La doble vara de la industria musical

En las últimas semanas, varios nombres femeninos de la industria musical internacional han quedado en el centro de polémicas que los medios y las redes se han encargado de amplificar hasta el cansancio. Por un lado, en un caso que ya fue desmentido, la cantante estadounidense Chappell Roan fue señalada por el futbolista Jorginho de haber maltratado a su hija tras, presuntamente, enviar a un miembro de seguridad a intimidarla tanto a ella como a su esposa, Catherine Harding. Por otro lado, la escena argentina se ha visto sacudida por un conflicto creciente que involucra a Emilia Mernes, Tini Stoessel y María Becerra. Sin entrar en el detalle del chisme semanal, en pocas palabras, el asunto pasa por unfollows, acusaciones cruzadas y versiones no confirmadas: desde supuestos intentos de sabotaje de conciertos hasta señalamientos por apropiación de equipos creativos y conceptos artísticos. Más ruido que certezas, pero suficiente para alimentar la indignación de los fans.

En un plano quizás menos explosivo, pero igualmente significativo, también aparecieron Zara Larsson y Sabrina Carpenter. La primera perdió un contrato millonario tras una broma sobre el aborto; la segunda volvió al centro de la discusión —a raíz de su gira por Sudamérica— por algunas de sus letras en las que se refería a los hombres inmaduros como “inútiles”.

Si uno se detiene a mirar estas polémicas en conjunto, aparecen dos constantes. La primera es la tendencia de medios y redes a inflar cualquier episodio medianamente controversial hasta convertirlo en escándalo. La segunda, más reveladora, es que todas las protagonistas son mujeres. Eso, lejos de ser una coincidencia, dice bastante sobre cómo opera la industria musical y, en general, la cultura que la rodea.

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Lo interesante no es tanto la acumulación de casos, sino la lógica que los conecta. Como han señalado teóricas como Rosalind Gill y Angela McRobbie, la cultura contemporánea opera bajo una especie de contradicción permanente donde a pesar de que nunca antes las mujeres habían tenido tanta visibilidad ni tantas herramientas para construir su propia imagen pública, tampoco habían estado tan expuestas a una vigilancia constante sobre cómo se comportan.

Desde esta perspectiva, no se trata simplemente de que “se critique más” a las artistas mujeres, sino de que existe un marco previo que condiciona cómo se interpretan sus acciones. Gill lo plantea en términos de una sensibilidad postfeminista, donde la libertad y el empoderamiento son valores centrales, pero vienen acompañados de una exigencia implícita de autocontrol. Las artistas pueden ser auténticas, disruptivas o incluso provocadoras, siempre y cuando no crucen ciertos límites invisibles. Cuando lo hacen, la reacción no es proporcional al hecho, sino al quiebre de esa expectativa.

McRobbie, por su parte, sugiere que esta dinámica responde a una cultura que da por superadas las luchas feministas, pero que en realidad sigue operando bajo sus mismas jerarquías, solo que de forma más sofisticada. Se celebra a la mujer independiente, pero se la sigue juzgando con una vara distinta. Así, cualquier error deja de ser circunstancial y pasa a leerse como un problema de carácter o actitud.

En ese cruce entre exposición, expectativa y castigo es donde estas polémicas dejan de ser casos aislados y empiezan a revelar un patrón. Porque si algo tienen en común, más allá de sus diferencias, es que todas ocurren dentro de un sistema que no solo observa a las mujeres, sino que constantemente está evaluando si están siendo lo que se espera de ellas.

El incel de turno podría decir que esto ocurre con todos los artistas por igual, apelando a ejemplos aislados como el de Timothée Chalamet y unas declaraciones sacadas de contexto que, supuestamente, le habrían costado un Óscar. Pero incluso si ese caso fuera cierto, funciona más como excepción que como regla, especialmente dentro de la industria del entretenimiento, porque si algo demuestra el panorama reciente es que no todas las polémicas pesan lo mismo, ni todas las carreras se ven afectadas de la misma manera.

