Hemos pensado de manera errónea la sexualidad animal

Quiero llevarlos de vuelta al año 2008, cuando el Museo del Sexo de la ciudad de Nueva York inauguró una exposición sobre la vida sexual de los animales. La exposición estuvo abierta durante una década completa, y tuve la oportunidad de visitarla aproximadamente un año antes de que cerrara en 2018. De hecho, fue en la exposición La vida sexual de los animales donde aprendí que los patos tienen penes enormes con forma de sacacorchos. Pero dejando de lado los genitales de los patos, la intención del Museo del Sexo, hace casi 20 años, era revelar la “sorprendente variedad” de comportamientos sexuales que los animales practican habitualmente, desde besarse hasta abrazarse y, bueno, todo lo demás. Y definitivamente no siempre entre machos y hembras.

Por más que elogie al Museo del Sexo por enseñarme sobre lo que ocurre a plena luz del día entre las aves y las abejas, en sentido literal, también debo reconocer que es una lastima que una exposición así probablemente no estaría permitida en un lugar donde no se vendan vibradores ni lubricantes en la tienda de regalos. Y qué decepcionante es que la verdad sobre los gatos y los perros, por así decirlo, no haya logrado una mayor aceptación.

Cuando se trata del género y la sexualidad de los animales, la verdad no solo está ahí fuera, sino que, de hecho, ha estado frente a nuestras narices todo este tiempo. El problema es que la ciencia convencional y la sociedad han tardado en alejarse de la narrativa de que todos los animales copulan únicamente con fines reproductivos, que cualquier actividad entre individuos del mismo sexo es puramente anómala (y antinatural) y que todas las especies están dominadas por los machos. Ahora, un nuevo documental titulado Second Nature: Gender & Sexuality in the Animal World busca desmentir esos mitos y, en el mejor de los casos, difundir esta información a una escala más grande.

DANIEL ZUCHNIK/GETTY IMAGES

Narrado por Elliot Page, Second Nature cumple con creces su cometido al entrevistar a un grupo de científicos expertos que han dedicado largas carreras a estudiar la diversidad de comportamientos sexuales y de género en una amplia gama de especies, desde primates y aves hasta peces y reptiles. Y sin duda hay mucho que analizar. Además de los hechos en sí, Second Nature plantea algunas preguntas importantes: ¿por qué no se enseña esta información en las clases de biología básica ni se incluye en los libros de los zoológicos? ¿Por qué los humanos insisten en proyectar su propia narrativa binaria sobre género y sexualidad —que los machos son agresores, las hembras son tímidas y el sexo es solo para la procreación— sobre nuestros vecinos animales?

La respuesta es bastante sencilla: para entender el mundo que nos rodea, lo más fácil y sencillo es aplicar nuestro marco social. Históricamente hablando, quienes investigan y estudian a los animales tienden a proyectar sus ideas ciscentristas y patriarcales en ellos, a pesar de la gran cantidad de evidencia que indica lo contrario.

De cualquier manera, después de haber visto Second Nature, puedo listar algunos datos muy interesantes: los delfines tienen —mucho— sexo homosexual, al igual que los pingüinos y los cisnes negros. Los pingüinos también suelen formar parejas del mismo sexo para criar a sus polluelos. Las hembras de bonobo suelen usar el sexo para resolver conflictos mediante el “frotamiento genital”, y los machos pueden tener relaciones sexuales entre sí mediante el “esgrima con el pene”. Los bonobos también viven en una sociedad matriarcal. Aproximadamente la mitad de las relaciones sexuales que tienen los monos capuchinos son homosexuales.

Y hablando de los patos con penes tan peculiares, escuchen esto: las hembras de pato tienen vaginas con dos o tres cavidades que pueden no conducir a ninguna parte; más allá de esas cavidades se encuentra una espiral laberíntica. Cuando los patos se aparean, es la hembra quien decide a qué macho le permitirá depositar esperma en la espiral, pero eso solo pasa si decide relajar sus músculos lo suficiente. Si un pato macho intenta forzar a una hembra —cosa que realmente sucede—, sus bolsas vaginales impiden que el esperma llegue a alguna parte.

¿Qué más? Las hembras de tití león dorado tienen harenes de machos sin parentesco, y con todos se aparea. Y creo que todos conocemos bastante bien la historia del caballito de mar, en la que los machos quedan embarazados y dan a luz.

