Aunque la conocida “crisis de los 20” no es exclusiva de la generación Z, sí ha adquirido una nueva relevancia gracias a las redes sociales, donde miles de usuarios —mayormente entre los 18 y 25 años— comparten constantemente sus inquietudes sobre la adultez, la vida laboral, las relaciones interpersonales y la soledad. En medio de estas incertidumbres existenciales, la música se ha convertido en uno de los refugios más recurrentes para los jóvenes actuales, especialmente a través de propuestas que exploran la melancolía, el amor, el vacío emocional y las secuelas que dejan las frenéticas noches de fiesta.
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Así, desde la pandemia, han surgido en la escena hispana propuestas profundamente íntimas y sensibles que conectan con una juventud aturdida por sus propios dilemas. En España, especialmente desde el underground, han nacido iniciativas interesantes que combinan distintas influencias y las transforman en un sonido propio capaz de destacar dentro de una industria a veces saturada. Desde Mallorca aparece uno de esos proyectos especiales y con algo más que decir: Cora Yako.
Carlos Sennacheribbo y Luis de Oleza, dos amigos oriundos de la isla balear pero establecidos en Madrid, son las cabezas detrás de Cora Yako, un dúo que ha sabido encontrar su lugar dentro de la nueva ola del indie español. Tras comenzar como un cuarteto y evolucionar hacia un formato más reducido e íntimo, el proyecto terminó reforzando una identidad sonora que se mueve entre el rock alternativo y la sensibilidad emocional del bedroom pop, todo bajo una filosofía completamente autoproducida que hoy los tiene girando por toda España gracias a Mil pequeños cortes, su trabajo más ambicioso hasta la fecha.
En ROLLING STONE en Español hablamos con ambos integrantes sobre sus inicios en la música, la dinámica del dúo a la hora de crear canciones, el éxito de su último álbum y la inesperada admiración del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez.
La historia de Cora Yako comenzó mucho antes de sus primeros lanzamientos oficiales. Carlos Sennacheribbo y Luis de Oleza se conocen desde el colegio, en Mallorca, donde empezaron a compartir gustos musicales y la idea de formar una banda cuando apenas tenían 16 años. Años después, ya instalados en Madrid, el proyecto terminó tomando forma entre 2019 y 2020 con sus primeras canciones y una identidad influenciada por el revival rockero de los 2000. “La máxima [influencia] ha sido The Strokes”, cuenta Luis, quien también menciona nombres como Bloc Party, Franz Ferdinand, Weezer y The Smashing Pumpkins como parte fundamental del ADN sonoro del grupo.
Desde entonces, la banda ha atravesado una evolución evidente que alcanza uno de sus puntos más sólidos en Mil pequeños cortes. Sin embargo, para ellos, este crecimiento no responde necesariamente a una transformación planeada o conceptual, sino al paso natural del tiempo y la experiencia. “Simplemente hemos hecho lo mismo que hacíamos en el primer disco, pero mejor”, resume Luis.
Gran parte de esa identidad también se ha construido desde la autoproducción. Carlos explica que tanto él como Luis se encargan de grabar, producir y mezclar toda la música desde su propio estudio, un proceso que les ha permitido encontrar poco a poco el sonido que tenían en mente desde el inicio. “Ha sido un proceso muy largo llegar a ello y pensar ‘esto es lo que tenemos en la cabeza’”, comenta. Entre horas de experimentación, improvisación y ensayo-error, el dúo ha conseguido traducir sus referencias e inquietudes emocionales en una propuesta cada vez más definida dentro de la escena española.
Esta decisión también ha traído consigo múltiples retos. Más allá de escribir e interpretar canciones, Carlos y Luis han tenido que asumir el rol de productores, ingenieros y directores creativos de su propio proyecto, una dinámica que, aunque les ha permitido mantener un control absoluto sobre su sonido, también puede convertirse en un proceso agotador. “Tiene su parte buena y su parte mala”, revela Luis. “La mala es que te puedes volver loco y perder un poco la perspectiva sobre si lo que estás haciendo es bueno o malo. Puedes estar mucho tiempo dándole vueltas a algo que está perfectamente o puedes encapricharte con algo que es malo”.
