esa situación es característica de Michael, un film que se parece mucho a las hoy de moda biopics sobre músicos, pero que en verdad juega a otro juego. Y, en ese sentido, es justo decir que no se trata de una película fallida, sino de una película que apuesta a algo diferente, y que no se demora en contar una historia interesante, a explorar e indagar en los recodos de un camino ascendente, con sus retrocesos, sus curvas y volantazos. Lo que más le importa a Michael es celebrar el notable legado de Jackson, desde sus comienzos en los setenta, con los hermanos, como los Jackson 5, y justo hasta el comienzo de la gira de Bad en 1988.
No vamos a encontrar en estas dos horas un intento de estudio profundo del personaje bajo los reflectores, ni una indagación seria acerca de su entorno familiar, más allá de la caricaturización del padre tiránico (colman Domingo), el cliché sin atenuantes de la madre amorosa, Katherine Scruse-Jackson (Nia Long) y la depurada intrascendencia de Jermaine, Marlon, Tito, Jackie y La Toya (no, no me olvidé de Janet: ella ni siquiera es mencionada). Lo que sí encontramos, en cambio, es, más que un actor de oficio, un doble de la megaestrella, su sobrino (hijo de Jermaine) Jaafar Jackson y al talentoso Juliano Krue Valdi, como el Michael niño. También abundan las recreaciones de hitos musicales, que serían como covers cinematográficos: grandes presentaciones de los Jackson 5, en las que Michael rápidamente brilla sobre los demás; la grabación, junto a Quincy Jones, de Off the Wall; la gestación de “Beat It”, con su mensaje a las (increíblemente domesticables) pandillas en guerra de Los Ángeles; el rodaje de “Thriller”, la despedida de los Jackson 5 en el estadio de los Dodgers y muchos, muchos más cuadros musicales en los que las canciones corren completas y con un audio realmente espectacular [para escribir esta reseña, vi la película en una sala Imax, donde el sonido es aún más impactante].
El debutante Jaafar, en especial, cumple con una labor impecable, si damos por hecho que el objetivo era imitar a su tío hasta lograr el moonwalk perfecto y emular su característico falseto de niño inocente perdido en cuento de hadas. Conocemos la sólida tradición de imitadores de Michael. Jaafar es el rey de ellos, perfecto en el exigente (sin ironía) arte de copiar a un artista que supo inventar un estilo personal y tomar el mundo del pop en sus propios términos.
Esos largos y técnicamente logrados pasajes no fallan: ni siquiera hace falta ser un fan, de los que acuden a la función con sombreros y guantes, para vibrar con esas canciones por gusto, por nostalgia ochentera o simplemente como una reacción humana inevitable frente a estas descomunales producciones de Quincy Jones y estas performances eléctricas. En ese sentido, Michael es un triunfo total del groove.
En términos narrativos y de lo que suele ir a buscar a una sala de cine, en cambio, Michael tiene la complejidad de un videoclip de 1984. Debe ser una de las primeras películas sobre músicos en las que todos los ejecutivos de discográficas y managers son nobles y empáticos con sus artistas (y eso que abundan: desfilan por la pantalla capos de Motown, Epic y CBS, todos de trato entre muy razonable y hasta francamente paternal); ni siquiera ese lugar común se permite el guion en favor de que pase algo, aparte del constante tironeo de Michael con el padre; un vínculo traumático, sí, pero que básicamente se despliega en toda su dimensión ya desde el primer ensayo en el living familiar de Gary, Indiana, y no se modificará hasta la escena final. [en este atípico perfil de managers y hombres de negocios benévolos quizás haya incidido que justo Branca, el representante de MJ, sea el productor de la película].
Podemos mencionar también la participación especial de un mono vía FX (Bubbles), una llama, una rata, una serpiente y una jirafa, todas mascotas de Jackson, que la familia (incluso el déspota del padre) parece no tener más remedio que aceptar en la mansión de Encino, California; y el rol más enigmático del chofer-seguridad Bill Bray (KeiLyn Durrel Jones), que nunca termina de justificar su presencia, más que en un ligero gesto final (de pronto uno toma conciencia de lo raro que es el papel de un guardaespaldas en una ficción en la que nunca debe ejercer su oficio).
Y, por supuesto, no hay en Michael ni el más ínfimo indicio de ninguna polémica, cuestionamiento o leyenda de tintes oscuros en torno de su protagonista. No está el contenido (ni la negación) de las denuncias que aparecerían luego de su muerte, especialmente a través del documental Leaving Neverland (Dan Reed, 2019). Nadie esperaba eso de una producción generada desde la familia. Pero tampoco hay espacio para otras miradas menos duras, pero ciertamente con atendibles dudas sobre la estabilidad emocional de una de las figuras más deslumbrantes de la cultura pop en el siglo XX. Michael, más que dar cuenta de la personalidad del Rey del Pop parece mirar el mundo desde su perspectiva-Peter Pan. Y es difícil asumir que ninguno de los hombres de negocios detrás de este tanque comparta con MJ ni una pequeña dosis de inocencia.
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