Hacienda de San Antonio: una experiencia sin igual

Colima es una tierra de contrastes. Ubicado en el oeste de México, el estado se extiende desde las cálidas costas del océano Pacífico, con playas, llanuras costeras y puertos comerciales como Manzanillo, hasta las estribaciones de la Sierra Madre Occidental, que configuran valles internos, lomeríos y una densa vegetación tropical y boscosa. Esta subida del relieve culmina en su frontera con Jalisco, al norte, donde predomina el Complejo Volcánico del territorio, coronado por el majestuoso Volcán de Colima.

Escondido en las verdes laderas a los pies del gigante de fuego, y como si de una novela de Juan Rulfo se tratase, surge un imponente castillo rosa que, siguiendo el estilo de la casa tradicional mexicana, decora su fachada con grandes ventanales, numerosos balcones y copiosos patios ajardinados. Se trata de la Hacienda de San Antonio, un fascinante paraje ajeno al paso del tiempo cargado de escenarios surrealistas, comida inmejorable, brisas frescas con olor a café provenientes de las plantaciones cercanas y una historia viva que conserva la majestuosidad de la cultura rural mexicana.

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La historia de la finca, situada dentro del rancho Jabalí, se remonta al siglo XIX, cuando fue fundada bajo el nombre de Hacienda de Santa Cruz por el inmigrante alemán Don Arnoldo Vogel y su esposa mexicana, Doña Clotilde Quevedo.

Vogel, aprovechando el clima fresco de las tierras altas, convirtió los terrenos de la propiedad en una próspera hacienda cafetalera. La Casa Grande fue construida entre 1879 y 1890, y la calidad del café producido allí era tan apreciada que se servía en el famoso hotel Waldorf Astoria de Nueva York, así como a la familia imperial alemana.

Tras unos primeros años prósperos, en los que además se construyó un acueducto de arcos con piedra volcánica para abastecer de agua a la casa principal y hacer funcionar el generador que suministraba energía a la maquinaria de la propiedad, la hacienda pasó por uno de sus momentos más difíciles en 1913, cuando la erupción más grande registrada del volcán de fuego —nombre alterno del volcán de Colima— amenazaba con destruir los cafetales.

Ante la compleja situación, Doña Clotilde decidió encomendar el terreno a San Antonio, su santo predilecto, y prometió construirle una capilla si la finca y las plantaciones se salvaban. Luego de resultar ilesos, la señora de la casa cumplió su promesa y ordenó levantar un oratorio en su honor en 1913, que acompañó con el cambio de nombre del lugar a Hacienda de San Antonio. Desde entonces, cada 13 de junio, personas de las localidades vecinas y de otros lugares acuden a rendirle homenaje con danzas, música y una misa oficiada por el sacerdote local.

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Durante la Revolución Mexicana, muchas haciendas fueron confiscadas y destruidas, pero la Hacienda de San Antonio se salvó gracias a que la familia Vogel tuvo la astucia de ofrecer alimentos y alojamiento tanto al ejército gubernamental como a los revolucionarios. Sin embargo, tras la muerte del alemán en 1926, la estancia entró en un periodo de decadencia.

Fue entonces cuando, luego de ser dividida, una parte de la propiedad fue adquirida por el empresario boliviano Antenor Patiño en 1973, año en el que inició su recuperación junto al arquitecto Mauricio Romano. En 1987, su yerno, Sir James Goldsmith, tomó el relevo y emprendió una restauración que se prolongó durante casi una década.

Para iniciar el proyecto, Sir James trajo al diseñador francés Robert Couturier con el fin de aportar una perspectiva europea clásica a la restauración de la hacienda. Couturier añadió una segunda planta a la propiedad, construyó la monumental escalera, demolió las pequeñas estancias que antes servían para almacenar maquinaria de caña de azúcar y edificó una sala de estar y un comedor alrededor del patio principal. 

Sir James encargó a su hija, Alix Marcaccini, y al diseñador de interiores Armand Aubery la decoración de la hacienda, buscando equilibrar el espíritu y la tradición de una gran casa señorial mexicana con el alma de un hogar familiar.

Marcaccini trabajó para alcanzar tres objetivos principales: utilizar los colores vibrantes de México, equilibrar las proporciones e incorporar las artes y artesanías tradicionales mexicanas. Añadió una terraza en la azotea para aprovechar las majestuosas vistas de las montañas y el volcán, y construyó también la sala de estar conocida como el Mirador.

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Donald Barhart (arquitecto y diseñador estadounidense radicado en Guadalajara) colaboró realizando los planos necesarios para el diseño del mobiliario y de las alfombras de lana presentes en muchos de los dormitorios. Estas hermosas alfombras de lana son tejidas a mano por una familia de Teotitlán del Valle, Oaxaca. La capilla fue restaurada hasta convertirse en un magnífico ejemplo de arquitectura neoclásica, también con la ayuda de Barhart. Desde entonces, la hacienda ha sido considerada por muchos como la más hermosa de América Latina.

La residencia familiar de Sir James abrió sus puertas como hotel en el año 2000. Es propiedad hermana de Cuixmala —la finca costera de Sir James y sede de su Fundación Ecológica en Jalisco—, situada a 25 minutos de vuelo o tres horas en coche. La hacienda y su rancho, Jabalí, perpetúan el legado de Sir James Goldsmith: responsabilidad ecológica y social, amor por la familia y los amigos y, sobre todo, su amor por México, país que consideraba su segundo hogar.