Carlos añade que muchas veces los obstáculos aparecen desde lo técnico, especialmente al momento de intentar traducir exactamente lo que imaginan en sus cabezas. “Hay veces que nos encontramos en el estudio y no estamos siendo capaces de llegar a un sitio al que queremos llegar. O no conseguimos un tono de guitarra o de batería, o la voz no suena como queremos. Hay una parte muy técnica que puede convertirse en una piedra en el camino”, comenta. Sin embargo, para él, el mayor desafío termina siendo mental: “Estamos muy metidos en el proceso y no tenemos a nadie externo que lo vea desde fuera y pueda aconsejar o dar una visión más objetiva. A veces te encaprichas con algo y pierdes perspectiva”. Aun así, Luis asegura que precisamente ahí también reside una de las mayores satisfacciones del proyecto: “Al menos estás tranquilo sabiendo que si la has cagado has sido tú y no una opinión externa”.
Esa libertad creativa también se refleja directamente en la forma en que nacen las canciones del dúo. Lejos de seguir una metodología rígida, el proceso de composición cambia constantemente dependiendo de lo que cada tema necesite. Algunas canciones empiezan desde una guitarra acústica en casa, otras nacen en el estudio y unas pocas aparecen durante los ensayos. “No existe un modus operandi fijo”, explica Luis. “Las canciones más barrocas o más lentas son difíciles de hacer en un local de ensayo porque el directo favorece cosas más intensas y energéticas. También pasa al revés: una canción muy energética es difícil que te salga en casa, en la cama, mientras te comes unas palomitas”.
Carlos asegura que esa flexibilidad ha sido clave para el crecimiento creativo del grupo a lo largo de los años. “A veces Luis hace una canción prácticamente entera, otras veces al revés, algunas letras las escribimos juntos y otras no. Se dan todas las posibilidades”, comenta. Al final, el proceso termina guiándose más por la intuición que por cualquier regla establecida. “Si vemos que se puede pulir parte de lo que ha hecho el otro, se intenta”, añade Luis. “Pero el que trae la canción de primeras es el que tiene la última palabra”. Una dinámica que terminó consolidándose especialmente en Mil pequeños cortes, el álbum donde todas esas ideas, influencias y formas de trabajo parecen encontrar su versión más sólida hasta el momento.
Desde su portada, este disco deja claro que existe una intención estética mucho más amplia que únicamente la música. Para construir el universo visual del álbum, Cora Yako trabajó junto a Alberto de Santos y el fotógrafo Edu Montes incluso antes de terminar las canciones. Carlos recuerda que desde el principio tenían claro que querían involucrar a Alberto como director creativo del proyecto. “Empezamos a hablar con él muchísimo antes de acabar el disco porque queríamos que formara parte de todo el proceso visual”, explica. “Enseguida apareció la idea de los muñecos y nos enamoramos completamente de eso. A partir de ahí desarrollamos todo el universo del álbum alrededor de esa imagen”.
Aunque muchos oyentes han interpretado el álbum como un retrato generacional sobre la crisis emocional de los veinteañeros, la banda insiste en que nunca existió una intención explícita de convertirse en “la voz” de nadie. Para Luis, las canciones simplemente nacen de experiencias personales y emociones cotidianas que pueden repetirse en cualquier época. “No creo que sea algo generacional realmente”, comparte. “Estamos hablando del día a día bueno y malo de una persona de veintitantos años en una ciudad, y eso podía pasar en los 70, en los 90 o en el 2050. Nunca empezamos el disco pensando ‘vamos a hacer un álbum conceptual’. Simplemente, cuando ya estaba terminado, nos dimos cuenta de que había un hilo conductor”.
