Fue como si el propio Daniel Melingo lo hubiera soñado así. No habría sido su primer sueño premonitorio o esclarecedor. El hombre soñaba cosas. Por ejemplo, una noche de 1984, cuando tenía 26 años, soñó una melodía; se despertó y ya no se la pudo sacar de la cabeza, así que compuso “La cueva de Alí”, el tema de Los Twist en el que el protagonista era mordido por un murciélago al que después él también mordía. Pero esto fue muy distinto y real: el viernes 3 de julio, pasadas las 14, en la capilla del Cementerio de la Chacarita, unas cuarenta personas despedían a Melingo, que había fallecido el martes 30 de junio. Después de unas justas palabras de Muhammad Habbibi Guerra (músico de Daniel por más de dos décadas) y el poeta y médico Luis Alposta, el silencio solemne fue interrumpido por un silbido, primero tenue, después firme, enfático.
Los presentes conocían bien esa canción. Uno se animó y empezó a cantarla. Otro lo siguió. Y, en cuestión de segundos, un coro espontáneo (que incluía a Vicentico, Cachorro López, Fernando Samalea y tantos más) entonaba: “Del barrio me voy, del barrio me fui, triste melodía que oigo al partir, voy dejando atrás todo el arrabal, en mi recuerdo…”.
Era “Ayer”, una canción cosechada en la década del 90, que parecía escrita para ese instante. El primero de los quince tracks de Tangos bajos, el disco con el que Melingo, exintegrante de Los Abuelos de la Nada, Los Twist y la banda de Charly García, reseteó (otra vez) su carrera en 1998. Fue su reinicio hacia lo que a primeras sonaba a tango –y lo era–, pero que contenía mucho más, y que podía, y pudo, expandirse en tantas direcciones, frecuencias, modos, timbres y tiempos. “Ayer” sería una especie de canto de cisne diferido, que a su momento inauguraba una nueva etapa y que ahora calzaba justo para despedir al amigo, al compañero y al maestro.
Precisamente, en los últimos tres años, DM (re menor, en el “cifrado americano”, como le divertía notar) venía trabajando fuerte con ese repertorio: quería reversionar aquel álbum junto a artistas invitados en lo que llamó Tangos bajos rework, un disco (que finalmente se publicaría a mediados de septiembre en plataformas digitales y vinilo), y que se iba a presentar en vivo con un gran concierto el lunes 21 de septiembre en el Teatro Coliseo, para el que las entradas ya estaban a la venta. Una nueva partida del malbec Melingo, que había elaborado junto al enólogo Francisco Evangelista, se sumaba a tiempo para el brindis.
Todo esto, además de una gira de diez shows en Europa a principios de 2027, estaba encaminado cuando, el 30 de junio pasado, Alejandro Daniel Melingo (Parque Patricios, 22 de octubre de 1957) falleció en la casa que compartía con su compañera, María Celeste Torre, y su hijo, Félix, en Villa Ortúzar.
En octubre de 2024 había salido el primer single: una versión de “Pesar”, con la voz de Pity Álvarez en una (por entonces) rara aparición pública desde el homicidio del que se lo acusa en el juicio oral que empieza por estos días. Un mes después llegó “Narigón”, la fábula de un adicto “duro como rulo de estatua”, con la participación del gurú cumbiero Pablo Lescano; en abril de 2025 apareció “La guitarra”, con aires de soundtrack, junto a Fito Páez; y, en abril pasado, un “José el cuchiyero” virado a lo “urbano” con el rapero Malandro.
Tangos bajos rework estaba listo para salir por el sello Pelo Music en vísperas del concierto del Coliseo, con doce versiones del disco de 1998 (que la Legislatura Porteña había declarado de Interés Cultural en diciembre pasado). En el lado A, “Pesar”, con Pity Álvarez; “José, el cuchiyero”, con Malandro; “Ayer”, con Stefanie Ringes (con quien Melingo compartió Lions in Love, la banda que formó en Madrid en los 90); “Narigón cumbiero”, con Pablo Lescano; “Noche transfigurada”, con Vinicio Capossela, y “Laberinto”, con Andrés Calamaro (reservado como último single para después del Mundial de Fútbol). En el lado B, “La guitarra”, con Fito Páez; “José, el cuchiyero”, con Maxi Prietto; “Este cuore”, con Broke Carrey; “Ayer”, con Julieta Laso; “Narigón”, con Juliette Noureddine, y “Noche transfigurada”, también con Pity Álvarez.
Salvo algunas excepciones, grabadas en Francia, España e Italia, la mayor parte del disco se preparó en La Cocina de Betty, el estudio en Villa del Parque de Juan Ravioli, otro escudero musical de larga data, que también acompañó a Melingo en la mezcla.