Gran parte de esta información llegó al público por primera vez en el libro de la Dra. Joan Roughgarden de 2004, Evolution’s Rainbow, que analizaba evidencia de aves, peces y mamíferos para refutar la teoría darwiniana sobre la selección sexual, la cual proponía que la competencia entre machos, o la selección intrasexual, era un método exitoso para el apareamiento. (Básicamente, el macho más fuerte y agresivo es el que logra aparearse y transmitir sus genes). Charles Darwin también propuso que la selección intersexual implicaba que las hembras evaluaran y eligieran a los machos con quienes aparearse basadas en rasgos específicos, como el colorido plumaje de un pavo real.

CORTESÍA DE IMDB.

Cuando Roughgarden (bióloga evolutiva de Stanford que aparece en Second Nature) se opuso a estas teorías darwinianas aceptadas desde hace tanto, se topó con una reacción terrible. Las críticas fueron “desagradables”, recuerda en el documental, y otras reseñas afirmaban que había “intenciones gay” detrás. (La Dra. Roughgarden es una mujer trans).

Solemos olvidar que en la Inglaterra victoriana, cuando Darwin propuso por primera vez la teoría de la evolución, los líderes religiosos no la aceptaron. En términos generales, los líderes religiosos del siglo XIX se resistieron al darwinismo porque consideraban que contradecía el relato de la creación del Génesis (aunque algunos se sentían cómodos con la idea del darwinismo cristiano, que propone que Dios utilizó la evolución biológica para crear toda la vida). Los líderes católicos consideraban que el darwinismo podía explicar la biología física, pero amenazaba la existencia de las almas humanas. En última instancia, los líderes cristianos consideraron que el darwinismo reducía la vida humana a algo puramente mecánico y sin alma, y por lo tanto, sin Dios.

No fue sino hasta la década de 1870 —casi dos décadas después de que Darwin publicara El origen de las especies— que la comunidad científica y otros grupos cultos aceptaron ampliamente la evolución como un hecho.

En Second Nature, los científicos plantean la teoría de que Darwin no pudo evitar imponer sus propias ideas heterosexistas sobre la reproducción animal, principalmente que los animales solo copulan con fines reproductivos, siendo los machos los agresores y las hembras revoloteando sus pestañas detrás de abanicos de encaje, o algo así.

En los últimos años, a medida que la comunidad científica se ha vuelto más diversa, surgió una nueva ola de observaciones sobre el comportamiento animal y las razones evolutivas que lo sustentan. Por ejemplo, los animales sociales como los bonobos y los chimpancés utilizan el sexo como un medio de reconciliación, lo que les permite llevar una existencia pacífica y cooperativa. (Si el sexo se lograra principalmente a través de la agresión, eso probablemente resultaría en más inestabilidad, lesiones y muerte, lo cual no suena ideal para la supervivencia de ninguna comunidad, ya sea animal, humana o de otro tipo).

“Los humanos nos proyectamos en la naturaleza todo el tiempo, y lo hemos estado haciendo desde siempre; basta con mirar cualquier mito”, dice Drew Denny, director de Second Nature, a Rolling Stone. “Nos encanta crear explicaciones coloridas para los fenómenos naturales, pero a menudo lo hacemos a costa de personas totalmente inocentes. ¿Recuerdas cuando se decía que todas las personas zurdas eran controladas por Satanás? Apuesto a que conoces a varios zurdos que, de hecho, no son satanistas”.

Denny cree que nos beneficiaría a todos adoptar una perspectiva panorámica de la historia y recordar la miríada de historias que nos hemos contado a lo largo de los años en un intento por explicar lo inexplicable. Si los seres humanos y nuestros inventos son inherentemente falibles, entonces es razonable suponer que nuestras historias también lo son. “Nuestras pequeñas proyecciones —incluso nuestros mitos más arraigados— no son nada comparadas con los miles de millones de años de evolución que nos han llevado hasta este momento”, afirma Denny.

Y, por supuesto, los animales no nos necesitan para comprender todo el espectro de sus experiencias sexuales y de género: todos están muy bien viviendo sus vidas, enfrentándose con sus penes, formando parejas del mismo sexo y cambiando de sexo para preservar su existencia. En realidad, difundir narrativas obsoletas sobre la forma en que los animales se relacionan entre sí solo perjudicará a una especie: la nuestra.

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