Carlos coincide con esa idea y asegura que muchas de las lecturas alrededor del disco han surgido más desde el público que desde la propia banda. “Nosotros escribimos sobre las cosas que nos pasan a nosotros. Si luego hay gente que se siente identificada, pues genial, pero no nace con esa pretensión”, afirma. De hecho, explica que el título del disco fue una de las últimas decisiones que tomaron durante el proceso creativo. “Teníamos las canciones, la portada y prácticamente todo cerrado, menos el nombre. Nos gustó porque ‘Mil pequeños cortes’ podía funcionar como una metáfora de muchas cosas que aparecen dentro del álbum sin señalar algo concreto”.
Uno de los temas más representativos de esa idea termina siendo justamente ‘Pesadillas’, la canción encargada de abrir el proyecto y que recientemente ganó notoriedad después de que el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, alabara públicamente el tema. Luis recuerda que la noticia los tomó completamente por sorpresa. “De repente vimos el móvil lleno de mensajes y no entendíamos qué estaba pasando”, cuenta entre risas. “Nos alegra muchísimo que nueva gente llegue al proyecto por cosas así”.
Más allá de la anécdota política, ‘Pesadillas’ representa perfectamente para la banda la esencia sonora del trabajo. Carlos explica que eligieron abrir el disco con esa canción porque sentían que resumía muchas de las búsquedas musicales y emocionales del álbum. “Queríamos que desde el segundo uno se notara el cambio respecto al disco anterior”, comenta. Parte de esa identidad también está ligada a una vieja idea musical que llevaban años arrastrando. “Esa intro instrumental es antiquísima”, añade Luis. “Debe tener ocho o nueve años”. Para Carlos, precisamente ahí reside parte del significado del tema: “Ese riff nos representa muchísimo y sentimos que la canción funciona como una especie de pintura de todo lo que viene después a nivel de producción y sonido”.
Aunque Cora Yako insiste constantemente en que Mil pequeños cortes no fue concebido como un álbum conceptual, el orden de las canciones sí responde a una intención muy concreta. Para la banda, el tracklist debía sentirse como un recorrido natural capaz de sostenerse de principio a fin. Carlos explica que, más allá de construir una narrativa cerrada, buscaban que el disco tuviera un flujo orgánico y dinámico. “Nos parecía la forma natural de escuchar el álbum”, comenta. “Queríamos que, si alguien se sentaba a escucharlo entero, el viaje tuviera sentido, que fuese pasando por distintos momentos y que fluyera de una manera muy guay”. Aunque probaron varias posibilidades antes de decidirse, el proceso fue mucho más intuitivo de lo que podría parecer. “No nos tiramos días pensándolo”, añade entre risas. “Lo hablamos, hicimos varias opciones y esa fue la que más nos gustó”. “Literal”, remata Luis.
Esa idea de recorrido termina alcanzando su punto final —y también su cierre simbólico— en ‘Mil pequeños cortes’, la canción que da nombre al álbum y que funciona como despedida del proyecto. Para Luis, gran parte de la decisión tuvo que ver con la sensación que deja el outro instrumental del tema. “Nos apetecía cerrar con esa porque el final va como sangrando poco a poco”, explica. “No termina con el típico acorde enorme que te puedes esperar de cualquiera, sino que se va apagando lentamente y eso nos parecía un final mucho más bonito y más original”. Además, asegura que la canción dialoga emocionalmente con el inicio del disco: “Habla un poco de lo mismo que ‘Pesadillas’: amor, desamor y todas esas cosas”.
Carlos, por su parte, reconoce que también existía algo casi circular en cerrar el álbum con la canción que le da nombre al proyecto completo. “Molaba que para llegar a ‘Mil pequeños cortes’ tuvieses que escuchar todo el disco”, comenta. “El título es lo primero que ves cuando entras al álbum, pero la canción aparece hasta el final. Era como cerrar el círculo. Quedaba redondito”.
Tras varios meses desde su lanzamiento, la mayor recompensa para la banda ha llegado lejos del estudio y mucho más cerca del escenario. Tanto Carlos como Luis coinciden en que los conciertos terminaron convirtiéndose en la verdadera confirmación del impacto que ha tenido el disco. “Ahí es donde ves realmente el fruto de haber hecho un buen trabajo”, asegura Luis. “Hasta ahora la gente no cantaba tanto las canciones en los conciertos. Hay temas de este disco que directamente sobrepasan a los altavoces”.