Algunas canciones van en más de una versión. En una entrevista con Rolling Stone, en febrero de 2025, Melingo se había referido a ese aspecto de la producción: “Es que las eligieron los artistas, yo no le impongo ninguna canción a nadie. Por eso hay algunas repetidas”. También habló entonces de lo que sentía al escuchar a sus colegas interpretar aquellas composiciones: “Bueno, la fascinación… Siempre estamos detrás de eso: de fascinarnos con una obra nueva, que en este caso es una obra que uno ha hecho hace tiempo y que se va resignificando. Estoy muy contento porque [el proyecto] es muy diverso, con artistas muy transversales. Y, como autor, me siento muy, muy halagado con todas estas versiones de grandes artistas, que hicieron con todo el corazón y con una intención netamente cultural, o sea más allá de la industria, ¿no? Porque este es un trabajo casi etnomusical, te digo”.
La tapa de Tangos bajos rework fue diseñada por Alejandro Ros e ilustrada con una viñeta tanguera de Ricardo Mosner, artista argentino radicado en París y nombre recurrente en el universo Melingo. Visitante frecuente de la capital francesa en las últimas dos décadas, Melingo centró en este viejo amigo y en las calles de esa ciudad su primera película como director y guionista: El teorema de Mosner, que iba a estrenarse en el marco del Bafici, en 2020, cuando el festival se suspendió por la cuarentena del Covid.
El propio Melingo aparece en El teorema de Mosner, como una especie de fantasma linyera, personaje con el que venía trabajando ya en distintos planos y al que le dedicó una brillante trilogía de discos: Linyera (2014), Anda (2016) y Oasis (2020), además de la Ópera linyera, que llevó en 2022 al teatro 25 de Mayo. Pero no era ese su debut en la pantalla. Después de colaborar en distintas bandas de sonido (“Mi sueño fue siempre hacer música de película. Tengo pasión por sonorizar la imagen”, le dijo a Rolling Stone en 2020), lo convocaron para varios papeles: un cantor que sale de la cárcel y vuelve al pueblo en Una noche sin luna (titulada como una hermosa canción suya), del uruguayo Germán Tejeira; el padre de la cantante en Gilda, por Lorena Muñoz; y Hueso, el camionero recolector de sebo en Lulú, de Luis Ortega.
“Nunca hice un casting, tuve la suerte de que directores amigos me armaran papeles a medida. Siempre me sentí muy bien tratado, como corresponde. El cine es algo incipiente, pero ya le tomé el gusto”, reconocía Melingo, cada vez más cómodo como performer extramusical. También había protagonizado el documental o la docuficción Su realidad, dirigido por Mariano Galperín. Un retrato con fachada documental y horas de rodaje durante los tours, pero de escenas surrealistas entre las que no se distingue qué es en serio y qué no. “Estuvimos charlando un año, haciendo reuniones, a partir de las que Mariano armó el guion. Se inspiró en lo que le contaba. Un día, en chiste, les dije a mis músicos: ‘En la furgoneta no se habla más de música, ¡porque el músico habla de música todo el tiempo!’. De eso sacó la idea de que en la película los muchachos estén constantemente conversando de acordes, inversiones y novenas”.
Cuando le preguntaban si era así, como se lo veía en la pantalla, Melingo respondía: “El cine miente, es una irrealidad”.

El vínculo con el cine continuó hasta sus últimos días. En paralelo a la gran relectura de Tangos bajos, venía preparando una película documental, que incluía algunas sesiones de ese disco, pero aspiraba a más que la autorreferencia, quería indagar sobre la esencia del tango. En la entrevista con Rolling Stone de 2025, esto decía sobre el proyecto, por ahora inconcluso, aunque ciertamente avanzado: “Estoy muy contento con la peli que venimos haciendo hace más de un año ya. Aprovecho los viajes para ir acopiando material con artistas de diferentes lugares, como Ryukin y Clara María, dos chicas con las que filmamos en París. (El documental) se llama Tangos bajos porque me parece un título acertado, aunque no todas las canciones son de ese disco mío. Es un documental con dos líneas narrativas: los artistas que interpretan mis canciones y el relato de la evolución del tango desde 1860 hasta nuestros días. Sobre todo, el origen afro y cómo se fue formando el tango como hoy lo conocemos, que es lo que menos se sabe, ¿no? Lo voy contando con mi voz en off y con testimonios de historiadores, como Felipe Pigna, cineastas como Lucrecia Martel y Luis Ortega, periodistas especializados, escritores. Ya estamos ahí, haciendo el primer corte de la peli”.
Allegados a Melingo por el momento no tienen claro si esta película se podrá exhibir en un futuro cercano.
Melingo solía mencionar a Martel y a Ortega cada vez que se explayaba sobre sus proyectos cinematográficos. Ambos estuvieron presentes aquella tarde en el cementerio de la Chacarita. “Mis queridos amigos directores de cine, como Luis Ortega y Lucrecia Martel, están muy cerca –le dijo a Rolling Stone–. Luis siempre colabora y asesora en la parte fílmica-visual. En muchas oportunidades viene para la puesta de cámaras. Me orienta muchísimo, somos muy amigos y realmente estamos cerca en la pulsación artística. Además, trabajo en los guiones con Rodolfo Palacios, que a su vez trabaja con Luis”.
Los tiempos del cine son mucho más largos que los de la producción musical. ¿Cómo manejás la ansiedad?