No hay que irse muy lejos para comprobarlo. Figuras como Kanye West han protagonizado en los últimos años una serie de episodios que van desde declaraciones abiertamente antisemitas y elogios a figuras históricas asociadas al nazismo, hasta una escalada de discursos erráticos que le costaron la ruptura con marcas, plataformas y parte de la industria. Aun así, su música sigue acumulando reproducciones, su figura continúa generando conversación y su base de fans —lejos de desaparecer— parece reacomodarse constantemente para sostenerlo.  El reciente lanzamiento de Bully, su último álbum, no hace más que confirmarlo: millones de escuchas en plataformas y una presencia destacada en rankings internacionales que evidencian hasta qué punto la controversia no ha erosionado su alcance.

Algo similar ocurre con Chris Brown, cuyo historial incluye uno de los casos más recordados de violencia de género en la industria pop reciente. En 2009, el artista agredió físicamente a su entonces pareja, Rihanna, en un episodio que derivó en cargos criminales y cuya gravedad quedó ampliamente documentada tanto en reportes judiciales como en la cobertura mediática de la época. Incluso en los años posteriores, cuando el discurso público del artista apuntaba al arrepentimiento, hubo gestos que reavivaron la controversia y pusieron en duda la profundidad de esa narrativa, como la polémica en torno a un tatuaje en su cuello que muchos interpretaron como una referencia a la imagen de Rihanna golpeada. 

Steve Granitz / GETTY IMAGES

Pese a ello, su carrera no solo no se detuvo, sino que con el paso de los años ha logrado reinsertarse con relativa facilidad en el circuito comercial: giras exitosas, colaboraciones de alto perfil e incluso un premio Grammy en 2025. En su caso, la gravedad de los hechos convive, casi sin fricción, con una industria y un público dispuestos a separar —o directamente ignorar— al artista de sus acciones.

Esto no implica minimizar las críticas que ambos han recibido, sino poner en evidencia una diferencia difícil de pasar por alto: mientras que en el caso de muchas artistas mujeres el error tiende a volverse definitorio y ser el centro de atención por semanas, en el de sus pares masculinos suele diluirse con el tiempo, reinterpretarse como parte del personaje o, directamente, quedar subordinado a su obra. La controversia, lejos de cancelar sus carreras, termina integrándose a ellas.

Al final, la discusión no pasa por defender o condenar a una artista en particular, sino por preguntarse por qué ciertas faltas se vuelven imperdonables mientras otras, incluso más graves, encuentran formas de ser pasadas por alto, dejando en evidencia que la industria no reacciona únicamente a los hechos, sino a quién los protagoniza.

Al jugar una parte clave dentro de la industria, los públicos también tienen una gran responsabilidad a la hora de someter a las artistas al escrutinio público. El escenario de Britney vs Christina de inicios de los 2000 no ha cambiado mucho si se observa la manera en la que los fandoms continúan comparando a cantantes que no son de su gusto personal con aquellas a las que sí les juran devoción. De este modo, cuando alguna intérprete es víctima de acoso en masa por alguna banalidad, este tipo de fanáticos ve una oportunidad para reforzar sus sesgos confirmatorios y echarle más leña al fuego. “Siempre supe que era una perra” y “nunca me dio buenas vibras” son frases que se lanzan por montones en redes cuando surgen polémicas como las recientes de Chappell Roan o Emilia Mernes pero, una vez más, esto no suele verse entre grupos de fans de cantantes pop masculinos.

En un contexto donde a las mujeres se les exige no solo talento, sino también coherencia, simpatía y una especie de impecabilidad moral, cualquier desliz se convierte en una falla estructural. Las artistas son vistas como unas muñecas que deben ser perfectas y deben ceñirse al papel idealizado que los públicos y los medios se han inventado para ellas, así que en el momento en que tropiezan no se les ofrece el beneficio de la duda ni alguna oportunidad de redención. En cambio, para muchos hombres, la controversia sigue funcionando como un elemento más de su narrativa: algo que incomoda, sí, pero que rara vez pone en riesgo real su lugar dentro del sistema. En su caso, sí se trata de “seres humanos que cometen errores” y sí se toma en cuenta su lado de la historia antes de saltar a alguna conclusión. Tal vez el problema no sea la existencia de polémicas —inevitables en cualquier espacio público—, sino la forma en que se distribuyen sus consecuencias. 

Mientras unas carreras se ponen en pausa por semanas de escrutinio, otras siguen avanzando casi intactas, incluso después de haber cruzado límites mucho más claros. Ahí es donde la doble vara deja de ser una percepción para convertirse en una realidad.

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