Tom Morello lleva décadas redefiniendo lo que puede hacer una guitarra dentro del rock, pero su nuevo álbum representa un giro personal: es la primera vez que firma un disco de rock en solitario bajo su propio nombre. En esta conversación, el guitarrista reflexiona sobre la furia sonora que atraviesa el proyecto, la influencia musical de su hijo Roman, el reto de asumir la voz principal en su música y su convicción de que la guitarra aún puede ser una herramienta de resistencia en un mundo políticamente convulso.
En tu nuevo álbum, ¿hay algún sonido, enfoque de producción o incluso una mentalidad de la que quisieras desprenderte?
Sí. A lo largo de mi carrera he participado en 21 álbumes, como colaborador e incluso bajo seudónimos, pero nunca había firmado un disco de rock en solitario como Tom Morello. Por eso quise hacer un álbum que concentrara toda la potencia y la furia de mi lenguaje guitarrístico personal, con riffs monumentales y solos desbordados. Además, quise incorporar elementos del estilo de mi hijo Roman.
La idea es hacer un gran disco de rock, poderoso y contundente, que tenga mucho que decir en un momento en que hay tanto por decir.
Vaya, es una gran síntesis de lo que es el disco. ¿Cómo ha sido trabajar con tu hijo? ¿Cómo se vive esa relación en lo musical?
Hay dos cosas que lo vuelven surrealista. La primera es compartir escenario con él ante 60 mil personas en un festival, verlo destrozar la guitarra mientras el público enloquece y pensar: “Esto es una locura”. La segunda es cuando esa escena se vuelve cotidiana y Roman pasa a ser simplemente otro integrante de la banda. La ventaja es que, si surgen desacuerdos musicales, aún puedo mandarlo a su habitación.
En términos de producción, ¿qué es lo que más te entusiasma ahora? ¿Qué estás buscando en esta etapa?
En la producción trabajé con varios colaboradores: Zack Cervini, con quien ya había trabajado antes y que tiene la capacidad de tomar mis riffs y proyectarlos hacia el futuro; Tyler Smith, quien aportó texturas contemporáneas que yo jamás habría imaginado, enriqueciendo el sonido; y Sam Harris, de X Ambassadors, que produjo un par de temas con una sensibilidad más orgánica. Además, yo mismo produje algunas canciones, sobre todo las más acústicas y los temas al piano grabados en casa. La idea era alcanzar una diversidad sonora dentro del disco que, aun así, se sintiera como un todo.
Tienes décadas de trayectoria que debes condensar todo ese conocimiento en unas cuantas canciones. ¿Cómo integras toda esa experiencia en un solo disco?
Una de las principales inspiraciones para este disco nació de las giras que he hecho como solista con mi banda desde 2007. En estos años he abrazado la totalidad de mi catálogo: rendimos homenaje a Chris Cornell y a Audioslave, interpretamos canciones de Rage Against the Machine con esos riffs tan necesarios en este momento, y también tocamos el material acústico, porque esa combinación es, en esencia, lo que soy como artista.
En lugar de compartimentar etapas, decidí abrazar una vida entera haciendo música. Quería que el álbum reflejara esa amplitud: un disco que podamos llevar al escenario con fuerza y que reúna todas las facetas de mi carrera.
Rage Against the Machine cambió el vocabulario de la música pesada. En un panorama político y cultural marcado por el caos, ¿crees que la guitarra sigue teniendo ese poder revolucionario? ¿O ha evolucionado?
Sí, claro. Lo veo todos los días. La música se expresa en un lenguaje anterior a la palabra escrita. Hay algo profundo en nuestro cerebro reptiliano que, cuando nos envuelve la combinación adecuada de ritmo y verdad, despierta conexión y solidaridad. Ya sea en la intimidad de unos auriculares o en la experiencia colectiva de un concierto, si el sonido está acompañado de un mensaje, esa conexión se amplifica.
Después de décadas redefiniendo lo que puede hacer una guitarra, ¿hay algo que todavía te intimide en el terreno creativo?
No sé si “intimidar” sea la palabra. He tenido el privilegio de tocar con algunos de los mejores vocalistas que lo han hecho sobre mis riffs: desde Zack de la Rocha hasta Chris Cornell, Bruce Springsteen, Chuck D y B-Real, entonces me he sentido cómodo cantando.
Ahora el desafío es asumir yo mismo el rol de vocalista principal en un disco: comprometerme por completo con esa identidad, sostener un punto de vista lírico claro y lograr interpretaciones vocales que estén a la altura de la energía de la música.
También fuiste director musical del concierto de despedida de Ozzy Osbourne. Cuando organizas algo de esa magnitud, ¿por dónde empiezas?
Primero me reuní con Ozzy Osbourne y Sharon Osbourne para plantear una idea clara: convertir su despedida en el mejor día en la historia del heavy metal, un homenaje a la música que me formó y que nació con Black Sabbath. No podía ser un tributo casual.
La primera llamada fue a Metallica. Sabía que si ellos aceptaban, bastaría decir que sería el último show de Ozzy y de Black Sabbath en Birmingham, cuna del género, para que todos los demás respondieran.

¿Cuál fue el mayor desafío, sea creativo o logístico, detrás de escena que el público jamás imaginaría?
Probablemente la elección del estadio. El concierto se hizo en Birmingham, a unos veinte minutos de donde creció Ozzy: Era el lugar simbólicamente perfecto, pero no estaba diseñado para un show de heavy metal ante 80 mil personas, ni para montar dos escenarios paralelos como en un festival.
La solución fue construir un escenario sobre el propio escenario, con una plataforma giratoria interna que permitiera que una banda pudiera instalarse mientras la otra tocaba, reduciendo el tiempo de montaje a unos minutos. Ese fue probablemente el mayor desafío logístico. Pero resultó todo un éxito.
¿Organizar esa despedida de Ozzy cambió tu forma de pensar sobre tu propio legado?
Me hizo pensar que los artistas merecen homenajes de esa magnitud, en vida. Fue un concierto impresionante: una de las bandas más influyentes de todos los tiempos, con sus cuatro integrantes vivos, presentándose en su ciudad natal, recibiendo el amor y reconocimiento no solo de 80 mil fans, sino también de las bandas que ayudaron a moldear, como Metallica o Guns N’ Roses, e influyeron en Tool, Rage Against the Machine y muchos más.
Pudimos mirarlos a los ojos, agradecerles, tocar nuestras canciones y también escuchar a cada banda interpretar las suyas. Fue algo sin precedentes. Y ellos devolvieron ese amor tocando una vez más.
¿Cuál es tu mensaje para tus fans latinoamericanos que tienen familias en Estados Unidos o, en general, familias inmigrantes en cualquier parte del mundo?
No están solos. Ese es mi mensaje. Hay millones de nosotros aquí luchando contra Donald Trump, contra U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE), y contra la injusticia, el fanatismo y el racismo que sustentan las políticas de esta administración.
No vamos a rendirnos ni a retroceder. Cada día, comunidades enteras se organizan para proteger a nuestros hermanos y hermanas, para mantenerse alertas y apoyarse mutuamente para mantenerse a salvo. Y no vamos a rendirnos ni a ceder.
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