Para Carlos, esa conexión con el público termina justificando todo el largo proceso creativo detrás del álbum. “No hacemos música para que se quede en el ordenador”, revela. “Hacemos la música que queremos hacer, claro, pero también queremos compartirla y que la gente la escuche”. Aunque reconoce que terminar el disco ya había sido una satisfacción enorme después de tantos meses de trabajo, asegura que nada se compara con tocar las canciones en vivo y escuchar al público cantar cada palabra. “Ver a la gente coreando las canciones de principio a fin es una pasada”, concluye.
En medio del Mil pequeños cortes tour, el dúo asegura que la respuesta del público ha superado completamente sus expectativas, especialmente en ciudades como Valencia, Alicante, Barcelona y Madrid, donde varias fechas agotaron entradas con semanas de anticipación. “Está yendo mucho mejor de lo que pensábamos”, cuenta Luis. “Acabamos de volver de Valencia y Alicante y había salas llenas desde hacía dos semanas. Incluso nos arrepentimos de no haber cogido sitios más grandes”.
Más allá de los números, lo que más les ha impactado ha sido la intensidad con la que el público se ha apropiado de las canciones del nuevo álbum. Para ellos, esa energía termina confirmando que el disco logró conectar emocionalmente con la gente mucho más de lo que imaginaban durante el proceso de grabación. “Barcelona y Madrid fueron tremendos”, recuerda Luis. “Ahora quedan varios festivales y todo está yendo fantástico. Solo falta cruzar el charco e ir a Latinoamérica”.
Precisamente, la posibilidad de llevar el proyecto fuera de España aparece como uno de los grandes objetivos inmediatos. Aunque todavía no existe una fecha concreta, Luis asegura que tanto él como Carlos tienen enormes ganas de visitar la región lo antes posible. “Cuanto menos lejano esté, mejor”, comenta entre risas. “Espero que sea el año que viene. Depende mucho del agujero económico que pueda suponer porque mover todo hasta allá es tremendo, pero es de las cosas que más ilusión me haría en el mundo”. Como ocurre con muchas bandas de la nueva escena española, Ciudad de México aparece como una de las primeras posibilidades dentro de esa eventual expansión internacional, aunque Luis deja claro que su deseo sería recorrer la región completa: “Por mí, iría a toda Latinoamérica”.
Mientras ese momento llega, Cora Yako ya tiene claro que su más reciente lanzamiento todavía tiene mucho camino por delante. La gira continuará durante el verano europeo, después de verano e incluso durante buena parte del próximo año, acompañada posiblemente por nueva música. “Pueden esperar alguna canción más”, adelanta Luis con cautela. Carlos complementa la idea dejando claro que la etapa del disco aún está lejos de terminar: “Vamos a seguir girando muchísimo y seguramente a la vuelta del verano llegue alguna canción nueva”.

Para una generación acostumbrada a convertir la incertidumbre en canciones, Cora Yako parece haber encontrado el equilibrio perfecto entre ruido, vulnerabilidad y honestidad. Sin necesidad de discursos grandilocuentes ni de intentar representar artificialmente a toda una generación, Carlos Sennacheribbo y Luis de Oleza han construido un proyecto profundamente humano que conecta precisamente porque nace desde lo cotidiano, de las noches interminables, la ansiedad de crecer, las relaciones rotas, la nostalgia y el vacío que aparece cuando todo termina.
Con Mil pequeños cortes, el dúo mallorquín no solo consolidó una identidad sonora cada vez más definida dentro del nuevo indie español, sino que también confirmó que la autoproducción y la intuición todavía pueden abrirse camino dentro de una escena saturada de fórmulas repetidas. Mientras continúan llenando salas en España y sueñan con llevar sus canciones a Latinoamérica, Cora Yako parece estar viviendo apenas el comienzo de una etapa mucho más grande, una donde sus pequeños cortes emocionales siguen encontrando eco en miles de personas al otro lado de los altavoces.
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