Pocas bandas dan más certezas que AC/DC en la previa de un show: uno sabe con total seguridad que se va a encontrar con casi los mismos temas, tocados de la misma manera, a veces hasta en el mismo orden. Y que incluso son medio parecidos entre sí, como reza aquella frase atribuida a Angus Young en la cual el guitarrista se indigna porque la gente dice que hicieron once discos que suenan igual y corrige: “No es cierto, hicimos doce discos que suenan igual” (ahora hicieron más).
Algo más apócrifa -aunque no errada- es la supuesta frase de Jeff Beck que dice que las canciones de AC/DC son “hamburguesas musicales”, en lo que parece ser una crítica y en realidad es un grandísimo elogio: con un proceso estandarizado, el grupo fabrica productos simples que son puro goce. Con eso se va a encontrar uno cuando va a ver a AC/DC: no con cocina gourmet, no con los manjares sofisticados de un restaurante con estrella Michelin, sino con unos cuantos de esos patys conmovedores con los que uno se engrasa todo lo que va entre la frente y el pecho y termina transpirado y feliz.
Así las cosas, íbamos a River sin esperar cosas raras, pero igual llevábamos dos dudas: cómo sería el espectáculo que acompañaría a la música y cómo estarían ellos, con esto del paso del tiempo, los achaques, las bajas y todo lo demás. Y ante situaciones como ésta, siempre está la tentación de pintar los análisis con brocha gorda, polarizar y bajar línea con que todo fue un orgasmo de dos horas y media o fue un martillazo en un dedo, cuando en realidad -como casi siempre- la realidad estuvo en algún lugar entre medio.
El grupo salió al escenario con “If You Want Blood (You’ve Got It)”, una de los crescendos más cebadores y mejor construidos de la historia del rock mundial, y ya desde ese momento se vivió esta sensación de dualidad que mencionamos: muy lejos de dar pena como sugerían algunos videos que circularon por Internet en los últimos meses, AC/DC tampoco era la locomotora sin freno que recordábamos. Un poco que ver con esto tuvo el sonido, que acaso fue víctima del viento y parecía indeciso con la guitarra de Angus ondulando y la voz de Brian Johnson apagada en la mezcla. Otro poco se lo podemos atribuir a las visuales y la puesta en escena: el logo en distintos colores, llamas en “Shot Down in Flames”, relámpagos en “Thunderstruck”, cartas en “Sin City”, la campana en “Hells Bells”, resolución de pantalla extrema y luces correctas, pero nada inolvidable (linda, de todos modos, la apertura con el auto entrando al Monumental). Quizás el hecho de tener un campo delantero que llegaba a tres cuartos de cancha (no del todo lleno al final) y recién ahí una franjita de campo trasero repleto (¿no se suponía que serían de igual tamaño?) no ayudó a crear clima. Pero en sí, aunque haya otros factores, la explicación de que el show haya sido muy bueno y no la locura que fueron -por ejemplo- los de 2009 hay que buscarla en el efecto de los años y los cambios de formación.

Para empezar, cabe recordar que dos de los músicos sobre el escenario son directamente sesionistas (el baterista Matt Laug y el bajista Chris Chaney). A eso le sumamos que el sobrino Stevie Young reemplaza al irremplazable Malcolm, fallecido en 2017. Y finalmente sí, están los dos históricos, cada uno en situación diferente que procedemos a desmenuzar.
Brian Johnson, hay que decirlo, está tocado. Como suele pasarle a los vocalistas de registro agudo que pasan los 60 años, perdió caudal y parece hacer mucho esfuerzo por cumplir con las tonalidades necesarias. Temas gritados como “Thunderstruck” los sufre, aunque en canciones con más color blusero como “Riff Raff”, “Stiff Upper Lip” o “Sin City” todavía se da maña. Hay algo que hace que muchas veces conspira contra el total disfrute del show: le cambia los fraseos a las letras, cosa que dificulta cantarlas como uno las sabe de memoria. De vuelta: no es el suyo un estado trágico ni mucho menos, pero el cantante que entró a AC/DC en 1980 en lugar de Bon Scott es, hoy, una pata corta.

Y por otro lado está Angus, que tiene el pelo blanco y largo y medio escaso y ya pasó los 70 años y como mucho debe pesar 50 kilos y, sin embargo, es la mismísima razón por la que ver a AC/DC sigue siendo un placer. De uniforme especial celeste y blanco, el tipo seguramente quitó “The Jack” de la lista para no tener que sacarse los pantalones en público pero es su única renuncia: sigue tan vital y endemoniado como siempre. Toda de él es la arenga que hace explotar a la gente en “Highway to Hell” y en “Shoot to Thrill”, como también es toda de él la triada casi final con “Riff Raff”, “You Shook Me All Night Long” y “Whole Lotta Rosie” (esta vez la gorda sale en pantalla nomás, no hay muñeca inflable), en la que enmaraña riffs y hace gestos de animador para desembocar en “Let There Be Rock” que -ahora sí- es su momento definitivo, con no menos de ¡diez! solos, una plataforma móvil, un rato tirado en el piso boca arriba y todo el biri biri. Angus es, por lejos, el más joven de la banda, aún cuando el DNI dice todo lo contrario.

En la lista de temas podríamos marcar alguna ausencia pero en general estuvo lo que tenía que estar (todavía quedaba tiempo para los bises: “T.N.T.” y “For Those About to Rock”, con cañones y fuegos artificiales). El público también cumplió, aunque se sintió la diferencia de entusiasmo con la visita anterior. Todo estuvo acomodado, pero al mismo tiempo había algo apenitas desfasado que corría por lo bajo, una micronésima de segundo de relax por compás donde antes solo había dientes apretados, y fue muy sutil pero estuvo ahí y se percibió. Volviendo a la analogía de las hamburguesas: alguien en algún momento del proceso pijoteó dos gramos de algún ingrediente y el resultado es un paty buenísimo, pero no ese paty demoledor, incendiario por el que eras capaz de tomarte un colectivo a la madrugada. ¿Dudas? Casi ninguna. ¿Certezas? A pesar de los años, los momentos vividos… AC/DC es 100% satisfacción y Angus Young es eterno.

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