Hay años en los que las nominaciones al Óscar funcionan como una fotografía del cine contemporáneo. Y hay otros, como este, en los que funcionan como un retrato psicológico y sociológico de quienes votan.
La 98.ª edición de los Premios de la Academia será recordada, sin duda, por sus cifras. Sinners hizo historia con 16 nominaciones, Una batalla tras otra le siguió con 13 (hasta el año pasado, el récord lo mantenían Ben-Hur, Titanic y El Señor de los anillos: El regreso del Rey con 11 nominaciones cada una) y títulos como Marty Supreme, Valor Sentimental y Frankenstein consolidaron un bloque de prestigio sólido, respetable y reconocible. La Academia dejó claro qué tipo de cine entiende, respeta y premia.
Lo que quedó fuera, sin embargo, cuenta una historia mucho más interesante.
Cuando diez lugares siguen siendo pocos
La categoría de Mejor Película, ampliada desde hace años para evitar polémicas, volvió a fallar. Nouvelle Vague, Padre madre hermana hermano, Caza de brujas, Sorry Baby y Song Sung Blue no encontraron espacio. Que F1 sí lo haya hecho vuelve inevitable la comparación. La ausencia de Superman es particularmente reveladora. No solo quedó fuera de la Mejor Película (se lo merece), también fue ignorada en Efectos visuales, a pesar de un trabajo técnico que superó a varias de las nominadas. La lectura que circula es clara. Una película de superhéroes que cree en la bondad, en la ética y en la luz resulta sospechosa en una era que prefiere la ambigüedad moral, la oscuridad y el nihilismo como coartada intelectual. La llamada “superhéroes-fobia” también sepultó el diseño de producción retro de The Fantastic Four, uno de los trabajos visuales más cuidados del año.
Riesgo, disidencia y cine queer: de vuelta al clóset.
Las exclusiones de Caza de brujas, Pillion y La misteriosa mirada del flamenco confirman una constante muy cuestionable: el cine queer es bienvenido solo cuando no incomoda demasiado. Cuando hay riesgo formal, provocación o conflicto político, la puerta se cierra con cortesía.

Actuar sin red ya no alcanza
En actuación, las ausencias pesan tanto como las nominaciones. Dwayne Johnson no fue tomado en serio por The Smashing Machine, quizá el trabajo más vulnerable y complejo de su carrera. El Bruce Springsteen interpretado por Jeremy Allen White desapareció sin quedar en ningún lado, y Jennifer Lawrence y Julia Roberts fueron ignoradas por completo en los mejores papeles de su carrera por Muérete amor y Caza de brujas.
A la lista se suman el Shakespeare de Paul Mescal de Hamnet, el actor y el agente George Clooney y Adam Sandler de Jay Kelly, y Chase Infiniti, el corazón de Una batalla tras otra. El patrón es claro: el riesgo interpretativo ya no garantiza reconocimiento y visibilidad.

Mejor Casting: una promesa que nació tímida
La nueva categoría de casting se anunció como un paso hacia adelante. En la práctica, reprodujo las mismas cegueras. Hamnet, Marty Supreme, Una batalla tras otra, El agente secreto y Sinners fueron reconocidas, mientras Valor Sentimental, Nouvelle Vague, Fue solo un accidente y Caza de brujas quedaron fuera. Justamente las películas donde el ensamble era una apuesta creativa central.

El cine independiente, fuera de foco
Sorry Baby de Eva Victor, La cronología del agua, dirigida por Kristen Stewart, Urchin y Rosemead no figuran en ninguna categoría. El mensaje es difícil de ignorar. El Óscar ya no sabe o no quiere dialogar con el cine pequeño, íntimo o radicalmente personal.

Dirección: el silencio más elocuente
Ryan Coogler, Paul Thomas Anderson, Chloé Zhao, Josh Safdie y Joachim Trier fueron nominados con justicia. Pero la omisión de Guillermo del Toro, Jim Jarmusch, Jafar Panahi, Noah Baumbach, Steven Soderbergh y Richard Linklater es imposible de defender. Seis autores cuya ausencia apunta a un rechazo cada vez más evidente al cine político, autoral y formalmente inquieto.

Terror: permitido solo con permiso
Aunque Weapons y The Ugly Stepsister aparezcan en las categorías de Mejor actriz de reparto y Mejor maquillaje y peluquería, The Long Walk y Bring Her Back quedaron fuera. El terror sigue siendo aceptable solo cuando viene acompañado de respetabilidad social y discurso integrador como sucede con Sinners.

El musical: castigado por existir
El desprecio más claro de esta edición recae sobre el musical. Wicked: For Good, El testimonio de Ann Lee y El beso de la mujer araña fueron ignoradas de forma sistemática. Que sus diseños de producción y vestuarios, construidos desde lo artesanal y lo teatral, no hayan sido reconocidos, resulta francamente imperdonable.
A nivel interpretativo, el vacío es igual de elocuente: Ariana Grande, Cynthia Erivo, Amanda Seyfried, Jennifer Lopez y, de manera especialmente dolorosa, Tonatiuh, quedaron fuera. El mensaje se repite: cuando el musical es exuberante, queer, religioso o político, se castiga.

El mundo también sobra
En la categoría de Película internacional, la presencia de El agente secreto como representante de Brasil contrasta con la exclusión de la surcoreana La única opción. Latinoamérica desaparece con Belén (Argentina) Un Poeta (Colombia) y No nos moverán (México) fuera de competencia.

Scott Weiner / MediaPunch /IPX
Documentales sí. Sobre música y cine, no.
En el campo del documental, la herida es profunda. Quedaron fuera Mr. Scorsese, Riefenstahl, Pee-wee as Himself, Stiller & Meara: Nothing Is Lost, Devo, It’s Never Over: Jeff Buckley, Sly Lives, The Makings of Curtis Mayfield, One to One: John & Yoko y And So It Goes: Billy Joel. Es decir, todo lo que se refiera a música y a cine no es aceptable. La exclusión de George Orwell: 2+2=5 es, sin exagerar, una omisión grave, grave, por su urgencia y pertinencia sociopolítica.

Dos pequeñas sorpresas y un exabrupto
Entre las pocas sorpresas (menores, pero significativas) del anuncio, hubo dos títulos que se colaron casi en silencio. The Lost Bus, el drama de supervivencia dirigido por Paul Greengrass y protagonizado por Matthew McConaughey, consiguió una nominación a Mejores efectos visuales gracias a un trabajo técnico sobrio pero efectivo, más cercano al realismo físico que al espectáculo digital, muy en la línea de su estreno en Toronto y su posterior recorrido en streaming. La otra aparición inesperada fue Kokuho, una ambiciosa cinta histórica japonesa dirigida por Lee Sang-il que llegó a Maquillaje y peluquería tras un recorrido sólido de estreno en Cannes, enorme éxito comercial en Japón y un trabajo de caracterización minucioso que recrea décadas de historia con precisión casi artesanal. Dos nominaciones aisladas que destacan por su calidad, pero que no alcanzan a romper el clima general de cautela que domina estos Óscar. La tercera sorpresa es imperdonable: ¿Avatar: Fuego y cenizas nominada a Mejor vestuario? ¿en serio?

Con Conan O’Brien de regreso como anfitrión y una gala que suma 24 categorías, los Óscar 2026 confirman algo inquietante: la Academia sigue celebrando el músculo de la industria, pero evita sistemáticamente aquello que la desafía. El riesgo, el terror, el musical, el cine independiente, la disidencia cultural y buena parte del mundo siguen esperando su turno.
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