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Hoy, esa historia se extiende por cada rincón de la propiedad. La Hacienda de San Antonio cuenta con 25 suites distribuidas en dos plantas alrededor de un patio central cubierto de vegetación: 22 suites y tres Grand Suites, todas decoradas por Marcaccini junto al diseñador de interiores Armand Aubery. Los espacios conservan el carácter de una gran casa mexicana, con techos altos, chimeneas de leña, textiles europeos, piezas de arte y artesanías mexicanas y alfombras de lana tejidas a mano en Teotitlán del Valle, Oaxaca.

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Las habitaciones se dividen entre aquellas con vistas a los jardines, al valle del río y al Volcán de Colima. Las suites tienen entre 540 y 640 pies cuadrados y cuentan con dormitorio y sala de estar integrados, baño con bañera, chimenea y acceso a terrazas de piedra volcánica o balcones. Las tres Grand Suites —El Quetzal, El Sol y El Volcán— ocupan el segundo piso y ofrecen 1.400 pies cuadrados, dormitorios independientes, salas de estar, dos baños, chimeneas y espacios exteriores privados. El Volcán, además, ocupa una posición privilegiada en una de las esquinas de la casa y cuenta con cuatro balcones desde los que puede contemplarse el volcán.

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Pero la experiencia no termina detrás de la puerta de una habitación. La casa está pensada para ser recorrida y habitada: el Yellow Bar funciona como punto de encuentro para tomar café, conversar o disfrutar de un cóctel; la biblioteca ofrece un espacio más íntimo; el Mirador aprovecha la luz y las vistas para leer, descansar o ver una película; y el salón de billar acompaña las noches junto al bar. 

El antiguo almacén donde alguna vez se guardaba el café de la plantación se convirtió en el Club Room, un amplio espacio de columnas de piedra volcánica y vigas de madera que hoy recibe comidas, celebraciones y eventos privados. En el exterior, los jardines rodean una alberca de 110 pies y un pabellón donde se puede almorzar junto al agua.

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La gastronomía es, a su vez, una extensión del territorio. La propiedad cuenta con un comedor principal y un pabellón junto a la alberca, además de distintos rincones donde es posible organizar cenas privadas. 

Buena parte de los ingredientes utilizados en la cocina proviene del propio Rancho Jabalí, donde se mantiene una producción orgánica que conecta la mesa con el paisaje que rodea la hacienda. Frutas, verduras, quesos y carnes llegan directamente del rancho, al igual que el café que se cultiva y tuesta allí mismo y que acompaña los desayunos, servidos cada mañana en la terraza al aire libre frente a los jardines de la propiedad.

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La experiencia puede cambiar de escenario a lo largo del día: desde comidas junto a la piscina y picnics en distintos puntos de Rancho Jabalí hasta cenas privadas o veladas en la terraza del mirador, algunas acompañadas por música de mariachi en vivo. Para quienes quieran conocer el origen de lo que llega a la mesa, el propio rancho puede recorrerse para observar de cerca los cultivos y la producción de buena parte de los alimentos que se sirven en la hacienda. 

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Y es precisamente en Rancho Jabalí donde la estancia adquiere otra dimensión. Las actividades van desde las más pausadas, como yoga, meditación, tratamientos de spa, observación de aves y caminatas, hasta otras que permiten explorar las miles de hectáreas del rancho a caballo, en bicicleta de montaña, en vehículos todoterreno o durante recorridos guiados por la propiedad. También se pueden realizar visitas a la granja, conocer el proceso de elaboración de café y queso, tomar clases de cocina mexicana, repostería o coctelería y participar en una charreada, una de las expresiones tradicionales de la cultura ecuestre mexicana.

Algunas experiencias están diseñadas alrededor de la propia naturaleza. Los huéspedes pueden hacer paddleboard en la Laguna Jabalí, emprender una caminata hasta el Mirador, disfrutar de un paseo en bicicleta o reservar un picnic en distintos puntos del rancho. Entre estos últimos destacan el de Epazote, con el Volcán de Fuego como telón de fondo; el Deck Picnic, dispuesto sobre una plataforma junto a la laguna; y el Floating Picnic, que lleva el desayuno hasta el centro del agua sobre una balsa artesanal de bambú. Estos últimos pueden combinarse con cabalgatas, recorridos en ATV u otras actividades del rancho.

Para quienes buscan una dosis mayor de aventura, la hacienda también organiza vuelos en globo aerostático y experiencias de paracaidismo desde el propio Rancho Jabalí. En esta última, el vuelo permite contemplar desde el aire las tierras altas de Colima y el Volcán de Fuego antes de iniciar el descenso.

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La experiencia puede incluso extenderse más allá de los límites de la propiedad. Entre las excursiones disponibles se encuentran visitas al cercano pueblo histórico de Comala, recorridos por el volcán y actividades de golf en Altozano Colima. De esta manera, una estancia en San Antonio puede alternar entre el descanso dentro de la hacienda, la exploración del rancho y el descubrimiento de la cultura y los paisajes que rodean la propiedad.

En ese equilibrio entre historia, naturaleza y hospitalidad está buena parte del atractivo de Hacienda de San Antonio. Más que un hotel instalado dentro de una antigua finca, la propiedad funciona como una puerta de entrada a una forma particular de experimentar Colima: despertar frente al volcán, caminar entre jardines y cafetales, comer productos cultivados en el mismo territorio y, al final del día, regresar a una casa que conserva intacta la memoria de quienes alguna vez la habitaron.

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