Hay bandas históricas (pocas) que se mantienen siempre a la altura de su mito y hay otras (más) que se estrellan y se prenden fuego y terminan siendo un dibujo hecho de memoria de lo que alguna vez fueron. Y también hay algo entre medio, una especie de meseta bastante habitada en la que cada tanto sacan un disco nuevo que todo el mundo elogia cuando sale pero que incita a muy pocos a repetir el play un año más tarde. Aunque incomode decirlo, los Rolling Stones estaban un poco en esa: de Bridges to Babylon (1997) para adelante, la banda de rock más grande del mundo nos regaló un puñado de canciones buenas, escondidas entre otras que ni por asomo indignaban, pero tampoco hacían mucho más que cumplir.
No es que alguien les vaya a reclamar algo: con que saquen algo como “Angry” de tanto en tanto es más que suficiente para un grupo de semidioses de más de 80 que vienen haciendo feliz al mundo desde el Precámbrico. Pero a la vez, sabiendo quiénes son y lo que nos dieron, nunca se pierde la esperanza de obtener un poquitito más de satisfacción.
Y entonces llega Foreign Tongues y rompe la inercia: cuando uno ya los creía (merecidamente) en automático, se despachan con un disco fibroso, divertido, lleno de guiños a su propia juventud. Escuchando estas catorce canciones cobra más sentido el deep fake del video de “In the Stars”: es como si hubieran redescubierto detrás de los achaques y las arrugas a los pendejos barderos que supieron ser.
No es tan el caso del corte y del lado B “Rough and Twisted” (un blues tradicional que pierde ortodoxia en el estribillo pero la recupera enseguida), aunque sí, por ejemplo, el de “Jealous Lover”, una baladita soulera con falsete que podría tranquilamente ser un outtake de Some Girls (1978). O de “Divine Intervention”, con un riff que materializa Topper rojas y una melodía que es pura azúcar e invita al repeat inmediato. También de “Ringing Hollow”, el “Far Away Eyes” de este siglo, campirano y medio ebrio de whisky ilegal. Incluso de “You Know I’m No Good”, cover de Amy Winehouse, en la que uno hasta puede adivinar el proceso de Jagger copándose con la frase “te dije que soy un problema” y mostrándosela a Keith y Ron para meter risotada conjunta y proceder a zaparla hasta que salga.
Ahí está el punto: en que se los huele divertidos, jugando a la música con el plus de la experiencia, como si se hubieran sacado de encima la mochila de “la posteridad” que encierra grabar. El productor Andrew Watt, con total inteligencia, los deja ser: lleva el timón con la premisa de encauzarlos si se desbandan, pero no meter la cuchara si no hace falta. Así llegan a un álbum que no es lo que se conoce como una vuelta a las fuentes, pero sí un abrazo al amateurismo perdido, y a la vez una recorrida por todos los Stones que existieron: así como hay country, blues y rolinguismo, también está el lento trasnochado cantado por Richards que no puede faltar (“Some of Us”), un rockito medio disco (“Never Wanna Lose You”) y hasta un border punk (“Hit Me in The Head”) que grabaron con Charlie Watts antes de perderlo.
Como en Hackney Diamonds (2023), invitados grandes no faltan: Paul McCartney, Robert Smith de The Cure (que un día cayó de casualidad al estudio y terminó haciendo coros), Stevie Winwood y Chad Smith, el baterista de los Red Hot Chili Peppers. Al cierre de este texto no está claro qué hace cada uno, pero de vuelta: hay aire de juntada con los pibes, y ese espíritu lúdico, ese alineamiento absoluto con el tao, hace que nos llevemos la certeza de que, está bien, puede ser que “Mr. Charm” o “Covered in You” no se banquen tan bien el paso del tiempo, pero quién va a sacar “Divine Intervention” o “Jealous Lover” de nuestro Spotify Wrapped de este año.
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