Con más de tres décadas dedicadas al cine, Gianfranco Rosi ha construido una obra que desafía las categorías tradicionales. Sus películas, aunque ancladas en lo real, evitan el lenguaje convencional del documental para acercarse a una experiencia más abierta, donde la observación, el tiempo y el fuera de campo juegan un papel central. En esta conversación, el director habla sobre su proceso creativo, su rechazo a las estructuras rígidas y la manera en que el sonido y la imagen construyen sentido en Pompeya: Bajo las nubes.
Llevas más de tres décadas haciendo cine a partir de la realidad. ¿Qué te sigue atrayendo de este tipo de trabajo?
Para mí no hay diferencia entre documental y ficción. Esa división no me interesa. Lo único importante es el cine. Nunca parto de un guion cerrado ni de una historia definida. Prefiero descubrirla con el tiempo, a través de la experiencia directa. Cada película la enfrento como si fuera la primera y la última. Me involucro durante años, viviendo en los lugares, formando parte de esa realidad. Es un proceso de inmersión total.
Esa idea de inmersión implica también una forma distinta de narrar.
Claro. Yo no escribo una historia para luego filmarla. No hago casting ni construyo personajes desde un escritorio. Me interesa encontrar la historia en el camino. Por eso necesito tiempo. El cine industrial no me interesa, porque todo está predeterminado. Yo necesito descubrir, improvisar, dejar que las cosas ocurran.

En tus películas hay una atención muy clara a lo que queda fuera del encuadre.
Eso es fundamental. A veces es más importante lo que no se muestra que lo que está en la imagen. El fuera de campo forma parte de la narración. Las historias que no filmas siguen ahí, dentro de la película. Eso lo entendí mejor cuando hablé con Bernardo Bertolucci. Él me dijo que en mis películas se sentía todo aquello que no estaba en pantalla. Y eso se volvió central en mi trabajo.
En Pompeya: Bajo las nubes, ese fuera de campo parece estar muy ligado al propio territorio.
Sí, porque Nápoles es así. Es una ciudad donde lo visible es solo una parte. Debajo hay otra realidad. El volcán mismo es eso: algo que está presente, aunque no siempre se vea. Me interesa trabajar con esa idea, con lo que está ahí pero no se muestra de forma directa.
El sonido tiene un peso muy particular en la película.
Para mí es esencial. Trabajo solo, así que dirección, cámara y sonido son parte de un mismo proceso. No puedo separar esas funciones. El sonido crea una dimensión que no está en la imagen. En esta película, por primera vez sentí la necesidad de incorporar música. Pero no como un acompañamiento tradicional, sino como una extensión del paisaje sonoro.
¿Cómo trabajaste esa dimensión sonora?
Quería que el sonido pareciera venir del volcán, como si todo surgiera desde su interior. El volcán es casi una entidad viva dentro de la película. Con el compositor Daniel Blumberg trabajamos desde esa idea. Grabamos sonidos, los transformamos, incluso registramos audio bajo el agua para crear una textura distinta. Todo eso aporta una sensación de suspensión, de tiempo detenido.
Tus películas suelen evitar explicaciones directas.
Porque no me interesa dar respuestas. Me interesa mostrar la complejidad. Hoy muchos documentales intentan explicar todo o tomar una posición clara entre lo bueno y lo malo. Eso empobrece el lenguaje del cine. Prefiero dejar espacio para que el espectador construya su propia interpretación. Ahí es donde la película cobra sentido.

También has hablado de la importancia de que tus películas trasciendan el momento en que fueron filmadas.
Sí, eso es clave. No me interesa hacer películas que funcionen como noticias. Quiero que tengan una vida más larga, que sigan creciendo con el tiempo. El cine tiene que ir más allá del presente inmediato. Tiene que abrirse hacia algo que todavía no sabemos del todo.
¿Qué lugar ocupa entonces el cine documental hoy?
Tiene un potencial enorme, pero muchas veces se limita a estructuras muy rígidas. Creo que el reto es recuperar la libertad, volver a experimentar, encontrar nuevas formas. El cine no debería dar respuestas cerradas, sino abrir preguntas.
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