La atmósfera de un concierto de Natalia Lafourcade es diferente. No hay pólvora que distraiga los sentidos ni luces estrafalarias. Solo hay un piano, una mesa de noche junto a una silla y un adorno floral y al mismo tiempo teatral.
Una voz hace el llamado —como es costumbre en los teatros— de que se acerca la salida de Natalia Lafourcade al escenario y, acto seguido, recomienda al público presenciar y sentir el concierto con la mirada y el corazón, y no a través de la pantalla del celular.
Bajo unas luces azules, Natalia aparece en escena y se sienta al piano. Las notas largas y sentidas dan inicio al concierto y, al mismo tiempo, a un momento de absoluta intimidad. No se necesita un espectáculo extravagante para demostrar lo trascendental que puede llegar a ser la música, ni luces que entretengan al público cuando una voz, un piano y una guitarra son interpretados con maestría y un sentimiento prácticamente palpable. Lafourcade demostró que, cuando el arte prima sobre todas las cosas, todo lo demás se vuelve innecesario.
Canción tras canción, el público entendió que estar completamente presente era lo necesario para sumergirse en el mundo de Cancionera; que dejar el celular de lado, escuchar atentamente, bailar y cantar convertía el concierto en una experiencia verdaderamente transformadora y mágica.
“Va subiendo la corriente / Con chinchorro y atarraya / La canoa de bareque / Para llegar a la playa”, canta Natalia Lafourcade, y todo el público colombiano se pone de pie con suma emoción. Hace ya casi una década, la artista presentó dos discos dedicados al folclor latinoamericano, demostrando que en ella y en su voz nuestras letras, aquellas que nos representan, están perfectamente interpretadas y muy bien resguardadas. Así ocurrió también en Bogotá, donde interpretó ‘El pescador’, la hermosa composición de José Barros.
El homenaje a las músicas colombianas no paró ahí. Un tercer instrumento entró en escena: el acordeón, interpretado por Alfredo Gutiérrez, el único tricampeón del Festival de la Leyenda Vallenata. Una parranda vallenata en medio de un concierto de Natalia Lafourcade, algo completamente inesperado y, al mismo tiempo, místico.
‘Anhelos’, ‘Ojos indios’ y un popurrí de Los Corraleros de Majagual fueron las canciones que el colombiano y la mexicana interpretaron con un sentimiento que demostró la fuerza y la unión del pueblo latinoamericano, sin importar las nacionalidades.
“Enciendan la linterna para grabar —con una grabadora vieja que, en algunos momentos, utilizaba Natalia— este momento tan especial y ponerlo en mis redes antisociales”, dijo Natalia Lafourcade en uno de los momentos más bellos de la noche en Bogotá, cuando todo el público iluminó el Movistar Arena.
‘Lo que construimos’, ‘Nunca es suficiente’ y ‘El palomo y la negra’ —esta última, de su más reciente álbum, Cancionera— fueron algunos de los éxitos que pusieron a cantar y bailar a todas las almas, o “flores”, como las llamaba Natalia.
Y llegó el momento, esa canción que todo el público esperaba con ansias y que cambió por completo la carrera de Natalia Lafourcade. Junto a dos niñas en el escenario, interpretó ‘Hasta la raíz’, una canción que, sin lugar a dudas, ya hace parte del cancionero latinoamericano.
Un concierto diferente; un concierto para el alma, en lugar de uno pensado para el celular. Ese fue el increíble espectáculo de la mexicana, quien demostró que una gran voz y un corazón sensible valen mucho más que la pólvora y los reflectores.
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