“Mirá, aprendí. Hay que tener mucha paciencia. Te nombré a Luis Ortega porque él también es un gran cantautor. Yo le produje un par de álbumes. Hacemos un intercambio, digamos, de conocimientos. Eso me ayuda muchísimo. Además, pude formar un equipo cinematográfico, en el que el más neófito soy yo: Estanislao Buisel, Martín “Colo” Fisner… Y mi asistente personal y asistente de dirección y producción, que es mi hijo Félix, que está estudiando cine. Así que estoy muy bien rodeado, con gente con la que tenemos mucha amistad y cariño. Y eso lo reflejamos en la película, ¿no? Ese intercambio humano que hay en un estudio de grabación se da también en otros oficios del arte. Siempre la amistad y el compañerismo ayudan y le dan un valor agregado a la obra. Yo me baso bastante en eso“.

El racconto artístico de los últimos días de Melingo es una muestra ejemplar de la vida entera de este creador: abundan los proyectos, las grabaciones en distintos estilos, yuntas, locaciones, escalas de producción. A pesar de tener entre manos nada menos que un nuevo disco, un ambicioso largometraje y quizás el concierto más importante de su carrera, Daniel se hizo tiempo en sus últimas horas para colaborar con unos cuantos colegas. Gente cercana al músico cuenta que alcanzó a grabar, por caso, una participación para un inminente disco retrospectivo de Ariel Rot (en la canción “Vagabundo”), en conmemoración de sus 50 años de carrera. Produjo el inminente nuevo álbum de la cantante Julieta Laso. También registró una nueva aproximación a “Chalamán”, su clásico reggae para Los Abuelos de la Nada, en esta ocasión junto a Andrés Cotter (ganador, con su proyecto Ska Beat City, del Gardel a ese género jamaiquino en 2024), editado el 5 de junio.
Pero quizás la última colaboración publicada haya sido la del disco Peor, de Guillermo Piccolini, lanzado el 19 de junio, once días antes de la muerte de Melingo. Se conocieron en Buenos Aires, a principios de los 80, pero fue en Madrid donde tocaron juntos, cuando Daniel se sumó como invitado estelar y, luego, coautor y coproductor, a Los Toreros Muertos, la popular banda de Guillermo. Mundo caracol, de 1989, es el disco en el que Melingo aparece en los créditos de maravillas como “Falangista” y “Así siempre igual”.
Después de andar por Marruecos y Holanda, Melingo había recalado en Madrid, donde se reencontró con Piccolini. “Justo Los Toreros estaban con un cambio de formación, así que les dije: ‘Hay un tipo que puede tocar saxo, guitarra, teclado y percusión, y es genial en todo’. Lo traje, gustó y se quedó con nosotros dos años”, dice Guillermo.
“Era sesionista, eso también me permitía mantenerme cuando no había otros trabajos. Metía saxos, teclados, guitarras, algún clarinete, percusión. Era el kiosquito del decorado, justo atrás de Pablo Carbonell (Torero cantor), que es como un crooner que no canta, pero que dice todo. Cuando venía a Madrid, Skay Beilinson también tocaba con nosotros”, recordó Melingo sobre su paso por Los Toreros en diálogo con Rolling Stone. Skay es otro invitado presente en el disco de Piccolini.

“La participación de Dany fue lo último que se grabó del disco. Habíamos hablado de un clarinete bajo, para hacer esas cosas que nos gustaban, la música de vanguardia de los 30, de los 40, ¿no?… que nos gustan, bueno, que le gustaban…”, cuenta Piccolini, todavía con dificultad para ajustarse a la nueva realidad. “Compartíamos el gusto por esa sonoridad”. Pero resulta que, el día señalado, Melingo llegó y confesó que se había olvidado el clarinete. “Entonces inventamos esto de que cantemos a dúo. Una genialidad. Le agradezco a la vida haber tenido una última oportunidad de estar con él y de trabajar juntos en el estudio”.
Melingo supo trazar una trayectoria siempre hacia adelante, quemando etapas a las que otros se habrían abrazado todo lo posible: Los Abuelos, Los Twist, Charly, Lions In Love, el primer acercamiento al tango, relativamente más “ortodoxo”, que disco a disco fue complejizando, hasta Oasis, un álbum abiertamente experimental junto al músico electrónico y DJ Oliverio Sofía. Sin embargo, quizás por primera vez en su carrera, en tiempos recientes, Melingo se mostraba más dispuesto a revisitar los distintos períodos de su obra. En ese plan, activó los llamados Encuentros maximalistas, con colaboradores y repertorio de Los Twist a los Abuelos, de Lions In Love a la faceta tanguera. Así lo comentaba a Rolling Stone: “Mirá, desde que hice la Ópera linyera, en 2022, empecé con una mirada bastante retrospectiva, cosa que yo no suelo hacer. Pero hoy me parece interesante hacer una revisión después de tantos años, de tanta obra. Resignificar y hacer un repaso de tanta música. Es una manera de pasar revista sobre la propia obra. Me parece que me debía esta labor, la retrospectiva que nunca había hecho”.
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