Brigitte Bardot murió el 28 de diciembre de 2025, en Saint-Tropez, el lugar que terminó confundiéndose con su leyenda doméstica: sol, sal, miradas ajenas, y esa idea de Europa como escenario perpetuo.
La noticia se siente como un golpe retroactivo, no porque Bardot “seguía actuando” (había dejado el cine hace décadas después de participar en 47 películas), sino porque su imagen nunca se retiró del todo. Bardot fue una de esas figuras que no dependen del presente para seguir ocurriendo. En fotos, en portadas, en la memoria del deseo colectivo, en el peinado, en el escote que lleva su apellido, en la palabra “B.B.” convertida en marca cultural y abreviatura de un temblor, en su apodo de Sex Kitten que da cuenta de su actitud felina.
Su estallido tiene fecha y título: Y Dios… creó a la mujer (1956), dirigida por Roger Vadim. No fue solo un éxito; fue una alteración del clima moral. Bardot no interpretaba únicamente a una joven que desordena un pueblo, interpretaba el hecho de que el deseo femenino podía ser el motor de una película (y el problema de una sociedad) sin pedir disculpas.
Esa es la clave para entender su importancia en el cine. Bardot no inventó el erotismo en pantalla; inventó la insolencia moderna del erotismo. Una mezcla de luz, irreverencia y amenaza, como si la libertad llegara en bikini y con una risa que no acepta sermones.
Después vino el Bardot “doble”. La estrella popular y la actriz que, cuando el material lo permitía, sabía volverse más compleja de lo que su mito dejaba ver. Ahí está La vérité (1960), con su dimensión más dramática; y está Godard con Le Mépris (1963), donde el cine se mira al espejo y Bardot queda atrapada (bella y consciente) dentro de ese dispositivo.
Su carrera, en suma, no fue solo la de “la mujer más deseada del mundo”. Bardot fue una figura en el centro de una pelea entre la industria, la modernidad, la censura y las fantasías masculinas. Incluso Simone de Beauvoir la leyó como síntoma y detonante de un cambio cultural. Bardot como signo de una época, un cuerpo convertido en argumento filosófico.
Bardot fue también cantante, modelo, musa y una fábrica de gestos reproducibles. En los sesenta, su figura circuló como si fuera una canción pegajosa. Bastaba una foto para que el planeta entendiera el mensaje. Y el mensaje no era “perfección”; era algo más irritante para el orden: Autonomía.
Su estilo (cabello, delineador, ropa y actitud) no se volvió tendencia por delicadeza, sino por contundencia. Era una estética que no buscaba complacer al gusto dominante, sino que más bien lo desafiaba. Por eso la copiaron tantas y, al mismo tiempo, por eso, casi nadie pudo repetirla. Es que la imitación reproduce la forma, pero nunca el riesgo.

La protagonista de Babette se va a la guerra (1959) dejó el cine y cambió de guerra. En 1986 creó la Fundación Brigitte Bardot, y convirtió su celebridad en una maquinaria de presión pública por el bienestar animal. Ese paso es más radical de lo que parece. Bardot no fue “una actriz que apoya una causa”, fue una figura que decidió que su fama no sirve para ser querida, sino para causar malestar a gobiernos, industrias y costumbres. Ese costado le dio sentido a su segunda vida pública, la de una Bardot que ya no necesitaba la cámara, porque la cámara (y la prensa) la seguían igual.
Y aquí viene lo que vuelve a Bardot humana en el sentido más áspero: sus contradicciones. Porque su historia no cabe en un altar limpio. En los últimos años, su activismo convivió con una retórica política que le trajo condenas y repudios, y con simpatías por la extrema derecha que terminaron manchando su figura pública. Bardot fue capaz de encarnar libertad para millones y, a la vez, de producir frases que reducían esa misma libertad cuando el “otro” era el destinatario.

Esa tensión es parte de su legado, no para “cancelarlo”, sino para entenderlo. Bardot demuestra, con una claridad brutal, que el mito puede ser luminoso y problemático al mismo tiempo. Que la historia cultural no se escribe con personajes puros, sino con seres humanos amplificados por la fama.
Con su muerte, Francia pierde una de sus exportaciones culturales más potentes y el mundo pierde una figura que enseñó, para bien y para mal, que una celebridad puede ser una fuerza histórica. El presidente Emmanuel Macron la despidió públicamente, confirmando el tamaño institucional de su huella.
Pero lo que realmente queda no es el comunicado, sino la imagen persistente. Bardot caminando como si el plano le perteneciera, y al mismo tiempo como si no le debiera nada a nadie. Una mujer que ayudó a mover la frontera de lo filmable y lo deseable; que convirtió el escándalo en gramática pop; que se retiró del cine, pero dejó el cine lleno de su sombra.
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